Paula Bombara: “Qué bueno sería si fuéramos menos indiferentes al dolor del otro”

En el cierre del mes dedicado a la literatura, la identidad y la memoria, que nada casualmente fue en octubre, invitamos a charlar con los integrantes del Laboratorio de Análisis y producción de Literatura infantil y juvenil a Paula Bombara: no podía ser otra la invitada. Con la gracia y la dulzura de siempre, Paula tocó los temas más espinosos y hasta escuchó y opinó sobre los trabajos de los participantes. Un gran regalo que nos hizo.



Mario Méndez: Buenas tardes. ¿Cómo están? Somos todos viejos conocidos del taller que empezó hace tres meses… menos vos…

Asistente: Yo vengo de otro taller de Bibliotecas para armar, me invitaron a participar. Estoy en una biblioteca que está en Plaza Los Andes. Y estoy haciendo el taller de narración con Diana Tarnovsky.

MM: Bueno, bienvenida. Paula, te cuento y hacemos la introducción. Como si fuera un programa de radio. Hace tres meses que estamos juntándonos en este taller. Empezamos con la ciencia ficción. Siempre hay un primer encuentro teórico, o una introducción al género, a su trabajo en la literatura infantil y juvenil en particular. En ese caso, Alejandro Alonso, que es escritor y es especialista en ciencia ficción, nos ayudó con la charla inicial. Y cerramos con la entrevista a Eduardo Abel Gimenez, que no sé si vieron que ya está publicada en el blog, ya salió la segunda parte. Luego pasamos al policial. Esa vez, de la charla me encargué yo, y cerramos con Andrea Ferrari que vino a la entrevista. Esta vez tenemos un género que hemos inventado, porque que yo sepa no hay un género de identidad y memoria. (Risas). Para cerrar, te acabamos de instituir como la reina de la identidad y de la memoria…

Paula Bombara: La reina de un género que no existe. (Risas).

MM: No me digas que no está bueno… Normalmente, todos los participantes del taller, o casi todos, en el segundo encuentro escriben una crítica, en el tercero, que fue el lunes pasado, una ficción (que les resultó bastante difícil con este género inventado), y en la última, la entrevista. No voy a ser exclusivamente yo el entrevistador. Tenían como tarea pensar preguntas para hacerte. Paula Bombara es escritora, es bioquímica. Divulgadora de ciencias, tiene a su cargo una colección en Eudeba llamada “¿Querés saber?”, y tuviste una en Iamiqué… ¿Esa sigue?

PB: Lo que hice en Iamiqué fueron unas traducciones de una colección que se llama Asquerosología. El texto original es de una autora norteamericana, Sylvia Branzei; mi rol ahí fue hacer la traducción y nada más. En Siglo XXI está Ciencia y Superhéroes, que es uno de los libros con los que más me divertí escribiéndolo. Además de que lo escribí con un gran amigo, Andrés Valenzuela. Esa línea abierta en Siglo XXI probablemente continúe. Estamos viendo. Es una editorial que me encanta.

MM: Así que divulgación científica, en dos o tres lugares… esperemos que continúe lo de Eudeba… estábamos hablando de lo duro que está el mundo editorial. Y por supuesto, mucha ficción. Y mucha de esa ficción, relacionada con el género que inventamos, sobre todo a partir de El mar y la serpiente, que si no estoy equivocado es tu primera novela, ¿verdad? Que salió en el 2004…

PB: 2005.

MM: 2005. Después lo corrijo. Puedo tirar cualquiera y parece que sé todo con precisión. (Risas). Bueno… acá decíamos, y con eso abro, que si bien no fue la primera novela dentro de la literatura infantil y juvenil en tocar estos temas de identidad y memoria, de la historia reciente, sí es un mojón de la LIJ al respecto, entre otras cosas por el enorme éxito que tuvo, pero más que nada porque creo que dijo las cosas casi más claramente que ninguna. Hay alguna excepción que podemos mencionar, pero hasta ese momento se tocaba este tema un poco de costado. No sé si estás de acuerdo…

PB: La verdad es que cuando me decidí a escribirla trabajaba entre seis y nueve horas en un laboratorio, y no tenía idea de lo que estaba haciendo. Primero me puse a leer. Y lo que sentía era que nade había contado la historia con un enfoque así. Era lógico, por otra parte, creo. La salida de El mar y la serpiente coincidió, aproximadamente, con el estreno de la película Los rubios, de Albertina Carri. En ese momento empezamos, los Hijos y las Hijas a expresarnos un poco más en distintas formas artísticas.  Salieron varias obras casi al mismo tiempo, en las que nuestra voz empezaba a sonar y nuestra experiencia hacía que tuviéramos otra manera de encarar estas vivencias. Las vivimos, no necesitamos darles mucha vuelta. Creo que lograr la sencillez y la claridad es lo más difícil que hay. Y estoy convencida de que hay que ir por ahí, siempre. A veces uno puede ir demasiado al filo de las cosas, es lindo andar por ahí. Por suerte cuando una ya se pasa del otro lado, por supuesto que hay amigos que te avisan. Así que yo prefiero siempre ir por esos filos de la literatura buscando la sencillez.



MM: Además de los amigos hay instancias de taller. Vos lo trabajaste bastante.

PB: Yo lo trabajé. Mi manera de volver a la escritura después de mi paso por la Facultad de Bioquímica fue hacer el CBC para Letras, me hice prácticamente todas las materias que existen en el CBC. Después decidí que iba a hacer Filosofía, y estando en la carrera, un día me enteré de que Graciela Montes daba una charla en la Facultad de Agronomía. No sabía si ir o no. Y bueno, ahí estuvo la familia, sobre todo mi suegra, que me apalabraba para que fuera y me convenció finalmente diciéndome que era mi autora clave de la infancia, lo cual es cierto… Bueno, fui, y fue Graciela Montes la que me conectó con Susana Cazenave. Susana fue mi Maestra, la recuerdo siempre. Hay frases de ella que siguen resonándome y les sigo haciendo caso. Después de un par de años de taller a mí se me ocurrió empezar con este libro. Un poco porque tuve un encuentro de café con Ricardo Mariño. Yo no sé si alguna vez te conté esta historia.

MM: Creo que sí, pero estaría bueno que la contaras de vuelta.

PB: Fue gracias a una compañera de trabajo del laboratorio que jugaban con él en el club al voley… ¿Vieron esas cosas que se dan por el azar? Me dijo que en el club al que ella iba, iba un escritor de literatura para chicos que ya había publicado un montón de libros, y que quizás hablar con él podía servirme. Me hizo el contacto, me encontré con Ricardo y en un momento le pregunté cómo era escribir una novela. Yo tenía una fantasía de dificultades al respecto. Y él me dijo algo que es muy cierto: que tenía que escribir sobre algo que supiera. Es muy cierto. Uno tiene que investigar, tiene que sentir en el cuerpo a sus personajes… tiene que prepararse. Al menos yo me preparo mucho antes de cada proyecto. Y para la primera novela, si era sobre algo que yo ya sabía, la sensación era que ganaba toda esa energía necesaria para concentrarme en la dificultad de la escritura. En la dificultad real que es escribir. Me fui del encuentro pensando qué sabía. Y me dije que sabía dos cosas: sabía de mi trabajo (analizaba aguas para ver si estaban contaminadas o no), y sabía lo que había sido crecer en dictadura. Esas eran las dos cosas que ya sabía. Empecé dos planes de escritura. Uno terminó siendo La cuarta pata, que tiene todo un trasfondo de contaminación de agua. Y el otro fue El mar y la serpiente. Y Susana me alentó muchísimo con los dos. En el taller trabajábamos más La cuarta pata. Y por fuera del taller teníamos encuentros corrigiendo versiones y versiones de El mar y la serpiente. Capaz que era un encuentro cada seis meses, porque yo escribía, no me gustaba, tiraba, volvía a empezar, escribía otra versión, la tiraba y volvía a empezar…

Álvar Torales: ¿La casa de los conejos la habías leído?

PB: La casa de los conejos salió en 2008, tres años después de El mar. Sí, lo leí cuando salió. Ese mismo año salió 76, el primer libro de cuentos de Félix Bruzzone, también leí ese… Laura Alcoba tiene una historia diferente. Ella se exilió en Francia con su madre, es un poco más grande que yo, y tuvo además esa vivencia de lo que es reinsertarse en una sociedad que habla otro lenguaje y que tiene otras formas de relacionarse…

MM: De hecho, los libros están traducidos…

PB: Sí, ella escribe en francés. Lo que pasa es que la infancia define muchísimo las preguntas internas, las preguntas que después gobiernan tu vida. Maurice Blanchot en su libro El espacio literario tiene una imagen muy linda: que el autor se la pasa rodeando, rodeando como si fuera un escultor alrededor de la piedra, y que va esculpiendo, pero en realidad desconoce cabalmente la esencia de todo lo que va haciendo. Dice Blanchot que muchos años después va a venir otro y leyendo toda la obra va a descubrir las verdaderas preguntas del autor. Uno lo que hace es circular y rodear y trabajar sobre ese nódulo de cuestiones que te van definiendo, ir revelando los distintos aspectos de lo que es la identidad, que es un concepto que siempre está en construcción.

MM: Es bueno el concepto, pero también es polémico, porque estamos hablando de la identidad, y si es como dice Blanchot no sabríamos muy bien cual es nuestra identidad, nuestra esencia…

PB: Al menos, literariamente hablando, como autores, no la sabríamos. Hay una dimensión, que es la personal, en la que una dice que esos son sus temas, pero al menos como autores, él plantea que hay un grado de incertidumbre importante. A mí me encanta eso, porque hay algo que uno aprende, de manera muy dificultosa (al menos en mi caso) cuando vivís una historia de desapariciones. Aprendés a convivir con lo incierto. Con lo que no tiene respuesta. Y te acostás a la noche con preguntas sin respuesta y al otro día te levantás igual y sabés que eso va a seguir pasando. Es incierto. No sabés qué pasó. No sabés dónde está. No sabés nada. Y a mí me tocó en diferido, perder a mi padre primero, que se perdiera en ese reino de la incertidumbre, y después cuando nos secuestraron a mi madre y a mí, no saber de mi madre tampoco. Entonces, cuando ella volvió mi pregunta interna era si era la misma. Y no, no era. Si ya no era la misma, ¿qué pasó con la que era antes? ¿Qué iba a pasar con esta mamá que había vuelto? Todo lo callado, todo lo que familiarmente se dio por sobreentendido… Toda esa etapa larguísima de incertidumbres varias es parte esencial de mi identidad.



AT: La incertidumbre, pienso yo y la repetición. La repetición de hechos, de gente, de nombres, que era normal. “Yo soy esto” A lo mejor se tiene oculta una parte de la identidad, pero esa se mantiene…

PB: Desde el afuera además, te dicen quién sos, te van marcando. Te dicen. “Vos te llamás así”. Y te empiezan a llamar así, sin que vos puedas elegir cómo llamarte, porque no sabés hablar. Yo me peleé con mi mamá porque eligió este nombre para mí. Yo discutía todo. Por qué Paula. Y por qué no. Depende de la edad, iba cambiando mi nombre favorito. Mi mamá me decía que me lo puso porque le gustaba a ella, que me llamaba así porque ella era mi mamá. (Risas). Y ahí yo le decía: “Yo no soy tuya”. Y me decía: “Nosotros con tu padre tuvimos que tomar una decisión, y estuvimos de acuerdo en este nombre, en que te llamaras así”. Desde muy chica tuve noción de estas cuestiones impuestas. Y lo que decidís mostrar o no, tiene que ver con la medida en que vos niña sepas si vas a estar segura o no en el mundo de los adultos. Es seguro que yo en esta casa no haga lío, porque si hago lío en esta casa cuando llego a la mía me dicen tal cosa. Los límites van delimitándote. En la primera infancia, de uno a tres, cuatro años. Hay que ver si después uno se anima a ir poniendo en cuestión esos límites. Que una cosa son los límites del afuera, pero que ahora ya se sienten adentro y una quiere definir quién es. Hasta dónde uno puede cambiar, ¿no? Es parte de un todo, porque además sos parte de una sociedad, y ¿te permite la sociedad que digas quién sos? ¿Se banca tu sociedad que vos seas quien sos?

AT: No lo sé…

Asistente (Alejandro Javier Alonso): Uno escribe con la intención de contar una historia. Y cuando termina, por ahí, en la corrección se da cuenta sobre qué estaba escribiendo, por dónde iba la cosa. Esto me lo comentaba otro escritor. Cuando uno está escribiendo está en un estado de volcar cosas del inconsciente, y por ahí a uno le dicen que escribió la historia del rey desnudo. Y uno dice: “No, pará. Estoy hablando de mi abuelo. Esto es una metáfora”. Yo no lo asocié tanto con lo de la identidad, pero calculo que si una psicóloga agarra las cosas que nosotros escribimos, mientras las escribimos, se hace una panzada.

PB: Dicen que cuando Lacan agarró los libros de Marguerite Duras se hizo un festín. Yo les recomiendo mucho un libro de ella que se llama Escribir. Es un ensayo en el que plantea esto: cuando estás escribiendo no sabés nada. Ella tiene una expresión bellísima que dice que el libro también es la noche. Un libro es lo desconocido, es ponerte en riesgo permanentemente desde el mundo emocional, porque te pone frente a situaciones de las que vos salís, o hacés que tus personajes salgan, de acuerdo a lo que vos sos.

AJA: El personaje actúa de acuerdo con una lógica interna en algún momento posterior, no en ese momento. Lo leés y te das cuenta de que está haciendo lo mismo o lo contrario. Uno siempre está leyendo el diario de ayer y corre el riesgo de la sobre interpretación.

PB: Lili Bodoc también decía que las novelas son el lugar en el que se conjugan la memoria y los deseos. En la escritura se conjugan el pasado, el presente y el futuro. Cuando uno reflexiona sobre el verosímil, también tiene que ver con lo que uno desea. A mí me decían en La chica pájaro, por ejemplo, que no era muy verosímil que una mujer acoja en su casa a una chica desconocida. Pero qué bueno sería si fuéramos menos indiferentes al dolor del otro. Desde un lugar de deseo. Que alguien mire, vea y reaccione. Por qué no, si es lo que yo quiero. ¿Por qué no lo voy a poner en la escritura? No es algo tan pensado. Es como dice Alejandro, hay un no saber. Así salió Leonor. Ese era mi deseo. Lo pensé cuando me lo cuestionaron. Antes, no. Porque no me daba cuenta de que era cuestionable. Cuando me hicieron notar eso, pensé que era cierto, que quizá no era muy verosímil pero que era mi deseo que eso empezara a pasar... le haría tan bien a la sociedad, sería tanto más saludable, tanto más justo si uno tuviera ese momento de ver al otro, de ver su dolor, y de reaccionar de algún modo sensible. Y ocurre tan poco…

Asistente: También en la lectura que uno hace está la propia subjetividad…

PB: Cualquier escritura es subjetiva. La escritura científica también. La objetividad es pura pretensión.

AT: ¿Y en el periodismo?

PB: ¡Ah! Re subjetivo. De todos los discursos creo que el que tiene una pretensión de objetividad más grande es el paper científico. Se pretende que cada palabra pueda interpretarse de una sola manera. Por eso escriben en inglés también, que es un idioma muy económico en el que cada palabra usada en ciencia tiene pocas acepciones. Pero aún así, es una pretensión. Porque el tema de investigación que elegís, a quiénes elegís mostrarlo, en qué revista elegís publicarlo, son todas cuestiones subjetivas. Los paradigmas, ponerlos en cuestión, eso es subjetivo. En Eudeba tenemos una serie de libros que son los especiales de la colección, que tienen un tinte más filosófico, más histórico. Tomamos una teoría o algo que haya revolucionado la ciencia y de ahí partimos. Hay un título que es sobre la teoría de la evolución, otro que es sobre genética, estamos preparando uno de matemática… Y cuando hice el de genética lo hice con Alberto Kornblihtt, y fue bárbaro. Porque las preguntas de la ciencia siguen circulando alrededor de los mismos problemas. El tema es que como la tecnología avanza, las respuestas son las que van marcando las diferencias. Las éticas, las sociedades. La gente, en definitiva. Así que mirá qué nivel de subjetividad. Eso está también en la política científica, que define qué temas dentro de cada disciplina son relevantes, en cuales invierte dinero, etc., etc.

MM: Está en todos lados. A propósito de lo que dijiste recién de Marguerite Duras y la noche, acá, con este no género o género inventado, fue cuando los participantes se sintieron más cerca de esa cosa nocturna. ¿Qué nos ponemos a escribir? Surgieron algunas cuestiones familiares. Acá hay gente muy joven que dijo que se enteró de lo que había pasado en la dictadura en la escuela. Y hablaban de cómo vamos a defender esta cuestión de identidad y memoria de acá en adelante. Si se va a perder o no se va a perder… Se me ocurrió porque el lunes pasado con el corte de luz y demás nos quedaron un par de textos sin lectura. Entonces, como esto tiene una parte de taller vamos a hacer un juego. A uno de los compañeros que no leyó el lunes pasado lo pongo en el brete de leer acá, delante de Paula, después vamos a charlarlo, y después Paula nos va a leer como si fuera un taller, algo que escribió hace poquito, que todavía no salió. ¿Les parece?

Todos:  Sí.

Guillermo Vidal Quinteiro: Bueno, este, como dijo Mario es un cuento que escribimos para la clase pasada bajo la consigna de identidad y memoria. Se llama “Recuerdos”.

Levantó la vista y lo vio. En el espejo, un rostro que le resultó familiar. Adusto, pálido, el mentón en alto, afeitado al ras. Su memoria era frágil, la enfermedad le había arrebatado la capacidad para identificar caras y nombres, incluso la suya o las de sus propios nietos. Pero el reflejo de esa mirada, firme y sobria, le trajo recuerdos de su juventud.
Recordó las caricias de su madre y los castigos de su padre, a quien temía y admiraba en igual medida. Recordó a sus maestros de la primaria y los valores que le habían inculcado: integridad, disciplina, respeto y devoción por la patria. Recordó su uniforme doblado sobre la cama, siempre planchado y almidonado.
Recordó la violencia, aquella de la que algunas veces fue víctima, pero muchas más, victimario. Recordó los llantos en la oscuridad. Los gritos de dolor de aquellos a los que no conocía, pero que odiaba con convicción. El olor a mierda y vómito en la ropa de esos hombres y mujeres que se acurrucaban en el rincón cuando escuchaban sus botas resonar en los pasillos y se tapaban las caras con las manos cuando lo veían cruzar el umbral de la puerta.
Recordó la voz de una joven bella, altanera, que le exigía que la deje ver a su hijo recién nacido. Él la tomaba de los brazos y la besaba en sus labios cubiertos de tierra y lágrimas.
Recordó la camaradería de sus compañeros de la fuerza. En algunas noches la culpa lo acechaba y se preguntaba si sus actos eran justos, si Dios lo estaría observando y si castigaría sus pecados con el mismo rigor que él aplicaba en sus métodos. Pero ese sentimiento duraba poco, porque allí estaban sus compañeros para apoyarlo, para felicitarlo por su compromiso con la causa y ayudarlo a lavar sus culpas con alcohol y mujeres.
Recordó los cuerpos, desnudos, irreconocibles, amontonados en una fosa cavada detrás de una capilla de barrio. Recordó cómo los había golpeado, escupido e insultado antes de rematarlos. Ellos también lo habían insultado, le habían gritado y rogado por compasión, pero él no se había inmutado.
Pensó que esos jóvenes seguramente estarían siendo recordados por alguien más en ese momento, y sintió vergüenza. Se miró de nuevo en el espejo, y volvió a olvidar quién era y quién había sido.


PB: Guau, qué duro.

MM: Duro, sí.

PB: Sí. No puedo dejar de pensar en Etchecolatz que todavía no dice nada.



GVQ: Básicamente, lo que me pasó antes de escribirlo, de donde me surgió para escribirlo y una cosa que me pregunto en general cuando una persona comete un delito, y es cómo convive esa gente con la culpa y la angustia. O si siquiera siente culpa o angustia por las cosas que hizo. Y creí que en el caso de una enfermedad tan terrible como el Alzheimer, en ese caso pueda llegarse a algo, en el caso de la gente que no puede convivir con la culpa. Y como se sentirá una persona que tiene que convivir todos los días con esos recuerdos que lo atormentan, si es que lo atormentan. Traté de combinar esas dos ideas. Todo el tiempo queremos, intentamos que la sociedad tenga memoria. Por ahí, en este caso la falta de memoria a una persona la ayuda para seguir viviendo, a pesar de que les quitó la vida a muchísimas personas, que no pueden disfrutar de eso mismo que él está disfrutando y es obviamente por un lado un alivio y por el otro un castigo.

AT: Yo no creo en el arrepentimiento.

Asistente: Era lo mismo que estaba pensando yo.

AT: Estaba el caso del marino este, Scilingo, que salía en la tele, y que uno podía decir que era un arrepentido… No es un arrepentido. Yo conozco el caso por declaraciones periodísticas nada más. Y es un tipo que se decidió a confesar, tal vez para sacar algún beneficio o atenuante. Pero él no habla de arrepentimiento. Y creo que es la conducta que siempre va a tener esta gente. Es esa “autocrítica” en la que está la preposición “pero”. Si vos ponés un pero en una autocrítica, no es autocrítica. Estás empezando a justificar y a tratar de explicar, ¿no? Me parece a mí. No creo en el arrepentimiento de estos crímenes aberrantes. Tal vez alguien se pueda arrepentir de algo… Pero que un tipo que ha sido parte de la patota se arrepiente, no lo creo.

Asistente: ¿Sabés en qué estaba pensando cuando lo leías? ¿Qué arrepentimiento podían tener? Si iban y comulgaban antes… ¿Qué arrepentimiento podían sentir cuando hacían una cosa así?

MM: Quizá en lo que escribió Guillermo haya algo de lo que dijo Paula sobre el verosímil y el deseo. Quizá haya un núcleo de ciudadanos argentinos, con el deseo de que a esta gente le remuerda la conciencia. Incluso, que haya un arrepentimiento. No sé si es verosímil.

PB: Igual hay algo que a mí me parece muy valioso de lo que leíste, que es que incomoda.

Guillermo: En la única posibilidad que tiene de recordar algo, lo que recuerda es eso.

PB: Pero incomoda al lector. Creo que al escuchar todos nos sentimos un poco perturbados por lo que estabas leyendo. Y para mí es de un gran valor eso, porque la literatura es un lugar que yo creo que tiene que incomodarnos. Porque la incomodidad es la que lleva a la reflexión. Y ese es un punto a tener en cuenta cuando uno escribe. No caer en lo cómodo, poner un punto dos palabras antes. Hay que generar esta interpelación a la audiencia, ahí en donde está lo incierto para el lector, que creo que es a lo que hay que llamar. A ese lugar en el que el texto y el lector se encuentren y no sepan qué hacer. Y pasa cuando uno se pone en lugares incómodos a la hora de escribir.

MM: Una de las cosas que también venimos hablando en estos encuentros, es la cuestión de la edad. Guillermo decía la otra vez que había tenido que sacarse de la cabeza que no estaba escribiendo para jóvenes o para niños.

Guillermo: Este tema tan difícil para un cuento, a mí me costó, particularmente, pensarlo para literatura para chicos. El deseo de todos nosotros es que todo el mundo pueda acceder a la historia, a la memoria. Pero también, en esto que vos decías de generar incomodidad, y uno se preocupa por si las palabras que usa son más adecuadas para determinadas edades o no. Yo tenía ese conflicto interno de preguntarme para quién era eso que estaba escribiendo.

PB: ¿Y te importa?

Guillermo: En realidad traté de no ponerme frenos en ese sentido. Escribirlo y que lo que viniera después fuera otra instancia que no me involucra a mí.

PB: Totalmente. Tendría que releerlo para estar más segura de lo que voy a decir, pero ahora se me ocurre un tema… Hay un estereotipo que de algún modo protege al genocida: es una persona mayor, cuanto más mayor, más abuelo, más bondadoso… “Tienen ochenta años, no está bien que terminen la vida en la cárcel”… ¿Perdón? ¿Cómo? ¿Qué tiene que ver?

AT: Llegaron a los ochenta años en libertad porque ellos mismos impidieron el juzgamiento anterior.

PB: ¡Exacto! Fijate en un punto, si lo siguieras trabajando, yo trabajaría en ese estereotipo. Todos ante un señor que se olvida porque está en las garras del Alzheimer… ya estás en esa línea, pero yo jugaría más con las palabras, que el lector se vaya preguntando más. Si es bueno, malo… Como más incertidumbre todavía. Porque en esto de arrepentirse o no… hay mucha gente grande civil, vecina de centros clandestinos de detención, que no habla. Vos te metiste con un torturador. Directamente. Pero podés interpelar a personas que sepan algo. Que te lean y les remuerda en la conciencia eso que aún hoy deciden callar. De esa gente podemos pensar que siente algo de culpa porque está callada. Que les remuevas un recuerdo que quizá se olvidaron. Que leyendo algo así se acuerden de una noche en la que escucharon un nombre de alguien que estaba secuestrado. Y que empiecen a sentir esa culpa de haberse quedado callados. En algunos casos, a los nietos los encontramos gracias a testimonios de particulares. Pasa lo mismo con los restos. Ninguno de los milicos dice nada. ¿Cómo se accede a eso que no se dice? Se accede por la pregunta, por la duda, por la culpa de los vecinos, de los trabajadores del cementerio. Es gente que sí siente una culpa por haberse quedado callada. Y tienen ochenta años y sí tienen que hablar. Que la literatura los incomode ahí, para mí es algo re valioso. No sabés los ecos que puede tener.

MM: Valeria, vos no viniste el lunes. ¿Tenés algo escrito?

Valeria: No.

MM: No te voy a poner en esa situación, porque a Guille además le mandé un mail…

Valeria: Hace un montón de años le escribí una poesía a mi ahijada, sobre su abuelo desaparecido. Se la escribí dedicada a ella. No era ficción, ella era muy chiquita y la pregunta era un poco cuándo la leería. La escribí destinada a una nena de cuatro años.

PB: En realidad la escribiste destinada a cualquiera….

Valeria: La puede leer cualquiera pero puede no entender algunas cosas…

MM: Lástima no tenerla acá.

Valeria: Lo tengo, lo busco.

MM: ¿Y vos Andrea?

Andrea: No, me superó totalmente.

MM: Viste que hay gente muy joven…

PB: A mí me llevó un montón de tiempo escribir El mar y la serpiente. Cuando uno habla de cómo escribe, parece que tomara las decisiones de un día para el otro, porque el tiempo es como que va achatando los días. Pero son decisiones que yo tardé muchísimo en saber que podía tomar, que yo podía decir por mí misma que sabía.

Andrea: Particularmente, es como una cuestión hasta de respeto. Como que me superaba decir algo…

AT: Hay varios aspectos de la identidad.

MM: Acá hubo varios trabajados…

AT: Yo tengo un texto, pero todavía no lo escribí, pero me disparó que leí Piedra libre, de Grubissich. Y a partir de esa lectura, y por experiencia propia, lo enfoqué para el lado del exilio interior, que no es un exilio verdadero y que en una gran mayoría de casos implicaba la clandestinidad.

PB: ¿Y por qué decís que no es un exilio verdadero?

AT: Pensando en el exilio de fuera del país. Es un exilio de tu gente el de la clandestinidad. Y forzado, porque yo te conozco y vos me conocés desde hace años y sé que no te tengo que ver más. Y yo ya no soy yo, soy otro.

PB: Es un exilio. Yo me acuerdo de que algunas veces lo hablábamos con mi mamá. Cuando volví al Jardín, yo volví a mi sala de cinco, yo me fui a la casa de mis abuelos todo el tiempo que ella estuvo secuestrada, con un Falcon en la puerta. Y yo estaba nerviosísima cuando retorné a clases. Era un día cualquiera, no era que volvía a la escuela de las vacaciones de invierno. Una vez que ella recuperó su salud, mamá me dijo que ya era tiempo de que volviéramos a Buenos Aires, ella a sus estudios y yo, al Jardín. A mí me daban un poco de miedo las preguntas que pudieran hacerme. La duda era: “¿Ahora qué digo? ¿Digo mi nombre? ¿Qué digo?” Y entonces ella me hizo como un speech. Decí tal cosa y tal cosa. Y yo me atuve a ese discurso durante toda la escolaridad. Internalicé esa historia…

Asistente: ¿Cuánto tiempo estuviste sin ir?

PB: Fueron cuatro o cinco meses. Porque cuando a mi mamá la soltaron, por el estado en el que estaba tuvo que recuperarse un tiempo en la casa de sus padres… Y después, cuando volvimos a casa, tuvimos una “hermosa y grata” vigilancia, dos años. En la puerta del edificio donde vivíamos.

AT: Se hace difícil, ¿no? A mí con la familia me resultó relativamente fácil. Porque la familia me conocía y me conoce todavía por un sobrenombre. Igual, tuve que convencer a mi mamá de que me escribiera cartas con otro nombre. Así contado parece simple, pero no lo era.

PB: No, es re duro. A mí por suerte mamá no me pidió que cambiara mi nombre. Ni mi apellido. Mi mamá eligió que lo mantuviéramos. Tanto el de ella como el mío. Pero conozco muchas historias de HIJOS en los que era un pacto. Laura Alcoba lo cuenta muy bien. Aparte, lo más seguro era no hablar, para no meter la pata. Te va generando un mundo “literario”, necesariamente.

MM: ¿Lo encontraste, Valeria?

Valeria: Sí. De esto hace quince años.

"Lo que tus ojos no verán"

Miro tu mirada y veo,
ojos que jamás,
se mirarán con los de tu abuelo.
Ando con ganas de recordar
cosas que no puedo ni quiero olvidar.
Aunque nunca las viví.
Nunca me sacaron de mi casa,
nunca me alejaron de mi familia.
Yo hoy estoy acá.
Para ver la desaparición y contarla.
Para no olvidar lo que no viví.
Y sufrir un vacío con el que crecí.
Acá estoy viéndote jugar en el patio,
una y otra vez, tu alegría;
imaginándolo a él cruzándolo,
por última vez en su vida.
Tengo un pasado que no viví,
y vos también.
Se nos cuela en el presente
y quiero que lo recuerdes después.
Hay cosas que no podemos hacer,
personas a las que no podemos ver,
supuestos muertos sin tumba.
No podemos hablar con él, es así.
No sabemos donde están sus huesos.
Pero sin haberlo conocido podemos recordarlo.
Seguro te espera la fantasía
de que un día toque el timbre.
Yo la tuve y es útil a la memoria y la conciencia.
Con el tiempo te das cuenta
de que no va a tocar a la puerta,
entonces su ausencia te duele mucho más.
Y si no te resignás a sufrir y nada más,
sacás fuerza de ese dolor
para intentar que nadie lo olvide.
Tenés un abuelo que es más que tu abuelo.
Podés recordarlo sin haberlo conocido.
No me duele que tus hermosos ojos
no se crucen con los suyos.
No me duele no poder hablar con él.
El problema es que nos lo arrancaron.
Hombres que se creyeron deidad,
y nos lo sacaron a nosotras,
antes de que hayamos nacido.
Hoy no lo encontramos a él,
es un desaparecido;
pero su lugar no lo desaparecieron,
es un lugar vacío.
Un lugar que vos ya viste,
el lugar de alguien por quien ya preguntaste.
Te falta creer que va a volver,
te falta sufrir que no.
Pero ya sabés que existió,
te enteraste de él sin conocerlo,
y creo que en el fondo de tus ojos
que no pueden vero
siempre habrá una mirada para recordarlo.


PB: Esa dimensión del abuelo… cuando a mí se me abrió… Ese papá ahora es el abuelo, no es más el papá. Ahí, sin haber vivido cosas, hay nuevos aspectos identitarios en él. No los vivió, sin embargo hoy es el abuelo del nene. Increíble. Esto de que la identidad no se termina de resolver ni con la muerte porque trasciende a la persona…



AT: La carta que aparece al final de El mar y la serpiente. ¿Es auténtica? ¿Esa composición la escribiste siendo niñita?

PB: El mar y la serpiente está atravesada por la ficción. Hay mucho de ficción. Yo jamás me olvidé de nada, yo tengo grabada la secuencia de nuestro secuestro, y antes de eso nuestra entrada a Buenos Aires, con mi mamá tratando de convencerme de que era una ciudad hermosa y yo pensando que era una cagada; es como si me hubiera pasado hace poco. Creo que pude escribirlo porque tengo todos esos recuerdos tan detallados, fue tan profunda la huella que recuerdo detalles. Entonces pude escribir, y ficcionalizar. Esa carta fue una expresión de deseos. Yo fui a una secundaria con muchos alumnos desaparecidos. Mi mamá me aconsejó no participar en el Centro de estudiantes y yo no lo tomé como un consejo, lo tomé como una orden: jamás participé de ninguna actividad política como estudiante. No podía contar nada de nuestra historia familiar porque no sabía si los celadores eran los mismos de la dictadura, o si los profesores eran los mismos. Yo hacía cada año una averiguación sutil sobre los profesores, para saber desde qué año estaban y saber qué decir y qué no. Averiguaba cosas y tenía mis cómplices. Amigos y amigas que me averiguaban cosas para que viera hasta donde podía hablar. Algo muy lindo de lo que me di cuenta hace poco haciendo un artículo académico sobre esta obra es que el Día de la Memoria se sancionó mientras yo estaba escribiendo El mar y la serpiente. Antes no existía. Algo muy valioso que tienen las efemérides, cuando llegan a ser días feriados, es que el Ministerio de Educación tiene la obligación de que en las escuelas se trate ese tema. Desde el Ministerio se bajó la instrucción de que el Día de la Memoria tenía que tener su acto, en 2005, que fue el año en el que salió El mar y la serpiente. Antes dependía de cada establecimiento. Era una cuestión casi privada. A partir de que se establece el Día de la Memoria y se lo sanciona por ley, es que se empieza a hablar en las escuelas. Y mi libro salió justo, o sea que ese deseo de que se hablara en los colegios, se cumplió.

MM: Hablando de efemérides… Esto muchos lo saben, pero después se comparte en las redes, ¿por qué me pediste que hiciéramos en octubre el encuentro sobre identidad?

PB: Porque el 22 de octubre es el Día del Derecho a la Identidad. Figura entre las efemérides nacionales pero todavía no tiene el grado necesario como para ser un día feriado y que se trate en los colegios de manera obligatoria. Por eso una de las tareas en Abuelas es hacer que Octubre sea el Mes de la Identidad; y hacer charlas y actividades que tengan que ver con eso desde la organización. Que se instale en cada uno de nosotros que octubre es el Mes de la Identidad, o del Derecho a la Identidad. En lugar de esperar a que venga del Ministerio o de la ley para abajo, que vaya de abajo, desde la gente, para arriba. Sabemos que tanto en Diputados como en Senadores hay una discusión  para que sea feriado el 22 de octubre, que es el día en el que se creó Abuelas de Plaza de Mayo.

Asistente: Una pregunta… si es feriado… ¿No es como que pasa, como que puede ser un fin de semana largo?

PB: Eso es personal, para mí el 24 de marzo, caiga viernes o lunes, jamás es igual a otro feriado.

Asistente: No, te digo para la sociedad en sí…

PB: Ahí depende mucho de la sociedad en sí. La sociedad somos todos nosotros, depende de nuestro interés, de nuestro compromiso. Para mí, si el 24 de marzo es un fin de semana largo no significa que me voy a ir a la playa. ¿Un 24 a la playa? El 24 es el Día de la Memoria. Tal vez voy... pero el 24 en algún lado marcho o busco dónde homenajear a los 30.000. Ahora que me metí un poco con la historia argentina, caí en la cuenta de otros feriados que para mí eran simples feriados y no lo son. Me parece mal no haber tomado conciencia de eso antes. No haber valorado más la tarea de esos revolucionarios de 1800. ¿Por qué en la escuela los llenan de bronce en lugar de humanizarlos? Cualquiera de nosotros podría haber luchado por la Independencia. ¿Por qué hacen eso las escuelas y los alejan en lugar de mostrarnos que eran gente como cualquiera de nosotros? Yo tengo una idea del por qué: mejor que sean los raros, los locos, los inalcanzables, así no sentimos que cualquiera de nosotros puede armar una revolución. Como Güemes…

AT: O directamente los ocultan, como en el caso de Castelli. Tan importante en Mayo que la ciudad lo premió con una callecita en Once y se acabó Castelli. Cuando se habla de los hombres de mayo a nivel escolar sobre todo, hay desconocimiento.

PB: Era un tipo re joven, un joven de la época, lo mismo que pasa con los jóvenes ahora.

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