Hadas y brujas

Con la llegada de las vacaciones de invierno en el Programa Bibliotecas para armar decidimos tomar el tema de las hadas, las brujas y, por supuesto, porque estamos muy abiertos a la maravilla, lo ampliamos a todos aquellos personajes de la literatura fantástica y maravillosa a los que tengamos ganas de leer, recordar, homenajear. Ogros, magos, duendes, gigantes, dragones, ninfas, elfos y hasta chanchas con cadenas: están todos invitados.


Por Mario Méndez

Las hadas, dice Borges en ese maravilloso, imperdible volumen que es el Libro de los seres imaginarios, “(…) son las más bellas y las más memorables de las divinidades menores. No están limitadas a una sola región ni a una sola época. Los antiguos griegos, los esquimales y los pieles rojas narran historias de héroes que han logrado el amor de estas fantásticas criaturas. Tales aventuras son peligrosas, el Hada, una vez satisfecha su pasión, puede dar muerte a sus amantes”.

Hadas y brujas a veces se confunden. No es casual que quizás la más famosa, Morgana, de la saga artúrica (la hermanastra de Arturo, nada menos), sea la Fata Morgana (el hada Morgana) y sea una hechicera que se ha ganado ese título, que lleva orgullosamente como un apellido, con sus prodigios como maga.


Hadas y brujas pueblan nuestros recuerdos de lecturas, desde la niñez, y son protagonistas de los más famosos y recordados cuentos maravillosos: justamente, los “cuentos de hadas”. En “La bella durmiente”, las hadas hacen regalos maravillosos a la recién nacida princesa, pero la última, la que está despechada porque no recibió invitación (según la más extendida de las versiones) le hace un regalo que es una maldición, la que, al llegar a los quince años, le producirá un sueño eterno, un remedo de la muerte. En “La cenicienta”, en cambio, es el hada buena la que le permite a la hermanastra sufrida llegar al baile que le cambiará la vida, zapatito de cristal mediante. En “Hansel y Gretel” la bruja de la casa de chocolate y caramelos se come a los niños, y son terribles (e inolvidables) las brujas de las que nos cuenta Roald Dahl. Otras brujas, sin embargo, como la popular Winnie, por ejemplo, son buenas y queribles. La más emblemática de las nuestras es Cachavacha, del universo de García Ferré. Es mala, sí, pero es tan zonza, tan perdedora y graciosa que, como a Neurus, el científico loco, terminamos por quererla.

Las ambigüedades con los seres maravillosos siempre existieron. Como dice Borges, el amor del hada puede matar: la bellísima Ciguapa, de las leyendas taínas, que alguna vez tomé para escribir un cuento (“El enamorado de la Ciguapa”, en la antología Leyendas y mitos de América Latina) es una especie de ninfa del bosque, que tiene la particularidad de llevar los talones hacia adelante y los dedos de los pies hacia atrás, y que pierde a sus enamorados, una vez seducidos, en lo profundo del bosque: nunca más se sabe de ellos. Pasaba lo mismo, o parecido, con los grandes dioses del Olimpo, y con los dioses menores. Pasaba con los ogros y gigantes enamorados, y hasta con King Kong, que es una especie de versión zoológica de esos seres de la literatura maravillosa. ¡Pasaba con la muerte, nada menos, cada vez que se enamoraba! Lean, si no me creen, El club Dumas, de Pérez Reverte, o vean la versión cinematográfica de Polanski, Las nueve puertas. 

En los últimos años, cine y literatura mediante, la tortilla se vuelve absolutamente: ahí los tenemos a Shrek y a Fiona, ogros buenos y queribles, y al Hada de los cuentos y al Príncipe encantador tomando el rol de los malvados. Ahí anda, desde unos años antes, perdón por la autorreferencia y la aclaración, mi dragón Orff, vegetariano y amigable; ahí andan, también, los personajes de
Harry Potter: magos y brujas buenos, magos y brujas malvados; gigantes queribles, gigantes temibles, dragones peligrosos y tremendos, junto a hipogrifos, unicornios o centauros. Quizás parte del enorme y merecido éxito de la saga del niño mago tenga que ver con haber aggiornado el cuento de la cenicienta y con habernos traído, a nuestra actualidad, un mundo paralelo poblado de los mejores y más inolvidables seres de la literatura maravillosa que como decía Borges, en la cita del inicio referida a las hadas, “no están limitadas a una sola región ni a una sola época”.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

“Esa mujer”, de Rodolfo Walsh, por Ricardo Piglia

Fragmento de Matilda, de Roald Dahl

3155 o El número de la tristeza