lunes, 29 de agosto de 2016

El cofrecito dorado

La literatura, al igual que la memoria, es una gran aliada de la historia. La riqueza de la primera radica en que al no permanecer nunca al margen de los cambios históricos lleva inscripta en sus textos las relaciones que, en su momento, hicieron esos textos posibles. La memoria, por su lado, permite poner a cada hecho su impronta de acuerdo a cuánto de significativos tengan esos acontecimientos para nuestra vida. Producto del taller que se desarrolló  en la biblioteca “Memoria con yapa” del Centro de Salud Mental A. Ameghino, exponemos aquí una muestra en donde los adultos mayores comparten delicias de sus tiempos de infancia. Tiempos memoriosos que transforman los recuerdos en textos breves de ficción.


Por Celia Siritto

Ahí estaba quieto, pequeño, de bronce, brillante, con esas bellas imágenes en bajo relieve. ¿Unas femeninas?, ¿otras masculinas?, algunas acurrucadas, otras erguidas. Delfos, tal vez. Apolo. Nunca se me ocurrió preguntarle a mi mamá que significaba para ella ese prisma que parecía un pequeño sol reflejado en el espejo de la toilette de su dormitorio. Yo pasaba, lo tocaba, me encantaba su textura rugosa. Ese cofre contenía un rosario negro, una llave pequeña y dorada, calada y unida a otra plateada por una cinta lila. Su interior era de pana verde y siempre abierto ocupó el mismo lugar de la cómoda. Sabíamos las tres hermanas que el tesoro había pertenecido a nuestra abuela materna, Luisita. Una Luisita que las nietas sólo conocían por los recuerdos de su madre. Como también conocían, a través de esos mismos recuerdos, que la abuela había enviudado embarazada de 5 meses para morir después con apenas 35 años y dos hijos; mi madre de 8 y su hermano de 9.
Al enviudar, y a pesar de tener medios económicos que le permitían vivir en soledad, mi abuela se mudó a su casa materna. En esa época era bien visto que una joven viuda así lo hiciera. Los dos niños fueron criados amorosamente, junto a sus siete tíos y por esa abuela maravillosa a la que todos llamaban “mamama”.

A los 94 años la muerte tocó la puerta de mi madre y las tres hermanas hicimos un sorteo con todo lo que había en la casa que deseábamos conservar. El destino, con todo su peso inapelable, hizo que curiosamente todo lo que era de mi abuela materna Luisa me tocara en suerte: el cofrecito dorado, tres cintas argentinas con el alfiler correspondiente pinchadas en su tapa, el rosario, un misal, y un cubrecama de hilo muy delgado, blanco, tejido por mi abuela. Mi madre decía que “mamama” comentaba que yo era muy parecida a Luisita, su niña. A esta altura de mi vida descubro que soy la depositaria de lo único que mi madre conservó de la suya. Regalos no buscados, afectivamente muy valiosos para mí y por lo que representan en la historia familiar. El pacto con mis hermanas fue: “la suerte es loca y al que le toca, le toca”. Y aquí están.

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