Lydia Carreras: “Yo soy oscura, elijo temas oscuros… ¡pero puedo escribir cosas que sean graciosas!”

En esta segunda parte de la entrevista a Lydia hablamos de la capacidad sanadora de la literatura, sobre todo a partir de su experiencia con su novela Sé que estás allí, que aborda el tema del bullying. Nos contó, además, de sus difíciles, por momentos aterradoras investigaciones para escribir Un infierno y finalizamos con sus proyectos en danza. De regalo, compartió con nosotros la lectura de un fragmento de El torno, su novela favorita, que pronto será reeditada.



MM: Al año siguiente de ganar el premio Ala Delta de Edelvives con Las cosas perdidas, obtuviste otra vez un premio con ellos en España, con El juramento de los Centenera y ya tenías otra experiencia. ¿Volviste a ir?

LC: Sí. Volví a ir.

MM: Decime que llevaste a los varones esta vez…

LC: No. Les tocó otra vez a las mujeres. Pero vos sabés que has tocado un punto clave, porque los varones, mis yernos, mis dos hijos, todavía hoy, en un almuerzo o en una charla siguen con eso, contra nosotras… “¿Por qué se fueron las mujeres?” (Risas).

MM: Y tienen razón. Yo recién me entero y lo primero que se me ocurre preguntarte es eso. 

LC: Ah, pero qué bien… (Se ríe)

MM: Yo hubiera exigido: “Ahora nos toca a los varones”.

LC: Todavía nos seguimos riendo. Pero bueno, en esa época los españoles, (no sé si ahora lo seguirán teniendo) tenían una cosa muy cuidadosa con la manera de decirte. Me acuerdo de que en El juramento de los Centenera había un perro que se llamaba Hostias. Tenía una razón de ser: los padres eran anticlericales, eran ateos… entonces, ¿qué mejor manera de insultar a la Iglesia que poniéndole Hostias a un perro? Es perfecto. Después, un día me llaman de España a las tres y media de la mañana. El libro ya casi estaba, pero la editora me pidió que no le pudiera Hostias al perro. Yo le expliqué, porque me parecía que no tenía nada que ver, y me dijo que le pusiera Altares, que en el altar están los santos, pero que no le pusiera Hostia, por lo que significa el mismo símbolo. No tiene ningún protagonismo el perrito. 

MM: Además, Edelvives es una editorial de una congregación religiosa. 

LC: Totalmente, es de la Iglesia...

MM: De los maristas. 

LC: Exactamente, son maristas. Me presentaron al Provincial, y a otras autoridades maristas. Son muy cuidadosos con eso. La verdad es que Hostias no daba, pero…

MM: Y bueno, son pequeñas concesiones que hay que hacer. 

LC: Pero sí, no me afectó en nada. Estaba tan contenta que ya estaba…

MM: Dos años seguidos. Al tercero habrás sentido que te tocaba ir de nuevo a España a recibir el premio. 

LC: Se dio. El tercero me lo publicaron. 

MM: EL tercero es éste, Sé que estás allí. Acá te metés con una temática más esperable para lectores adolescentes, porque tomás el bullying, el acoso violento. Pero también con una originalidad muy grande. Lo cuento para los que no lo leyeron. Es un acoso de uno a uno. Normalmente, vos lo decís en la novela, es un grupo liderado por un matón que tiene alrededor a sus acólitos, que lo admiran. Y se agarran de uno o de otra para joderlos. Pero en este caso es como más perverso, porque ese acosador, que tiene dos o tres años más que el protagonista, lo acosa sin que nadie se dé cuenta. Es una relación de uno a uno de una perversidad muy fuerte. ¿Vos esto lo tomaste también de alguna historia real? 

LC: No. Había estado averiguando un poco, pero la verdad es que no lo tomé de ninguna historia real. Lo que sí me pasó, fue que después de que la escribí, se las di a leer a mis chicos. El borrador. Y uno de mis chicos dijo. “Esto a mí me pasó una vez” … 

MM: No…

LC: “¿Cómo que te pasó? ¿Cómo yo no me enteré?”. Me dijo que no tanto como en la novela pero que había tenido una situación. Se lo di a leer a mi marido, y me preguntó cómo había podido escribir una cosa como esa. No sé si había un poco de reproche en eso, pero era como algo muy malo lo que yo había escrito. Muy perverso… Bueno, sí. Es así. Hay algunos libros que yo no los debería escribir…

MM: ¿No creés que es sanador, Lydia? ¿Que esto sirve para que salten cosas en el aula?

LC: No sabés la cantidad de veces que yo he ido a escuelas, y se levanta un chico y sale llorando del salón de actos. No sabés la cantidad de veces que he visto esa escena repetida. Una vez estaba firmando ejemplares, ya había terminado la reunión, y se acercó un chico, un muchacho de quince años, y me dijo mientras lloraba que si él no hubiera leído ese libro no hubiera sido capaz de hablar de eso con su papá. Montones de situaciones así. Es sanador. 

MM: Claro. Este tenías que escribirlo, realmente. Además de ser una excelente historia, que te atrapa, (a mí no me soltó en tres horas y pico hasta que la terminé), me parece que estas novelas sirven. No sé si leíste de otra comprovinciana, Sandra Siemens, que cuenta cosas parecidas en El hombre de los pies murciélago. Cuenta que muchas veces, en encuentros se levantan chicos y le dicen que a ellos les pasa lo mismo, o que le escriben para decirle que gracias a haber leído la novela pudieron hablar con el docente, o con el papá o la mamá. Así que es muy importante. Y además tomaste otra cosa bastante original…

LC: Alguien me preguntó si en Nada es suficiente no había una situación parecida. Y sí, hay una situación parecida en la que la gente se ve atrapada, pero le es imposible contar lo que le está pasando, no puede buscar ayuda. Se encierra en una burbuja donde todo se transforma en un infierno, porque sabe que lo único que va a haber es castigo. El recurso de hacerlo de chico a chico, de que sean dos protagonistas nada más, me parece que fue para darle una vuelta de tuerca más a la maldad. Porque cuando hay una barrita, siempre hay alguien que se divierte, siempre está la carcajada, y está el coro de los que no participan de ese triángulo, esa pirámide que ataca, pero acompaña el hecho con alguna risotada. Pero en este caso, que de uno de los integrantes no se dieran cuenta, es mucho más oscuro. No sé… yo soy oscura, elijo temas oscuros. 

MM: Pero necesarios. La verdad es que sí, este tiene un tono de oscuridad por ese uno a uno. Para los que no leyeron, el acosado, el violentado, es un chico que tiene un problema físico, que supongo que habrás investigado, que hace que tenga “voz de pito”, una voz aflautada. Y eso le produce una enorme vergüenza, pierde vida social… Y el otro es más grande, y también te tomaste una cosa que me parece muy rescatable, que es contar los porqués de este acosador. Explicar por qué es así de basura. Pero en ningún momento el lector (por lo menos a mí no me pasó), siente empatía, o piensa: “Pobrecito, él también es una víctima”. Lográs que uno quiera que el de la voz aflautada le pegue un fierrazo en la cabeza. Porque es terrible lo que le hace todo el tiempo. Es muy fuerte. 

LC: En las charlas en las escuelas yo siempre busco que digan qué pasa con Fulano y qué pasa con Mengano. El acosador, ¿qué tiene? ¿Tiene mamá? No, no tiene mamá. ¿Por qué no tiene mamá? Porque la mamá se escapó con otro hombre y no volvió nunca más. ¿Tiene papá? Sí, pero se lleva como el traste. ¿Tiene abuelo? No, no lo dejan ver al abuelo. ¿Tiene hermanos? No. ¿Tiene amigos? No, no tiene amigos. No tiene nada, es un paria. El otro tiene una hermana que lo cuida, que lo atosiga. Tiene madre y padre, que están separados, pero son buenos padres. Tiene amigos… Y sin embargo es el más infeliz de todos. Es así. No digo que al otro haya que tenerle pena. Más vela reivindico de alguna manera, por la manera con la que esto termina, la velocidad con que a veces hay que moverse, para solucionar estos problemas. ¿Tenemos un minuto?

MM: Sí, claro. 

LC: Cuando yo era chica tenía un compañero que por escuela pública, o por alguna otra razón (la cosa inclusiva no existía como concepto en ese momento), tenía un chico de quince años en un grado. Y estaba siempre buscando el ruedo de mi delantal. No en el salón de clases, sino en las galerías, en los recreos… Me molestaba y se había transformado en una pesadilla. Yo no sabía cómo evitarlo, estaba en todos lados. Tenía quince años y estaba en quinto o sexto grado. Así que no se pueden dar una idea de lo que era eso. Yo le dije a mi señorita. Entonces ella me dijo que pusiera las manos de ella donde él me ponía las manos a mí. Le puse las manos. Y me dijo que al otro día fuera con mi mamá. Listo. Ahí se tenía que hacer lo que no quería hacer. Decirle a mi mamá. Yo esperaba que ella le dijera algo al chico y se cortara. Le dije a mi mamá, y me dijo que al otro día íbamos a ir a la escuela, pero que no le dijera a mi papá. Mi papá trabajaba en el galpón atrás. Así que cuando mi mamá salió junto conmigo para ir a la escuela, cosa que nunca se hacía, porque íbamos a la escuela caminando solos, varios chicos, mi papá preguntó. Y ella dijo que tenía que ir a la escuela por un temita. Le tuvo que decir. Así que mi papá se sacó el delantal con el que estaba trabajando y dijo: “A la escuela voy yo.” Llegó allá y le dijo a la directora, que se sorprendió mucho cuando lo vio, porque que fuera a la escuela una figura masculina, hace tanto tiempo significaba un montón. Entonces, la directora, con mucho respeto, y casi con un poquito de temor, lo hizo pasar a la dirección junto conmigo y con la señorita, que era la que sabía lo que me pasaba. Y mi papá dijo que si le permitían, después de esa charla quería hablar con el niño a solas. Y la directora le dijo que sí. Con el tiempo, yo me enteré de que mi papá lo había agarrado del cuello, y lo había levantado en el aire contra la pared. Mi papá tenía mucha fuerza. Y le dijo que si volvía a tocarme iba a ir a buscarlo a la casa. Y lo bajó. Ningún daño eh… no le quedaron marcas ni nada. El chico salió y se fue a clase, y mi papá se fue a mi casa. Le agradeció a la directora y se retiró. Ese chico siguió en la escuela, siguió en el grado. Pero yo no lo vi nunca más, desapareció de mi vista. No sé por qué. Mi problema desapareció. No es un ejemplo de nada esto, pero apunto a que a veces la solución es tan sencilla… antes de que un niño caiga en una pesadilla. Mi papá sin más instrumentos que los que él tenía en ese momento, la encontró.

MM: Qué fuerte. Nos quedamos pensando… Nos quedan un par de libros más para comentar y además quieren hacerte preguntas. Cierro acá y volvemos. 

Comenzamos un tercer zoom, porque nos quedaron varias cosas en el tintero, ganas de hablar y Lydia es generosa con su tiempo. Contame cómo investigaste para esta otra interesante, durísima novela, que es Un infierno, donde el tema es el acoso mediático, el abuso a través de las redes, la trata, si se quiere, virtual.

LC: Fingí ser una chica de trece o catorce años, me cambié el nombre, desde luego, y me metí en la Web. Pero yo entré desde chat. Hay chat para lo que vos quieras. Si vos sabés tocar la flauta y tenés entre doce y dieciséis años, y querés hablar del tema, pero en francés, hay. Hay lo que se te ocurra, todo dividido en franjas etarias. Siempre hay un botón rojo a la derecha, que permite que las personas que están interesadas en el tema pasen a una charla privada. Eso fue lo que yo hice. Me empecé a meter, siempre hay un montón de gente hablando, siempre se ve lo que escriben, lo que chatean. Yo dije que era nueva, que no entendía, empezaron a explicarme, y muy rápidamente hubo alguien que me prestó atención a mí, solamente. Entonces le dije que no entendía lo que decían, que no leía las respuestas. Y me dijeron que para verlas tenía que apretar el botón rojo que está a la derecha, para hablar en forma privada. Esa persona y yo. Le dije que no. Me dijo que no pasaba nada, que charlábamos. Lo hice cuatro veces. Las cuatro veces no tardó nada en aparecer la segunda intención, la frase confusa, y se veía claramente que no tenían entre trece y dieciséis. Yo “tenía” Trece. Las cuatro veces que lo hice fueron con cuatro personas diferentes. Y las cuatro veces entré a la sala privada. Cuando entrás a esa sala, ese es el primer gancho. Empiezan a hablar de cosas sencillas, de cosas amables… De tu perro, de tus amigos… es muy fácil entrar. Es muy fácil equivocarse, ser niña, ser inocente… Cada vez que lo hice, saqué fotos. Porque sabía que no me iba a acordar de todo lo que me estaban diciendo. Y terminaba temblando, del terror que me causaba. Me metí varias veces para ver cómo era. Más el legajo que me dio el fiscal de Minoridad, estuve bastante tiempo para manejarlo. Porque me daba miedo, realmente. Me daba miedo lo que yo hacía. Después hablé con hackers. Conocí un par de hackers que me fueron dando algunas pistas de cómo hacen estas organizaciones para conseguir todo ese material, para guardarlo… Y para no dejar rastros.

MM: ¿Pudiste visitar escuelas con este libro, Lydia? 

LC: Sí, así es.

MM: ¿Y qué respuesta obtuviste? 

LC: Los chicos escuchan, pero es un tema muy difícil. Porque se pone áspero en seguida. Hay una amistad de dos o tres meses. Es corta. En algunos casos se buscan ese tipo de víctimas, siempre tienen que ser jovencitas, para atraparlas, para tener un encuentro. Y en el encuentro será lo que Dios quiera. Pero tras veces, lo que tiene la gente son imágenes, así que esa conversación que estás manteniendo en esa llamada, puede ser con una persona que vive enfrente de tu casa. O en la otra punta del mundo. Y es imposible de rastrear. Así que fue muy difícil escribirlo también. Se transforma en un infierno el tema. También escribo cuentos para chicos eh… A veces, Ana Lucía me dice que necesita tres cuentitos para segundo y cuarto grado, pero tienen que ser de humor. (Se ríe). Puedo escribir cosas que sean graciosas.

MM: Bueno, mi última pregunta, antes de dar paso a las que quieran hacer las compañeras y los compañeros, y después te invitamos a que nos leas algo, es ¿En qué proyecto estás ahora? 

LC: Me está dando mucho trabajo. Estoy escribiendo una historia sobre una chica obesa. Obesa desde que es chiquita por un problema hormonal. Se le quedaba trabada la cola en el tobogán cuando iba a la placita, si se sentaba en el sube y baja la otra salía volando para arriba, porque funcionaba como catapulta… Así siempre. Ahora tiene como dieciséis años, y lucha contra la discriminación, contra que nada le va, no le va la ropa… No encaja en nada. No puede ir a pijamadas porque los padres de las amigas no tienen pijamas especiales como los que ella usa. Esta gordita va a Gordos Anónimos, y ahí hay chicas y chicos gordos. Y algunos chicos le piden el teléfono, pero ella no los quiere. “Yo no quiero un gordo”. Ella quiere lo mismo que sus amigas, las flaquitas. Entonces ahí se presenta un problema: ella también discrimina. Sufre porque la discriminan, pero ella no quiere un novio gordo. Ni siquiera que haya sido gordo, porque las marcas quedan. Quiere a un chico que está en quinto año, que es muy simpático, y que es buen amigo, y cuando se encuentran en el patio la abraza fuerte. Ese quiere ella. Pero ese no le está permitido. Así que estoy mirando, estoy investigando y me meto con las chicas, con las nuevas modelos que salen en Instagram. Sigo a varias. Veo a qué se van dedicando, se politizan, se vuelven revolucionarias… Voy mirando, no quiere decir que voy a copiar. De alguna voy a sacar el matiz. Todo me sirve. 

MM: Muy interesante. Difícil el tema, por supuesto. 

LC: Veo que hay gente que está haciendo preguntas. 

MM: Sí, hay comentarios, más que nada. Sobre la gordofobia, el odio hacia las personas obesas. Felicitaciones, seguramente va a ser una novela valiente como las que escribís, y nos va a dejar pensando. Como las otras que leí, que la verdad es que fueron un placer. Duro a veces. Sé que estás allí me resultó dura. Después no me podía dormir. Pero la verdad es que hace falta. Chicas, y Juan, que están aquí: ¿Tienen alguna pregunta para hacer? A ver, Laura…

Laura Gutman: Por todo lo que escuché me da la impresión de que te interesan esos bordes, esos lugares transgresores en los que uno pasa rápidamente de ser víctima a victimario y de victimario a víctima, en el sentido de padecer o hacer padecer. Algo del padecimiento de la infancia, que te interesa mucho. Quería preguntarte si vos pensás que eso es el síntoma de algo que está más atrás. Es decir, si pensás que es un síntoma social, familiar…Si es el síntoma de algo o ese es el problema. ¿Entendés lo que te pregunto, Lydia?

LC: No muy claramente. ¿Si es un síntoma personal?

LG: No. Si eso es la manifestación sintomática de algo social. Puede ser familiar también. Si tiene que ver con procesos de la sociedad, en la que se instalan ideales. También en la educación.

LC: Totalmente, sí. En el tema del bullying, por ejemplo, soy un poco pesimista, no creo que tenga arreglo, porque hasta donde pude averiguar esto ocurría hace ciento cincuenta años, y sigue ocurriendo ahora. En todos los niveles. Creo que es la naturaleza humana que en un punto es destructiva, en un punto es combativa, no lo sé, pero eso existe y no se ha encontrado la manera de resolverlo. Y sí, me parece que yo escribo sobre temas que son así de sociales. Y cuando digo sociales digo familiares, sí. Todo empieza muy adentro. 

LG: ¿Vos pensás que hay una cuestión de distancia, también, entre el adulto y el niño que hay que revisar?

LC: Sí. Es de una época en las que los niños no existían. No existían para la literatura infantil, por eso los cuentos eran, básicamente, historias para varones llenos de texto físico, que después se fueron suavizando con colores porque resultó que a los chicos les encantaban. Antes no existían y ahora se les da una importancia muy grande. La literatura infantil y juvenil apunta a eso. Yo sostengo que los adolescentes no son los de las publicidades. No están siempre felices y contentos. Tienen un montón de cosas en la cabeza: de sufrimientos, de separaciones… Las cosas que cuento, todas las hice. Creo que en ese libro sobre gordofobia que estoy escribiendo, en realidad debo estar escribiendo sobre mí. Por lo menos, en algunas de las reflexiones, porque yo era muy flaquita. Y eso no se usaba cuando yo era chica. En esa época, lo que “se usaba” eran las chicas con buena cola y con tetas grandes. Eso se usaba. Y yo no tenía ninguna de las dos cosas. 

LG: Yo también era muy flaca. Cuando contaste esa anécdota sobre tu papá me acordé de que en mi infancia había un personaje muy famoso en la televisión que se llamaba “Miseria espantosa”. Y como yo era muy flaca me tomaron de punto y empezaron a llamarme así. Entonces volvía llorando a mi casa. Y volvía en micro escolar. Me acuerdo de que cuando llegó el micro mi papá salió a la calle y subió al micro. Me acuerdo de que subió un escalón y el otro pie le quedó en el aire, y gritó: “Que se levante el que le dice a mi hija “Miseria Espantosa”. (Risas). No sé qué me daba más vergüenza, que me dijeran así o que mi papá se metiera. Son esas situaciones que a veces cobran una dimensión muy cruel. Eso es lo que digo. El tema de la crueldad, la indiferencia, es inmenso.

MM: Fuerte. ¿Alguna otra compañera que quiera hacer una pregunta? ¿Guadalupe? 

Guadalupe: Bueno, Lydia. Primero, agradecerte un montón por tanta literatura, y por mostrar una infancia no romantizada. Lo que no se dice, otra mirada. Y se me vinieron a la mente dos libros, Boca sucia, que justo lo tengo acá, y Cómplices, que son los dos que usamos más en la biblioteca. Boca sucia tiene unas hermosas ilustraciones de Viviana Bilotti. Este les encanta. Y Cómplices lo usamos mucho también, que no lo tengo acá ahora, está en la biblioteca. Que nos encanta porque tiene otra mirada; desde la literatura vos podés mostrar otra cara. Cómplices habla también de la pérdida, de la muerte… y es tan bello, está tan hermosamente escrito… te lo digo porque soy bibliotecaria y lo leo todos los días. Y Boca sucia también, les encanta. Y cuando terminamos de leerlo decimos un montón de malas palabras. Las cosas que decimos… Así que también es nuestro momento para decir. La pregunta es muy general. Me interesa mucho saber, por ejemplo, si aparece un Farenheit 451 y vienen a quemar todos los libros… ¿Cuál de todos los que escribiste salvarías? Te podés quedar con uno. 

LC: Me quedo con El torno, que lo va a publicar Edelvives, creo que el año que viene. Ha tenido muy poca difusión porque fue publicado por Edebé, que cortó un poco sus actividades. Me pidieron de un montón de lugares ese libro, pero no pudo ser. Ese es el que salvaría. El que menos se ha vendido. 

MM: Laura Ávila, a la que le gusta especialmente la novela histórica, dice que El torno está buenísimo. 

LC: ¡Ah, lo leíste! 

MM: Sí. Laura Ávila compartía editorial con vos, Edebé, y dice que le encantó. Si estamos bien con el tiempo, ¿Querés leernos algo antes de que nos despidamos? 

LC: Quedan cinco minutos. Si tenemos tiempo…

MM: Dale. Cinco minutos y te despedimos. Y desde ya, por si se llegara a cortar, te agradecemos enormemente este rato.

LC: Esto que elegí, y que son tres páginas nada más, se trata de El torno. El torno existe. Existió siempre en la Argentina. Es un aparato que se coloca en los alféizares de las ventanas, principalmente de conventos es iglesias. Es un torno giratorio. En un lado hay una canastita en la que se pone el niño, y cuando se gira queda del otro lado del edificio. Ese niño ha sido abandonado. Acá existieron siempre. Esta historia es de la época de la inmigración. Pero actualmente hay en un montón de países de Europa, y está perfectamente acondicionado, y la cosa está organizada. Aceptada socialmente. No es vergüenza, es desgracia, nada más. Y este es el comienzo de una relación que va a terminar mal. Va a terminar con la posibilidad de un niño en un torno. Dice así…  Si se nos corta, les mando un beso a todos. 

Desde el rincón, Giovanni observó a Regina con detenimiento. Mientras ella miraba las estanterías, aspiraba el perfume mezclado y denso. Era la primera vez también que la veía levantar la vista. Lindos ojos, cuello largo, llevaba un vestido clarito y liviano, de mangas largas, y el pelo trenzado anudado en la nuca. Un minuto, dos minutos. Se puede ver mucho en ese tiempo, porque el otro no se está luciendo. No tiene miedo al juicio, no se avergüenza. Y todos los gestos son auténticos, transparentes. Pero también es perturbador observar desde las sombras y sin avisar. Porque el otro no ha dado su consentimiento. No puede devolver las miradas. Y aunque no es lo mismo que el ojo de una cerradura, hay que reconocer que se parece bastante. La vio cerrar los ojos y levantar un poco la cabeza. Inspirar hondo y lento. Y también la vio sonreír, humedecerse los labios y apartar un mechón de la frente con un movimiento lento, femenino. Vio las dos manos que seguían hacia atrás su camino y terminaban sobre la nuca, donde anudaban las trenzas. Por un instante, allí dejó los dedos. Los brazos levantados, en un hermoso contraluz que disparó en Giovanni un chicotazo de excitación. 

-¿Qué buscabas?

-Creí que no había nadie. 

-No, estaba arreglando la mercadería de acá abajo y no te oí- dijo él.

Mentiroso, Giovanni.

 Su vigoroso metro ochenta de varón resaltaba con la camisa blanca arremangada hasta el codo y con tres botones desabrochados. 

Regina titubeó, aturullada, sin acercarse. Ella también le conocía de vista pero nunca había hablado con él. Estaba claro que había estado espiándola, y no sabía si enojarse o salir dando un portazo. Pero para las dos cosas se necesitaba un carácter que ella no tenía.

-¿Almidón?-le dijo él.

-Sí, claro. Y un frasco de esencia de limón. 

- ¿Suelto o de caja el almidón?

-El más barato.

- Suelto, entonces. 

Giovanni tomó la cuchara de latón que usaba para artículos de limpieza y destapó un frasco de vidrio. Sobre la balanza puso un trozo de papel de estraza y allí volcó exactamente un cuarto de almidón. Tenía paquetes armados, debajo del mostrador para cortar el tiempo con las clientas, pero Don Julián, viejo zorro, le había enseñado que con algunas señoras es buena la demora. “Mientras más tiempo pasen en el almacén, más comprarán”. No era exactamente la situación. La niña compraría solo eso. Pero Giovanni quiso retenerla un minuto. Mientras miraba la balanza, la cabeza ligeramente levantada, desvió la vista un instante hacia Regina. Lo estaba mirando, y se enrojeció violentamente. Él inclinó el cucharón un poco más y le hizo un guiño. 

-La yapa. 

Cuando puso el paquete junto con el frasquito de esencia de limón, se acodó sobre el mostrador e inclinó el torso hacia adelante. Le rozó la mano. Apenas. 

Regina retrocedió, pero no pudo evitar reconocer el aroma del jabón con que la madre había lavado la camisa. 

-Tranquila-murmuró él corriendo las manos-Te iba a decir que te conviene, cuando puedas, comprar un kilo de almidón. Don Julián te va a hacer mejor precio.

-Gracias.

-Estás muy guapa hoy-dijo Giovanni- con voz ronca. 

Ese era un piropo de españoles, pero ya se había dado cuenta de que ninguna dama resistía el encanto. Había algo en el sonido, quizás en el acento que le daba el muchacho, que alcanzaban a entender las polacas, y hasta las rusas. Cada idioma tiene sus palabras, y allí están, a disposición de quien quiera usarlas. Claro que hay maneras de decirlas, maneras de acompañar con el cuerpo, con la mirada. Una sola, bien dicha, en el momento adecuado, puede en un parpadeo desatar la tormenta y romper el cerrojo y abrir la puerta. Las mujeres son bien vulnerables a eso. Porque son perceptivas y mucho más que los varones, pero hay que tener cuidado de no pasarse de la raya. Hay que ser paciente para no arruinar la diversión. Giovanni había descubierto el poder del halago, la lisonja. Y a puro instinto, estaba aprendiendo a usarlo. No la usaba con frecuencia ni con las viejas para no gastarla. Pero cuando la otorgaba, lo hacía mirando de frente, entrecerrando los ojos apenas la ocasión lo permitía, avanzando un paso. En la penumbra del almacén Regina, sonrojada, apretó los labios y salió rápido con la cabeza gacha. Giovanni sonrió satisfecho. Por ser la primera vez, bastante bien. Se había olvidado la esencia de limón. 

-No importa- pensó. Ahora vas a tener que volver. 

Regina volvió cada día, durante tres semanas, siempre a la quieta hora de la siesta. 


MM: Bueno, Lydia, muchas gracias. Acá te dejan muchos agradecimientos, mencionan algunos de tus libros, Vanina dice que lloró de emoción con Héroe de guerra, Beatriz dice que desde Sé que estás allí, se quedó con vos. Acá nos despedimos. Un agradecimiento más. 


LC: Muchísimas gracias a todos. Un placer. 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

“Esa mujer”, de Rodolfo Walsh, por Ricardo Piglia

Fragmento de Matilda, de Roald Dahl

3155 o El número de la tristeza