viernes, 23 de septiembre de 2016

Liliana Cinetto: "Puedo estar sin narrar, pero no puedo estar sin escribir."

La escritura define al escritor, habla de él, cuenta quién es. La entrevista a Liliana Cinetto, que tiene como protagonista al libro Un misterio en Tucumán, revela la centralidad que el acto de escribir tiene en la vida de la autora. Además, la escritora comentó acerca de su llegada a la literatura infantil y juvenil, al relato histórico, su formación como escritora, su carácter de autodidacta y el papel fundamental que jugaron los talleres literarios como motores de la creatividad. El encuentro se llevó a cabo en La Nube, el lunes 8 de agosto de 2016, como parte del ciclo de Literatura infantil y juvenil en el año del Bicentenario de la Independencia. Libro de arena publicará la segunda parte el viernes próximo.

Mario Méndez: Buenas tardes, ¿cómo están? Acá estamos en un nuevo programa de Texto y Contexto, en estas charlas de Bibliotecas para Armar, dentro del proyecto    que reúne historia y literatura, que es el del Bicentenario. Y estamos nada más y nada menos que con mi amiga Liliana Cinetto, para quien pido un fuerte aplauso.  (Aplausos). Te agradezco mucho, Liliana. ¿Segunda vez que venís?

Liliana Cinetto: Muchas gracias. Segunda, sí. Figurita repetida.

MM: Liliana está en el libro Entrelíneas, el único que hasta ahora logramos editar. Todavía nos quedan como veinte entrevistas más que no hemos podido publicar. Ya llegará. Y hoy viene por uno de los libros más exitosos, si no es el que más, de los muchos proyectos que se hicieron por el Bicentenario, que es Un misterio en Tucumán, que editó Alfaguara, ya en el grupo Random House. Una editorial vieja en un nuevo grupo. Y además, cuatro libros que seguramente conocen, que toman la historia y de los que también vamos a hablar, que son los Ambrosios. Ambrosio en la prehistoria, (para ir por orden), Ambrosio en el Antiguo Egipto, Ambrosio entre los Vikingos y Ambrosio en la Antigua Grecia. Liliana Cinetto (casi puedo decirlo de memoria), tiene más de ochenta libros publicados, ha sido traducida a muchos idiomas, ha ganado premios importantes. Su libro de cuentos para adultos La vida es cuento, ganó el Premio del Ayuntamiento de Sevilla. Es narradora, es una excelente narradora también premiada por eso, y viajera… porque has estado narrando en Portugal, en España…

LC: En Chile, en Brasil, en Bolivia, en México varias veces, en República Dominicana, y ahora a fin de año me voy a narrar a Costa Rica.

MM: Muy bien. Ya que estamos con la historia, vamos a empezar con tu historia. ¿Cómo es que llegás a la narración y cómo es que llegás a la literatura para niños y jóvenes?

LC: A la literatura llegué, primero porque era una gran lectora. Vivía en una casa en el barrio de Boedo que todavía está, que tenía una gran biblioteca. Pero no un mueble, sino una habitación que era toda biblioteca, similar a esto que está en la parte de arriba. Por supuesto tenía estantes llenos de libros y era mi lugar preferido para jugar y para leer, y para jugar a lo que había leído. Porque hacía que mis muñecos fueran los personajes de los libros y les ponía voces. Creo que ya entonces, sin saber que existía esto de la narración, narraba. Y me divertía tanto en esa época, que después de hacer la tarea, me encerraba ahí todas las tardes y le dije a mi mamá que cuando fuera grande iba a ser escritora. Mi mamá me miró con cara de “ya se le va a pasar”, pero a mí no se me pasó, porque ahí nomás fui a buscar mi cuaderno de tercer grado y escribí mis primeras poesías. No tengo la hojita para mostrarlas, porque de tanto mostrarla en todos lados se me rompió.

MM: Un incunable…

LC: Era un incunable, sí. Y ahí estaban mis primeras poesías que sí recuerdo de memoria y les puedo recitar si no van a corregirme, porque tienen algunos errorcitos. La primera se llamaba “Los pajaritos”, y dice así:
Con su aleteo multicolor,
a todos nos alegran.
Y con más resplandor
en la primavera.

MM: ¡Muy bien!

LC: Sí, qué se yo…era la primera. La segunda me salió mejor porque ya estaba agarrando experiencia. Se llamaba “La nube enamorada”, y dice que:
Había una vez una nube
entre el Sol y la Tierra
que un día se enamoró
al ver pasar un cometa.
Pasaron mucho los días
y el cometa no volvía
la nube se entristeció
al no ver más a su amor.
Pero un día este volvió
y se festejaron las bodas,
y la blanca nubecita
se puso traje de novia.
De la fiesta que hicieron
invitaron al rey Sol,
a todas las estrellitas,
y este cuento se acabó.

MM: ¿Esto a qué edad?


LC: Estaría más o menos en tercer grado. En Internet está scanneada la hojita, el incunable, para que la puedan ver, y pueden ver también que mi maestra me puso “Visto”, porque no consideró que fuera muy importante que yo escribiera poesía. Encima después me hizo hacer un reglón con la “o”, un renglón con la “a”, un renglón con la e”… porque yo en aquella época tenía la letra chueca y me la enderezó, porque ahora tengo una letra divina bien redondita. Pero no me enderezó las ganas de escribir, porque desde entonces no dejé de escribir nunca. Durante la primaria escribía poesías, porque leía mucha poesía. Escribía en hojitas, en cuadernos, tengo muchas de esas guardadas todavía. En la secundaria, gracias a la profesora que nos hizo leer a Cortázar, a Borges, a García Márquez… es decir, a todos los escritores del “boom” latinoamericano, empecé a escribir cuentos. Tengo guardado mi primer cuento, sumamente borgiano…

MM: ¿En dónde hiciste el secundario?

LC: En el Normal Nº 8. La primaria también. Ahí empecé a escribir mis primeros cuentos, y siempre dije que iba a estudiar Letras. Empecé a estudiar Letras, paralelamente hacía el profesorado para recibirme de maestra. Me recibí y empecé a trabajar mientras seguía con la facultad. Paradójicamente, la carrera de Letras casi me asesina la vocación de escritora, porque en ese momento no había materias que estimularan la creación. Era pura memorización y lectura de unos bodrios infernales, algunos además, que había que leer de fotocopia de fotocopia, que no se veían las letras. Qué se yo... El caballero Zifar, una cosa horrorosa, a mí que amo la literatura. En ese momento, cuando pensé en si me habría equivocado de vocación, descubrí los talleres literarios. Y ahí encontré ese espacio para poder escribir que en ese momento la universidad no me daba. Y pude conciliar ambas cosas.

MM: ¿Con algún escritor o escritora conocidos?

LC: Marta Braier fue mi primera profesora, y después hice un tiempo con Santiago Kovadloff, casi un taller unipersonal, porque lo conocí a través de una editorial y ya trabajé textos directamente con él, un tiempito corto. Más tiempo estuve con Marta. Me enseñó sobre todo el oficio de escribir, esto de tomar distancia del texto. Yo era la que escribía en el colegio, la que se sacaba diez, la que hacía la composición perfecta… Y de pronto en el taller empezaron a darme sopapos literarios, diciéndome que había que corregir el texto. Yo no sabía que existía eso, y ahí aprendí el oficio. El de releer, cortar, tachar, agregar, sacar, probar… Tomar distancia del texto y tener otra mirada, más objetiva frente al propio texto, la verdad es que me resultó sumamente útil. Mientras tanto trabajaba como maestra, y en la materia Lengua y su didáctica, había tenido que leer el libro de Dora Pastoriza de Etchebarne, El arte de narrar, un oficio olvidado. Me lo leí en una noche y me fascinó. No da una sola idea de cómo narrar, pero me encantó. Y entonces hice algo… yo sé que me van a mirar raro… experimenté con mis alumnos. No quedó ninguno severamente traumado, porque me los he encontrado años después, ya casados, con hijos… (Risas). Y empecé a contarles cuentos sin saber cómo se hacía, pero evidentemente ya había algo innato en mí. Habré contado horrible las primeras veces, y después me animé a ponerle una voz acá, una expresión allá, y una cara del otro lado… Y en un momento se hizo la primera Feria del Libro Infantil en 1989, y alguien que me había escuchado contar un cuento me dijo que tenía que ir a hacer eso a la Feria, que iban narradores profesionales. Ahí me dio como un terror, porque pensé que quizá había que estudiar. Fui aterrada, porque era la primera vez que iba a contar frente a un público con el que afectivamente no tenía relación. Porque primero había experimentado con mis alumnos y después con mis hijos. Y no me fue tan mal, porque de ahí en más, seguí yendo durante veinte años a la Feria del Libro Infantil, al rincón de Cuentacuentos.

MM: Autodidacta completamente.

LC: Después de eso, pensé que tenía que hacer un taller o algo, entonces hice algunos talleres con narradores extranjeros cuando venían. Pero me di cuenta de que mi método, mi sistema o mi llegada a la narración coincidía prácticamente con la de ellos. Yo había reunido conocimientos de distintas áreas, de la literatura, del canto, de la danza, de todas las cosas que había estudiado en mi vida. Y de todas había sacado estrategias que me ayudaron a la hora de narrar historias.



MM: ¿Habías estudiado algo de actuación también?

LC: Sí, teatro con Ariel Bufano, porque fui al Instituto Vocacional del Arte, que en ese momento se llamaba Lavardén.  No más de dos o tres años, pero en algún lado eso quedó. Se ve que a la hora de narrar esas cosas salieron a flote. Pero nunca hice un taller de narración, por eso siempre digo que todo el mundo es capaz de narrar. El talento que le ha tocado ya es otra cosa.  Cada uno tiene su talento en la vida. A algunos les ha tocado para cocinar (que no es mi caso), a otros para escribir o para narrar. A cada uno le ha tocado algo en suerte. Pero ese talento se potencia con trabajo, ya sea en la narración como en la escritura. Igual yo digo siempre que ya me jubilé de narradora. No me cree nadie, pero es verdad. Llegó un momento en el que mis carreras de narradora y de escritora iban paralelas. Después, la de escritora superó a la otra, y la de narradora me quitaba mucho tiempo y mucha energía para escribir. No me sentía bien, a veces tenía que ir a narrar a un lugar y ya no tenía tantas ganas, ni lo disfrutaba tanto. Entonces tomé una gran decisión, que fue la de no trabajar más como narradora. Lo que no quiere decir que no siga narrando. Pero narro cuando quiero y porque yo quiero. No como un trabajo, sino como algo que quiero hacer. Ahí me reconcilié con la narración. Por eso me defino como escritora que también narró durante muchos años, y que sigue narrando cuando quiere.

MM: ¿Cuándo solés querer?

LC: Cuando presento mis libros y cuando voy a las escuelas, o cuando estoy dando charlas, la narración fluye, no lo puedo evitar. De hecho, si se portan bien les cuento un cuento. Pero generalmente la uso como una herramienta para presentar mis libros, para invitar a los lectores a leer mis historias, cada vez que voy a una Feria del Libro o que doy una charla sobre mis libros. Específicamente, en festivales de narración o cosas así, la verdad es que cuando me invitan a un lugar que me interesa, como ahora Costa Rica. No conozco Costa Rica, y la verdad que si el precio para conocer es ir a contar cuentos, me sacrificaré. También implica que el público de Costa Rica no conoce mi repertorio, así que puedo llevar el que tengo hace veinte años, no es que tengo que preparar algo nuevo. Lo que me pasaba acá, es que el repertorio del narrador implica una búsqueda constante, lecturas constantes, ensayos, pruebas, modificaciones… Y eso, al menos como yo me tomo la narración, muy seriamente, me demandaba una energía impresionante. Un tiempo impresionante que restaba a la escritura. Y la realidad es que si tenía que elegir una actividad, elegía la de escribir, que es la que quise hacer desde que era chiquitita y estaba en la biblioteca del barrio de Boedo, y la que ahora me da muchísima satisfacción y muchísimo placer. Me acuerdo que una vez te dije una frase que te encantó, y es “yo soy lo mejor de mí cuando escribo”.

MM: Fue el título de la entrevista anterior. Me pareció muy buena la frase, me pareció que te pintaba.

LC: Cuando no escribo me deprimo y me pongo mal. La escritura me ha salvado de muchas situaciones existenciales, en esos momentos de la vida que todos tenemos, en los estamos más caídos o nos sentimos más solos. El poder escribir para mí ha sido una catarsis y un cable a tierra impresionante. Sé que puedo estar sin narrar, pero no puedo estar sin escribir. Me interesa, por sobre todas las cosas, escribir para que los chicos lean. No me interesa escribir para ganar un premio. Me interesa llegar a mis lectores. Si estoy escribiendo para chicos, necesito que los chicos disfruten de ese libro, que se vuelvan fans, que disfruten de la lectura porque lo que quiero es que ellos vivan la felicidad que yo vivía en aquella casa de Boedo, en aquella biblioteca. Para mí no es lo mismo la vida ni la infancia sin libros. A veces, no por razones económicas, hay chicos que crecen sin libros. Me parece que es fundamental, que lo que nos puede diferenciar como sociedad, como país, tiene que ver con esto, con los libros. Creo que los libros nos hacen más libres, y la verdad es que trabajo para que haya una infancia rodeada de libros. Eso me parece fundamental. Cuando uno llega a una escuela y ve el amor que el chico transmite por el libro que leyó, ese chico es el público más sincero que existe en la vida, y el más despiadado. Porque si no le gusta lo que escribiste, te lo dice sin ningún problema. No quiere quedar bien, no le importa que esté la maestra ahí, ni su propia madre. Más de una vez en una Feria del Libro hay alguna madre que le dice al chico que se compre un libro porque “es el de la autora”, y el chico dice que no quiere, que quiere otro.  Entonces, cuando un chico viene y te dice que tu libro le encantó, es la mejor crítica que se puede recibir, el mejor premio. Y uno sabe que ya lo tiene cautivo para la lectura. Uno puede decirle que lea otro, y se va haciendo eso que a veces no le dan ni los padres ni la escuela. Yo trabajo por eso y apuesto a los chicos. Cuando me vienen con qué pasa con los chicos y la lectura en la era tecnológica, yo les digo que si hay alguien en quien confío es en los chicos. Porque no conozco un solo chico en el mundo que se resista cuando le pido que venga porque le voy a contar un cuento.  O que le lea un cuento, y le deje el libro diciéndole que ahí está el cuento que le conté o le leí. Ese chico va a reabrir el libro y se va a reencontrar con la historia. Los chicos aman las historias, y aman los libros. El problema es que siempre necesitan un adulto mediador que se los acerque. Si el adulto (escuela o familia) no le acerca eso, sino que le acerca el cable, la tele, toda la parafernalia en la que se puede leer, el otro que no me acuerdo cómo se llama, obviamente que no va a tener acceso. Pero en mi casa había televisión, y a mí me gusta la televisión. Y no por eso dejé de ser lectora. El libro sabe ubicarse solo si uno lo lleva al alcance de los chicos. Le va a pelear a la Tablet o a la computadora, si está en la casa. Pero si no está en la casa, ¿cómo va a hacer, pobrecito? Incluso hay un fenómeno muy interesante sobre el que estuve leyendo hace poco, y es que no son los chicos los que no leen. Son los adultos. Hay toda una generación de jóvenes padres que no están leyendo, y que empezaron a leer gracias a los chicos. Porque como les piden libros en las escuelas, por los Planes de Lectura, llevan esos libros a la casa, y ahí los padres leen. Padres jóvenes, de veinticinco a treinta y tantos años. Algunos por ahí le compran un libro de cuentos, pero se olvidan de la poesía… Se está haciendo un camino inverso, y hay chicos que están acercando a sus padres a la literatura. Por los chicos pongo las manos en el fuego. Mientras haya chicos, va a seguir habiendo libros y va a seguir existiendo la literatura. La Tablet es bárbara. Yo la uso también, pero el olor del papel, las ilustraciones, la textura… no hay tecnología que lo reemplace. Y el chico lo sabe. Le gusta mirarlo, darlo vuelta y mirarlo cuando todavía no sabe leer, le gusta chuparlo… y está bárbaro. Lo lee como puede. Hay que acercarles libros a los chicos y el libro se va a reacomodar. Con la televisión decían que el libro iba a desaparecer y acá está. Con las computadoras, lo mismo. Y con los jueguitos esos que no me acuerdo cómo se llaman iba a desaparecer, y sigue estando acá. Y con la Tablet va a seguir estando. Pero tenemos que darle una manito, porque el libro solo no llega.



MM: Mediar. Hacer de puente. Me tiraste otro montón de títulos, Uno de los que me acuerdo es el que dice que al talento hay que sumarle trabajo.

LC: Por supuesto. Una frase que me enseñó Marta Braier en el taller es que el trabajo de un escritor (y yo creo que de todo artista), es un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración. Tengo horas, semanas, meses, años de transpiración. Yo lo tomo como un trabajo, si no, es imposible vivir de la escritura. Si espero que venga la inspiración… no sé a tu casa, pero por la mía no aparece, es una bruja de la peor clase. Uno está ahí, a ver si te viene una idea, y no aparece una ni por casualidad, y estás cinco horas frente a la pantalla. Ahora en lugar del síndrome de la página vacía tenés el síndrome del monitor en blanco.  Cuando no se le ocurre nada uno relee lo anterior, o si no, en mi caso, leo cosas que tienen que ver con lo que tengo que escribir. Si estoy escribiendo un libro de poesía, leo poesía; si estoy escribiendo novelas de detectives, leo novelas de detectives; si estoy escribiendo para chicos chiquitos, leo libros para chicos chiquitos; si estoy escribiendo para adolescentes o terror, lo mismo. Siempre digo que si uno quiere aprender a bailar salsa, tiene que escuchar música de salsa, no tango. Ese run run de la poesía me va quedando, y por ahí es una palabra la que me destraba y me hace empezar a escribir. Entre las palabras aparece la punta del ovillo de la que empiezo a tirar para escribir otra historia. Si la escritura está trabada, la lectura me ayuda mucho a destrabarla. Para mí es necesaria, es fundamental. Cualquier escritor antes que nada es un lector, y uno debe leer más de lo que escribe. Yo leo mucho y leo para chicos, para adolescentes, para adultos. Leo lo que recomiendan y lo que no. Leo comprando, leo de prestado… Leo y leo y leo muchísimo. La lectura es un ingrediente fundamental para la escritura.

MM: ¿Y en esta búsqueda, en este trabajo cuando tuviste que escribir narrativa histórica, qué hiciste?

LC: Primero, investigar. Antes de tener la más mínima idea de quiénes iban a ser en este caso de Un misterio en Tucumán, el protagonista o los personajes. Leí, desde los libros convencionales de historia que uno tiene porque le quedaron en la biblioteca del colegio, hasta otros más actuales con una mirada más repensada de la historia. También documentos, cartas, biografías, hasta árboles genealógicos, porque descubrí que el gobernador de Tucumán era Bernabé Aráoz, y en una de las cosas que leí, durante los casi dos meses que estuve leyendo, encontré que había tenido seis hijos con doña Teresa Velarde de Aráoz, y uno de ellos se llamaba José Ignacio. No te puedo explicas las cosas rarísimas que leí buscando el nombre de los otros cinco hijos, y no pude encontrarlos por ningún lado. Igual, José Ignacio me había gustado. Será porque mi hijo se llama Juan Ignacio. Y me gustó. Es como que el personaje me encontró a mí. Me di cuenta de que era mi protagonista. Leí cosas de geografía, busqué planos de la época, otro tipo de documentación. Tuve que buscar cómo era el clima, si tenía o no tenía un río cerca, cómo era ese río… Porque aparece un río en una parte de mi historia y necesitaba saber de dónde venía, si tenía caudal, si se podía nadar o no… Hasta ese nivel de verosimilitud quería llegar. Y de todo lo que leí fui eligiendo los elementos históricos reales. Y con eso empecé a armar un rompecabezas. Yo a los chicos suelo explicarles. ¿Vieron esos rompecabezas de quinientas piezas en los que uno siempre empieza por el borde? Bueno, todos los elementos de la historia real argentina fueron el borde de mi rompecabezas. Una frontera dentro de la cual podía inventar lo que quisiera, pero que no podía traspasar. José Ignacio existió verdaderamente. Lo que dijo o cómo era, lo inventé, porque no hay testimonio que me haya ratificado que él no estuvo ese día en la Plaza, que no le hizo a la prima lo que le hizo, que su amigo no se llamaba Gregorio… Eso lo inventé, pero tenía que respetar a rajatabla ese marco histórico, ese borde dentro del cual podía jugar para construir una trama de la historia. Hasta que elegí las piezas de ese rompecabezas, de todo lo que leí hice una especie de resumen. Eran como ocho páginas de información. Lo que hice después fue ir encajando la información con la trama que iba inventando, y así terminé de armar el rompecabezas. Fue muy divertido. Yo tenía experiencia en la escritura de textos históricos, porque había hecho los Ambrosios. Pero estaban ambientados en una época: con los egipcios, entre los vikingos, en la Antigua Grecia, o en la Prehistoria. Era mucho más amplio. Acá estaba muy ceñida. Hay personajes reales que estuvieron y tenía que ponerlos. No importaba si yo inventaba el nombre de un Faraón o no ponía ningún nombre. Acá no. Fue un trabajo súper exhaustivo de buscar información previa y de elegir información. Porque hay otra cosa importante, que también lo habrás pasado, porque tenés una novela histórica en el Bicentenario, El fantasma de Francisca.

MM: Con los Ambrosios hay mucha más distancia. Acá se trata de una historia más cercana en el tiempo, pero sobre todo, más cercana en lo afectivo. Crecimos aprendiendo lo de la Casita de Tucumán en el Billiken… lo que todos conocemos. ¿Qué sentiste con ese exagerado respeto, casi hasta temor, con los personajes históricos? ¿Qué pasa con un Belgrano chistoso, que les hace una broma a los pibes o que se prende en ocultarles el secreto?

LC: Estaba un poco temerosa, pero pedí permiso a los chicos en la editorial. Mi estilo se caracteriza por el humor, y les pregunté si podía escribir una novela con humor. Me contestaron que por supuesto. ¿Y quién dice que Belgrano no tenía buen humor? En ninguna de las biografías de él que leí dice nada. Incluso me enteré de algunas cosas que mejor no las digo, porque Belgrano es uno de mis próceres preferidos. Me enteré de cosas que no sabía, que si las estudié en algún momento, las había olvidado. Sin faltarle el respeto, Belgrano era un ser humano como cualquiera, y podía tener una chica que le gustara. Era un gran bailarín, tanto de danzas autóctonas como europeas. Creo que tratarlo con humor no significa faltarle el respeto. Fui cuidadosa como lo soy en general. Lo hice bien humano, lo saqué de la foto del Billiken, y lo llevé a una situación cotidiana: a hablar con chicos, a reírse cuando se da cuenta de que los chicos están haciendo un lío terrible, lo transformé en un cómplice, como puede serlo cualquier persona grande cuando ve que los chicos están armando cosas inocentes. Me encantó poder ponerlo en un costado más humano…

MM: Desacartonarlo. La pusiste a nuestra amiga Francisca vendiendo empanadas. ¿Eso lo inventaste?

LC: ¡No! Documentado. Piña tiene un libro de historia argentina donde dice que era la mejor vendedora de empanadas de San Miguel de Tucumán. De hecho, ya en esa época había dejado de venderlas, pero había ganado mucho dinero haciéndolo.

MM: Mira vos. Viste que yo tengo una Francisca, pero la mía no hacía empanadas.

LC: Yo me documenté. No te puedo decir la receta, si eran con o sin pasas porque no la encontré.

MM: Si era la mejor tenían que ser con pasas.

LC: No, porque a mí no me gustan. (Risas). Eso lo saqué de un dato histórico.

MM: Y obviamente, lo de Dolores Helguero…

LC: Sí. En una crónica maravillosa de Paul Groussac encontré los nombres de las vecinas y de los vecinos prestigiosos. Tampoco era tan grande San Miguel de Tucumán. Los nombres de las chicas casaderas de la época… una de ellas incluso novió con Belgrano. Lucía Aráoz, la prima de José Ignacio, es un personaje histórico real. Era la hija de Diego Aráoz que después se va a casar con José López. Después van a estar enemistados. Este país no ha cambiado mucho lamentablemente, siempre ha habido como dos bandos (se llama capitalismo más viejo o más nuevo). Los caudillos estaban enfrentados. Bernabé Aráoz se va a enfrentar con López, aunque había sido su padrino y le había pagado los estudios en el Alto Perú y todo. Y López lo fusila. Después de que fusila a Bernabé Aráoz era tan sangriento el enfrentamiento entre ambas familias, que le proponen a Lucía Aráoz que se case con López como para aliarse y terminar con una cosa que los desangraba. En realidad, Lucía ya amaba a López, aunque lo tenía escondido. Era casi una historia de Montescos y Capuletos criolla. Aceptó casarse mucho tiempo después. Seguí leyendo sobre la historia porque me pareció fascinante. Además me calzaba justo que apareciera Lucía para que fuera la antagonista de José Ignacio. Pueden leer incluso la crónica de Paul Groussac en la que relata cómo fue el baile que se hizo el 10 de julio en la misma casita de Tucumán. 

1 comentario:

  1. Maravillosa entrevista! Aprendí muchisimo sobre narración y sobre escritura leyéndola. Además que admiro a Liliana Cinetto. Gracias

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