Rulfo y el despojo

Una literatura fértil en una tierra yerma prolifera en la voz de Juan Rulfo. Un ejercicio de escritura para encontrar la atmósfera propicia para una novela se convierte en una obra imprescindible de la literatura latinoamericana. Libro de arena continúa publicando textos acerca del escritor mexicano durante la semana del homenaje a su centenario.



Por Adriana Márquez


En una entrevista televisiva, Rulfo afirmó: “La novela ya la tenía construida en la cabeza pero no encontraba la forma de desarrollarla, entonces me puse a escribir los cuentos. Por eso es que tocan distintos temas, tratando de encontrar el tema o más bien la forma correcta que yo necesitaba para escribir la novela. Y hubo un cuento que más o menos me dio la atmósfera, que fue Luvina. A los cuentos los escribí como ejercicio. “
Los cuentos, lo sabemos, son los de El llano en llamas (1953). La novela, Pedro Páramo (1955). Ligados, según el autor, por Luvina, que es un cuento y es, ante todo, un paisaje tremendo: "San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno.” En Luvina la vida escasea y el suelo es estéril. Y esto se repite en los cuentos del llano: en “Nos han dado la tierra” a lo infértil del suelo se suma el despojo al que son sometidos los campesinos, a quienes se les saca los caballos, las armas y hasta se les niega la palabra. El delegado del gobierno les entrega tierras improductivas; ellos quieren hablar, quejarse pero no los dejan. Terminan sometidos al silencio y a aceptar, como en un juego macabro, una tierra que sólo produce sed.
Estos paisajes rulfianos son agobiantes: aturden a los ya aturdidos, no dan tregua a los que ya se sabe perdidos. Otro ejemplo es “Talpa”, uno de sus mejores cuentos, en el que tres seres recorren un territorio reseco para visitar una Virgen. Dos amantes y un moribundo. Todos personajes atravesados por la desgracia: de la enfermedad, la pobreza, las urgencias carnales que derivan en traición.
No hay refugio en estos paisajes que más bien extienden la agonía o llevan a los personajes a sus propios límites, porque la tierra es lo que se juega, todo el tiempo. Y hay muchas tierras pero pocos dueños. Lo que se reparte entre pocos suele ser el principio del conflicto: “Él se acordaba: Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.” La miseria humana, también central en el relato “En la madrugada”.
Y si estos cuentos fueron un ejercicio —como afirmó Rulfo— que le permitieron encontrar la atmósfera propicia para su novela, también en ellos ejercitó la polifonía, porque Rulfo deja hablar a los que quedan afuera, a los que están por caer o cayeron. Los que hablan en los cuentos del llano son los desposeídos, los oprimidos. Hablan en primera persona porque la necesidad se testimonia, no se traduce, parece decir Rulfo. Son los que ponen el cuerpo ante las balas, la miseria, la enfermedad. Los abandonados de un gobierno que no tiene rostro. Sus cuerpos están en primer plano, soportando una vida siempre frágil, siempre próxima a la muerte o a la perdición, cercada por las esquirlas de la revolución y la Cristiada.
Así, en los cuentos del llano los protagonistas son la tierra y las voces de los oprimidos. Ambos entran por los ojos cuando se los lee: oímos ladrar los perros, llorar a Natalia y quejarse a Tanilo en “Talpa”, gemir a los animales cuando el río desborda. Sentimos el peso del cuerpo de Tanilo y del hijo moribundo sobre los hombros del padre. Pega en los ojos el polvo reseco.

Es una lectura que pasa al cuerpo. Conmueve. Tal vez porque en los cuentos también ejercitó su faceta de guionista y fotógrafo: es certero al mostrar la panorámica del extenso paisaje reseco y también en hacer zoom en una alcantarilla con ranas (“Macario”). Hay una narración cinematográfica en Rulfo: al leerlo se activan los sentidos; las imágenes son fuertes. Las voces que sostienen los relatos parecen hablarnos para que en algún lado quede testimonio de esa opresión y ese silencio al que son sometidas. El silencio es quizás el peor saqueo: acallar al otro, anular cualquier posible defensa. Pero Rulfo les devuelve la palabra y los coloca en el centro de la escena. Tal vez sea la marca de su narrativa, el legado de un escritor que narró el despojo utilizando el despojo mismo como estrategia.

*Adriana Marquez: es Licenciada en Letras, docente del Taller de lectura y escritura en la materia Semiología (CBC - UBA). Publicó el libro de relatos De paso (2013, Editorial Simurg). Dicta talleres literarios. 

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