Brebaje de memorias y olvidos
"El poeta no tiene identidad. Es la voz del pueblo"
Del Valle Coronel Aragón
"Serás lo anónimo, pero ninguna tumba guardará tu canto"
Atahualpa Yupanqui
-La inspiración no existe. Puede ser una "iskra", una chispa según los rusos. Pero todo lo demás es trabajo, trabajo de bestia -

-Agarrá cualquier libro de la biblioteca- provocaba el viejo.
Ante la sorpresa de los presentes citaba con memoria y precisión de autista títulos, ejes temáticos, biografías de autores y cuanto detalle acrecentara el desafío. Apenas había terminado los estudios primarios y jamás asomó siquiera la nariz por el recreo del colegio secundario. De impronta macedoniana, doblaba en edad a los militantes de la unidad básica.
Manzi y Discépolo, Bretón y Martín Fierro, Borges y Lautremont, Rimbaud y Juan Pueblo, desfilaban en las citas. Ningún libro se resistió a su prodigiosa memoria.
Alcohólico empedernido, la historia del viejo Aragón estuvo unida a otro compañero de militancia: Antonio Prieto, del barrio San Alberto en Isidro Casanova. Fueron colaboradores en Montoneros, sin niveles altos de mando o decisión y en plena dictadura perdieron el lazo con las estructuras que quedaban en el país. Armaron ranchadas y se fueron a vivir como crotos debajo de los puentes de la avenida General Paz.
-¿Quién va a pensar que somos montoneros si andamos todos sucios, con el pelo y la barba crecida, comiendo en una lata de batata oxidada, mendigando y abrigándonos con unos trapos? -
Una reflexión
disparatada en medio del terror generalizado.
Esta
situación, involuntariamente surrealista, le salvó la vida: la patota nunca
circuló por el territorio expropiado para otorgarle un paseo de ida por la ESMA,
pero la realidad lo sumió en la marginalidad del alcohol, de la cual jamás se pudo
recuperar.
La calle no es un lugar para dormir, como señaló el memorioso Funes en esa larga metáfora del insomnio, porque dormir es “distraerse del mundo”. A la intemperie, sin catre y sin cobijas, la mente prefigura cada sombra, cada fantasma, cada espectro que invade la noche. El viejo Valle atrapó instantáneas de metáforas y sueños para sobrevivir a la pesadilla. La perspicacia de la vida por la supervivencia.
Unos años después Del Valle Aragón tomó por asalto los escenarios que se armaban en la calle Bermúdez, frente al pórtico principal de la cárcel de Devoto, para pedir por la liberación de los últimos presos políticos de la dictadura. Allí dejó correr los versos y poemas de su autoría, entre el clamor de los bombos, los cánticos y las consignas.
“Dotor, a usté no lo voto
Aunque
me pague un asado.
Tantas
veces lo he votao
Dotor,
y con qué ganancia….
Usté
tiene más estancias
Y yo siempre pisoteao.
Dotor,
no es que lo cuestione
En
nombre de otro dotor,
Sino
más bien del rigor
Que
a diario el mundo me ofrece
Y
que usté no lo padece,
Dotor,
por ser un dotor.”
-La verdadera poesía no tiene dueño - retrucaba, mientras sobrevivía al período ominoso del menemato, esos tiempos crapulientos de pánico al anonimato y con nulidad de identidades poéticas sobre las vivencias colectivas.
El viejo tenía una hija que vivía en Rafael Castillo; cada tanto lo recibía para meterse una ducha, porque su segundo hogar pasada la dictadura, siempre fue la unidad básica.
Con el cuerpo desvencijado y el alma chispera, Del Valle Coronel Aragón murió, a causa de una cirrosis, en el Hospital Santojanni de Mataderos en 1991.
El pueblo lo guardará en su memoria porque ninguna tumba se llevará su canto.
Texto: Marcelo Iconomidis
Fuente oral: José Rey
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