Sergio Aguirre: “Yo tengo una fantasía que va para lo oscuro”

En esta segunda parte de la entrevista al querido Sergio Aguirre, seguimos hablando de sus libros, uno a uno. Pasamos por El hormiguero, por El misterio de Crantock, por La señora Pinkerton ha desaparecido y tuvimos la alegría de que Sergio nos leyera la primera parte de su novela recién publicada: La más callada de la clase. Y nos quedamos esperando el proyecto de cuentos, con muchas ganas. Fue un gratísimo momento de charla, con visitas inesperadas ¡y hasta la aparición de un club de Fans de Los vecinos mueren en las novelas!



Mario Méndez: El hormiguero fue tu manera de homenajear a Quiroga, ¿verdad?  Habías ganado un concurso de cuentos que era un homenaje a Quiroga también. ¿Y el cuento era quirogueano?

Sergio Aguirre: No, nada que ver. El cuento era cortazariano. Por eso no quiero mostrarlo. Porque si hay algo que siempre sale mal, es imitar a Cortázar. (Risas) Pero me gustaba tanto Cortázar en ese momento que me parece que ese fue el “cuento-Cortázar” que quería escribir.  Está en un librito que, si querés, después te paso la fotocopia. Lo había organizado una cooperativa en Rosario. No me acuerdo en qué año... Organizaban concursos, rifaban heladeras, viajes… hacían un montón de cosas. Me acuerdo que en el discurso, el director de la cooperativa, en un rapto de espontaneidad, dijo: ¡Este año estamos tirando manteca al techo¡ Ja ja Era hermoso escuchar la alegría de ese hombre¡ Será por eso que tenían tantos premios ese año... El cuento se llama “Corregir en una noche”, y la historia, por lo menos, me sigue gustando. Pero los cuentos me asustan, como que me parece que siempre me van a salir fallidos, o algo así. Tal sea porque me los tomo demasiado en serio, como si los tuviera a Borges y a Cortázar y a todos los que escribieron los cuentos que me gustaron en la nuca, mirando la pantalla. Y eso no es bueno. Me parece que hay que escribir relajado, sin Grandes Otros en la sala. Hay que escribir sin miedo.

MM: Antes de la siguiente pregunta te leo un comentario de Ana: “Lo que atrapa es la manera como lo que subyace se va imponiendo. La campiña se transforma en una trampa, la tranquilidad buscada se abre como una boca devoradora, la vecina deja de lado su apariencia cordial y se va transformando en alguien siniestro”. Está hablando, obviamente, de Los vecinos mueren en las novelas. Hay una pregunta que se me impone. Esos dos cuentos premiados (¡vos decís que no sabés escribir cuentos!) ¿nunca fueron proyectos de ampliación, de convertirlos en una novela?

SA: Esos no. Otros, todos los demás, sí. Nacieron como cuentos, me daba cuenta de que no sabía escribirlos y se transformaban en una novela. El hormiguero, originalmente era un cuento para adultos. Formaba parte de ese libro de cuentos pensado para adultos donde iba a estar Los vecinos…, y otros títulos. La historia original de El hormiguero era de unos primos. El que vive en la ciudad, que está enfermo, estresado en algún tipo de crisis, va a visitar al otro, al campo. Otra idea que me encanta y sobre la que en algún momento voy a escribir es la idea del tipo estresado que se quiere curar en el campo. Como en “La ventana abierta”, de Saki. Esa idea, un clásico, me encanta. La del tipo que va a buscar la paz y se encuentra con un infierno. En el cuento, unos primos, cuando eran niños, en el campo, habían sido muy amigos y la vida los separó. Cuando el protagonista, en medio de una crisis personal grande, decide pasar una temporada %lejos del mundanal ruido% va a visitar a su primo del campo. Se encuentra con una persona que vive aislado, casi salvajemente, como un ser bruto. Todo lo opuesto al protagonista. En algún sentido el primo le era extraño, pero también reconocía esas cosas que los habían unido cuando eran chicos. Van pasando los días, alguien desaparece en el pueblo, y después se entera de que ya alguien había desaparecido un tiempo antes... Mientras tanto se describe la vida cotidiana de estos dos primos. Se dividen tareas en la casa. Al almuerzo siempre lo prepara el primo. Un día en el que el primo no está el protagonista decide darle una sorpresa y preparar el almuerzo él. Así que va al freezer donde el primo guarda la carne y se encuentra con lo que habían estado comiendo todos esos días... Como ven es un cuento negrísimo, pero es básicamente la misma historia. Después se convirtió en un cuento para jóvenes, digamos así, y el protagonista un chico que visita a la tía, como yo cuando era chico.  En ese momento estaba con un tema con un hormiguero en mi casa, en el campo, y una vez, en un video club vi una cajita de una película clase B, en la que había un hombre que estaba abriendo los ojos y salían un montón de cucarachas de la boca. Malísima la tapa, pero bueno, todo se fue juntando y se transformó en otra cosa. Después, como siempre después, me di cuenta de que detrás de saki, de mi problema con las hormigas, de la tapa del video, estaba Quiroga.

MM: Una suerte que ese cuento haya llegado a ser la novela El hormiguero. Llegamos a El misterio de Crantock, que es la cuarta…

SA: Es la tercera, es anterior a El hormiguero. Primero salieron los tres “Zonas”, y después los dos “Torres”.

MM: Bien. No voy a seguir el orden cronológico, entonces. Porque según mi errada investigación, acá tengo La señora Pinkerton ha desaparecido. Uno de los “Torres”, ganador del Premio Nacional de Literatura infantil y juvenil, y homenaje doble, a Roald Dahl y a Rod Serling, y una novela que reúne todas tus características: el misterio, el terror, el suspenso… Una pregunta entre paréntesis: ¿Viste la nueva versión de “Las brujas”?

SA: No la vi. Vi el tráiler, que no me gustó mucho. Me gustó mucho la de Anjelica Huston, y la novela me gustó mucho más. La novela, con ese final…

MM: Y con ese inicio, con esa burla de la maestra que te está leyendo y por ahí es una bruja…

SA: Entra con todo. Me impresiona cómo te come la cabeza en el acto. ¡Te instala la suspensión de la incredulidad de una cachetada!  Es impresionante el comienzo de esa novela.

MM: Es tremendamente siniestro. La escena que vos tomás para La señora Pinkerton…, que está al principio, que es poner a esa nena que era amiga de la abuela en el cuadro, dejarla en el cuadro, envejeciendo ahí hasta que desaparece, es algo tremendo.

SA: En realidad, la idea del personaje que después está en un cuadro, aunque está en Las brujas, a mí me fascina desde un capítulo de Galería nocturna que vi cuando era chico, de un tipo, la oveja negra de la familia y único heredero, que mata al tío que estaba paralítico. Después, una noche cuando el mayordomo ya se había ido, el tipo está tomando whisky, fumando, contento porque ahora era millonario, y vive en una mansión que al lado tiene el cementerio familiar. Esa noche de borrachera ve en el cuadro que una de las tumbas se abre, y que el cadáver del abuelo se acerca a la casa. No lo puede creer, por supuesto, cree que está alucinando, que es todo el alcohol que tomó... Pero cuando la figura llega a la puerta y va a tocarla, escucha los golpes en la puerta... Eso del cuadro me quedó para siempre y me parece que en esta novela tuve la oportunidad de hacerlo. De paso resultó un homenaje a Roald Dahl porque cuando él pone la niña en el cuadro, es sobrecogedor porque es una inocente privada de su libertad para siempre y de su forma de ser. Y en un cuadro que siempre estuvo y estará ahí, a la vista de todos. Es impresionante. Como vos decís, es lo siniestro, y lo siniestro en una de sus formas más perfectas.

MM: Querías escribir tu “Continuidad de los parques”, escribiste, Los vecinos mueren en las novelas; querías escribir “tus brujas”, escribiste La señora Pinkerton. ¿Qué querías escribir cuando hiciste El misterio de Crantock?

SA: Casi que no me acuerdo cómo se me ocurrió…  Era un cuento también. La situación base era la de Chico Carlo.

MM: ¿Por “La mancha de humedad”?

SA: Por “La mancha de humedad”, que me acuerdo que cuando la leí en el colegio me pareció una cosa maravillosa. Un chico está enfermo, tiene que guardar cama un tiempo largo, y le regalan, o fabrica (nunca escribí el cuento) un juguete que era para armar maquetas. Entonces él, que tiene la cama al lado de la ventana, mira su calle, y se decide a hacer una copia de su calle. Con los negocios, con los postes de la luz, todo. Y cuando termina, en un momento, sin querer, mueve la mano y tira el poste de luz. Y ve que en ese momento, exactamente, se cae el poste de luz de la calle. O sea, había armado una maqueta desde la cual podía controlar lo que estaba pasando en la realidad. Una onda muy “La dimensión desconocida”. Pero no pasó nada, porque no tenía un final. Después me pareció que era mucho más interesante que lo que sucede en la calle sucediera sin explicación. Y que al final de la novela se supiera qué era lo que estaba pasando. Entonces pensé que todo el pueblo podía ser una maqueta. Y así sucedió. Hechos misteriosos que pueden explicarse a través de una maqueta, pero que en cada capítulo esos hechos aparecieran como de diferente naturaleza. Un santo se mueve, una caseta se levanta, un tipo muere electrocutado… Creo que ahí surgió El misterio de Crantock. Tenía que concentrarme en cada uno de los episodios, para lo que tenía la ventaja de que ya estaban resueltos. El lector no lo sabía, pero ya estaban resueltos.

MM: Está llegando ahora un poco tarde Antonio Santa Ana. Debe estar festejando el triunfo de Racing… Decíamos Tony que vos fuiste responsable de que publicara Los vecinos mueren en las novelas.

Antonio Santa Ana: Todos cometemos errores en la vida. (Risas).

SA: Hablábamos de vos porque les decía que después de La venganza de la vaca, yo pensé que ahí terminaba mi carrera como escritor de literatura infantil y juvenil y vos me dijiste que no. Que estaba cometiendo un error. Y que te presenté los primeros capítulos de Los vecinos… pensando que no iba. Y vos dijiste que sí. Y bueno, así fue.

ASA: ¿Querés que te avergüence? (Risas).

SA: ¡No, otra vez, no! Ya estoy grande... y vos vas a contar cosas de cuando era joven e inmaduro...

ASA: Bien, entonces no te avergüenzo.

MM: Quedan pocos minutos. En general se hacen preguntas, pero además, no sé si sabés Antonio, hoy Sergio va a leer un fragmento de su última novela, La más callada de la clase.

ASA: Sí, igual, quiero decir que estoy indignado, porque yo leí todos los libros de Sergio antes de que se publicasen y este no me lo mandó.

SA: Hay una razón…

ASA: Mmm...

SA: No, no. Hay una razón. Hasta ultimísimo momento sentía que había cosas que no
andaban. Y la verdad es que esta vez quería que leyeras un producto terminado.

ASA: Ah… tontito… (Risas).

SA: Después de tantos años mi sorpresa para vos es el libro entero. Y no quiero adelantar nada de nada. De hecho, a nadie le dije nada sobre el libro.

ASA: Me lo contaste hace dos años.

SA: Ah, bueno, pero hace dos años era muy distinta. Hace un año, hace cuatro meses, era distinta. Vas a leer otro libro.

MM: Sergio, lo prometido es deuda. ¿Nos leés el principio de la novela?

SA: Leo el principio de la novela, bueno. La novela tiene tres partes. Tiene un epígrafe que dice: “Sé tú mismo, los demás puestos están ocupados”, la célebre frase de Oscar Wilde.

Primera Parte

La nena

¡Ahí viene!

Nací en 1960, el año del gran incendio en el pueblo. Mi papá contaba que los agarró a la hora del almuerzo. El fuego había comenzado en uno de los campos vecinos y el viento del norte, que ese día soplaba muy fuerte, no les dio tiempo de hacer nada.Ese mediodía mi mamá estaba en el dormitorio, en cama, y yo adentro de ella. Mi mamá estaba embarazada de ocho meses y el médico le había indicado reposo total porque venía con complicaciones.

Cuando sonaron las campanas de la iglesia era demasiado tarde. El fuego ya estaba encima de las primeras casas.

Mi papá en la cocina terminaba de servir la comida, tenía la bandeja en las manos y las escuchó.

—¿Por qué suenan las campanas a esta hora? —preguntó mi mamá desde el dormitorio.

Mi papá no contestó porque al instante supo que algo malo iba a ocurrir. O que ya estaba ocurriendo.

Entonces oyeron los primeros gritos, en la calle. Mi papá decía que cuando entró al dormitorio vio a mi mamá saltando de la cama, agarrándose el vientre:

—¿Pero qué grita ese hombre? ¡¿Qué grita ese hombre, Antonio?!

A través de la ventana vieron que la calle empezaba a llenarse de humo. Y después a la gente que corría, se acordaba mi papá, las llamaradas en las copas de los árboles, la maleza de los baldíos ardiendo en un minuto, como si fueran de papel.

El fuego avanzaba sin control y en un abrir y cerrar de ojos todo se volvió un infierno.

Los días que siguieron al incendio fueron como vi- vir en el desierto. Un poco de viento era suficiente para que el pueblo quedara cubierto de polvo y ceniza.

En uno de esos días nací yo.

A última hora de la tarde, de un momento a otro, el cielo se puso marrón. Y el viento caliente del norte empezó a soplar con tanta violencia que silbaba en todas las ventanas de la casa. Una tormenta de tierra.

Mi papá decía que desde la cocina ya no se podía ver ni el limonero que teníamos en el patio. Y que en el medio de la tormenta la escuchó a mi mamá que lo llamaba desde la cama:

—¡Antonio! ¡Ya viene! ¡Ya viene!

En 1960 no había teléfono en el pueblo. Mi papá salió corriendo y, casi ciego, atravesó el patio de mi casa para pedirle ayuda a una vecina que vivía detrás de la nuestra. Doña Elba se llamaba.

Ella me trajo al mundo.

Una perra llamada Laika

Para llegar a nuestro pueblo había que desviarse de la ruta y andar durante horas por un camino de tierra. Recuerdo la nube de polvo que se levantaba detrás de la camioneta de mi papá. Recuerdo las filas de eucaliptus en las entradas de los campos y el cielo azul. Recuerdo los mosquitos en verano y las heladas del invierno. Recuerdo la iglesia, la plaza del pueblo, el colegio de ladrillos, el frente de mi casa. Recuerdo todo.

Teníamos una perra que se llamaba Laika.

Mi papá le puso ese nombre por una perra que los rusos habían enviado al espacio. Yo la imaginaba sentada en una nave, manejando los controles, viviendo una aventura. Hasta que alguien me dijo que seguro esa perra ya estaba muerta. Entonces comencé a imaginarla desesperada, arañando toda la nave hasta que su cuerpito quedó duro, encerrado en esa cápsula de metal, en un viaje del que no iba a volver jamás.

SA: Leo hasta ahí. ¿Les parece bien?

MM: Nos parece bárbaro. Dan ganas de seguir leyendo. Ahí te están aplaudiendo. Te aplaudimos todos.

SA: ¿En serio les gustó? Porque lo más difícil era el comienzo...

MM: Sí, ese comienzo con la niña en la panza de la mamá, relacionado con la perrita Laika encerrada en el cohete… Nunca se me ocurrió, a mí por lo menos, imaginarme el final de esa perrita. Qué dura esa imagen.

SA: Yo siempre que me la imaginaba, me imaginaba eso. Un animal desesperado y después momificado. Vaya a saber cómo ha sido...  En esta novela, además, el padre de Tina se llama Antonio por Antonio. Es un homenajito que te hago.

MM: Me imaginé. No le digas dos veces porque llora. Antonio se hace el duro pero es un emotivo.

ASA: Claro. Ahora la que no me diste a leer es un homenaje para mí… No te creo nada, Aguirre. (Risas).

SA: Ah bueno mirá… ¡Cómo te enojás Antonio, che!

ASA: Los estalinistas somos así. (Risas).

SA: No, sos muy severo.

MM: Bueno, ahora, como prometí, abro a las y los participantes que tengan alguna pregunta que a mí no se me haya ocurrido. Algo que les haya quedado de las lecturas que hicieron de Sergio o de su nueva novela… Se dan el audio y preguntan. Adelante.

Delia: Buenas tardes, Sergio. Primero, un placer poder escucharte. Hay que ver las cosas buenas de la pandemia, también. Te quería preguntar dónde podemos encontrar los cuentos que mencionaste.

SA: En ningún lado. No están en ningún lado. Tendría que volver a leerlos y ver. Son cuentos tempranos. Me da cosa, no sé…

Delia: Creo que no soy la única que tiene ganas de leerlos.

SA: Bueno, vamos a ver. Me diste una idea de rescatarlos, por ahí. Pero son como de otra vida. Todos son de otra vida, las otras novelas también... Bueno, voy a ver si encuentro. Ya me los habían pedido. El de los perros no lo encontré. Entre tantos Windows que pasaron eso estaba en un procesador de texto que se llamaba Amipro, antes de Word, antes de todo. Así que creo que se perdió el archivo. Yo por lo menos no lo encontré. Hay una versión en una revista de Córdoba que venden los chicos de la calle, pero eso es de los noventa. No sé si voy a poder encontrar eso. El otro sí está en un librito. Lo voy a fotocopiar y lo voy a colgar.

MM: Igual te queda el desafío. Acá en el chat Jimena dice que quieren un libro de cuentos.

SA: Tengo un proyecto de libro de cuentos de terror, pero para chicos más chicos, pero no sé si me van a salir... Tengo las historias, tengo los títulos... pero las ideas que se me ocurrieron son como muy oscuras, aún.

MM: Todo es cuestión de empezar...

Delia: La última y les dejo paso a mis compañeros. ¿Tenés idea de cuándo va a llegar la nueva novela?

SA: En junio, ahora, la semana que viene.

MM: ¿Otra pregunta?

Marcela: Buenas tardes. Muchísimas gracias, Sergio. Soy muy cholula. Recibí el libro a último momento y no podía escapar. Soy profesora de Lengua y Literatura. No quería hacerte una pregunta, sino un comentario sobre algo que pasó en el aula. Estábamos leyendo con un tercer año La venganza de la vaca. La estaba leyendo yo en voz alta, sentada en el escritorio, y mientras tantos los pispeaba a ellos. Les pedí por favor que no leyeran, que me dejaran leer a mí, que no siguieran con la vista su lectura. Y empezaron a mirase entre ellos y a decir, en uno de los relatos que se contaban esa noche en el campo: “Por favor, qué asco produce esto”. Empezaron a poner caras, a codearse, a mirarse entre fila y fila y a comentar que les estaba produciendo asco lo que yo estaba leyendo. Y fue el pie para poder hablar sobre lo que brinda la literatura, lo que brinda un relato bien escrito, que no pasa desapercibido para nadie. Te puede perturbar, pero no pasa desapercibido. Te agradezco la posibilidad de trabajar con los chicos, un relato que no pasa así como nada y que nos deja algo. Pero quedaron con asco. Obviamente, pidieron más.

SA: ¡Ah, qué bueno! Gracias a vos por contarme esta anécdota. Me hace acordar a una anécdota de un chico también, el hijo de una amiga mía, que la empezó a leer y cuando llegó a la parte del beso, dejó el libro. También le había provocado una cosa perturbadora. Lástima que no lo terminó, pero qué bueno que los libros nos hagan salir cosas.

Marcela: Acá sí lo terminamos. Muchas gracias.

Marianela: ¿Qué tal Sergio? Un gusto escucharte y conocerte. Yo quería contarte algo desde el lugar de la biblioteca. Yo soy de Mar del Plata, pero ya hace un año y medio que estoy viviendo en Buenos Aires y estoy trabajando en una biblioteca de Nivel Medio. Y lo que me sorprendió este año, porque yo empecé a trabajar desde la virtualidad, y este año desde la presencialidad y fue un cambio bastante importante. Por lo menos para mí el vínculo cara a cara con los lectores es otra cosa. Siempre hago la misma pregunta para ir conociendo a los lectores, y les pregunté si habían leído algo que les hubiera llamado la atención. Y una chica de segundo año me dijo Los vecinos mueren en las novelas. Yo llegué a tu libro gracias a mi sobrino que lo había leído en el secundario, en una escuela de Mar del Plata. A esta chica le pregunté si lo había leído en primer año, o cómo era. En realidad lo había leído por su cuenta, y empezamos entre las dos con ella, que se llama Paloma, a organizar un club de fans de Los vecinos mueren en las novelas. Porque a partir de nuestras recomendaciones, otras lectoras y lectores se llevaron el libro. De hecho hoy devolvió otra chica, Julieta, y me preguntó si podíamos charlar del libro. Y me dijo que le había llamado la atención el punto de vista de los personajes. A mí es una novela que me gusta, ya la leí como tres veces y he encontrado cosas diferentes, y me parece que está bueno que pase eso en la biblioteca, que no solo se trabaje en la clase de Literatura. Te lo quería comentar.

SA: Uy, bueno, gracias. Me gusta mucho que me cuenten estas cosas, porque me hace acordar de cuando era chico y me entusiasmaba con algo. Y qué desesperación en mi colegio, porque yo fui a un colegio importante, que se supone que tenía muchas cosas. Y no había nada de ficción de terror para leer. Creo que la única que estaba era El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pero después, nada. Estaba Amalia, de José Mármol. Me comía cada cosa, porque me gustaba leer, pienso en lo lindo que sería ser chico hoy, con todas lo que hay. Todas las lecturas a las que pueden acceder, me parecen una cosa impresionante.

MM: Gracias, Marianela. Club de fans de Los vecinos mueren en las novelas. Es espectacular. Juan, tenías una pregunta.

Juan: Antes quería decir que extraño horrores nuestros encuentros presenciales de los lunes. Me causa mucha emoción vernos acá, porque para mí es un espacio re importante. Quería preguntarte dos cosas, Sergio. Una, si alguna vez escribiste otra cosa que no fuera terror, y otra, si cuando escribís y te van surgiendo las imágenes, estas sensaciones de asco o de horror que sentimos cuando leemos, este escalofrío que corre por la espalda, si a vos te pasa eso también. ¿Te sorprendés de lo que generó tu mente?

SA: No, no he sentido las cosas que escribo, por lo menos no como aparecen en los personajes. Uno tiene una memoria emocional, lógicamente, pero me parece que se trata de las palabras. Lo mismo, escrito con otras palabras, o de otra manera a lo mejor no produce ninguna emoción. La eficacia de una línea o de una escena tiene que ver con las palabras, y el artificio que se arma con ellas para que produzcan una emoción o una sensación. El artificio que es la literatura. Yo recuerdo pequeñas frases de cuentos o de novelas, donde cierto modo de decir las cosas, y ciertas palabras allí me produce sobrecogimiento. Por ejemplo, cuando termina “Casa tomada”, Cortázar dice:

“… y tiré la llave en una alcantarilla. No fuera que a algún pobre diablo se le ocurriera entrar a la casa, a esa hora, y con la casa tomada.” Esa frase, ahora, me pone la piel de gallina. Y pienso que si hubiera estado escrita de otra forma, no me hubiera alcanzado, no me hubiera mordido. Por ejemplo, si no dijera pobre diablo, no tendría el mismo el impacto emocional, en mí por lo menos, porque todos somos, también lectores distintos. A veces tengo que escribir un párrafo que imaginaba picante, ponele, y lo escribo y está bien, aunque pienso que podría haber sido más mordedora... Pero no se me ocurrió otra. Y con otro párrafo, que yo me imaginaba que simplemente tenía que escribirla para seguir adelante, de pronto encuentro un modo de escribirlo, o aparece una palabra que le da un brillo inusitado, que ni siquiera había imaginado. Y en otra que pensaba que iba a ser LA frase, no. Son cosas que van pasando mientras uno escribe....

Juan: En realidad te lo preguntaba porque cuando leí La venganza de la vaca, decía que yo eso ni me animo a pensarlo, en ciertas partes del libro.

SA: ¿Cuáles? (Se ríe).

Juan: Por ejemplo, la del beso. Cuando él besa a la chica, imaginate que esa boca y esa lengua yo las vi. Y me espantó. Yo soy un pichón de escritor, pero si me imagino algo nunca voy por el camino del terror. Escribo otras cosas. Y al leer tu libro me maravillaba, me sorprendía, y al mismo tiempo me causaba un rechazo absoluto.

SA: Yo me acuerdo que cuando era chico una vez fui a una carnicería y vi una lengua sobre la mesada del carnicero. Y me acuerdo de que yo ya sabía que estaban los besos y los besos de lengua. Y me dio asco. Capaz que por eso apareció después en la novela. Nunca me acuerdo de esas cosas, hasta que muchas veces aparecen en las novelas. Como vos decís, de algún lado salen, y yo tengo una fantasía que va para lo oscuro. Me da la impresión a mí de que en los jóvenes es algo natural el interés por lo oscuro, el suspenso y demás. Por ahí me recontra equivoco, pero eso es lo que a mí me atrae, por lo menos al joven que hay en mí.

Juan: ¿Y otras cosas que no son terror?

SA: No, no. Me interesan y pienso las historias como una maquinita para generar intriga, una tensión que se goce, aunque no se sepa muy bien cuál es la amenaza, hasta el final. No me importa el tema, ni si es policial o fantástico, o algún cruce. Lo que a mí me gusta, y me sale mejor, es eso. Ni siquiera se me cruza pensar en escribir una historia romántica. Yo soy así… (se ríe).

MM: Está muy bien. Gracias, Juan. Esta Navidad no comés lengua a la vinagreta. Laura Gutman tenía una pregunta.

Laura: También agradecerte este encuentro tan jugoso y tan intenso. Y con tanta gente admirada y conocida. Yo quería preguntarte si encontrás algún nexo entre tu formación en salud mental y tu trabajo en los talleres de escritura en  el Neuropsiquiátrico. No sé con qué problemáticas trabajás. ¿Hay algún nexo entre eso y tus herramientas de construcción literaria?

SA: Yo trabajé en un hospital de agudos. Siempre trabajé con gente que estaba muy mal, muy loca y en crisis. Generalmente trabajé más con psicosis que con neurosis.

Laura: Pero no sos psiquiatra, sos psicólogo…

SA: Sí, soy psicólogo pero en realidad iba a ser era profesor de Literatura, porque lo que más me gustaba era leer. Lo único que me importaba cuando era chico era leer. Hasta que leí una novela que se llamaba Intimidades de un psiquiatra, de David Viscott. Era un best seller. Me gustó la novela, y ahí vi lo que era el trabajo de ese tipo, que se sienta en un escritorio, y van y le cuentan historias. Me pareció que era más lindo que leer Amalia, de José Mármol con un montón de chicos a los que no les importa. Tuve esa visión y dije que iba a estudiar psicología. Y empecé a leer algunos casos, el caso de Juanito, de la fobia a los caballos, todos los casos eran pequeñas novelas. Leí un libro que se llamaba Cuatro neurosis en busca de argumento. ¡Guau!, dije, esto es lo mío. Y de paso ayudo gente. De hecho entré a la universidad y me enamoré del psicoanálisis hasta que empecé a escribir y de una me casé con la literatura. Como esos tipos que están de novios veinte años y después ¡se casan con otra! Sen los colegios siempre me preguntan si hay alguna relación entre mi carrera y mi escritura. Y la verdad es que no la encuentro. En psicología hay que hacer lecturas, en todo caso, de una historia. Y a mí lo que me gusta es inventar una historia, en el sentido de un argumento. Y esa historia me pedirá narrador, tono, cómo son los personajes... lo que necesite esa historia. De la señora Pinkerton necesitaba saber que es orgullosa e insoportable, y que pinta, nada más. De Tina necesita saberlo todo. En esta novela en particular, la última, los personajes centrales sí están pensados psicológicamente, porque la historia lo necesitaba.

Laura: ¿Pero en relación a la actitud del distanciamiento, no hay una herramienta ahí?

SA: No te entiendo...

Laura: El distanciamiento sobre lo horroroso, para poder escribir.

SA: Ah, sí, pensaba en el aislamiento, pero en el aislamiento del otro, en el sentido social. Hay un personaje que pertenece a una familia endogámica. Y hay una historia que la construye de determinada manera y permite que sucedan cosas. De hecho, la primera parte de la novela es del personaje. Para entenderlo sí me ayudó ser psicólogo, te diría, de hecho, se podría hacer una lectura psi de la novela. Pero no es lo que importa.

Laura: Me refería más a la posibilidad de tomar distancia, para poder escribir sobre alguna cosa. No al aislamiento.

SA: Sí. Bueno... me había quedado pensando en el personaje. Claro que sí. Aunque con los escritores nunca se sabe, medio que es uno por uno... Pienso en Ana Frank, que escribía desde el infierno.

MM: Gracias, Laura. Una pregunta profunda, me parece que es un buen cierre para el encuentro. Sergio, muchísimas gracias otra vez.

SA: No, gracias a ustedes. Me encanta charlar, hablo hasta por los codos, así que la paso bien. Así que, todas las reuniones que quieran, y nos debemos un asado.

MM: Haremos un buen asado en cuanto volvamos a viajar y vayamos a Córdoba o vos vengas para acá.

SA: Gracias a ustedes y, como decían en la televisión antes de las redes, saludos para tal, para cual y ¡para todos los que me conocen! Gracias y hasta la próxima. Te voy a mandar el libro, Mario.

ASA: ¡A mí mandame el libro! (Risas).

SA: Sí, por supuesto. Necesito escuchar tu opinión...

ASA: Va a ser impiadosa.

SA: Impiadosa. Acá estoy.

MM: Un final a toda orquesta. Gracias.

SA: Gracias a todos. Nos vemos.



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