En memoria de Joseph Roth

Las palabras se las lleva el viento. Pero las que quedan por escrito se pueden recuperar. Es tarea permanente de Libro de arena evocar textos y autores que el paso del tiempo relega al olvido. En esta oportunidad, Tomas Schuliaquer escribe un artículo acerca de Joseph Roth,  (1894-1939)escritor austríaco que abordó con pasión los problemas de la identidad nacional, de la territorialidad, y la melancolía del eterno deseo de retorno a la patria de la infancia.



*Tomas Schuliaquer



Hay autores que tuvieron su momento de gloria, su reconocimiento, que fueron muy leídos: por los grandes escritores que los sucedieron, por los académicos, por el lector común. La mayoría de los grandes autores del siglo XX (ni hace falta subrayar que hay excepciones), sobre todo de antes de la Segunda Guerra Mundial, quedan condenados al olvido por los lectores actuales. Muchos de ellos no vale la pena rescatarlo, pero hay otros, como Joseph Roth, que es imprescindible recuperar: por el autor, por lo valioso de sus textos, pero, principalmente, por el disfrute del lector. De esencia melancólica, el escritor nacido en Austria, o mejor dicho en el Imperio Austrohúngaro, es un judío errante. Criado en un pequeño pueblo judío –shtetl- llamado Brody, una vez que abandona el lugar que lo vio nacer, se convierte en un autor que siempre en sus textos busca retornar a esa patria primera. No sólo la pérdida del shtetl marca la melancolía de sus escritos, sino también la caída del Imperio Austrohúngaro, que era la “patria de los apátridas”. Las naciones son, según Roth, el mal del siglo XX, y el Imperio es la posibilidad de esquivar esa división territorial, arbitraria; no se necesita pasaporte para cruzar de un lado a otro, son todos hermanos bajo la figura del Emperador Francisco José, y las diversas costumbres y religiones son respetadas y conviven en perfecta armonía. Este mito habsbúrgico, es decir, la idealización del Imperio como refugio para los perseguidos, como casa para los sin techo y con igualdad de posibilidad para todos, es una constante en los escritos del autor judío. Anarquista en la década del ´20 (Los judíos errantes, Hotel Savoy, El leviatán, y la genial novela La rebelión), en sus últimos años, sus textos conservadores dejan de plantarse contra la religión, y versan exclusivamente sobre la necesidad del retorno del Imperio, el amor a la patria, la fuerza militar y el respeto por los superiores. Así, su novela más conocida, La Marcha Radetzky, narra la decadencia del Imperio Austrohúngaro a través de la familia Trotta. Esta decadencia está marcada, principalmente, porque el menor de los Trotta, familia de tradición militar, no se siente feliz en su rol de defensor del Imperio y porque, en definitiva, es un inepto para su rol en el ejército. En el recorrido de la vida del teniente, nieto del Héroe de Solferino (que salvó la vida del Emperador Francisco José, al mejor estilo del Sargento Cabral), y en sus enfrentamientos cordiales con el padre, Jefe de distrito de una ciudad importante, se reconoce la pérdida del valor de la corona y de la sagrada figura del Emperador. La editorial española Acantilado, en la actualidad, reeditó gran parte de la obra de Joseph Roth. La Marcha Radetzky también fue editada recientemente por Edhasa. Esta melancolía por no poder retornar, no sólo del lugar de nacimiento sino tampoco al Imperio en que se podía “vivir libremente”, es el tema central de la literatura de Roth. Pero, si bien puede aparentar ser un tópico antiguo y extraño, en realidad, es un tema actual que interpela directamente al lector: la figura de la pérdida, el recuerdo de la infancia, el desarraigo, son elementos que abundan en la literatura contemporánea. Asimismo, son textos concientes de narrar un cambio de época: la caída total del Imperio Austrohúngaro, el establecimiento de nuevas naciones, la intolerancia hacia las diversas culturas, como una suerte de presagio del desastre que sería la Segunda Guerra Mundial. Leer a Joseph Roth es, entonces, un placer sin dudas evitable, pero al mismo tiempo tan intenso y duradero que, una vez reconocido, se convierte en necesario.



*Tomas Schuliaquer: estudió Letras en la UBA y trabajó en la Biblioteca Nacional. Nacío en Villa Crespo a principios de la década del `90 y, aunque de grande se dio cuenta de que su casa queda en el barrio de Caballito, siempre que le preguntan dice que es de Villa Crespo e hincha ferviente de Almagro.

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