Lydia Carreras: “Escribir es lo más cercano que conozco a la felicidad”

Para cerrar el mes que en el Laboratorio de Análisis y Producción de LIJ le dedicamos a la literatura relacionada con las diferentes migraciones, convocamos a la autora de El juramento de los Centenera, libro ineludible si de inmigración se trata. Fue una hermosa charla, en la que Lydia Carreras nos habló de esa novela y de mucho más. 


Mario Méndez: Hola Lydia, bienvenida, gracias por estar acá con nosotros. Lydia Carreras ha escrito muchos libros, ha ganado importantísimos premios. Escribía más cuentos para adultos que literatura infantil. Fue alumna de esa maestra absoluta que es Angélica Gorodischer. Debe ser impresionante trabajar con semejante escritora. Y entre otros libros que tengo acá, publicó El juramento de los Centenera, premio Alandar, al año siguiente de Las cosas perdidas, que fue Premio Ala Delta. Dos años consecutivos premiada por Edelvives. Cosa bastante sorprendente, porque además fue Edelvives de España. ¿No, Lydia?

Lydia Carreras: Así es.

MM: Bastante sorprendente, porque entre los escritores, cuando participamos de algún concurso, y gana algún argentino en España, como ganó Lydia en 2006, nos decimos que en 2007 es mejor no presentarse porque es muy difícil que vayan a darle el premio a otro argentino. Porque además somos tan fáciles de descubrir, por el voseo, que nos decimos mejor no, dejémoslo para el próximo año. Y Lydia ganó en dos años consecutivos, 2006 y 2007, los premios más importantes de la editorial Edelvives con, repito, Las cosas perdidas y El juramento de los Centenera. En Edelvives también publicó Sé que estás allí, de la que vamos a hablar dentro de un rato, novela que leí de un tirón entre las doce de la noche y las tres y media de la mañana. Y después no me podía dormir. Impresionante novela. Héroe de guerra, que también nos va a dar para hablar de inmigración, uno de cuentos, Bestias y otros cuentos, que me lo pasó tu editor de ese momento, Franco Vaccarini, publicado en Galerna, y dos que tengo digitales, Un infierno y Nada es suficiente. Acá dice Vanina Menella que tiene El atajo. No lo he leído. 

LC: Yo no lo tengo.

MM: Mirá… nos vas a contar de ese también. Vamos a empezar entonces por la excusa que tuvimos para invitarte, que es El juramento de los Centenera. Entre las muchas novelas que se han escrito sobre inmigración, o sobre el tema de la inmigración, yo la tengo en el podio. Es una de las que más me gusta. Y compite con grandes novelas que han tomado el tema, porque es un gran tema en nuestro país. Somos un país hecho en gran parte de inmigración. Desde Stéfano de Andruetto, El mar que nos trajo de Gambaro… Yo pongo El juramento de los Centenera en ese nivel. ¿Cómo surgió la idea de esta novela, Lydia? 

LC: Primero quiero decirles que yo mandé esta novela al año siguiente por pura inocencia. Yo no sabía cómo funcionaban las cosas en la editorial. Cuando gané con Las cosas perdidas, fue como una fantasía hecha realidad. Me surgió la idea, lo escribí en ocho meses y lo mandé. Llegué al correo media hora antes de que cerrara el concurso. Pero estaba completamente ajena a que dos veces seguidas no se premia. Ni idea tenía de que ocurrían esas cosas, y con mucha razón. Al año siguiente presenté Sé que estás allí. Y alguien de la editorial, por fuera de la conversación formal que estábamos teniendo, dijo que la novela era muy buena, pero que a la editorial no le gustaba repetir ganadores. Entonces se lo di a la editorial, pero no participó en ningún concurso. Porque ahí me enteré que no está bueno repetir autores. 

MM: Claro, es raro. Los malpensados de este mundo dicen: “Lydia Carreras es la señora de José Edelvives” … pero obviamente que no. (Risas).

LC: Sucedió. Ahora por lo menos estoy al tanto. Y este libro en realidad me lo regaló una alumna mía. Una alumna de inglés, en una clase de conversación. Estábamos conversando sobre los abuelos, y la parentela, de dónde había venido cada uno. Y con el poco inglés que tenía esta mujer empezó a charlar y contó esta historia. Mientras ella iba hablando, yo agarré una libretita que tenía arriba del escritorio, y fingí tomar notas como si fueran para hacer una devolución, pero mi cabeza se fue de la clase. En realidad, estaba anotando la historia. Me di cuenta de que eso era una historia. Cuando la clase terminó me quedé un ratito más escribiendo un breve resumen, le puse “novela” y me lo llevé a mi casa. Así hice la novela. 

MM: En poco tiempo, porque el año anterior habías participado con Las cosas perdidas, al año siguiente El juramento… y después Sé que estás allí. ¿Cómo es tu forma de escribir? 

LC: En esa época era medio heroína, porque trabajaba a la mañana y a la tarde, y todavía tenía cuatro pibes en mi casa. Y marido. Entonces me levantaba a las cuatro y media de la mañana, y me ponía a escribir. A mano y en la computadora. Y a las siete ya estaba preparándome para hacer el desayuno y para ir a trabajar. Pero en mi cabeza escribía todo el día. Eso era lo que pasaba, todo el día escribía. Y así lo escribí. Escribir no era trabajar para mí, no es trabajar. Para mí, es lo más cercano que conozco a la felicidad. No lo hago más eso. Ya no tengo esa rutina, de ninguna manera. No tengo necesidad, pero de hecho, para seguir escribiendo dejé de trabajar a la mañana. Trabajo solamente de tarde.  

MM: Hay un hermoso título ahí: “Escribir es una de las cosas más cercanas a la felicidad”. 

LC: Así es. Es lo que me calma, lo que me pone en equilibrio, lo que me gusta hacer. Y no me canso. 

MM: Investigando un poco sobre vos había leído en una entrada de internet que decía esto: “Se levanta a las cinco de la mañana para ponerse a escribir”. Y después lo rescaté con Sé que estás allí, cuando el protagonista va a buscar al Club de los hobbies y el que lo orienta le dice que hay gente que se levanta mucho antes de ir al trabajo para poder llevar adelante su hobbie. Porque es una pasión. 

LC: Es una pasión, sí. Y en ese momento se parecía a un hobbie, pero yo ya estaba vislumbrando alguna cosa. Y ahora te puedo decir que es mi segundo trabajo. 

MM: Claro. Dijimos en la presentación que antes de tener tu primera novela publicada en la LIJ fuiste durante muchos años alumna de Angélica Gorodischer. ¿Cómo fue que diste este salto de la literatura para adultos a la LIJ?

LC: No lo sé. No hay nada más lejano de Angélica Gorodischer que la literatura infantil. Ella no escribe literatura para niños. De ninguna manera. Pero cuando leyó el borrador de El juramento, que yo le llevé, lo firmó en la última hoja y dijo: “Esta gana”. Así que todavía tengo ese borrador que tiene su firma. Me parece que fue un voto de confianza muy importante. Aprendí mucho con ella a pesar de que yo escribía un tipo de cosa diferente. Era una maravilla. Íbamos los lunes a la mañana, y cuando alguien escribía alguna cosa bonita o ganaba algún premio, o le publicaban una crítica o cumplía años, tomábamos champagne a las diez de la mañana. 

MM: ¡Qué bueno!  Y después, para dar clases de inglés, ¿cómo te arreglabas? 

LC: Eso ya era a la tarde. El lunes a la mañana lo tomaba para ir a lo de Angélica. Una genia. Lo pasábamos muy bien. 

MM: Angélica Gorodischer es genial, realmente. Tiene un libro en una colección juvenil en la colección Reloj de arena, en el que junta a Marco Polo con no me acuerdo qué otro personaje. 

LC: Ella nos regalaba fragmentos de lo que iba escribiendo, antes de que fuera publicado. Nos regalaba fragmentos con anticipación. Y nosotros no teníamos nada que decir. Estaba bien escrito, siempre. Aprendíamos. 

MM: Sí, sí. Es maravilloso. ¿Te acordás con quien estaba Marco Polo en ese libro? Era otro personaje de la historia antigua, reunidos en un bar de Rosario. 

LC: Yo tampoco me acuerdo el nombre, pero los reunía para conversar de cosas disparatadas. Ni siquiera eran contemporáneos. Un día traté de copiar ese mismo estilo y hacer algo parecido y no me salió. A mí me hace acordar a Trafalgar lo que estás contando. 

MM: Tiene la onda de ese personaje, porque viaja en el tiempo Justo ahora no estoy en mi computadora por una cuestión de señal, estoy en la de mi hija. Después le mando la información al grupo. 

Asistente: ¿Es la que publicó con Ema Wolf? 

MM: No, esa es Graciela Montes, y la novela es El turno del escriba. Bueno, me decís que El juramento de los Centenera fue el regalo de una alumna. ¿Cuándo estuvo escrito se lo diste o se lo hiciste leer? ¿Cómo fue?

LC: No, para nada, porque yo tomé prestado, o robado, o como se quiera, algo. Pero sin​pedir permiso lo transformé en una novela. Cuando uno manda una novela gana uno. ¿Y cuántos mandan? Qué se yo… Cuatrocientos, quinientos… Entonces me dije que para qué le iba a avisar… Esto era una historia, nada más. Me había impresionado como historia, pero no daba para contárselo. Y entonces gané. Pero pensé que era en España, para qué le iba a contar… Y justo en ese momento Edelvives estaba viniendo a instalarse en la Argentina. Y entonces en Buenos Aires se les ocurrió venir a presentarlo a Rosario. Y ahí me dije que eso ya estaba muy cerca, y que podía tener problemas. La llamé un día por teléfono, ella ya no era mi alumna, y le conté un poco, le dije que nosotros habíamos estado hablando de ese tema y me había emocionado mucho. Le dije que iba a haber una presentación de ese libro, porque yo había ganado un premio… Era como tratar de correr en el barro, pero ella lo recibió con muchísima alegría. Fue a la presentación. Había un montón de gente, y alguien me preguntó de dónde había salido la historia. Entonces conté lo que les conté a ustedes, que me la había regalado una alumna. Y dije que estaba presente, que había venido a ver la presentación. Dije que era una historia verídica que yo había adaptado y dramatizado, que había agregado personajes para hacer la novela. Alguien preguntó si la persona que me había regalado la novela se animaría a ponerse de pie, y ella lo hizo. Había una cámara de televisión que giró y la enfocó a ella. Y ella empezó a hablar también. Así que fue una cosa muy importante, le regalaron un CD con la grabación de lo que se había hecho, y la aplaudieron y eso se transformó en una fiesta, como una ceremonia de concepción en la que todo terminó muy bien. Pero yo no tenía ningún interés en contárselo.

LC: No, para nada, porque yo tomé prestado, o robado, o como se quiera, algo. Pero sin pedir permiso lo transformé en una novela. Cuando uno manda una novela gana uno. ¿Y cuántos mandan? Qué se yo… Cuatrocientos, quinientos… Entonces me dije que para qué le iba a avisar… Esto era una historia, nada más. Me había impresionado como historia, pero no daba para contárselo. Y entonces gané. Pero pensé que era en España, para qué le iba a contar… Y justo en ese momento Edelvives estaba viniendo a instalarse en la Argentina. Y entonces en Buenos Aires se les ocurrió venir a presentarlo a Rosario. Y ahí me dije que eso ya estaba muy cerca, y que podía tener problemas. La llamé un día por teléfono, ella ya no era mi alumna, y le conté un poco, le dije que nosotros habíamos estado hablando de ese tema y me había emocionado mucho. Le dije que iba a haber una presentación de ese libro, porque yo había ganado un premio… Era como tratar de correr en el barro, pero ella lo recibió con muchísima alegría. Fue a la presentación. Había un montón de gente, y alguien me preguntó de dónde había salido la historia. Entonces conté lo que les conté a ustedes, que me la había regalado una alumna. Y dije que estaba presente, que había venido a ver la presentación. Dije que era una historia verídica que yo había adaptado y dramatizado, que había agregado personajes para hacer la novela. Alguien preguntó si la persona que me había regalado la novela se animaría a ponerse de pie, y ella lo hizo. Había una cámara de televisión que giró y la enfocó a ella. Y ella empezó a hablar también. Así que fue una cosa muy importante, le regalaron un CD con la grabación de lo que se había hecho, y la aplaudieron y eso se transformó en una fiesta, como una ceremonia de concepción en la que todo terminó muy bien. Pero yo no tenía ningún interés en contárselo.

MM: Claro. Y esta cuestión, que creo que es lo más fuerte de El juramento de los Centenera, con lo que mantenés agarrados a los lectores, el secreto…que me parece que lo trabajás en varias novelas. Mantener un secreto que uno de los hermanos se anima a empezar contar. De eso los lectores participamos. De ese lento develar. ¿Cómo fue para vos trabajar eso?

LC: Eso también fue una copia, porque la historia de esa niña es así. Yo modifiqué algunas cosas, sobre todo en el final, pero lo cierto es que esa niña no tenía ni nombre. Porque decidieron callar, la hicieron desaparecer. De papeles, de documentos… de la memoria. Entonces la historia de esa familia se fue remitiendo entre secretos de mujeres, que son las que muchas veces abren la canaleta y la van llevando, pero siempre en silencio. Y se pasó de generación en generación, pero era como algo que no existía. Era un fantasma, no tenía nombre. Que fue una de las cosas que me agradeció mi ex alumna. Haberle puesto un nombre. Desde ese momento tiene un nombre. 

MM: Fuerte. Porque es una época en la que todas las familias mantenían secretos bajo siete llaves. Era normal. 

LC: Por lo que investigué ese no fue el único caso que ocurrió. Investigué cómo se protegía a los inmigrantes que venían. Eran tantos que había que poner alguna reglamentación. Esas reglamentaciones no estaban del todo armadas, y después había que ir modificándolas. Pero esa gente tenía que viajar con algún seguro. De manera que no fue ese el único caso. Hubo otras denuncias en esa época de tanta inmigración. Algunas se denunciaban y otras no, como esta. Así de frágil. 

MM: ¿En la vida real termina bien, o relativamente bien como en la novela? ¿O es más dura?

LC: No, no termina bien. La niña nunca vuelve. 

MM: Que es lo que temíamos los lectores. El temor, todo el tiempo, de que esa nena no aparezca nunca más. 

LC: No, no llega, exactamente. Era muy chiquita, tenía un retraso mental, los hermanos que la cuidaban eran jóvenes y estaban muy asustados, todavía en duelo y no pudieron. Se les escapó de las manos. De manera que no se sabe finalmente qué le pasó, pero seguramente alguien quiso dañarla, alguien quiso violarla, alguien quiso “algo” … y ahí estaba el mar, para tragarse todo. En las escuelas no siempre lo digo. Si alguien lo pregunta, lo digo, pero si no, no lo cuento.

MM: Qué duro. Y qué duro saber que no es el único caso, que debe haber habido tantos. Esos chicos que vienen con su hermanita… Eran chicos…

LC: Eran todos chicos. En realidad estaban huyendo de la guerra de Melilla que estaba por explotar allí, y llamaban a los pibes muy chiquitos. Tenían dieciséis, diecisiete años. De manera que hubo una falsificación de documentos. MI propia bisabuela falsificó documentos. Por esa misma guerra de Melilla. Y esos chicos estaban viniendo acá, escapando un poco de la próxima guerra. Y aprovecharon que ya tenían algún dinero para pagar el pasaje. También huían del hambre y todo eso. Los inmigrantes no todos prosperaban, pero algunos sí, si se esforzaban lo suficiente quizá sus hijos fueran a la escuela y estudiasen en alguna universidad. Pero no siempre fue así. Muchísimos volvieron, muchísimos se perdieron. Hace una semana me enteré de la historia de un matrimonio que bajó en Río de Janeiro. Ellos venían a la Argentina, pero allá se hacía una parada técnica. En ese lugar, el esposo y la esposa se separaron, la mujer quedó con todos los chicos, y el hombre se fue. Se confundieron, lo subieron a otro barco y terminó en los Estados Unidos. La mujer vino a la Argentina. 

MM: Otra novela…

LC: Ahí hay otra novela, pero yo ya escribí El juramento de los Centenera. Hubiera escrito esta. Por eso… no todos los inmigrantes fueron felices. 

MM: En El mar que nos trajo hay momentos que son desgarradores. Cuando separan al padre de la hija. O en tantos otros que se escribieron… realmente fue una etapa durísima. Hay otra novela tuya para niños un poco más chicos, que también tiene como parte del eje la inmigración: Héroe de guerra. Ese abuelo… me hubiera gustado tener un abuelo así… que junta a todos los nietos los viernes, y les cuenta historias y no se enoja nunca, también es un inmigrante. ¿De dónde salió ese personaje húngaro? 

LC: Yo no tengo ascendencia húngara, pero tuve un abuelo muy parecido a ese. Muy contenedor, muy compañero. Tuve a todos mis abuelos hasta que fui una mujer grande, cuando ya tenía mis propios hijos, así que tuve mucho tiempo como para verlos. Ese abuelo en especial me enseñó a leer, me enseñó a andar en bicicleta, me contaba cuentos, me llenó de ejemplos y de cosas. Así que fue una buena base para contar lo del abuelo de Héroe de guerra

MM: Qué hermoso… ¿Y tenías primos con los que se juntaban a escuchar al abuelo? 

LC: Tenía primos sí. No tan llenos de particularidades y de características tan divertidas, pero éramos muy familieros. También lo somos ahora. Eso lo hemos traído también. 

MM: Vos tenés cuatro hijos, ¿verdad, Lydia?

LC: Cuatro hijos y siete nietos. 

MM: les contabas cuentos a tus hijos, me imagino…

LC: Claro. Les contaba cuentos.

MM: ¿Surgió ahí, como suele pasar con muchos escritores y escritoras de literatura infantil?

LC: No. No sé cuándo surgió. Yo creo que siempre fui escritora. Cuando era chica escribía composiciones en las pruebas de Lengua, por ejemplo, en la escuela primaria. Escribía mi composición y las de mis compañeras, y se las pasaba. Escribía tres o cuatro composiciones. En la escuela secundaria hice lo mismo. Escribía cartas de amor para mis compañeras…

MM: Eras una especie de “ghost writer” vocacional. 

LC: Exactamente. Alguien se tenía que despedir del año… la directora de la escuela… me contaba dos o tres cosas y yo escribía el cierre del año. Escribí tesis…

MM: ¿Tesis para otros? ¡Qué bárbaro!

LC: Sí. Gratis. Eso fue así, hasta que fui a un taller. La profesora era escritora y profesora de literatura y me dijo que iba a escribir algo y me dio una tarea. Yo la escribí. Me encanta, además, ser alumna. Se la di, y ella me dijo que eso tenía que publicarlo, que yo era escritora. Para mí, eso fue como ganarme un premio. Me dijo eso y me voló la cabeza. 

MM: ¿Qué edad tenías?

LC: Yo ya era grande, tenía cincuenta años. 

MM: ¿En serio?

LC: Sí. Cuando mis hijos terminaron de casarse, yo trabajaba, además, me dije: “Vamos a hacer esto”. Lo hice y a la segunda clase, esta mujer me declaró escritora. Y me abrió la puerta.

MM: Qué bárbaro. Lo guardaste, lo fuiste macerando media vida y salió todo junto. 

LC: Salió todo junto, pero fue rarísimo lo que pasó. Si a los cincuenta años te ponés a escribir y ganás dos premios consecutivos en Europa… eso no pasa siempre. Eso fue un rayo de luz.

MM: Es como la teoría del iceberg. Fue todo lo que juntaste…

LC: Exacto. Se ve que todo eso estaba ahí adentro. Antes de ganar el premio Ala Delta ya había escrito a numerosos concursos. A bibliotecas, a cooperativas, a ayuntamientos, a pequeñas asociaciones de lectura, o del libro, o del español. Yo anotaba todo en un cuadernito. El día que lo mandaba, el cuento que mandaba, el día que vencía… Tenía un cuaderno de los grandes, lleno. Hasta que salió Alandar. Salió.

MM: Vamos a hablar de ese premio. Porque sospecho que también hubo una cierta inocencia ahí. Porque como decíamos antes de empezar a grabar, cuando nos juntamos unos minutos antes. Los escritores sabemos más o menos de qué se habla. Pero que una novela para chicos tenga como eje la cleptomanía, es una originalidad absoluta, y algo completamente inesperado. La verdad es que creo que en parte te ayudó venir de afuera, ser una recién venida en la literatura para chicos. 

LC: Sí, sí. La inocencia te da esa transparencia. En realidad, tampoco inventé eso. Eso nos había pasado a nosotras en las reuniones de madres, en la escuela primaria de mis hijos. Todo el mundo dejaba todo arriba de la mesa, y nos íbamos a hablar con la maestra sobre lo que íbamos a hacer para la kermesse… Cuando volvíamos faltaba algo, una pavadita, muchas veces no te dabas cuenta hasta dos o tres días después. No faltaba una cartera, ni un tapado. Faltaba una pavadita. Pero a medida que fueron pasando los meses, y a lo mejor un par de años, empezaron a juntarse las coincidencias. “Yo perdí tal cosa”, “Yo también”.  Era una de las mamás que estaba con nosotras, que además había sido sorprendida en un supermercado, que además se había transformado en la vergüenza y el bochorno familiar, porque es una enfermedad. No robaba nada que ella necesitara. No robaba dinero, robaba boludeces. Es como si yo pasara al baño de una casa a la que voy y me robo un peine. Eso. Capaz que hasta creés que lo perdiste. Pero un día la gente empieza a sacar cuentas. Estas personas con cleptomanía son impulsivas. Y son imparables. Eso es lo que pasa. Y de la escuela nos llamaron para hablar de este tema, porque el problema estaba adentro. Y no es tan raro eh…

MM: A mí me extrañó muchísimo el tema. Después me encantó. Lo resumo para los que no lo leyeron. Es la historia de un nene que descubre, que ve a su tío Daniel, que es el mejor amigo del padre, de toda la vida, el tío que es re macanudo, que siempre ayuda, que hace el asado… Todos hemos tenido o recibimos en casa a un amigo que es el tío de nuestros hijos… Y lo ve robarse una cucharita de plata de la mamá, y después lo ve robarse una lapicera, cuando empieza a mirar con más atención. Y es buenísimo el punto de vista, porque ¿cómo le dice el pibe a su papá que el tío, que es el mejor amigo de toda la vida del viejo, los está robando? Es muy bueno eso. Y es muy buena la resolución también. Porque el papá sabía. Consciente o inconscientemente, todos alrededor van sabiendo. Y después vi que investigaste mucho. Por ejemplo, una de las cosas que yo no sabía y que decís en la novela, es que en general son mujeres las que padecen este trastorno. Y que siempre causa una culpa muy grande. 

LC: Sí, muy grande. Siempre el delito en la mujer es mucho más llamativo. En cualquiera de sus renglones. La infidelidad te choca más. El robo te choca más, y ni hablar del asesinato o ese tipo de cosas. Siempre choca más cuando viene de una mujer. Pero esto que es tan vergonzoso, que está tan oculto, que es una cosa tan secreta, tan miserable… robarte pequeñas cosas que no necesitás, es incomprensible. 

MM: ES algo que no tiene sentido pero que suma en la vergüenza. Daniel está avergonzado, la esposa está avergonzada, terminan yéndose de la ciudad, y tratando el tema. Lo que no sé si vos habrás investigado es si se cura. Si es un problema del que la gente termina saliendo.

LC: No lo sé, no llegué hasta ahí. Supongo yo que debe ser larguísimo el problema. Como todas las adicciones, debe ser largo. Y termina bien, porque él va en busca de un arreglo. No de su matrimonio, pero sí de la amistad que tenían con la otra familia. Esas cosas no son nunca gratis. 

MM: No sé si vieron Breaking Bad, en la que es terrible todo lo que pasa. Me hizo acordar de un momento en el que la cuñada de Walter White, que es el que fabrica droga, empieza a robar pavadas en el supermercado. 

LC: Ese tipo de cosas, claro.

MM: Un delito menor pero tremendamente doloroso, molesto. Y me sorprende que te hayan llamado de las escuelas para hablar de eso. Está buenísimo también. 

LC: Las maestras descubren que hay algo que está pasando en la clase y ven ese libro, quieren que alguien vaya a la escuela y hable. Es un problema serio, las maestras no saben cómo resolverlo. No hay manera de resolverlo, en realidad, desde el lado de la maestra. Hay que llamar a los padres, hay que decirlo primero en Dirección… Y a los padres ¿cómo les decís que pareciera ser que el niño…? Es un nudo difícil de desatar ese.

 

MM: Vamos a una cosa más alegre. ¿Cómo fue la sensación cuando te enteraste de que habías ganado un premio con esta novela? ¿Qué hiciste?

LC: Fue una cosa muy particular, porque llamaron cuando yo me había ido a trabajar, y le dejaron un menaje a uno de mis hijos. Él les preguntó si querían dejarme un mensaje y le dijeron que no, pero que querían decirme que era una buena noticia. Entonces mi hijo me llamó para decirme que había una buena noticia de España. Yo pensé que debía ser que estaba en la lista de los últimos diez. Cuando terminé de dar mis clases volví a casa, ellos estaban por llamar, y la verdad es que recibí la noticia en el suelo. Mientras hablaba yo me fui cayendo, con el teléfono en la mano. Así que recibí la noticia en el suelo. Lo que tenía de bueno es que además me pagaban el viaje y tres días allá. Al rato me llamó una de mis hijas y me dijo: “Yo voy con vos, no me importa nada”. Al rato la llamé a mi otra hija, le pregunté cómo tenía el pasaporte y le dije que la invitaba, que viniera conmigo. Nos fuimos las tres. Fue una experiencia sensacional. Además de inédita, porque yo iba como si hubiera tenido doce años. Totalmente desprovista de experiencia, de códigos, había una reunión de prensa, me filmaban… Era un teatro en el que había como mil quinientas personas. No sé ahora cómo estarán, pero hubo un tiempo en el que la gente de las editoriales de España hacía las cosas muy a lo grande.

MM: ¿El libro ya estaba impreso, Lydia? 

LC: Claro. Eso es lo que tienen de bueno los premios. Cuando existe un premio, la editorial se mueve rápido. Vos ganás y está listo el libro. En diez días te lo meten a la imprenta, te lo sacan, te lo promocionan, te lo reparten. Cuando se hace la fiesta, la gente de todas las escuelas ya sabe lo que estás haciendo ahí. Cuando vos llegás allá la cosa ya inició la marcha. Nada que ver con lo que pasa cuando uno hace un libro, lo manda, espera que le respondan. Que sí pero no. Que cambiemos algo, que para el año que viene… No. Ganar un premio es un hit.

MM: Es la ostia, dirían los españoles. 

LC: Es la ostia, sí. (Se ríe).

MM: ¿Y te llevaron a recorrer escuelas en España, por el premio?

LC: No, no. Fueron días de recorrer la editorial, de mostrarnos cómo era todo, agasajos, el té, el café… Me buscaban a la mañana y me llevaban a almorzar, a cenar… A mí y a mis dos hijas. Fue una cosa… Como ver los Reyes Magos en tu patio. Es así. Pero no me llevaron a recorrer escuelas. Eso no. 

MM:  Aprovecho que está acá Ana Lucía Salgado, que es editora, y pregunto: ¿Te molestaron los editores con la adaptación al lenguaje español? ¿O dejaron sin tocar el original? 

LC: la verdad es que me jorobó un poco. Según quién hiciera la reedición algunas veces salió con el “vos” y otras veces salió con el “tú”. Ahora que lo estuve leyendo para esta charla algunas cosas las modificaría. Algunas cosas no las dejaría pasar, pero en aquel momento la alegría superaba cualquier escrúpulo. Casi cualquiera. 

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