De géneros

Los géneros literarios, desde la antigüedad hasta hoy; la narrativa y su despliegue; diferentes abordajes clasificatorios; simpáticas maneras de discutir sobre lo que nos gusta. Libro de arena comparte el comentario de la charla sobre géneros que formó parte de los encuentros de la Capacitación de auxiliares de bibliotecas. El viernes 28 de mayo el escritor, docente y editor Mario Méndez desarrolló este tema en la Biblioteca Güiraldes. 


Por Mario Méndez

Sabido es que, desde la antigüedad clásica (Platón, Aristóteles, Horacio), el concepto de género, con función clasificatoria y también preceptiva, ha ido cambiando. Si antes se hablaba de la Épica, la Dramática (Tragedia y comedia, y otras especies menores) y la Lírica (todas las variantes de la poesía), hoy podemos hablar de tres géneros literarios fundamentales, que siguen siendo, en lo básico, los tres anteriores, pero cambiando Épica por Narrativa.
Fue de la Narrativa, específicamente, que charlamos un buen rato en el curso de mediadores de Biblioteca. Nos pusimos de acuerdo en que la Narrativa, como género, tiene, como es por todos sabido, dos especies fundamentales: la novela y el cuento. Y luego una gran cantidad de especies menores: la nouvelle (¿cuento largo, novela corta?), la fábula, la leyenda, el mito, la biografía y sus variantes, etc. etc.
Suele confundir, a veces, pensar los géneros desde otra óptica. Obviamente, surgió ese tema. Es decir, la duda es por qué hablamos de género policial, realista, fantástico, maravilloso, extraño, de la Ciencia Ficción, el fantasy o fantástico-épico, novela y cuento históricos, género humorístico, epistolar, de terror (y también aquí se debería recurrir a los etcéteras, etcéteras) y no de especies, o de subgéneros. ¿Por qué se llaman de la misma manera? ¿No deberían ser sub-géneros de la narrativa? Parece que no, la costumbre nos dice que la Narrativa es un género, pero el policial, o el maravilloso también son géneros.
¿Y qué pasa cuando hablamos de Literatura infantil y juvenil, que a su vez tiene en su seno Poesía, Teatro y Narrativa, e incluido en esta última, policial, fantástico, maravilloso, etcétera y más etcétera? ¿Qué sería Caperucita Roja? ¿Un cuento para niños (esto se puede discutir, claro) que, como tal, pertenece al género narrativo, al género infantil, al género maravilloso? ¿Y El último espía, de Pablo De Santis, qué es? Es una novela, claro, ¿pero es novela del género infantil, del género policial dentro del género narrativo? Puede ser. Puede no ser. Y no importa demasiado.
En  su famosa Antología del cuento fantástico, Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo no se preocuparon más que por elegir los cuentos que les gustaban, y mezclaron, con absoluta gracia, cuentos geniales como “Sredni Vashtar”, de Saki, con “La pata de mono”, de W. W. Jacobs, con “La verdad sobre el caso de Mr. Valdemar”, de Poe, sin más aclaración y justificación de que los guió un criterio hedónico, y la anticipada declaración de que “las ficciones fantásticas son anteriores a las letras”. Lejos están los tres antólogos de hablar de “El sentimiento de lo fantástico”, como hizo Cortázar en su ya célebre conferencia dictada en la UCAB y más lejos aún de las disquisiciones de Todorov, cuando diferencia Fantástico de Extraño y Maravilloso, situando al primero en el momento de la duda, de la vacilación en la explicación. Es fantástico, dice Todorov, aquello que no se define por la explicación extraña (como en “La caída de la casa de Usher”, de Poe) ni por la maravillosa, como en la mayoría de los relatos antologados por Bioy, Borges y Ocampo. Lo fantástico, entonces, está en la permanencia de la incertidumbre, como en el ejemplo más célebre: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
En resumidas cuentas, lo importante fue que en el encuentro con los mediadores de Biblioteca hablamos de libros. De qué títulos pondríamos en la cajita de lo fantástico, de cuáles en la del policial (deductivo, o negro), de cuáles en el histórico, en el realista, en el maravilloso. Nos pusimos de acuerdo varias veces, y otras tantas no. Y pasamos dos horas agradables, para resolver, quizás, que estas dudas, que pueden no tener respuesta, tienen validez por sí mismas en tanto nos sirvan para pensar los libros, los autores, los argumentos, las teorías. En tanto nos sirvan para jugar con las dudas, para plantearnos preguntas que, incluso, decidimos descartar. Porque, quién puede dudarlo, si vamos a mediar para que haya más y más lectores, lo importante es entrar a la literatura, a los libros, a la lectura, con el espíritu divertido de quien se dispone a jugar.

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