De la cuna a la tumba

En el mes del nacimiento y muerte de Francisco de Quevedo, uno de los poetas clásicos del Siglo de Oro de la literatura española, casi como siguiendo el hilo de uno de los tópicos centrales de su poesía, Libro de arena publica el Salmo XVII a modo de homenaje, con el comentario de María Pía Chiesino que reflexiona acerca de la hábil pluma que da forma verbal a los asuntos universales como la vida y la muerte.



Salmo XVll


 Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
 Salíme al campo: vi que el sol bebía         
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
 Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,            
mi báculo más corvo y menos fuerte.
 Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.






Por María Pía Chiesino


En muchos de sus poemas, Quevedo iguala la vida y la muerte, la cuna  y el féretro, las ropas del recién nacido y el sudario. En uno de sus sonetos, dice que los seres humanos somos “presentes sucesiones de difuntos”. Tiene su fatalismo, desde luego. Pero en ese tránsito de la cuna a la tumba, en muchos casos, lo que el poeta destaca es el viaje en el que consiste la vida humana.
En el salmo XVll, por el contrario, el yo lírico está completamente abatido. El paisaje de su patria es una ruina, su casa un despojo, su bastón cada ves lo sostiene menos. Habla una persona derrotada por la vida. Acaso por la edad.
La primera vez que leí este soneto, fue durante la Guerra de Malvinas. Estaba cursando Literatura Española del Siglo de Oro en la universidad. Y no puedo olvidarme de lo que inmediatamente sentí al leerlo: la muerte, el deterioro, la angustia por lo irreparable eran los sentimientos que nos atravesaban a muchos de nosotros en ese momento de nuestra historia. Además de la guerra, en el país gobernaba la dictadura, y no pocos teníamos conocimiento de los crímenes que se cometían en el país desde 1976.
Al leer el Salmo XVll, (como pasa con la lectura de los grandes clásicos) me dio la sensación de que Quevedo podría haberlo escrito el día anterior a que yo lo leyera. Con la sola excepción de los amigos y de la gente querida, todo lo que por entonces nos rodeaba remitía a la muerte. Y en el caso del año 1982, a lo que ya venía produciéndose desde hacía seis años, se agregaba la certeza de las muertes jóvenes que serían el resultado de la guerra.
Tenía veintiún años y todo me recordaba a la muerte... No me quejo. Es lo que me tocó vivir. Y Quevedo, como tantos otros, fue un compañero de ruta. Que podía hacerme reír cuando escribía “Érase un hombre a una nariz pegado”.  O llorar al encontrarme con poemas como éste, que no podían ser más exactos para expresar la desolación  y el desasosiego con los que se vivía. 

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