martes, 23 de septiembre de 2014

Las ventanas abiertas

Crónicas de muertes dudosas es un libro que merece reseñas, tanto o más laudatorias que esta que aquí realiza Mario Méndez para unoytres.com.ar. Y su autor, Bruno Di Benedetto, es una voz que nuestros lectores merecen oír. Desde su Patagonia de adopción, el poeta habla del libro que en 2010 fue galardonado con el prestigioso Premio Casa de las Américas de poesía. Habla, también, del “efecto marsupial” de la poesía patagónica, de las posibilidades de difusión, de los caminos de la poesía, de lectores y lecturas. Y, como le dijera un emocionado lector, un pibe detenido en una cárcel de menores, de las muchas ventanas que abre la poesía.


Conocí a Bruno Di Benedetto hace muy poco, en un viaje organizado por el Plan Nacional de Lectura y el Plan Provincial de Chubut, donde Bruno trabaja. Originario de Avellaneda, Bruno, radicado en Puerto Madryn desde hace muchos años, se ha hecho al ritmo patagónico: es un hombre tranquilo, de hablar pausado, de palabra pensada. En el Plan provincial, se especializa en talleres de creatividad y de promoción de la lectura, difunde autores locales y no locales. Selecciona poesía, narrativa, teatro. Capacita docentes. Y escribe. Poeta de pluma narrativa, por así decir, Bruno Di Benedetto me regaló un libro, Crónicas de muertes dudosas. Apenas abrí el libro, editado por la pequeña editorial Ediciones en Danza, me encontré con una gran sorpresa. En la solapa, donde seis líneas escuetas resumen la vida y la obra del poeta, dice, como al pasar, que Crónicas de muertes dudosas obtuvo el Premio Casa de las Américas de poesía en 2010. Nada menos. Y pocos lectores, intuyo –y lamento –lo saben, cuando deberían ser muchos. ¿Por el premio? No, aunque sea importante. Por su poesía. Por los largos poemas narrativos que son, lo diré sin temor a equivocarme, una maravilla. Con versos libres y ágiles, robándole ritmo a la prosa, Bruno Di Benedetto narra las historias, las biografías, de quince personajes. Algunos, inventados. Otros, quizás, pero mejor será preguntárselo, reales. Muchos de ellos, patagónicos. Ahí andan, entre otros, Ferdinand Climent Sablier, relojero suizo muerto en Carmen de Patagones; muerto así, dice el poeta:

tambalea
pierde pie
flota en un mar de sargazos
piensa extrañamente
en peces bigotudos
y en camellos vadeando el Ródano
y en una reina negra
con suave vestido de luto blanco
y en diez mil putas
pariendo flores
y en diez mil ovejas
rumiando la papilla de los siglos
y en diez mil adoquines disparados contra el cielo
y en el cielo que se acaba
y en el amor que explota
en un quejido
y en la eternidad que,
ahora sabe,
dura exactamente
un
ferdi
nand.


Ahí andan, también, Ana Paula Daumal, que “a mil trescientos metros de altura” (…) “cuelga apenas de las cuerdas del viento”. El terrible portugués Conrado Victorio Domingues de Souza, que en la costa del Chubut le dice a quien quiera oírlo que la tierra, la playa, los cangrejales, todo es suyo.

“–Vos sos mío –le dice al mar –
y de las tristes profundidades de su bragueta
hace surgir un chorrito enclenque
que se funde con la inmensidad.”

Junto con el portugués, la tehuelche enamorada T’ ol K’ ete-nK Arimkesh; la NN guerrillera que un día de 1976 fue asesinada, “desaparecida”, y su sobreviviente compañero que mucho tiempo después vuelve a reencontrar una foto, unos documentos. Finalmente, invención memorable, cierra el libro la historia de J.F.I. L. Funes, improbable nieto de Jorge Luis Borges.

—Yo, que he tenido la suerte de no perderme este libro imperdible, de recibirlo de manos de su autor, y con una hermosa dedicatoria, tengo unas cuantas preguntas para hacerle. La primera, casi obvia, tiene que ver con las fuentes. Hay acá, le escribí en un mail, huellas de la Historia Universal de la Infamia, de Borges, y de las Vidas imaginarias, de Marcel Schwob. ¿Es así? ¿Qué otras influencias hay en estas crónicas de muertes dudosas? ¿Cómo surgió la idea de contarlas, de cantarlas?

—Mario, como te decía en el mail, Borges, y en especial esas Historias infames, (y a través de ellas, Marcel Schwob) gravitaron mucho en este libro, sobre todo en ese procedimiento tan borgeano de borrar fronteras entre ficción y realidad o entre ensayo y narrativa (o poesía, en este caso). Creo que otra influencia directa es la de “Los poemas de Sidney West” de Juan Gelman, a su vez influenciados, según el mismo Gelman, por la “Antología de Spoon River” de Edgar Lee Masters, una colección de doscientos cincuenta poemas-epitafios de habitantes ficticios de un pueblo ficticio del Medio Oeste norteamericano. Me han señalado muchas veces la obra de Masters como antecedente, pero la realidad es que leí la Antología después de terminar las Crónicas, que fueron imaginadas como una colección de distintas voces que llegan de tiempos distintos, que van desde la conquista española hasta esa distopía del año 2036. Eso me permitió trabajar distintos registros del habla, imaginarme como un cronista del siglo XVI, ser la voz de un noble corsario inglés o la de un “homeless” neuquino contemporáneo, o convertir a Borges en un personaje que escribe como Borges, a través de esa carta supuestamente escrita por él. También hay personajes reales en situaciones imaginarias, personajes imaginarios en situaciones reales y personajes reales en situaciones reales, como es el caso de N.N., una historia que me contó una amiga, cuya voz traspuse casi sin filtros estéticos al poema, teniendo muy frescas en el oído sus modos e inflexiones. Empecé a contar estas historias como un juego y una distracción mientras escribía un libro de poemas “serio” que se iba a llamar “El mal de la época”. Este libro “serio” terminó como todas las cosas “serias”: en un cajón. En algún momento me di cuenta de que lo que tenía ganas era de seguir con estas historias (que son lo más cerca que estuve nunca de la narrativa de ficción, algo que me cuesta, no sé por qué, hacer en prosa) sobre todo porque se movían en una frontera borrosa de géneros literarios, lo que me permitió jugar con libertad “posmoderna”, aprovechando las ventajas tanto de la narrativa como de la poesía lírica, épica y dramática. También fue una forma de enfrentar cierta moda poética recetada desde ciertos medios de Buenos Aires, que trataba, no sé por qué, de imponer textos mínimos, objetivistas, antilíricos, etc., etc. La famosa poesía de los 90. Bueno, yo tenía ganas de hacer todo lo contrario de lo que estos señores y estas señoras decían que había que hacer. En definitiva: la idea era correr a (cierto) posmodernismo de elite con su misma vaina, es decir, con muchos de sus procedimientos, pero reivindicando al mismo tiempo todos los modos clásicos y populares de la poesía de todas las épocas. Hay un libro que publiqué en 2009, “Country”, en donde también influyeron estos temas, pero ahí trabajé desde una postura política muy definida, otra de las sanas costumbres de la poesía argentina que, según creía yo con mayor o menor razón (no leía todo lo que se publicaba en el país, por obvias razones de poco acceso a libros y críticas), parecía haberse esfumado después de la década de la pizza y el champán. Igual en Buenos Aires y otras sedes de aquel think tank nadie pareció darse por enterado, ni del libro ni de mis esfuerzos contestarios. Misterio. O no tanto.


—También quiero preguntar: ¿cómo es intentar la poesía, y divulgarla, en Puerto Madryn? ¿Igual de duro que en Buenos Aires, más, menos?

—Escribir poesía en Puerto Madryn, o en Patagonia, ahora, es lo mismo que escribirla en cualquier parte del planeta: esta maravillosa (a veces excesiva) posibilidad de comunicación que se abrió en la última década a través de Internet ha provocado una intensa circulación de poetas y poéticas desde y hacia la Patagonia. Hace treinta años, o más, cuando llegué a Madryn, los intercambios se daban más lentamente y con cuentagotas. Por otro lado, los escritores y escritoras patagónicos/as tenemos una larga tradición de encuentros, una vieja costumbre de viajar cientos, a veces miles de kilómetros para encontrarnos durante dos o tres días para escucharnos, acordar, discutir y también pelearnos, por qué no decirlo. Esto generó lo que yo llamo un poco en broma el “efecto marsupial”: los y las poetas patagónicos/as somos un poco una fauna aparte, alejada de las modas y las luces del centro, con una historia propia, muy rica, muy variada, y que ha dado poetas con voz propia, muy reconocible y reconocida no sólo en la Patagonia. En cuanto a la divulgación, al menos a través de los circuitos tradicionales de nivel nacional (grandes medios, suplementos especializados, crítica etc.) creo que es mucho más duro para los que vivimos en el “interior” (¿en el interior de qué?). De hecho, ésta es la primera entrevista que me hacen desde Buenos Aires sobre este libro, a pesar de que el premio es de 2010. Me han entrevistado desde Cuba, España, Santa Fe, Córdoba, desde muchos lugares… pero nunca desde Buenos Aires. Ni siquiera se publicaron noticias en los diarios porteños, salvo unos sueltitos en Clarín y La Nación. Nada en Página/ 12. Esto, lo de no contar con contactos, el no estar “en el ajo”, dificulta relativamente las cosas. Pero, como decía al principio, las posibilidades de difusión se han multiplicado y democratizado lo suficiente como para que este centralismo porteño y mediático deje de ser tal.

—¿Cómo fue la historia del Premio? ¿Cómo te decidiste a enviar las poesías a Casa de las Américas, cómo te enteraste del premio y cómo recibiste esa noticia?

—El Premio Casa de las Américas, que se entrega desde 1960 para distintos géneros, es muy prestigioso en todo el ámbito literario y poético de nuestro país y de toda América, y yo había leído de joven a autores premiados ahí como al poeta Jorge Boccanera o a Eduardo Mignogna, con su magnífica novela breve “Cuatrocasas”, así que sabía perfectamente de qué se trataba. Por otro lado, mi libro iba teniendo lectores muy especializados que me ayudaron a reforzar o modificar las líneas de trabajo que fueron surgiendo a lo largo de seis años de escritura, gente como Jorge Spíndola, Liliana Campazzo, Raúl Artola, Leopoldo Castilla o Silvia Castro. Ésta última fue la que me recomendó presentar el libro a concurso, y sugirió Casa de las Américas. Creo necesario aclarar que los concursos son, dadas mis limitaciones económicas, la posibilidad de publicar ediciones de buena calidad y distribución. Al menos en teoría. Y bueno, así fue: mandé las tres copias a la embajada cubana (no tenía dinero para un envío internacional) y un poco me olvidé del asunto, hasta que a fines de enero recibo un correo electrónico del querido amigo y poeta Víctor Redondo: “No te puedo decir nada, pero preparate para una muy buena noticia”. Víctor estaba en contacto con el jurado que estaba deliberando en Cuba, y por eso se enteró antes que nadie. Yo empecé a pensar en Cuba, pero imaginándome una mención, algo así, jamás el Premio. Pasé dos días de mucha ansiedad, por decirlo suavemente. Finalmente llegó un correo del presidente de Casa de las Américas, el poeta Roberto Fernández Retamar, notificándome del premio… Casi me caigo redondo. O sin casi.

—¿Qué recepción tiene, de los lectores, estas poesías que están contadas casi como cuentos?

—En la respuesta anterior hablé de los lectores especializados, pero no menos importantes fueron los lectores “no especializados” que el libro fue teniendo mientras se construía. Hablo de los lectores “comunes”, ya que una de las líneas de trabajo que me impuse desde el principio fue lograr escribir textos que, sin renunciar a la mayor calidad y rigor posibles dentro del presupuesto del proyecto, pudieran ser leídos y, con suerte, disfrutados por personas de todas las edades y condiciones socioculturales, y no sólo por otros poetas y críticos. Hay una acusación, no del todo infundada, de que últimamente los poetas escriben solamente para otros poetas. Y yo acuerdo un poco con ese reproche. Quiero decir, no está mal escribir para lectores especializados, pero creo que limitándonos a eso los poetas argentinos hemos renunciado a un territorio maravilloso, que es lo que la poesía tiene de celebración en voz alta y de comunión con los demás. Y me refiero a la poesía argentina, porque en otros países latinoamericanos parece no ser así, como es el caso de Chile o Colombia, en donde los y las poetas gozan de notable público lector. También tuve la suerte de que, mucho antes de que el libro estuviera terminado, algunos de los textos (Cayetano Murature y María Delfina, por ejemplo) fueran adoptados y adaptados por narradores orales como Laura Casariego y Miguel Oyarzábal, que iban por ahí (a la capital, a otras provincias, pero también a México, España, Colombia, Venezuela) contando estas historias y después contándome a mí las respuestas de esos hombres, mujeres y niños que viven en ciudades, pueblos y caseríos de media América: de los mejores lectores que un libro (¡en construcción!) puede llegar a tener. De esas voces, de esas respuestas populares, también está hecho el libro, porque me dieron fuerzas para seguir escribiendo el resto de las historias.

—¿En qué poetas has abrevado para construir tu propia poesía?

—Hay poetas que te enseñan a leer, otros que te inducen y enseñan a escribir y otros que te enseñan a entender que el mejor amigo de los poetas es el cesto de los papeles. He leído a muchos poetas de las tres clases, en el debido desorden y desconcierto. Pero no puedo dejar de nombrar entre el primer grupo a Borges, no tanto como poeta, sino más bien desde su lugar de lector exquisito y ensayista de prosa genial. También podría incluir en este grupo a Roberto Juarroz, a Joaquín Gianuzzi y Raúl Gustavo Aguirre. En el segundo grupo: casi todo el surrealismo francés, especialmente los “herejes” Artaud, Desnos, Eluard y Daumal, mi queridísimo César Fernández Moreno, Alejandra Pizarnik, Juan Gelman, poetas chinos y japoneses (maestros de la síntesis) y muchos contemporáneos, y amigos, y amigas, sobre todo de la Patagonia argentino-chilena. El tercer grupo es nutridísimo y variadísimo, porque está integrado por todos los poetas que admiro muchísimo y por todos los poetas que no admiro para nada: todos te enseñan algo si tenés ganas de aprender.

—Ya que trabajás promocionando la lectura en escuelas, institutos de formación docente y otros lugares afines, no puedo dejar de preguntar: ¿qué lugar creés que tiene la poesía en la educación argentina? ¿Cuál debería tener?

—Lamentablemente, la poesía ocupa en la escuela el mismo lugar que ocupa en el resto de los ámbitos de la educación, los medios o la gestión cultural estatal y privada y hasta en la vida cotidiana de los argentinos: mínimo. Es difícil dilucidar cómo fue que llegamos a esta situación. Por un lado, la escuela, con su uso didactista y esterilizante de la literatura en general y de la poesía en particular; por el otro, la ya mencionada reclusión de los y las poetas en torrecillas de muy quebradizo cristal; más allá tenemos la presión del mercado, que, fiel a su naturaleza, trata de imponer productos seriados, que son los más fáciles de vender (el gran poeta Guillermo Boido sentenció de manera implacable y circular: “la poesía no se vende porque la poesía no se vende”) . He visto que la poesía tiene un lugar más importante en el nivel inicial y hasta en los primeros grados de la escuela primaria, al menos como elemento alfabetizador… pero después parece que se la desecha por inútil: no es cosa de “gente grande y seria”. La banalización de los medios masivos de comunicación tiene su parte en este asunto, también. Y hay la creencia popular (y no tanto) de que la poesía es “facilonga”, que lo realmente duro e importante está en la prosa y en el ensayo… cuando es exactamente al revés. Escribir (buena) poesía es dificilísimo. Borges decía que es más factible que un poeta se desempeñe bien como prosista que a la inversa. Y esto se debe a que un poeta, me refiero a un poeta maestro, trabaja en condiciones extremas de aridez, compresión y síntesis del lenguaje: después todo lo demás se le hace más fácil. No quiero dejar de señalar que esta creencia popular parece ser compartida por una parte de la academia (en algunas cátedras es más fácil que entre un camello que un poema), lo que para mí es síntoma de que una parte de los académicos no saben un pepino de poesía. Más allá de esto, quiero valorar a los y las docentes y poetas que no cesan en su esfuerzo de llevar la poesía a la escuela y viceversa. En Buenos Aires hay una experiencia muy interesante al respecto que se hace desde hace varios años, el “Festival de Poesía en la escuela” coordinado por las docentes y poetas Marisa Negri y Alejandra Correa. Todo un ejemplo, que hasta tuvo un amague de expansión a nivel nacional, que algún día se concretará. De hecho, este año se comenzará a repartir una hermosa y extensa colección de libros de poesía a todas las escuelas secundarias del país, una excelente iniciativa del Ministerio de Educación de la Nación. Un gran paso adelante. Como ejemplo de una experiencia personal: hace poco en Santa Rosa, La Pampa, fui a leer poesía frente a doscientos adolescentes de escuelas nocturnas. Veinte o treinta de ellos provenían de una cárcel para menores. Realmente no creí que ninguno de los doscientos me fuera a escuchar con el respeto, atención e interés que lo hicieron todos. Yo estaba feliz. Al finalizar se me acercaron pibes y pibas. Entre ellos uno de los detenidos, que me dijo exactamente estas imborrables palabras: “Para mí la vida siempre fue un túnel oscuro con una luz al final, pero cuando te estaba escuchando leer esos poemas, sentí que a los costados del túnel se empezaron a abrir ventanas, ventanas y ventanas”.

—Antes de terminar, una pregunta de orden práctico. Los lectores que no te conocen, que no tienen tu libro, ¿cómo pueden conseguirlo?

—El libro tuvo dos ediciones, una cubana, inconseguible acá, pero de fácil acceso para los que viajan a la isla (cada tanto los amigos viajeros me hacen llegar fotos del libro expuesto en Casa de las Américas y otras librerías del interior de Cuba); la otra edición, muy limitada, fue realizada por Ediciones en Danza. No sé si quedarán ejemplares: recomiendo contactar con ellos a través de su página web. También sé que está en algunas librerías, por ejemplo Paidós. Para los y las que se animan a leer en pantalla, les dejo este sitio web que armé hace poco y en donde encontrarán el libro completo (ya se sabe: “la poesía no se vende, etc., etc.): http://brunodibenedetto2.blogspot.com.ar/

—Y, para terminar, qué reflexiones que mis preguntas no hayan sabido disparar quisieras compartir con tus lectores, con los lectores que no te conocen aún, con los lectores que te conocerán.

—Creo que una palabra más, Mario, sería abusar de tu magnífica e infrecuente generosidad, y también de la paciencia de los lectores. Muchas gracias a vos y a todos y todas los/as que nos acompañan en esta página virtual.


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