El aviador

Las dedicatorias y los homenajes a veces se cruzan en la escritura, le dan valor al acto de contar y señalan la importancia de los relatos en la vida de las personas. Este cuento de Mario Méndez, surgido de una anécdota relatada por su padre, salió en el libro La niña momia y otros cuentos, de Crecer Creando, y es un homenaje a Eduardo Alfredo Olivero, aviador que peleó en la guerra mundial, pero que fue un héroe al volver.



A mi viejo


Camino de su casa, arrastrando el delantal junto con el cansancio de viernes, Violeta iba pensando en lo que había dicho la señorita Rosana en la última hora de clase. Llevaba el cuaderno de comunicaciones en la mano, para no olvidarse. Apenas llegara a casa tendría que llamar por teléfono al abuelo Mario.
Violeta recordaba que al principio, cuando la seño propuso el nuevo proyecto de historia, los chicos no entendieron muy bien de qué se trataba. Con paciencia, la maestra volvió a explicarlo:
- Se trata de rescatar nuestra historia a partir de los testigos, de aquellos que la vieron ocurrir. Yo pensé que algunos abuelos o abuelas de ustedes podrían venir a contarnos episodios de la historia del barrio, de la ciudad, del país. O, si son extranjeros, de su propio país y de su llegada a la Argentina. Por ejemplo mi papá, que podría ser abuelo de ustedes, cuenta historias del puerto de Buenos Aires tal cómo era cuando él llegó de España, en un barco que traía muchísimos inmigrantes. Eso fue durante la guerra civil española, la gente  escapaba a los horrores de la guerra, y mi papá podría contarles muchísimas anécdotas interesantes.
- ¿Va a venir? – preguntó Martina, una pelirroja bastante charlatana y un poco distraída.
- No, Martu, no, era un ejemplo... bueno, por ahí sí, no sé – en ese punto la maestra hizo una pausa, Violeta lo recordaba bien, como calculando si su papá iría o no al aula. Luego sacudió la cabeza levemente, un tic que siempre repetía, y continuó. - Lo importante es que entiendan la propuesta. La notita que van a pegar es una invitación a los abuelos, pero mejor que la nota es que ustedes se los expliquen, los entusiasmen, y los inviten.

A Violeta las palabras de la maestra le habían quedado dando vueltas en la cabeza: debía entusiasmar al abuelo, él siempre tenía alguna historia para contar. Por eso apenas llegó dejó la mochila en un sillón, le dio un beso rápido a su madre y corrió al teléfono.
- Hola preciosa - respondió la voz del abuelo del otro lado del tubo, y fue prácticamente lo único que pudo decir, antes de que la catarata de explicaciones de su nieta, que hablaba a cien mil por hora, le dejaran la vaga idea de que tenía que ir a la escuela la semana entrante, pararse frente a veinte chicos desconocidos y contarles alguna historia del pasado que les pudiera interesar.
-¿Me prometés que vas a venir? –fue lo último que escuchó el abuelo.
-Sí, Viole, sí, te prometo – alcanzó a confirmarle antes de que la nieta le cortara sin darle tiempo de preguntar por nadie más de la familia.
Apenas dejó el tubo, Violeta corrió a la heladera, sacó un yogur y, entre cucharada y cucharada, le fue  contando la propuesta a su mamá.
Mientras tanto, a unas treinta cuadras de allí, mate en mano, el abuelo le comentaba a su canario preferido la charla con la nieta.
-Parece que tengo que volver a ir a la escuela, Pipo, qué me decís.
Como respondiéndole, el canario cantó apenas, un gorjeo claro y breve. El abuelo sonrió.
-Sí, yo pienso lo mismo –dijo, y se cebó otro mate.

Y así, una semana después, justamente al siguiente viernes, muy peinado y muy nervioso, el abuelo de Violeta hizo su entrada en el aula de la señorita Rosana. Los chicos estaban callados, esperando. Era el primero de los abuelos en responder a la propuesta, el primero que se animaba a contar algo de su historia en la escuela.
Don Mario se metió en el aula de la mano de su nieta y los chicos lo saludaron a coro. La maestra lo presentó formalmente, resplandeció el flash de una cámara que manejaba la directora, sentada en un costado, y la historia comenzó.

“Quiero contarles una historia de cuando yo era chico - comenzó el abuelo-, una historia de  cuando tenía más o menos diez años, tal como ustedes ahora. Esto que me pasó no se me olvidó nunca, y les aseguro que es todo verdadero. Yo vivía en Tandil, en un barrio al pie de los cerros, un barrio que en esa época era casi campo. Vivía en La movediza, al pie de la famosa piedra que se movía sola y se había caído unos años antes de que yo naciera. A ese lugar  llegaban los turistas de Buenos Aires y de vez en cuando hasta algún extranjero. Los chicos del barrio, cuando veíamos llegar un auto, corríamos a su lado y nos ofrecíamos para cuidarlo y para hacer de guías: “le muestro la movediza, señora” gritábamos, o “yo le cuido el auto, señor” y los visitantes  por ahí nos dejaban guiarlos y nos daban alguna moneda. Y hasta algunos famosos llegaban: yo, por ejemplo, guié hasta la piedra nada menos que a Francisco Varallo, un famosísimo delantero de Boca al que recién reconocimos cuando un señor nos dijo “¿Saben quién es él? ¡Es PanchoVarallo!” y nosotros no lo creímos hasta que nos mostró una medalla con su nombre. Pero bueno, no es de este encuentro del que quiero hablarles, sino de otro, de la vez que me encontré con Eduardo Olivero. ¿Ustedes saben quién fue Eduardo Alfredo Olivero, no?

Todos los chicos se miraron sorprendidos, ninguno tenía la menor idea y la maestra tuvo que intervenir.
- Me parece que no, Don Mario. ¿No quiere contárnoslo?
El abuelo de Violeta se acomodó un poco en la silla, sonrió y siguió la historia. Por supuesto que quería contarlo.

“En esa época los chicos teníamos una costumbre que creo que ahora, por suerte, se ha perdido bastante. Era muy normal que todos tuviéramos una honda y saliéramos a cazar pajaritos: gorriones, chingolos, torcazas. Yo, por suerte para mí y para los pájaros, tenía muy mala puntería, pero un día en que andábamos cazando por el cerro increíblemente acerté un hondazo. Habíamos corrido por todo el barrio y sin darnos cuenta llegamos a la puerta del bar y almacén de Don José Lameiro, donde había unos señores muy bien vestidos tomando un café en una de las mesas de la vereda.  Yo, como les decía, acerté el tiro y una palomita cayó al piso, muerta. Apenas la vi caer me quedé helado, era la primera vez (y fue la última) que me ocurría, y me dio una tremenda impresión. Pero no estuve mucho tiempo quieto. Casi inmediatamente después de que la paloma chocara contra el piso escuché un chistido, y uno de los señores que estaban en el bar me hizo señas de que me acercara. Yo caminé hasta la mesa y por segunda vez en esa mañana me quedé helado: el hombre que me llamaba era nada menos que Eduardo Olivero, el héroe. O también Eduardo Olivero, el monstruo.
Este señor había sido un piloto de la primera guerra mundial, y había obtenido muchas medallas por su valentía y sus victorias defendiendo la patria de sus padres, Italia. Pero su hecho más heroico, su más valiente victoria la había obtenido después de la guerra, en Tandil. Yo no lo sabía, como ustedes tampoco lo saben, hasta ahora.”

Don Mario volvió a acomodarse, miró a la maestra como preguntándole si lo estaba haciendo bien, recibió la sonrisa de aprobación de la señorita y en el silencio expectante de los chicos, continuó su relato.

“Eduardo Olivero me llamó a su lado y, como les dije, yo me quedé impresionado. El hombre era un verdadero monstruo, le faltaba la nariz, una oreja, las pestañas. Tenía el rostro desfigurado por el fuego y su voz era tan rara como su aspecto. Me preguntó por qué mataba pajaritos y como yo no supe qué contestarle me pidió que no lo hiciera más, que matar no servía de nada. Luego me contó su historia. Había sido aviador de la primera guerra, como les conté, pero cuando las numerosas batallas terminaron, él volvió a su Tandil natal sin una sola herida. Había tenido mucha suerte, me dijo, aunque muchos de sus amigos (y también de sus enemigos, claro) no la habían tenido. Él había sobrevivido a una de las más espantosas guerras de la  historia, y, aunque les parezca curioso, fue en la guerra, entre el humo, el olor de la pólvora y los gases, y en medio de la muerte donde aprendió el valor de la paz y de la vida. Por eso, quizás, fue un héroe que pagó con su desgracia personal su acto más valeroso. Yo tuve la suerte, esa mañana, de que Eduardo Olivero me contara su aventura tal como fue. Y no se me olvidó nunca.
La guerra había terminado un par de años antes y él ex piloto de la fuerza aérea italiana volaba sobre Tandil en su avioneta cuando una llama se encendió cerca de la hélice derecha y empezó a crecer y a crecer sin detenerse. Olivero era un gran piloto y podría haber aterrizado el avión que empezaba a quemarse en apenas un par de minutos, pero mientras las llamas crecían recordó los muertos de la guerra, las bombas, las ciudades en ruinas y comprendió que no debía arriesgarse a que el avión cayera en medio de la ciudad, convertido en un proyectil asesino. Así que siguió y siguió, piloteando entre las llamas, casi tapado por el humo, con la destreza maravillosa que tenía, hasta que estuvo fuera de los límites de la ciudad y se aseguró así que si el avión explotaba o se estrellaba el único muerto sería él, y sólo él.  Tan hábil era que a pesar de las llamas aterrizó la avioneta incendiada y pudo saltar al pasto para apagarse la ropa incendiada. Pero su cara ya había sido tomada por el fuego, y el fuego la había convertido en una horrible máscara. La máscara que ocultaba la sonrisa satisfecha de un gran hombre, de un hombre que estaba muy orgulloso de su heroísmo en la paz, y que de la guerra sólo recordaba eso que me dijo cuando cayó la paloma: que matar no servía de nada.”


Don Mario terminó su relato y. Violeta corrió a abrazarlo. Se había emocionado un poco, pero su emoción iba sólo por dentro. Por fuera sólo mostraba su orgullosa sonrisa de abuelo.   

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