Cartas de diciembre


Libro de arena propone para el último mes de este 2018, repasar las piezas más representativas del género epistolar. Las cartas. Tanto aquellas de ficción que los personajes de una obra literaria intercambian entre sí, como las escritas por diferentes personajes de la cultura en las que dan a conocer aspectos de su vida. Desde historias de amor o relatos de viajes, hasta problemas económicos o de salud. Así, abrimos el tópico con la reseña de Cartas de Jane Bowles, una recopilación en la que se encuentra un poco de todo esto.





Por María Pía Chiesino.

Diciembre es un mes que se asocia de manera inevitable con la idea de cierre, de clausura. Es el último mes del año. Los saludos de fin de año y deseos de buen comienzo para el que sigue, circulan por correos electrónicos y redes sociales.
Hace años, esta costumbre se mantenía a través del envío por correo de tarjetas personales en las que se saludaba por las fiestas, y se celebraba el fin de un ciclo compartido en la escuela o el trabajo. Y la nostalgia característica de la época, llevaba a la necesidad de abrazar por carta al ser querido separado por grandes distancias.
Y como la propuesta para este mes es repasar el género epistolar, la abrimos con una reseña de las Cartas que escribió Jane Bowles, extraída de la publicación del Centro de Documentación Epistolar.

Seguramente Paul Bowles no era una persona fácil. Viajero compulsivo, brillante escritor y compositor, pésimo administrador de su dinero, incapaz de fijar el precio de sus obras musicales y literarias. La vida a su lado tampoco debe haber sido sencilla. Las cartas de su esposa, Jane Bowles, dan cuenta de esa relación en la que se conjugaban la independencia, la distancia, la angustia y la inseguridad. Ninguno de los dos hubiera tenido la posibilidad de constituir un matrimonio a la manera tradicional. En las Cartas de Jane se advierte que ella aceptaba esa distancia esa distancia como una realidad inevitable, impuesta por la personalidad de Paul, que tomaba la decisión de vivir en diferentes lugares del mundo y de viajar en compañía de quién fuera, sin consultarlo con nadie. Ni siquiera con ella que por lo que se revela en sus cartas, era casi la última en enterarse.
La crítica literaria considera que Jane Bowles no ha sido apreciada como escritora en la medida de su verdadero talento. Sería complejo para ella, según se deja entrever en su correspondencia, sostener un ritmo de escritura, si además tenía que ocuparse de los problemas económicos del matrimonio y de todo aquello que Paul dejaba en sus manos cada vez que se iba. 
En muchas de las cartas que dirige a su marido no hace más que darle explicaciones acerca de todo aquello que querría hacer (con la escritura, el dinero, los viajes), pero que nunca termina de resolver porque todo está sujeto a las decisiones de Paul. Y, por cierto, por la inseguridad de la propia Jane, que le consultaba todo, permanentemente.
En una carta escrita en Connecticut y fechada a finales de agosto de 1947 le dice: “Quizá hayas regresado de España y recibas esta carta cuando llegues. Me parece inquietante escribirle a alguien cuando no se tiene la certidumbre de que reciba la carta durante semanas o meses…
A Jane, los tiempos y  espacios de Bowles, le resultaban inasibles. Jane vive pendiente de Paul, para tomar las decisiones más triviales o más importantes. Ante la falta de la más mínima información, todas las decisiones que se ve obligada a tomar implican posibles problemas económicos.
En la otra carta, cuando se refiere a la posibilidad de alquilar un departamento de Paul en Nueva York, comenta: “Si te quedas (en Tánger), sé que podrás alquilar el apartamento con un buen beneficio, porque las cosas en Nueva York se están poniendo imposibles, de espacio, me refiero, y creo que podrás salir ganando algo, incluso con el pago adicional de calefacción que te puso Oliver. Naturalmente, los alquileres de invierno son mucho más fáciles que los de verano y, en realidad, no hay comparación posible. Desde luego que si regresas, no lo alquilaremos, o más bien no lo alquilaré a partir de 23 de octubre, pero no tardarás en saber lo que tienes intención de hacer. En cuanto a mí, no puedo quedarme eternamente en casa de Libby, aunque sí probablemente a lo largo de todo el otoño. Confío en que, una vez que haya conseguido escribir unas veinte páginas más de esta novela, habré completado una sección, al menos psicológicamente, y luego escribiré una narración corta y trataré de venderla…” (…)
“…te he mencionado lo de alquilar el departamento si no regresas porque, desde luego, será muy caro para mi sola, aun cuando tenga un poco de dinero. Quizá pueda ir a Europa en diciembre, con Florence, y desde allí pasar a África, si es que no sucede nada antes de entonces” (…)
“Quizá si regresaras podríamos ir a nuestro querido México. Me muestro vaga e indecisa con respecto a los planes porque estoy tratando de engañarme a mí misma para salir de un ‘angustiador’. Tengo la sensación de que esta carta se está convirtiendo en uno.”

Todas las cartas de Jane Bowles a su marido están marcadas por la incertidumbre, atravesadas por ese “quizá”, en el que la resolución de las situaciones está en manos del otro.
Este tipo de vínculo dependiente que se ha establecido, se complejiza de una manera mucho más dolorosa cuando empieza lo que podríamos llamar la “competencia” en el terreno de la escritura, y que podemos analizar en los dos niveles a los que nos remite la palabra:  aunque Jane no quiera, le es imposible no competir con él en cuanto al ritmo de escritura de cada uno. Y como en ese terreno se siente derrotada, empieza a dudar sobre sus posibilidades de ser “competente” para escribir.
En una carta enviada desde Connecticut, en septiembre de 1947 afirma:
“Estoy ansiosa por volver a mi novela a pesar de todo eso, pero probablemente se debe a que llevo un tiempo sin trabajar en ella y es muy posible que cuando empiece de nuevo vuelva a sentir un desánimo interno y un aburrimiento, comparado con el cual sería una fruslería cualquier orgullo herido. También quisiera que no te refieras a tu trabajo llamándolo ‘pequeña novela’ (El cielo protector), como hiciste en tu carta, ya que estoy segura de que será muy poderosa y por lo menos el doble de buena que la mía, así como de mayor éxito, y lo mismo puede decirse de Dostoievski o Sartre (…). No me importa lo mejor o lo peor que escribas en comparación conmigo, siempre y cuando no insistas en que yo soy la escritora y tú no lo eres. Después de todo, ambos podemos serlo, y es una tontería por tu parte seguir comportándote de ese modo sólo porque temes desanimarme”.

Jane Bowles sufrió en 1957 un accidente cerebro vascular que afectó su capacidad de escribir y por el que perdió la visión lateral de sus ojos. A partir de esto y de la rehabilitación posterior, sus cartas se fueron haciendo más breves. Se añade a su enfermedad, la angustia que le provoca estar lúcida y reconocer que lo que escribe es reiterativo e incoherente.
Durante la década del ‘60 alternó su residencia entre Londres, Tánger y los Estados Unidos. Paul la acompañó bastante en esos años, pero no siempre vivió con ella, porque el estado de salud de Jane hacía necesaria su internación en hospitales psiquiátricos. En 1969, después de una breve estadía en Tánger, la internaron en la Clínica de los Ángeles, en Málaga, adonde residió hasta su muerte en mayo de 1973.
Las últimas cartas muestran que Paul Bowles no estuvo más cerca que antes, a pesar de su situación. Si era imprescindible que ella estuviera internada acaso él podría haber escrito algo para que ella no se sintiera tan abandonada e indefensa como para escribirle: “Querido Paul: te echo mucho de menos y echo de menos no haber tenido noticias tuyas desde hace tanto tiempo. Por favor ven a verme y si es posible sácame de aquí.”
El cielo protector quizá sea una de las grandes novelas del siglo XX. Como podemos leer en esta recopilación de sus cartas en el cielo de Paul, Jane no tuvo demasiado espacio.




Comentarios

Entradas más populares de este blog

“Esa mujer”, de Rodolfo Walsh, por Ricardo Piglia

No hay más que candados para Helena, de Esteban Valentino

3155 o El número de la tristeza