Paula Bombara: “La experiencia nos habla de que los niños tienen una capacidad de interpretación y de reflexión mucho más alta que lo que cree el adulto”

En esta segunda parte del encuentro que hicimos como cierre del mes dedicado a la literatura, la memoria y la identidad, Paula comienza leyéndonos un texto inédito, en proceso. Luego, pasamos, entre otros muchos temas, por la vida de Juana Azurduy, por las búsquedas que hacen los escritores –a veces obsesivamente- de información para los distintos tipos de literatura, por los proyectos en marcha y por el último concretado: Dos pequeñas gatas japonesas, novela que recientemente le editó Norma.

Mario Méndez: Ahora pasamos a la parte de taller en la que vos vas a leer. ¿Qué es lo que te propusieron?

Paula Bombara: Fue una invitación de una editorial a escribir una novela histórica, con un contenido político; con lo que yo quisiera hacer. Tuve la posibilidad de elegir una personalidad histórica, sobre la que yo quisiera escribir, a la que quisiera ponerle el cuerpo. Y elegí a Juana Azurduy. Medio que las editoras se imaginaban que Juana era la persona que yo iba a elegir… Nunca había aceptado participar en un proyecto que tuviera un límite de tiempo. Lo primero que hice fue preguntar si en el proyecto estaba Laura Ávila porque para mí en novela histórica es LA autoridad.

MM: Con quien vamos a cerrar este ciclo…

PB: Cuando me dijeron que ella iba a ser la coordinadora de proyecto, y que me iba a asesorar, acepté participar, y a las dos semanas ya tenía bibliografía, datos, tenía por dónde empezar a meterme en ese mundo y lo logré. Entregué un poco fuera de fecha pero parece que ya contaban con que me iba a pasar algo así, y ahora estamos empezando la edición, tenemos un par de meses para trabajar sobre el texto.

MM: ¿Ya tiene título la novela?

PB: Tiene un título provisorio, que por el momento es La fuerza escondida. Tiene un toque Star Wars… (Risas). El sable de Juana es el que le regaló Belgrano.

Álvar Torales: Juana y Padilla pelearon juntos. No se concibe a uno sin el otro…

MM: Y sin embargo si se habla de Padilla, más que a los lectores de historia, no suena. Si yo le pregunto a la mayoría si saben quién era Padilla. No tiene la misma fuerza…

AT: Yo creo que a Juana porque es mujer, sin querer minimizarla. Nadie se acuerda de quién fue Warnes, nadie se acuerda de quién era Padilla, y hay otros jefes de las republiquetas que fueron sumamente importantes.

Asistente: Bueno, lamentablemente tenemos la avenida Alvear de los traidores. Tan céntrica… Tratan de borrar toda ese pasado tan rico que tenemos.

PB: Bueno, pero es lo mismo que cuando te imitan a un porteño y te dicen que así hablan los argentinos. Como si la Argentina fuera Buenos Aires. Algo muy interesante que leí, que no tiene que ver con mi novela y que charlábamos con Laura, fue sobre el Alto Perú, que era parte del Virreinato pero quedaba lejos de Buenos Aires, y medio que terminaron cediéndolo. Casi no hubo lucha ahí. Y Bolívar decía que no, que tenían que seguir sin separarse, que esa era la política inglesa, la de separar. Y bueno… mirá.

Asistente: Así cedieron también el Uruguay.

PB: Al mismo tiempo, sí.

Asistente: La batalla se había ganado, y trajeron a esta autoridad inglesa, para firmar el pacto con Brasil, Uruguay no se lo queda nadie y se hace república independiente. Todo transa política.

MM: Bueno, Pau, ¿Nos vas a leer?

PB: Leo. Está sin editar. Es el capítulo 18. Juana y Manuel vienen de pasar pérdidas muy tremendas.

(Paula leyó un texto que está en construcción, de un libro que saldrá en febrero o marzo del año que viene, por dichas razones no lo publicamos acá).

Asistente: ¿Cuántos capítulos tiene?

PB: No me acuerdo. (Risas).

MM: Pero la novela está terminada…

PB: Sí, creo que hay cuatro o cinco capítulos más después de ese. Como mucho. Nace Luisa, que es la hija más chica…

MM: ¿La sobrevivió?

PB: Sí. Bueno, Juana vivió hasta los ochenta y un años. Igual mi novela llega hasta que ella parte a Salta a encontrarse con Güemes. Hay un poco más, pero mi texto termina cuando ella todavía es joven y sigue luchando. No quería seguir hasta la vejez, porque tiene una vejez muy triste. Era muy difícil elegir el enfoque y el período que yo iba a narrar. Porque toda su vida fue súper triste. Tenía varias novelas para leer como referencias. La obra de teatro de Adela Basch, que destacó sobre todo el espíritu de lucha. Ese enfoque era una elección posible. Después, cómo cuenta su biografía Pacho O’ Donell que recorre la vida entera en su novela. Igual que la de Félix Luna, que en realidad es producto de un grupo de trabajo de historiadores que fueron fuente para mí. Ellos eligieron atravesar toda la vida, yo elegí ocuparme de 1810 a 1816 o 1817.

MM: Bien acotado…

PB: Sí. La verdad es que todavía no la releí muchas veces, porque quiero que me llegue el borrador con todas las marcas de mis editoras y de Laura Ávila, así empiezo a trabajar. Esto está así como lo escribí. Después cambia un montón. Hay un montón de palabras que ya vi que sobran…

MM: ¿Te ayuda leer en voz alta, en general? ¿Lo hacés?

PB: Sí, sí. Esta no la leí en voz alta todavía. La primera vez fue ahora. Hay muchas cosas que no me gustaron. Ustedes esto no lo cuenten…

MM: No, no.



Asistente: ¿Por qué elegís obviar la última etapa de su vida? Me parece que como sociedad nos merecemos revisar eso…

PB: Sí, pero mi novela es más sobre Killari, que es mi personaje de ficción. Juana es la madrina de esta nena que crece durante esos años y termina tomando una decisión de joven adulta. Esa es mi novela. No es sobre Juana, es sobre mi personaje, una mujer del pueblo. Y elegí que fuera una nena porque entre toda esa documentación que leí encontré datos de historiadores de Bolivia que no se pueden probar demasiado (me hubiera encantando tener tiempo para ir a Sucre a investigar a un Archivo Histórico). La cuestión es que leí que había muchos huérfanos dando vueltas por el paisaje, alojados como tribus, donde un par de madres se hacían cargo de todo. Como sucede con las madres leonas: todos los cachorros son de todas. Ese tipo de crianza grupal y compartida. Y me re interesó trabajar qué pasa si una de estas huérfanas decide aislarse. Ahí está mi personaje y lo que a mí me interesaba. Una nena joven que transita la noche.

Alejandro J. Alonso: ¿Cómo hiciste en este caso para encontrar la voz de Juana, que es un personaje histórico? De repente, viste las cartas que le mandó a no sé quién… Generalmente las cartas tienen un lenguaje escrito, o sea, no puedo escuchar la voz. En lo que leíste recién me resultó muy fácil imaginarla. ¿Cómo hiciste para encontrar la voz de Juana?

PB: No sé responderte, es difícil…

AJA: A mí, en los pocos relatos históricos que hice, encontrar una voz (en un caso era Rosas, en otro era Eva Perón), me costaba. Por ahí pasaba un año hasta que la escuchaba. Por eso te pregunté. A lo mejor la escuchaste en algún lado. A Rosas terminé asociándolo con otra figura histórica. Pero en realidad, lo que yo estaba escuchando era una especie de traspaso. Fue una trampita que me hice porque no la escuchaba de ninguna manera. Tomé otra figura de la cual hay grabaciones. Podría haber hablado así. Y en el caso de una mujer guerrera como Juana Azurduy, no sé cómo habría hecho para encontrar esa voz. ¿Cómo hablaba? ¿Qué decía? Yo, como que me quedo ahí…

PB: Sí, yo trabajo a partir de las voces, también. Supongo que ahí había una cuestión externa que tenía que resolver, que fue súper intensa. Muchas decisiones las tomé porque leí muchísimo en poco tiempo, investigué sobre el ecosistema, sobre el paisaje. Sin entender nada, leí cosas en aymara, en quechua, ponía los audios a ver cómo sonaba eso, leí las cartas que ella escribió, los reclamos al gobierno. Leí también las cartas que escribió Padilla, algunas estaban en los textos que usé como fuente, miré todos los cuadros que hay (que dicen que ninguno la representa como era). Me nutrí de todo lo que pude. Y después traté de olvidarme de eso, y de pensar en mi personaje, en esto que dice Hebe Uhart de encontrar la hendija por donde meter la ficción. Mi niña era de las nenas que nadie mira. Me puse a imaginarla. Y tenía la gran confianza de que si la pifiaba con algo histórico, ahí iba a estar Laura apuntalando. Ahora me enteraré de cuantas pifiadas cometí. Después, escuchar voces de personas bolivianas y voces de nuestro norte, su cadencia, y a partir de ahí, imaginar. Todo en muy poco tiempo. Intensísimo. En algún momento empezó a sonar, primero, mi personaje. Partí de ahí, de Killari. Después, cuando se encuentra con Juana apareció la Juana madre, así entré en ella.

AT: ¿En esa época las voces tendrían esa cadencia provinciana que tienen ahora? ¿O serían más españolizadas?

PB: De ella no se sabe mucho en realidad. La biografía oficial dice que ella estudió en un convento, pero hay biógrafos de Bolivia que dicen que en realidad no hay fuente que permita asegurar que ella estudió ahí. Y que con el nombre Juana Azurduy (con el apellido escrito de diferentes modos, con “s”, con “i” latina), contemporáneas, hay como cinco. La primera fuente que hay de la Juana libertadora en realidad es el acta de matrimonio con Padilla. Y el nombre de los padres que figura ahí no es el de los padres que figuran en la biografía “oficial”. No coinciden los datos de las fuentes entonces no se sabe con certeza cuál fue su educación. Que hablaba aymara, quechua y castellano y que estaba instruida, sí. Sabía leer perfectamente, y como después su esposo estudió en la Universidad, en la ciudad que hoy es Sucre, podemos suponer que ella leyó los mismos textos sin ir a la universidad. Porque después fue ella la que instruyó a las milicias y para eso le pidió libros a Belgrano. Eso sí se sabe, que ella fue la que tomó esa idea de instruir a los civiles. Belgrano no los ponía en el frente de batalla porque no eran militares. Entonces ella le dijo: “¿Vos querés un ejército? Está bien”. Y ahí pide libros para ver cómo se hacía eso. Era una persona instruida…

AT: Raro para una mujer en esa época…

PB: Pero su instrucción no era formal. No pasó por instituciones educativas, tal vez por ese convento, no se sabe. Leyendo sobre Juana, me enteré de que había un montón de mujeres luchadoras. Porque hubo varios levantamientos en Potosí, en La Paz y en Chuquisaca, en las que como todos los hombres estaba en las batallas, eran las mujeres las que tenían que defender a los hijos y a las casas. En Bolivia hay otras efemérides, el día de la madre, por ejemplo, homenajea a un grupo de mujeres cochabambinas que murieron defendiendo su ciudad. Manuel Asencio Padilla allá es una figura importante.

MM: Warnes también, ¿no?

PB: Warnes también es más importante allá que acá. De hecho, dos lugares geográficos importantes en la novela donde los Padilla se asentaron, hoy en día se llaman Padilla y Azurduy.
AT: Donde lo mataron a Padilla, donde pusieron su cabeza en una pica se llama Padilla y hay otra más.

PB: Azurduy se llama el lugar donde ellos hicieron el asentamiento para que entrenara el ejército. Donde nuclearon a todos los de las Republiquetas, que sabían que tenían que ir ahí. Ese lugar se llama Azurduy.



MM: ¿Esta novela está pensada para alguna colección juvenil, infantil?

PB: Infantil. La verdad es que por la experiencia, yo he ido a quintos grados, chicos de diez años con El mar y la serpiente y La chica pájaro. Como la experiencia nos habla de una capacidad de interpretación y de reflexión mucho más alta que la que cree el adulto que los niños tienen, yo no pensé en una edad definida para esta novela. Y ahora espero que vuelvan las notas a ver qué leyeron, a ver si acerté con el tono.

MM: ¿Pero va a ser una colección especial? ¿O se va a integrar en una serie?

PB: Se va a integrar a la serie amarilla de Torre de Papel. Probablemente haya profesores que la den en años superiores. Así como El mar y la serpiente se desmarcó hacia niños menores, yo creo que puede ser que esta novela se desmarque y también sea leída por  jóvenes. Vamos a ver. No se sabe nunca el camino de los libros.

MM: Nunca se sabe. Ya que está terminada tan recientemente, ¿cuál es la sensación cuando terminás? ¿Tranquilidad? ¿Inseguridad?

PB: De inseguridad.

MM: ¿Todavía hoy, a pesar de tanto tiempo y tanto publicado?

PB: Sí, porque elijo lugares incómodos, entonces estoy insegura todo el tiempo de las decisiones que tomé. No estaba insegura mientras escribía, ojo. Estaba feliz y convencida. Es una sensación que aparece al mostrar lo que hice.

MM: Para incomodar tal vez sea bueno elegir lugares incómodos. ¿Vos creés que la novela de Juana va a incomodar?

PB: La verdad es que no sé. A mí me puso en un lugar en el que me pregunté qué hacemos con los chicos que pierden a su familia en la guerra. Y pensaba todo el tiempo en Palestina, en los chicos que están sueltos y solos en las guerras. Cómo hacemos para soportar eso que está pasando del otro lado del océano. Yo estaba todo el tiempo en ese lugar de la madre. Me ponía en el lugar de mi personaje, en su orfandad y su falta de hogar y me preguntaba cuántos chicos están en ese lugar hoy. Hay que esperar a que esto se lea, y ver, no lo sé. Igual cuando los libros ya se publicaron…

MM: Tienen su propia vida, sí.

PB: Sí, son como seres vivos en el sentido en que respiran cuando hay una persona que lee y que les insufla oxígeno. Mi parte termina cuando el libro ya es un objeto. Listo. Ya está. Si gusta, si no gusta… bueno… Ojalá genere reflexiones. Realmente fue un desafío enorme, por el corto tiempo y porque Juana es una persona con una vida tan llena de sufrimientos, y ella es tan feroz también…

AT: Constante.

PB: Espero estar a la altura. Lo sentí como un desafío. Y les agradezco a Laura Ávila y a las editoras, Laura Linzuain y Laura Leibiker el respaldo y la confianza. Esa cosa de: “Hacé. Vos hacé, y nosotras estamos ahí”. Un día le escribí a Laura para preguntarle si sabía que sustancias químicas usaban para curar… Y a los tres días me contestó con mucho más detalle del que yo esperaba. Cada pregunta volvía con una respuesta tan vívida...

MM: Yo creo que Laura vivió en esa época… (Risas).

AJA: Vos sabés que hay un negocio que tiene un montón de Todo es Historia, que dice, Enfermeras en el año 1800. Y voy y compro las revistas porque justo iba a escribir sobre eso. Y el miedo que tengo es saber si el día en el que quiera escribir sobre esto, voy a tener material para escribir sobre eso. ¿Cómo era la medicina en 1810 o 1812? ¿Qué se comía? Entonces soy un consumidor de ese tipo de cosas, y se van acumulando, y por ahí no estás escribiendo en ese momento y se siguen acumulando. Es desesperante.

PB: Cuando me dijeron que Laura iba a ser la asesora histórica, me dio tanta tranquilidad. Hay algo que es básico y es que si el autor se va a meter con una especialidad (pasa a veces con la ciencia ficción que se mete con el mundo de la ciencia), lo esperable es que la editorial tenga un asesor especialista. Alguien del área que sea, ciencia social, natural, o exacta, pero que esté ahí, diciéndote que algo es muy literario, pero no puede ir, o que sí puede ir aunque sea muy literario. Después, vos decidís. “No, pero yo quiero que esté aunque sea una licencia poética”. Está bien. Es una decisión autoral, y está bárbaro que vos sepas lo que no estás respetando. Pero al menos que haya una figura referente que te diga lo que tenés que saber cuando tomás una decisión.

AJA: O por lo menos que consuma ciencia, que lea. Entonces, cuando escribís tenés una idea de para dónde van las cosas. Hoy en día se puede consumir mucha divulgación científica, incluso de buen nivel, sin necesidad de invertir…

PB: Pero también podés llamar científicos, ¿por qué conformarte con alguien que lea ciencia teniendo científicos?, van a tener buena onda seguro... (Risas).

AJA: Los últimos cuentos yo los chequeé con Diego Golombek.

AT: ¿Tu parte científica la abandonaste totalmente?

PB: No, porque escribo sobre ciencia.

Asistente: ¿Ciencia ficción escribís?

PB: No.

Asistente: ¿Cómo que no? ¿Pensás que podría ser o como es más de lo mismo que venías haciendo por otro lado?

PB: No, no sé. No tuve ninguna idea para escribir algo de ciencia ficción hasta el momento.

Asistente: Lo bueno, cuando uno está muy metido en alguna ciencia, es que todo lo que puede imaginar, si lo pudiera imaginar, sería ciencia. O sería tecnología. A veces uno tiene que escribir sobre cosas (como te pasa con la historia), que no terminás de conocer para poder dar ese salto al texto.

PB: Pero el mundo de la ciencia es amplísimo... Para escribir Lo que guarda un caracol me fui a Ciudad Universitaria a ver a los especialistas en gasterópodos. Y estuve charlando varios días con una especialista y viendo como hacían disección de caracoles. Después ella leyó los borradores, y después leyó las versiones avanzadas… Soy bioquímica, leía y comprendía las metodologías. Podíamos hablar, entendía todo lo que me estaba diciendo. Pero de ahí a animarme a escribir sin hacer esa investigación previa como si fuera una bióloga especialista en moluscos y gasterópodos, no. Porque ponerles voz a esos científicos significaba pasar esa voz por mi cuerpo, buscar en mí esos elementos que hacen falta. No es menor esa búsqueda de una voz, hablar con una terminología específica y que fluya… Ahí, hicieron falta esas jornadas en Ciudad Universitaria.

MM: Está bueno. ¿Alguien más quiere hacer algunas preguntas? Escucho…

Asistente: ¿Ya tenés algún otro proyecto listo?

PB: Sí, tengo. Acaba de salir una novela que escribí el año pasado, Dos pequeñas gatas japonesas.

MM: Mientras hablábamos de identidad, la compañera Lucila leyó Origami, de Eduardo González. Ella tiene un compañero japonés, y sus hijos son, como les dicen los japoneses, “combinación”, “mezcla”.

Asistente: Pero son argentinos…

Asistente: Pero tienen cara…

PB: Tienen una cara “rara”, porque son mezcla de japoneses e irlandeses.

MM: ¿Investigaste algo de la cultura japonesa?

PB: Se me hizo necesario meterme con la adoración que tienen por los gatos. Tienen una isla en la que hay más felinos que humanos. También la música japonesa imperial, porque los abuelos de los protagonistas son músicos. Tocan en una orquesta de gagaku, que es una música que tiene mil seiscientos años de antigüedad, y los cargos se heredan…

MM: ¿Cómo los cargos?

PB: Los puestos en la orquesta. Bueno, tienen que presentarse por todo el país. Mantener viva la música es parte de la memoria colectiva. Cuando vivieron la guerra mundial y lanzaron las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, había una preocupación por ver qué puestos de la orquesta imperial se veían descubiertos y cómo mantener viva esa tradición porque, que la música pasara de generación en generación, era una cuestión de identidad cultural. Después, los haikus. Un desafío que me encantó. Cada capítulo abre con un haiku. Eso fue muy gracioso, porque los capítulos no tenían nombre. Mi editora me pidió que les pusiera nombre, porque era una novela para chicos chiquitos y le parecía importante. Entonces yo le mandé dos opciones: los nombres de los capítulos o los haikus. Y se quedaron con ambos porque les gustaron las dos cosas. Entonces ahora figura el nombre y el haiku. Los trabajé con Sandra Pérez, que es una profesora de haiku, especialista en eso. Hicimos un tallercito online, a distancia. Y por el lado de Irlanda, la parte materna de la familia de los protagonistas, la tradición de la música, porque eso es un poco lo que une a estas familias, y el humor. Costumbres también. Comida.



Asistente: Una pregunta muy ignorante… ¿Cómo sabés donde chequear una fuente?

PB: No chequeo en un solo lugar. Pregunto cuáles son los sitios seguros… Me fui a la embajada de Japón… Busco muchos datos y después voy cruzando información para ir corroborando. Y con Laura Linzuain, que es con quien trabajé esta novela y voy a trabajar La fuerza escondida nos llevamos súper bien porque las dos somos re obsesivas. Ya trabajamos juntas en Una casa de secretos, fue una experiencia buenísima. No hay dato que haya quedado sin chequear. Incluso, en Dos pequeñas gatas japonesas hay un jarrón enorme que es parte de lo que se hereda en esa familia, y había que ver qué se dibujaba en los jarrones. Qué se dibujaba en los jarrones, si hubiera algún ceramista que hiciera jarrones, en la época en la que llega el jarrón a la familia, de qué colores eran… Y después hay cosas que las dejamos, que los lectores inventen…

Asistente: Con ese nivel de obsesión…

PB: El nivel de obsesión se me desarrolló más en la vida de científica, me parece. De participar en experimentos, de tener en cuenta muchísimas variables, y saber que se va a probar por lo menos tres veces antes de que salga bien.

AT: Es que no es obsesión. Me acuerdo de algo que contaba Mariño sobre los piratas. La cantidad de investigación…

PB: La obsesión aparece cuando faltan tres días para entregar y vos seguís investigando, negando que ya no hay tiempo para eso. Y chequeando datos.

MM: Lo que decía Álvar de Mariño, era que el noventa por ciento de lo que investigó para su novela de piratas, no lo usó. Pero que lo necesitaba de base.
PB: Claro. Sí. Se necesita para hallar la voz. Quizás el caudal tiene que ver con el tiempo que se tarda en encontrar la voz. De las novelas que escribí hasta ahora, la investigación que me ha resultado más difícil es la que hice para Lo que guarda un caracol. A veces una trabaja tratando de que no se note la investigación porque debe primar la naturalidad y la sencillez…

Asistente: Pero hay una densidad en lo que no está dicho. Porque vos estás diciendo cosas a partir de lo que investigaste. No contás esas cosas. Por ahí estás contando otras, pero hay una cierta densidad que se nota…

AT: El iceberg de Hemingway.

PB: Creo que si se escribe para chicos, tiene que estar esa densidad siempre.

Asistente: Es una discusión. Un adulto tiene un porcentaje de experiencias más alto, y con el chico es como si todo tuviera que estar más digerido, más explicado…

PB: No. Para mí no tiene que ser así, para nada. Además, si pensás que la infancia es el momento de la vida en el que tenés más primeras veces, más experiencias dolorosas y de vida, no. Predigerirle las experiencias no me parece…

AJA: Cuando era chico, la mitad de las cosas no las entendía, pero por eso quería seguir leyendo. Leí a Agatha Christie a los doce años.

PB: Porque te enganchabas con la trama.

AJA: Con la mitad de las cosas, había algo abajo. No lo veía.

PB: Nosotros no entendemos la mitad de las cosas...

Asistente: También pasa con algunos libros cuando los volvés a agarrar después de un tiempo…

PB: Cuando releés. Cuando uno es chico relee muchos libros. Los que más te gustan los releés. Y de adultos no releemos… ¿Por qué?

Asistente: Yo debo ser chica, todavía. Soy narradora de cuentos.

PB: Claro, por tu profesión. Para mí, cuando releés, incorporás muchísimo.

AT: Yo también releo, pero tiene que ser algo que me impacte.

MM: También es cierto que hay tanto para leer…

AT: Una película la ves dos o tres veces. ¿Por qué no leer un libro otra vez?

MM: No sé si la veo dos o tres veces. Hay mucho para ver.

PB: Pero capaz que la enganchás por la mitad y te acordás de que te había gustado… También podés agarrar el libro por la mitad…

Asistente: Si agarrás un libro en una librería…

MM: Bueno, yo tengo una pregunta final, así nos vamos despidiendo. De la lectura. Decíamos al principio que en el género de la identidad y la memoria El mar y la serpiente fue un mojón. Y yo abrí este ciclo, hablando de diez o doce libros que me parecieron fundamentales. Sobre todo en la LIJ. ¿Vos tenés cuatro o cinco libros que te gusten especialmente en este género, más allá de El mar y la serpiente?

PB: Hay una nouvelle de Márgara Averbach que no está publicada para jóvenes, dentro del libro Cuarto menguante, publicado en 2003 por Emecé, que me parece realmente buena. Para mí tranquilamente podría estar en una colección para jóvenes. La discusión eterna sobre qué es juvenil y qué no. Piedra, papel y tijera de Inés Garland, otro libro excelente, ella tampoco la escribió pensando en jóvenes. La trilogía de Laura Alcoba, La casa de los conejos, El azul de las abejas, La danza de la araña. Me gusta mucho cómo escribe Laura.

MM: ¿Leíste algo más además de la trilogía?

PB: No, aún no. La voz que logró, sin dejar cierta visión desde la adultez, pero ahí está la voz de esta nena creciendo en un país que le es ajeno y que a la vez es el que ella adopta, el que ella elige para crecer. Y el Quién soy. Soy parte, pero no puedo evitar nombrarlo. Es un libro que me parece excepcional. El mejor que se ha logrado a mi entender.

Asistente: Te gustan mucho los chicos, ¿no?

PB: Sí, pero lo que me gusta no es que sea para chicos. Es que este libro fue el resultado de un laburo en equipo. Ahí hay un conjunto de voces e imágenes, una cuestión colectiva que tiene mucho que ver con cómo se realizan las búsquedas de los restos de los desaparecidos y de los Nietos, siempre en equipos interdisciplinarios. Cada uno hizo su parte de modo muy sentido, y es uno de los pocos libros que logra transmitir la cuestión de la memoria colectiva que contiene cada historia particular. Ahora está Identidades encontradas, que intenta ir por ese camino, pero el Quién soy tiene esta cuestión con la imagen, con la visión estética y de diseño del objeto, que para mí lo hacen EL libro. Es una belleza. Por otra parte creo que hubo una circunstancia muy especial en cada uno de nuestros encuentros con los nietos, que ellos fueran nuestros lectores, que se apropiaran de los cuentos. Una vez lo llamé a Manuel porque nos teníamos que encontrar en un colegio y él no llegaba. Y le dije: “¿Me hablás y estás manejando?” y me contestó: “Ya sé que no soy Superman”. Para mí en esa respuesta hubo tal valoración a mi cuento que ya está. Es SU cuento ahora. Listo. Y bueno, lo que dice Sabrina del relato de los melli… Todos. Creo que es un libro excepcional. Ovillo de trazos, este proyecto literario que tenemos en Abuelas intenta ampliar esto de sentirnos contenidos por una memoria social, apostamos a que sean trabajos de muchos, que se vayan sumando voluntades, con la intención de mantener viva la memoria de tantas maneras como autores vayan participando. Yo estoy muy orgullosa de Ovillo de trazos, que aparte es un proyecto a largo plazo, con muchas ideas que se están barajando para continuar.

MM: Agrego una más. ¿Cuándo va a ser la muestra de las fotos? Contá un poquito.

PB: Es parte de mi trabajo como colaboradora en Abuelas. Concretamente llevo ideas y es genial, porque el equipo de difusión me da bola y entre todos terminamos de dar forma a estas ideas y las vamos concretando una a una. Venimos haciendo hace cinco años  Twitter relatos por la Identidad, lo cual agrandó muchísimo la cantidad de personas que siguen a Abuelas en Twitter. Teníamos el desafío de ayudar a instalar el Instagram de Abuelas. Un lenguaje que es más ajeno, pero había que activar. Entonces se nos ocurrió dar vuelta la propuesta y que en lugar de ser Twitterrelatos premiados que fueran ilustrados por ilustradores de renombre, fueran fotos de usuarios de Instagram que fueran ficcionalizadas por escritores reconocidos. Fueron dos o tres días que se abrieron a la recepción de fotos. No sabíamos cuantas iban a llegar. Llegaron un montón. Por otra parte, desde Abuelas se convocó a un jurado de tres fotógrafos para que escogieran las veinte fotos más impactantes. Y yo convoqué a veinte autores para que las ficcionalizaran. A cada autor le llegó una de esas fotos al azar. Ahora ya están en proceso de escritura. El 8 de noviembre los escritores tienen que mandarnos todos los relatos y a partir de tener todo el material se planea una inauguración que, si se puede, se hará en diciembre… El lugar todavía no está definido.

Asistente: Hay un trabajo que hizo un fotógrafo que los habrán visto pasando por Warnes. Todo lo que era la memoria de los vendedores de repuestos de Warnes con pequeños textos. Tenías los negocios de un lado y estos “cartelitos” del otro. Los podía ver cualquiera. Y seguramente el que iba a comprar los repuestos se encontraba con cosas que conocía. Está bueno eso de que sea público.

PB: Voy a contar una cosa que me pasó el jueves pasado en una escuela. Habían leído Una casa de secretos. Ya me había pasado alguna vez en otras escuelas pero esto fue genial. La docente le pidió a cada familia que les diera a los chicos un objeto familiar con una historia. Para recuperar un poco la memoria familiar. Había como cinco cucharas, había una brújula, había un diccionario, había una plancha de esas en las que adentro se meten las brasas, las de hierro. Había un aparato lleno de alambres, de madera, que era para hacer fideos. Que no se sabía si era un instrumento de cuerdas… me tuvieron que sacar de ahí para que fuera a dar mi charla. Estaba completamente metida entre esas historias que me eran ajenas, pero de algún modo me llevaban también a la casa de mis abuelos. Eso también es identidad y memoria.

Asistente: Ahí también lo que está es el relato. Hay como un policial a resolver. Hay un objeto que hay que ver por qué lo trajo. Y uno quiere saber cuál es la historia. No importa si no es tu historia. De alguna manera te involucra, hay un misterio que resolver.

PB: Tenés que despertar eso, porque los chicos naturalizan ese objeto que está desde que ellos nacieron si no hay un adulto ahí para desnaturalizarlo. Al despertar esta pregunta, aparece este interés.

Asistente: ¿Por qué la abuela tiene un plato ahí arriba?

PB: O por qué lo tenés vos, también, que te lo trajiste de lo de la abuela. Depende del objeto. ¿Por qué esta cuchara? ¿Por qué la guardamos? ¿Por qué sigue estando en la mesa esta cuchara?

Asistente: Con mi pareja me pasó que hay un plato que se lo dio la madre, y lo usamos para comer. Y cada vez que yo lavo ese plato ella me hace… (Risas) Es así. Lo usamos todos los días, pero cuando yo lo lavo tengo que tener súper cuidado porque si se llega a romper, me divorcio.

AT: Acá Mauricio puede dar fe. Los viejos recordamos cosas que estaban en la casa de nuestra infancia. Una tetera, un jarrón, un vaso… Te acordás perfectamente.

MM: Proust escribió un poquito de eso…

PB: Un poquito… ¿Y no es lindo cuando te preguntan sobre eso? Yo creo que eso es parte de la construcción de la identidad.

MM: Bueno, ¿podemos dar por fundado el género de identidad y memoria?

Asistente: Hay que hacer un manifiesto. (Risas).

PB: No sé... ¿es necesario estructurar tanto? ¿No estaría bueno que esté presente en todos los géneros? ¿Qué sea transversal?

MM: Eso, que esté presente.

PB: Me parece que hay que borrar los límites de los géneros, en lugar de fundar otros. Es al revés: saquemos los colores y las edades de las colecciones, saquemos las etiquetas de todos los géneros. Es algo que uno hace porque así funciona nuestro cerebro. Abstraés, sacás características comunes… y decís: “Eso es un perro”. Y todo lo que veas que tiene características comunes a ese concepto, es un perro. Es una operación que hacemos permanentemente, con todas las cosas y los seres; y el desafío me parece que está en no hacerla, en poder vernos como únicos. Poder ver a cada uno de los otros como únicos.

Asistente: Hoy una máquina puede identificar qué es un perro después de haber visto dos millones de fotos de perros y haber sacado ese factor común. Lo que tendría que tener presente el ser humano es algo diferente de lo que se pueda generar por inteligencia artificial.

PB: Para mí eso es la creatividad. Lo que se puede simular en un programa de computación es, quizá, el azar en las decisiones y eso tiene que ver con la creatividad. Pero la idea creativa, innovadora… Es más difícil hacer un programa que simule eso. El que es creativo es el que inventa ese programa.

AT: Están las palabras que se refieren a cada cosa…

PB: Sería re sencillo si cada palabra se refiriera a una cosa, pero no es así. Sería una locura también.

MM: Me gustó lo de la rebelión. Mañana vamos a ver Cornelia frente al espejo en Hebraica en el otro ciclo. Y me acuerdo de que en sus últimos años como escritora, Silvina Ocampo se había rebelado contra la tiranía de los géneros. Una adelantada. Bueno, Paula, te despedimos con un aplauso.

APLAUSO FINAL.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

“Esa mujer”, de Rodolfo Walsh, por Ricardo Piglia

No hay más que candados para Helena, de Esteban Valentino

3155 o El número de la tristeza