Mujica Láinez de entre casa

Las anécdotas que rodean a los literatos ofrecen un espacio propicio para imaginar qué interés los liga a la escritura, cuáles son los tonos y colores en los que formó su lengua. Y nada mejor que una entrevista para acceder a esa intimidad que la charla descubre a la vez nos muestra el perfil del personaje. Libro de arena comparte un fragmento de la entrevista realizada por Joaquín Soler Serrano en el programa de la televisión española (TVE) “A fondo”, el 19 de junio de 1977. En ésta se abordan todos los detalles de la vida de Manuel Mujica Láinez, sus recuerdos más lejanos, la impronta familiar, sus inicios literarios.


Joaquín Soler Serrano: Creo que una de las cosas que contaba Manucho en sus primeros libros, o en confesiones a periodistas, era que uno de los recuerdos infantiles que tenía eran los centelleos de los anillos de la madre.
Manuel Mujica Láinez: ¿Has leído eso? Que astuto eres. En verdad, el primer recuerdo que yo tengo de infancia, en mi casa natal, es ese (el escritor parece trasladarse a esa escena infantil mirando hacia arriba, moviendo sus pupilas del centro a su derecha, en varias ocasiones). Es el brillo de las sortijas de mi madre, que eran muy grandes, como se usaban entonces, yo nací en el año 1910. Ese es uno de los recuerdos, y el otro es el color de las glicinias. Había en esa casa una enredadera de glicinias, yo que dejé esa casa cuando tenía menos de dos años, recuerdo sí… (levanta Manucho la cabeza para rememorar), ese brillo lila en la pared y recuerdo el brillo de las sortijas de mi madre alrededor mío. Eso es lo primero, primero que yo conservo en la memoria.


JSS: Las mujeres de la familia han estado siempre muy cerca de él (Soler Serrano sigue utilizando la tercera persona del singular, mirando al entrevistado, curiosos), y no solamente la abuela y la madre, sino que también había tres tías…

MML: Tres tías… (interrumpe Manucho, pero luego corrige) eran cuatro. Sí, todas estas mujeres vivieron dedicadas a mí, porque, en mí se dio el caso de un chico que nació, luego de otro, que fue mi hermano mayor, que murió cuando tenía un año y medio. Yo nací poco tiempo después de la muerte de él. Y entonces era muy esperado y demás, a la edad de cinco años tuve una desgracia grande, me caí dentro de un gran tacho (cubo) lleno de agua hirviendo, me quemé la mitad del cuerpo. Y estuve un año entero en cama, muy enfermo, por supuesto, los ojos, el oído…, qué sé yo, entonces fui terriblemente mimado, tenían que salvarme, tenían que cuidarme. Las curaciones eran atroces. Para distraerme de esa desgracia, me contaban cuentos, me contaban cuentos tradicionales, pero también me contaban los cuentos de nuestra familia, que era una familia llena de cuentos, y llena de leyendas, sucesos y extravagancias. Todo eso me fue nutriendo, desde entonces, y sin saberlo yo, eso era lo que iba a hacer de mí un escritor más tarde.

JSS: Las tías, las tías Lainez eran mujeres muy cultas… (no hay forma de que Manucho deje terminar las frases a Serrano)

MML: Eran mujeres muy cultas y distintas entre sí. La mayor, que era mi madrina, que murió cuando yo era un chico de 13 años, era la menos brillante, pero era la más buena, quizá por eso mismo. Luego había la que era dada a las genealogías, era mi tía -todas solteronas- que dedicó toda su vida, bueno, desde la edad de veinte años hasta que murió muy viejecita, a hacer unos cuadernos de genealogías de reyes de Europa, cuadernos infinitos que yo he heredado después de su muerte, pero como no he heredado la clave que sirve para manejarlos y pasar de un cuaderno a otro, y entenderse en medio de todos esos Habsburgo, este, están ahí como si fuesen un gran osario de reses, pero inútil. Yo siempre revuelvo cajones para ver si encuentro la clave. Esa era mi ti Papita. Después venía mi tía Ana María, que se interesaba mucho por las religiones extrañas, las religiones orientales. Vivía buscando libros hindúes y cosas así. Y por último estaba mi tía Marta, que era la menor, que en aquella época era menos interesante, en verdad, pero era la dada a la literatura, la que sabía mucho sobre los romances viejos, y mucho sobre los simbolistas franceses, y mucho sobre los trovadores franceses…, es la única que vive, vive conmigo allá lejos, donde yo vivo, en el centro de la Argentina. Luego estaba mi abuela que era un personaje muy, muy curioso. Era una mujer, que en esa época hablaba inglés como una inglesa, que era muy raro en la Argentina, sobre todo en una mujer. Y hablaba francés admirablemente. Tenía una cama gigantesca, china, que yo, mucho más tarde, supe qué era. Yo creía de chico que eso era una cama, pero no, no era una cama, era un quiosco. Mucho después, en Pekín, andando por jardines, yo vi de esos quioscos. Son unos quioscos donde los chinos toman el té, o tomaban el té, son del siglo XVIII. Y un tío abuelo mío, que tenía no sé qué negocios con chinos, recibió en pago unas sedas, que me parece que eran divinas, que le dio a su mujer. Y ese aparato, probablemente para sacárselo de encima, se lo dio a su cuñada que era mi abuela. Ese extrañísimo quiosco, que cuando yo era chico estaba en el centro de un inmenso cuarto redondo, en el cual se entraba, tenía puertas y ventanas, mi abuela estaba allí adentro. Era todo de unas maderas claras con infinitas figuras de marfil, entonces uno entraba ahí, se sentaba en una silla de paja, y ahí era donde mi abuela me contaba los cuentos… era muy mágico. Era una mujer que había sido divina, no linda, divina, fue famosa por eso.

JSS: Qué bonita evocación la que nos ha ofrecido Manuel Mujica Lainez…

MML: Muy verdadera

JSS: …de estas personas tan entrañablemente ligadas a toda su vida y que han influido decisivamente en lo que él había de ser después. Por cierto, me contaron una cosa que no sé hasta qué punto roza los límites de la indiscreción, Manucho, y es que las tías, en los últimos tiempos, vivían con unas ciertas estrecheces económicas…

MML: ¡Muy grandes!

JSS: …pero no renunciaban a abrir, una vez a la semana, sus salones para recibir a la gente…

MML: ¿Te han contado eso? Sí, sí, sí

JSS: …sacaban las grandes mantelerías, las vajillas más hermosas…

MML: Yo creo (Manucho habla por encima de la voz del entrevistador, al que no deja terminar una pregunta) que era el único día que ellas comían por semana. Ellas hacían ese gran almuerzo, al que yo les llevaba siempre gente, y entonces sí, ahí iban las porcelanas y todo lo que quedaba. Como yo tenía que ver mucho con el periodismo y todo eso, conocía a la gente que pasaba por Buenos Aires, y se los llevaba. Invariablemente, una vez por semana, había ese almuerzo, verdaderamente triunfal, de las tías. Luego el resto de la semana desaparecían, yo creo que comían en la cama (esto lo dice moviendo las manos como un prestidigitador, para dar un aires de misterio a la “desaparición” de la tías). Eran unas mujeres admirables.

JSS: Aparte de ese recuerdo, de la quemadura producida jugando en la terraza al caer sobre el agua hirviendo, creo que hay un recuerdo parecido, pero a la inversa, que es el de que, para que perdiera el miedo, lo ataron una vez con una soga por la cintura…

MML: ¿Quién?... Sí, sí.

JSS: … y lo dejaron caer en una piscina de agua helada.

(Manucho está un poco desconcertado, pensando en quién le pudo contar esto al periodista, pero pronto cae en la cuenta.)

MML: ¿Dónde has leí…? ¡Ah!, eso está en Cecil, que es un libro traidor.

JSS: En Cecil, del que hablaremos después.

MML: Sí, sí, mi padre deseaba mucho que yo supiera nadar, entonces cuando me llevaban a Mar del Plata, que es nuestra gran playa, de muy niño, de seis años, o así, me llevaban a una piscina donde había un hombre que nos enseñaba, pero no, no aprendíamos nada. Eso enfureció a mi padre, que entonces, en Buenos Aires, me hacía ir a una piscina cubierta donde un hombre, una especie de bárbaro, nos enseñaba a nadar atándonos una soga alrededor de la cintura y tirándonos ahí, al agua helada. Y ahí uno manoteaba como podía, por eso es que yo… sí nado, como un perro, como nos enseñaron allí, como perro, para salvarme la vida.

JSS: ¿Qué otros recuerdos infantiles, más o menos, aflorarían a tu memoria ahora?

MML: ¿Infantiles? (se toca la cabeza)

JSS: De esos años primeros.

MML: Bueno, me acuerdo sí, de mi primera obra literaria. Se sabe que yo tenía seis años, porque fue entonces que nos mudamos de esa casa, era una casa que quedaba en Buenos Aires en pleno centro, en la calle Maipú. Mi madre escribía teatro, escribía en francés, escribía en español; escribió una pieza que le elogio Benavente (don Jacinto), yo tengo la carta de Benavente a ella. Yo, que era un chiquito, la oía leer teatro, leer los distintos personajes y tal y cual. Eso me impresionaba mucho. Y una noche hubo una comida (sería una cena, luego), en que iban varias amigas a casa, y mi hermano menor, mi único hermano, que tiene dos años menos que yo, es decir, yo tenía seis y él tenía cuatro, estábamos -por supuesto que no participábamos de esa comida, que hubiera sido un horror- arriba y, a través de la baranda de hall, veíamos entrar a la gente y tal. Nos metieron en cama y nos llevaron la comida a la cama. Y entonces nos trajeron la noticia de que una señora, que estaba en la mesa, una solterona, que era una mujer muy ridícula de la cual siempre nos reíamos, se había enfermado durante la comida, porque había unas mollejas -¿se dice mollejas acá?-…

JSS: Sí, sí

MML: …Bueno, unas mollejas que le habían caído (sentado) mal. Y eso nos hizo una gracia enorme, y entonces yo, inmediatamente, tomé un lápiz y un papel y escribí una pieza de teatro…

JSS: La que pertenece, si no estoy mal informado, estos versos: “sirva la sopa Adela, está caliente que pela”

MML: Es lo único que se ha salvado (y corrige): “Sirva la comida, está caliente que pela, contesta Adela”. Lo curioso es que yo escribiera teatro, que nunca más he podido hacerlo, por más que lo he intentado, y luego que escribiese en verso, en verso que lo hiciese, y en verso bien medido (recordemos que tenía seis años). Lo otro que recuerdo es que había indicaciones, por ejemplo decía: tal cosa, tal cosa… y entre paréntesis, “señalando la lámpara”. Era lo que yo le había oído leer a mi madre. Bueno, esos fueron mis comienzos literarios.


Versión completa: aquí


Comentarios

  1. Gracias por transcribir las palabras más sabrosas de esta entrevista que a menudo miro por Canal Encuentro. Maravillosa.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Liliana Bodoc: "Todos sabemos lo que nos pasa cuando un libro nos enamora. "

Encuentros con los libros álbum

La ilustración toma la palabra