70 años de la creación del grupo teatral Fray Mocho

Hoy se cumplen setenta años de la creación del grupo teatral Fray Mocho, que fue fundamental en la historia del teatro independiente de nuestro país. En esta nota, María Trombetta habla de las circunstancias de ese inicio, y destaca los aportes teóricos que el teatro argentino le debe al grupo, creado por Ferrigno y Dragún.


Por María Trombetta

En la década de 1930 surge, de la mano del Teatro del Pueblo de Leónidas Barletta, el movimiento del Teatro Independiente, que toma distancia de los productores comerciales y del Estado. Con un estilo apegado a formas estéticas residuales, su importancia reside en la modernización que su modo de organización aportó al campo teatral de la época, y en el camino que abrió para la formación de otras agrupaciones nacidas en los años siguientes, como La Máscara, Nuevo Teatro y Fray Mocho, que trabajaron a partir de la producción de nuevos dramaturgos nacionales y con directores que exploraban nuevas poéticas. En el caso del grupo Fray Mocho, de cuya creación se cumplen en estos días setenta años, la sociedad creativa entre su creador, Oscar Ferrigno, y el dramaturgo Osvaldo Dragún, fusionada con la influencia de la obra de Brecht, da origen a un período sumamente productivo del teatro argentino.

El actor y director Oscar Ferrigno había tomado contacto durante su paso por París en 1948 con las ideas de teatristas y teóricos que luego difundió y puso en práctica a su regreso al país:  Copeau, Dalcroze, Stanislavski, y sus concepciones sobre el texto y el espacio escénico, la rítmica en el juego teatral y la improvisación. De vuelta en Buenos Aires crea, el 1° de junio de 1951, el Centro de Estudios de Arte Dramático Fray Mocho Teatro Escuela.  El manifiesto de la fundación daba claros indicios de por qué caminos se proponían avanzar: el teatro es definido como arte popular y con una importante responsabilidad social, y la formación de actores vista como de vital importancia, recalcando la necesidad de cumplir este aspecto antes de realizar efectivamente cualquier labor teatral. 

Estos principios marcaron intensamente la práctica escénica del grupo, diferenciándolo del resto de los teatros independientes de la década de los ’50. Así, lograron concretar un estilo nacional y popular que combinaba las corrientes estéticas europeas con los rasgos regionales. Con el foco puesto en la investigación y la enseñanza, además de la escuela de actuación, realizaban actividades de extensión cultural, concursos de dramaturgia y contaban con biblioteca y centro de documentación. El teatro era sinónimo de compromiso, el repertorio seleccionado se proponía expresar las ideas del grupo y fomentar el desarrollo de las personas: con el objetivo de ampliar al máximo el alcance de sus trabajos, realizaron numerosas giras por el interior del país y por países vecinos. 

Las puestas apelaban al uso de la rítmica, recitados corales y movimientos corporales surgidos de los impulsos interiores de actores y actrices que, vestidos con mallas negras y utilizando apenas algún elemento de vestuario para definir a los personajes, se desplazaban en escenarios despojados y con pocos objetos escenográficos o delimitados por el uso de luces y sombras. Esta economía de elementos favorecía que se pudiera desarrollar una puesta en cualquier lugar del país, algo que iba en sintonía con los ideales del manifiesto de creación del grupo. 

A partir del trabajo del grupo Fray Mocho, comenzó a circular y representarse en Buenos Aires la obra de Bertolt Brecht. En el año 1952 el Centro de Estudios publicó “Nueva Técnica de la representación”, dando a conocer su obra teórica y fomentando la modernización del campo teatral. Las obras de Brecht daban por entonces legitimidad a los grupos que las ponían en escena, y su influencia se hizo notoria en aquellos dramaturgos nacionales que lo tomaron como modelo.  El 2 de noviembre de 1956, el Teatro Popular Independiente estrena en Mar del Plata la obra “Historias para ser contadas” de Osvaldo Dragún, autor que abrió caminos en el teatro argentino y cuya labor se tornó fuertemente influyente sobre todo a partir de los años ’70.


PRÓLOGO PARA SER CONTADO

La acción transcurre en la época actual

¡Público de la Plaza, buenas noches!

Somos los nuevos comediantes,

cuatro actores que van de pueblo en pueblo.

que van de plaza en plaza, 

¡pero siempre adelante!


Si es cierto que la vida del hombre es una estrella

que dura apenas un minuto 

en esta infinita trayectoria

que es un día del mundo,

convengamos que es también una historia,

una pequeña historia irrealizada

que termina a veces antes de empezada.

Una pequeña Historia para ser Contada.

La Comedia Italiana era otra cosa.

Tal vez fuese aquella época de rosas.

Hoy la flor se deshoja contra el viento

y la espina se hinca en nuestras manos,

a veces callosas

¡Y entonces la arrancamos!

A veces de nube,

¡Y naufragamos!

La mandolina rota de Arlequino,

es hoy tranvía furioso,

y la sonrisa azul de Cantarina

la esperanza rosada de una nueva heroína:

madre,

mujer,

hermana,

que con un signo de interrogación

tachan el día de mañana en nuestro calendario.

Mas nosotros sabemos,

ya que por actores, sabios somos, 

que siempre llega el sol hasta la cuna

de la simple semilla.

Un pequeño hombre no es más que una semilla,

y su historia, 

una historia sencilla.

Nosotros existimos

porque existen ustedes.

Sus historias nos pesan en el alma

y nuestras manos las lloran.

Lágrimas de muy allá traemos

y también una risa.

Y si alguno de ustedes, padres nuestros,

tiene una risa para ser reída

o una lágrima que deba ser llorada,

que se acerque al final de la jornada

a nosotros, actores,

cantores,

llorones,

reidores,

cazadores de estrellas.

Su historia contaremos 

allá, en lejanas plazas, 

bajo el sol o la luna,

para ninguno o muchos.

Lo importante es contarla,

y su pequeña historia acribillada

será otra Historia para ser Contada.


Osvaldo Dragún“Historias para ser contadas”



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