Eugenia Nobati, Virginia Piñón, Guillermo Höhn y Alejo Ávila Huidobro: “Los libros para chicos permiten un mayor despliegue de creatividad”

Dos ilustradoras reconocidísimas y dos editores (Guillermo, además, escritor) se encontraron para brindarnos un riquísimo recorrido por el camino de los libros. Desde sus particulares inicios en la aventura de ilustrar, escribir, editar y también vender, distribuir, proyectar, los cuatros nos pasearon por el mundo de la literatura y la ilustración, y también por el de la industria que les da marco.


Mario Méndez: Este es el noveno encuentro de La Ilustración toma la palabra. Y es una alegría tenerlos acá, con la fresca y la llovizna. Como siempre, empezamos por la presentación. Vamos a empezar por las damas. Eugenia Nobati ya estuvo aquí, cuando hicimos el ciclo sobre las inmigraciones y presentamos Son tumikes, que escribió Sebastián Vargas e ilustró Eugenia, y que tiene un tercio de libro contado por las ilustraciones. Eugenia ha ilustrado muchísimos libros, ha trabajado en la mayoría de las editoriales de la Argentina, en las más importantes. Y también tiene cuentos publicados en otros países…

Eugenia Nobati: En Estados Unidos, en Francia, en Colombia, España, UK y Brasil…

MM: Me resultó difícil encontrarles “biografías”, por eso no imprimí. Virginia Piñón aparece, en una de las guías de la revista Imaginaria, la revista virtual que dirigían Roberto Sotelo y Eduardo Gimenez, un compendio muy poco actualizado.

Virginia Piñón: Y, tiene como diez años…

MM: Diez o quince.

VP: No tenía casi nada, recién empezaba. Pero la gente sigue buscando ahí. Cuando voy a escuelas, que siempre los chicos buscan información sobre el autor, van ahí.

MM: Es una guía, después la completo con lo que sé. Virginia Piñón, ilustradora de larga trayectoria, también autora integral. Por ahí está Helena y Lilla que fue publicado por Del Naranjo. Y dos de los libros de los que vamos a hablar, que son Mi lápiz y Una mano, dos proyectos muy interesantes. Lo mismo que Eugenia, voy a decir que he tenido la suerte de ser ilustrado por ella. Esta es mi faceta cholula. El fantasma de Francisca me lo ilustró Virginia, Los secretos del domingo, Eugenia. Y a las dos las he editado. Porque hice la edición de Los secretos…, y edité para Amauta La sopa de Carola, de Virginia y Florencia Esses, que va a tener una segunda parte (La cocina de Carola) muy pronto, también. Esa es la presentación breve de Eugenia y de Virginia. Los caballeros son Guillermo Höhn, editor de Pictus y escritor, por ahí tengo un libro que me dedicó hace unos años, entre varios más… ¿Cuántos tenés publicados ya?

Guillermo Höhn: Diez o doce, entre narrativa, libros para chicos e historietas.

MM: Guionista de historieta. De historieta vamos a hablar bastante, porque Pictus (como los chicos de Comiks Debris, que estuvieron antes) tiene una parte muy importante de desarrollo de la historieta para niños. El que leí fue El circo de Lázaro, que me gustó. Cuentos inquietantes. Y Alejo Ávila Huidobro, que es editor de Del Naranjo ¿hace cuántos años ya?

Alejo Ávila Huidobro: Catorce años vamos a cumplir ahora.

MM: ¿Y Pictus?

GH: Este año cumplimos diez.

MM: Editoriales jóvenes y potentes que han crecido muchísimo, que tienen sus espacios propios en la Feria del Libro, que andan exitosamente por el interior haciendo ferias. (Risas). Es un chiste, porque recién hablábamos con Guillermo, que acaba de llegar de Córdoba, que hay algunas ferias en las que hay muy buena respuesta de gente, son fabulosas, y otras en las que hay que pelarse el lomo y cuesta levantar. Pictus y Del Naranjo, entonces, dos de las editoriales que más han apostado al libro ilustrado. ¿Del Naranjo tiene algo de  historieta también?

AAH: Todavía no. Lo que tenemos es un libro de humor gráfico, que salió ahora para la Feria del Libro, se llama Severi en Línea, y es para adultos, no es para chicos. Sería nuestra primera incursión en lo gráfico, en la historieta.

MM: Tengo muchísimas líneas para agregar, y por supuesto, ustedes van a agregar sus preguntas. Vamos a empezar con las niñas y en orden alfabético. Euge, ¿cómo llegaste a la ilustración? ¿Cuál es tu recorrido y por qué te dedicaste a ilustrar libros para niños?

EN: Yo estudié Diseño Gráfico al terminar la secundaria, porque era lo más cercano a dibujar que podía encontrar como oficio. Nunca terminé la carrera, me falta un final para recibirme, Historia 2, así quedará. Trabajé como diseñadora ocho años, y en un momento de quiebre por cuestiones personales, empecé a ver cómo podía hacer para quedarme en mi casa y vivir de dibujar, que era algo que había hecho siempre, por otra parte. Me tiré a la pileta, las pasé feas, contando monedas (esto fue en 1998), no fue fácil, pero fue una buena decisión. Como había trabajado mucho en la parte de diseño con envases y piezas comerciales de ese tipo, arranqué haciendo la ilustración hiperrealista que se usa habitualmente en ese tipo de piezas. No conocía nada del ámbito de la ilustración en general, así que me fui acercando de a poco, viendo cómo podía entrar en la parte editorial, que era donde estaba el trabajo que me interesaba encontrar, el más creativo. A fuerza de insistencia arranqué haciendo cosas realistas para enciclopedias, tengo carradas de animalitos dibujados con lápices de colores. Y después, insistiendo, de a poco, logré llegar a encargos en libros infantiles que permiten un mayor despliegue de creatividad. Se disfruta mucho más, y estás contando algo. Lo otro es mecánico. No tiene, por parte de uno, más que una cuestión técnica. En cambio contar una historia es otra cosa, es mucho más rico. De a poco fui intentando que me dieran bolilla, llevando muestras sueltas. Y así que fue que terminé haciendo el primero…

MM: ¿Qué fue…?

EN: Fue para una colección de Graciela Cabal, que se llamaba, creo, La Naturaleza en Peligro. De Alfaguara. Y después de ese me dieron la oportunidad de hacer un libro con un poquito más de vuelo, con un estilo que no fuera realista. Esa fue mi primera incursión, y debe haber sido en el ’98. Y a partir de ahí, cada vez más.
 

MM: Me quedo sorprendido y supongo que los que conocen tu obra, un poco también. Porque del hiperrealismo a Mascotas inventadas, a tu Blancanieves, al estilo que se te reconoce… Vos sos una de esas autoras que uno ve el trabajo y dice: “Esa es una ilustración de Eugenia Nobati, sin dudas”. Con vos también pasa, Virginia. Es sorprendente.

VP: Igual yo creo que se nota que hay una técnica muy trabajada. Que tenés que saber para poder llegar a eso…

EN: Igual, le pifio también, como cualquiera, en una cantidad importante de ocasiones.

MM: Pero fíjense… Si bien hay figuración, está tan alejado del hiperrealismo que es sorprendente.

EN: El hiperrealismo está bien para resolver cuestiones prácticas, pero en un punto se vuelve aburrido. Llega un momento en el me aburre, es muy limitado, al menos para mí y lo que me interesa. Buscar esto otro era la forma de divertirse. Ya que uno se da el lujo de trabajar de lo que le gusta, ir un poquito más allá y divertirse.

MM: La misma pregunta para vos, Virginia. ¿Cómo llegaste?

VP: No es muy distinto…

EN: Nos conocemos de la facultad.

VP: Nos conocíamos de vista nomás. Ella pasaba, yo pasaba, pero cada una estaba en su mundo. En realidad yo empecé Bellas Artes, hice un año, y cuando estaba terminándolo, todo el mundo te decía que si no eras artista ibas a ser profesora; y que si sos artista te morís de hambre y si sos profesora, también… (Risas). Me empezó a dar como un ataque. Yo decía que profesora ni en pedo, que yo quería ser artista, y que si me moría de hambre no sabía lo que iba a hacer. Y justo ese año había abierto la carrera de Diseño Gráfico, que no sé por qué yo pensaba que era lo más cercano al arte. No tenía nada que ver, pero eso lo descubrimos después.

MM: Ustedes empezaron justo con la carrera…

VP: Creo que fuimos la segunda camada.

EN: Claro.

VP: Empiezo Diseño Gráfico y lo primero que nos dice Ronald Shakespear que era una eminencia, fue que quería que supiéramos que ahí no hacía falta saber dibujar. No es que no nos iban a enseñar a dibujar… no hacía falta dibujar. Y ahí me pregunté: “¿qué hago acá, si a mí me encanta dibujar?”. Ya estaba adentro. Ya fue. Hice la carrera, trabajé un montón de años como diseñadora. A diferencia de Eugenia, yo hacía diseño editorial. Ni siquiera tenía que volar demasiado, porque eran libros en los que siempre armaba lo mismo. Podía variar si eran dos o tres columnas de texto, si la tipografía era así o asá, pero mucho no volaba…

EN: En el envase no te creas que era muy distinto. Porque vos proponías cosas… Yo me acuerdo de haber propuesto un rediseño de La Gioconda, la mermelada. Me aparecía con unas cosas que el dueño del estudio me miraba y me decía: “Mi vida, ¿vos pensás que esto lo vamos a vender? Es re lindo, pero no va a funcionar. No hay manera.” No pasaba el primer filtro, jamás.

VP: A mí me daban las fotos y lo único que decidía era si eran más grandes o más chicas. Después, con el tiempo, como quince o veinte años después, fue como que empecé a querer dibujar de nuevo. Siempre dibujé, hice cuadros, para mí, dentro de mi casa. Tampoco salía al mundo lo que yo dibujaba. Y un día escuché que daban cursos de ilustración, me metí en el taller de Mónica Weiss. Hice casi tres años, y eso fue lo que me dirigió directamente a la ilustración infantil. Ella me introdujo en el Foro de Ilustradores Infantiles, y decidí meterme en esa parte.

EN: Te agrego una cosa… También era el lugar en el que una podía hacerlo. Antes de esa época, las revistas todavía usaban bastante ilustración. Y había otros rubros que también la usaban y empezaron a migrar a la fotografía. No se usaba ni para los discos, ni para afiches, y era muy restringida la cantidad de lugares en los que se podía trabajar.

VP: Además empezaba en auge de la ilustración para chicos. Y lo mío fue medio de carambola. Esto es lo que hay y ahí empecé a probar. Siempre igual, el tipo de pintura que yo hacía fue medio naif, no es que hacía ese hiperrealismo al que te referís vos. Si bien a mí me gustaba tirarme para el realismo, de hecho me gusta mucho el sombreado y hay cosas que sigo manteniendo, fue una lucha para mí cortar con el realismo y buscar la forma diferente. De hecho, todavía lo sigo trabajando, me cuesta, siempre es como que vuelvo a tirar para el realismo, y hago ejercicios para cortar con eso y hacer cosas más raras, pero siempre una vuelve.



MM: ¿Hay una búsqueda por parte de ustedes de un estilo que las identifique o surge?

EN: De mi lado, surge.

VP: En realidad, lo que sale es lo que sos. Lo mismo que la personalidad de cada uno es cuestión de maduración. Va a tomar tiempo, pero por más que lo busques, no vas a encontrarlo antes de que vos no decantes. Y además, no termina de cambiar nunca.

EN: Sí, tendrás algo que te hace reconocible, pero no es que llegaste, encontraste un camino, que además no termina.

VP: Yo estoy en la eterna búsqueda, en cada libro que hago trato de hacer algo nuevo. De hecho en este, Irulana y el ogronte, incursioné en mechar lo que yo suelo hacer con sellos, por ejemplo. Fue que yo me jugué ahí, y la editora y la autora, Graciela Montes, estaban chochas con la idea de que mezclara esas dos técnicas. Así que me vino bárbaro, porque me había jugado a algo nuevo. Después en otro libro que no está acá, El oso marrón, incursioné en hacer todo con lápiz.

MM: El de Mempo Giardinelli… lo mostramos acá.

VP: Y más allá de que yo cambie técnicas, la gente sigue reconociéndome porque siempre hay algo que se mantiene. No lo hago adrede tampoco.

MM: Es cierto. En El oso marrón, que el año pasado leímos mientras lo esperábamos a Mempo, que no lo traje porque no lo relacioné, no recordé que fuera tuyo, hay una diferencia. Y eso de los sellos que mencionás, estabas poniendo el listón muy alto, porque estabas volviendo a dibujar libros que fueron emblemáticos, como Irulana y el ogronte.

VP: Cuando me llamaron de la editorial y me dijeron que era un libro de Graciela Montes, yo ya había hecho otro de ella, y les pregunté si ella era la que me había pedido. Porque sabía que había quedado contenta. Me dijeron que sí, entonces me dijeron que el libro era Irulana y el ogronte, y la verdad es que yo no lo conocía. (Risas). Me dijeron el título y yo me quedé mirando… (Risas) Y me dijo que si no lo conocía no lo mirara, porque quería que saliera de mí. Estuvo buenísimo eso. Hace poco una chica me escribió para una tesis o algo así y me preguntó en qué me había basado. Y le dije que, sinceramente, cuando lo leí no lo relacioné con la dictadura. Lo vi como un cuento de chicos y lo ilustré como un cuento de chicos. Eso genera una frescura distinta, que también está buena. Me alegro de no haber sabido nada del trasfondo de la historia, porque hubiera sido otro libro.

MM: Por ahí fue una suerte para esta edición que vos no lo conocieras.

VP: Cuando hice la tapa me dijeron que estaba buenísima pero que era igual a la anterior. (Risas). ¡Y yo no la había visto! Entonces, cuando me dijo eso en el boceto, la cambié. Que eran los pies del ogro… porque no querían que mostrara al ogro entero. Cuando miré la otra tapa no lo podía creer.

MM: Bueno, vamos a darles paso a los muchachos, también por orden alfabético. Alejo Ávila…

EN: El primero, escrachado en todas las listas. (Risas).

AAH: Segundo en el mejor de los casos. (Risas).

MM: Del Naranjo. Me dijiste que tiene ya…

AAH: Catorce años en septiembre.

MM: ¿Cómo se te ocurrió meterte en este baile? En general, los editores e ilustradores que hemos traído, o gente que desde la ilustración llegó a la edición, vienen de ese rubro pero vos…

AAH: Lo mío fue más de casualidad. Yo estudié y no terminé Ciencias Económicas. Después, Administración. Pero vengo de una familia de libros. Mi papá trabajó cuarenta y pico de años en librerías, después se jubiló en Editorial Paidós; trabajó toda su vida en libros. Mi mamá (Norma Huidobro. N de la R.) escribe y fue editora en Editorial Sigmar. O sea que el mundo del libro yo lo conozco desde chico. Uno de mis primeros trabajos fue en una librería. Cuando empecé con esto tenía veintidós, veintitrés años. Buscaba algo para hacer por mi cuenta, porque no quería trabajar más en relación de dependencia, y estaba viendo qué podía hacer. Una amiga de mi mamá, que es diseñadora, que era mi socia, tenía la idea de editar libros. Yo conocía la parte comercial y numérica. Cómo calcular costos, cómo fijar un precio, y sabía cómo comercializar el libro, o podía averiguar. Y así empezamos. Ella armó una carpeta de libros que podían andar, yo me encargué y me fui a hablar con Cúspide, que era librería y distribuidora y los conocía. Me fui con una carpetita en la que estaban las tapas de los libros, les dije que esos eran los libros que iba a sacar y les pregunté si me los distribuían. Me dijeron que sí, y ahí arrancamos; empezamos a imprimir. Eso fue en el 2004. En diciembre de ese año estaban los libros impresos, y en enero de 2005 en la calle. Así arrancamos.

MM: Por ahí, una mirada así, por lo que vimos en las otras charlas, hace falta. Porque, por ejemplo, estuvo Silvia Sirkis, que decía que cuando le preguntaron cuál era el PVP nunca había escuchado esa sigla, no tenía ni idea. Sabía de Diseño, sabía de ilustración pero la parte comercial no la tenía.

AAH: Yo de Diseño nunca supe ni quiero saber nada, porque la verdad es que no me interesa, y no soy apto para eso, así que ahí no me meto. Pero en la parte de comercialización y de ventas, sí. Es lo que más me gusta.

MM: Hay una figura en el mundo anglosajón, a la que nos referimos en las clases de Edición. Se dividen el “Editor”, del “Publisher”, que sería esa persona que tiene una mirada global, sobre el catálogo, sobre las colecciones… Me parece que das bastante ese perfil.

AAH: Claro. El mundo anglosajón se divide en dos. Acá el editor puede ser una parte o puede ser todo.

MM: En las clases, lo que decimos es que acá los “Publisher” son los dueños de las pequeñas editoriales que hacen de todo: de cadete, de vendedor, de fletero y a veces de editores y de diseñadores.

AAH: Arman las cajas… (Risas).

Asistente: ¿En este momento vos estás asociado con alguien para la parte de edición?

AAH: No, en realidad, editar sigue editando mi mamá, que empezó a editar desde el principio. Y lo que es Diseño, que es lo que hacía mi socia que ya hace tres años que se fue de la empresa, ahora lo tercerizamos. En una época ella diseñaba todo el fondo editorial, hasta los libros que salieron en el fondo 2016 y parte de los que estaban pautados para el 2017 los diseñó ella. Hoy, sigue diseñando una colección que es la Luna de Azafrán, en la que está el de Virginia, Helena y Lilla, Las ovejas de Lala, que es de Eugenia, pero se encarga nada más que de esta colección. Para el resto, buscamos diseñadores y abrimos el juego también a tener un poco más de variedad. Porque ya no es una sola mirada la que arma los libros, sino que pensamos en una persona para algunos y en otra para otros.

MM: Ahora vos, Guille…

GH: Bueno, voy a empezar por el estudio, como todos. Yo sí terminé. Soy profesor de Literatura, estudié en el Instituto Summa, con una especialización en Literatura Infantil, cuando existía esa especialización. De alguna manera, empecé por ahí. Si sabía, me dedicaba al diseño gráfico, porque era la otra parte que me gustaba. Nos hubiéramos encontrado allá. Siempre me gustó la literatura, de entrada. Muy lector de chico, y esas cosas. Me recibí de profesor, empecé a trabajar en colegios secundarios durante algunos años. No muchos, porque me aburría rápido. Después trabajé en un colegio como secretario pedagógico, que es una cosa más descansadita. Ahí escribí mi primera novela, porque me sobraba tiempo. Es una novela para adultos que todavía no publiqué. Pero fue la primera vez que dediqué mi tiempo libre a escribir.

MM: ¿Es la que fue finalista de un concurso? De Guillermo sí tengo biografías más extensas, Y me fijé que fue finalista de un concurso; del Premio Nueva Novela. Un jurado en el que estaban…

GH: Boido, Sasturain, Gandolfo, Giardinelli; estuve entre los diez finalistas.

MM: Pero ganó una gran novela… Se acuerdan de la novela Las primas, de Aurora Venturini… Maravillosa…

Asistente: Bueno, pero no lo diluyas. (Risas).

MM: Al contrario, mirá qué gran novela ganó, una de las mejores novelas de fin de siglo.

GH: Mientras estaba ahí, entre que no hacía docencia y estaba en la secretaría de un colegio, pero me sobraba tiempo, porque soy un tipo bastante organizado —la secretaría estaba impecable, la inspectora pasaba, me saludaba y no revisaba demasiado— porque ya sabía que no pasaba nada, empecé con un proyecto. En el Jardín donde al que iba mi hija chiquita siempre nos pedían libros por proyectos… “Ahora vamos a hablar sobre castillos”. Yo había empezado a trabajar en el Profesorado,  en el Sagrado Corazón, en Caballito. Entonces se me ocurrió a través de Diana París, que trabajaba en el Profesorado y en editorial Puerto de Palos, presentar un proyecto para hacer una colección de libros para chicos, a ver si me daban bola. (Risas). Y a la semana me llamaron.

MM: ¿En ese momento Puerto de Palos solo hacía textos?

GH: En ese momento, Puerto de Palos hacía textos desde hacía más o menos un año y medio. Había sacado la primera serie, y después hubo un gran recambio. Año ’97 o ’98. No  funcionaba el mix entre los editores y el dueño. Entonces yo llegué con mi proyecto, me dijeron que les parecía muy lindo, muy interesante, y me preguntaron si no quería ser editor. (Risas). Y por esas cosas de arrojado que uno tiene a  veces, me dijeron que fuera al día siguiente. Me muestran todo, me llevan a la parte gráfica y me piden que me siente en una Mac. Yo nunca había visto una Mac. Sí, PC, pero nunca Mac. Me preguntaron cómo corregiría eso. Me ponen una hoja que tenía que diseñar, corregir texto y actividades, y así empecé. Estuve diez años ahí. Empecé como editor y terminé como gerente. Ahí hicimos mucho material, nos conocimos con Eugenia, haciendo literatura, colecciones para chicos, literatura juvenil…

MM: ¿Cántaro es tuya?

GH: No, la sección literaria ya funcionaba de antes. Yo me encargué de remozarla todo lo que pude. Básicamente es para escuela secundaria, con actividades. Después abrimos Rincón de Lectura y Hora de lectura, que eran las series para los más chicos…

MM: Ahí salieron los primeros dos libros de Franco Vaccarini, Ganas de tener miedo y El hombre que barría la estación.

GH: Sí. Y también salió el primer libro de Luciano Saracino, el primer libro de Martín Cristal, al que quizá no conozcan, un autor cordobés muy interesante, que el otro día me dijo “¿Todavía sigue andando el libro ese?”. (Risas). En Rincón de Lectura también publicamos historietas, hicimos otra colección para adolescentes que se llamaba Aldea Literaria, y después hicimos una parte que era más para adultos, que era Cántaro narrativa. Ese fue mi paso por Puerto de Palos, donde estuve hasta el año 2008. En 2006 se vendió al Grupo Mac Millan, que había comprado Estrada y Puerto de Palos. Como ustedes saben, cuando sucede eso se producen fusiones y vuela gente para todos lados, así que en 2008 volé yo también. Pero como yo ya venía viéndolo, estaba preparando el proyecto de hacer la editorial propia, desde un año antes. Yo me fui en mayo y en julio ya tenía los libros en la calle.

EN: Me acuerdo…

GH: Había conversaciones secretas. “Te pido por favor que no digas nada”. (Risas).

MM: Hoy me contabas que cuando surge Pictus, salieron estos libros de pequeñísimo formato…

GH: Cuando empezamos eran dos series en ese momento. La parte narrativa…

MM: El Holandés Errante…

GH: Básicamente, ocho libros de narrativa y ocho libros de esos pequeñitos, entre los cuales estaban dos de Eugenia, Blancanieves y La bella durmiente, había otro de Claudia Degliuomini. La mayoría de las versiones de cuentos clásicos eran de Liliana Cinetto. También estaba Mariana Ruiz Johnson, junto con muchos que hacían su primer libro, como Mariano Díaz Prieto, que hizo Caperucita Roja, o Sabina Álvarez Schürmann, también… Y con eso arrancamos en julio de 2008, en la Feria Infantil. Estábamos en un estantecito en ALIJA. La parte de narrativa siguió, ya no sé cuántos libros hay, deben ser treinta o cuarenta, más o menos, los mini son treinta y cuatro o treinta y siete, no recuerdo. El último que hicimos es de Eugenia, El lobo y las siete cabritas, también con Liliana Cinetto. Después tenemos una línea que es toda de historieta infantil y juvenil… También hay una colección rara que se llama Cuervo Blanco que es libro ilustrado, pero más para jóvenes y adultos. Son cuentos de género fantástico ilustrados por artistas contemporáneos argentinos.

MM: O sea que las dos editoriales, con un crecimiento enorme…

GH: A diferencia  de ellos, yo de los números… cero. Estoy en las antípodas. Nos pasa a los que venimos más “del lado del sueño”… “Ay, me encantaría hacer libros” (Risas) .Yo me ocupo de todo… Diseño…

AAH: Y no te queda otra.

GH: No lo corrijo, lo mando a  corregir, pero todo el armado del libro en la computadora… El CD a la imprenta se lo entrego yo.

VP: ¿Y de la parte que hace él?

GH: De los números, depende. Llegado un momento te toca.

EN: ¿Lo padecés mucho?

GH: No. Uno empieza a entender que también es importante. Uno al principio cree que lo más importante es su catálogo, su idea… Al principio uno piensa que tiene LA idea. ¿Cómo no se va a vender esto? Y después no se vende. Y por alguna razón. O es la tapa, o es el contenido…

AAH: O es todo junto.

GH: O es todo. O es el interés del público, o es la época… Yo tengo varios libros publicados en mi propia editorial, que es algo que sucede mucho en Argentina, pero a uno le da cosa. “El tipo este se publica a sí mismo”. No es por complicarme a mí mismo, pero a veces, cuando vos tenés una idea y los recursos y podés escribir, te sirve para fijar la vara. “Yo quiero que las cosas pasen más o menos por acá. ¿Qué haría falta?” En el caso de los minis no hacía falta, porque yo había hablado mucho con Liliana. Sabíamos cuál era el tono, cuál era la intención. Y no es fácil. Ese libro (El circo de Lázaro) lo saqué hace dos años ya, más o menos. No lo iba a tener ahí, sin publicar.

VP: ¿Cómo no vas a publicar? Obvio…

GH: De hecho lo mandé antes a Quipu, y me dijeron que no les cuadraba bien en la colección. Entonces bueno, ya está… Con tanta suerte que uno de los cuentos que escribí para completarlo, cuando terminé de escribir todos (porque uno va corrigiendo, revisando y dejando) se llama El circo de Lázaro. 2015 gente. Lázaro.

VP: ¡Lázaro Báez! (Risas).

GH: Todos se reían de Lázaro…

VP: Bueno, pero vendió. ¿O no? A lo mejor es un gancho…

EN: Nunca se sabe…

GH: Y… más o menos. Con el tiempo uno entiende que hay cosas que son tan importantes y tan impredecibles como otras. Pero no así la parte financiera y la parte comercial, que son fundamentales y que te pueden destruir o te pueden llevar adelante. Lo que sea.

EN: De última es necesario para poder seguir haciendo lo que a uno le gusta.

GH: Sí. Al principio pensás que todo va a andar bien, que si todos venden por qué no vas a vender vos. Y a la larga uno se da cuenta de que no es así. Entonces, durante el día uno sufre haciendo listas de precios de venta. Está bien que uno puede torcer un poquito la vara, según para dónde quiera. El precio, finalmente lo ponés vos. Más caro o más barato, vos lo decidís. Pero sabés que la rentabilidad te va a ayudar a sobrevivir o te va a hundir si no lo hacés bien. Lamentablemente, esas cosas no las sabés al principio. Tampoco sabés que los libros ocupan lugar. (Risas). Una cosa elemental. Uno sabe eso en la biblioteca de su casa. El problema es cuando los hacés de a mil, de a mil quinientos. Un libro, ocupa MUCHO lugar. Cuando tenés dos mil libros, pensás en un amigo que tiene una pieza vacía. Cuando tenés ciento treinta libros en el catálogo, ya no te alcanzan los amigos. (Risas). Ya dejan de serlo, ya te empiezan a cobrar… (Risas).



VP: Podés hacer un estudio de grabación con todos los libros alrededor para que no se escuche… (Risas).

MM: Es diseñadora…

VP: Me ha pasado, me ha pasado en mi casa.

GH: Lo voy a pensar… Hay cosas que dentro del rubro editorial, pesan. Pero bueno, cada uno hace su propio recorrido y se tropieza con las piedras con las que puede tropezarse en el momento. Yo prefiero tropezarme con ellas después, no al principio, porque si no, creo que tampoco lo hago. Si me dicen hoy en día que ponga una editorial, me piden una explicación del proyecto, una planilla de costos, me dicen que calcule la rentabilidad y que les diga dónde voy a guardar los libros, me preguntan si compré el software para manejar una editorial y si puse una oficina con un empleado… no. (Risas) Realmente, no. Yo creo que la fuerza motriz es el hoy, cuando tenés la idea de que vos podés hacer algo distinto del resto. Si después te sale o no, ya es otro tema, pero sin eso es difícil. Si no, es un negocio, que también los hay. Hay editoriales que son eminentemente comerciales. Cuando Puerto de Palos se vendió a Mac Millan, me tocó ir a Bolonia. Un año en el que nos encontramos allá, ¿no?

EN: Sí, en 2008.

GH: Yo iba totalmente libre de culpa y cargo, porque como había manejado la parte de literatura, sin ningún problema durante muchos años, no tenía problemas ni obligaciones tampoco. Pero a su vez, Mac Millan había comprado Estrada, Puerto de Palos, y en México había comprado una editorial que se llama Castillo, que era como la Estrada de allá. Pero tiene un catálogo que nosotros teníamos que leer todo. Teníamos distintas obras, profundamente mexicanas, invendibles fuera de México, pero allí era un catálogo extraordinario. Los ingleses vieron eso y pensaron que con eso no hacían nada. Entonces borraron del mapa absolutamente todo, pusieron a cargo a una editora que venía de una editorial grande, creo que del FCE, y que había estado trabajando en Nueva York, para ellos era LA editora. Entonces la mandaron y nos encontramos. En Bolonia, en el medio de los pabellones hay lugares para sentarse, y veo salir por una de las puertas a la editora, completamente demacrada. Le pregunté qué le pasaba, y me dijo que no llegaba al día siguiente con las obras que tenía que contratar, porque eran cincuenta obras y todavía no había llegado a leer veinte. Le habían puesto un plazo para contratar esas cincuenta obras, Porque el mecanismo partía de preguntarse qué necesitaban para tener una editorial funcionando. Cincuenta libros, cuatro años de mercado, o doscientos libros en cuatro años. Cincuenta libros es el número que muchos te dicen que necesitás para empezar.

AAH: Ochenta te iba a decir.

GH: Para que tengan una rotación… O sea, con dieciséis no  funciona. La pobre mujer estaba obsesionada con sus cincuenta libros, y de los cincuenta contratos que tenía que hacer.  Es una forma de hacerlo. Evidentemente se puede hacer si tenés el dinero. Pero bueno, son dos visiones completamente distintas. La otra es no ir tanto por la acumulación de catálogo, sino por el lado de imponer un criterio, y no ir por detrás del lector a ver qué quiere, sino ir por delante, y poder plantearle a ver si le interesa.

MM: Que siempre es una apuesta más difícil.

EN y GH: Sí.

VP: Está bueno que existan las opciones. La que te propone y la que te da lo que pedís. Por ahí es necesario un poco de  cada una.

MM: Son los dos polos…

GH: Uno ofrece lo que sabe y lo que puede.

MM: ¿Vos habías calculado ochenta libros?

AAH: Yo había calculado que necesitábamos ochenta libros para ser sustentables, para decir, “vivo de editar”…

VP: Pero no tienen todavía…

AAH: Sí. Ciento sesenta.

GH: Doblemente sustentable.

MM: ¡Muy sustentable!

AAH: Yo había calculado eso, en base a los libros que nosotros editábamos al principio, que eran libros más baratos. Si en nuestros comienzos hubiéramos empezado haciendo libros más caros, de mayor PVP, tal vez, el punto de equilibrio se  habría alcanzado antes, a los cincuenta. Pero cuando arrancamos nosotros, no eran ni siquiera dieciséis. Eran trece los títulos cuando empezamos. Pero también era una cuestión de presupuesto. Hasta donde te podés estirar para imprimir. Y eso hicimos. Los ochenta creo que recién los alcanzamos al séptimo año. Al principio, sacando esos tres iniciales, tres libros, cinco u ocho por año. Y así fuimos creciendo, hasta que en los últimos años estuvimos publicando entre nueve y trece títulos por año. Y este año pegamos un poco el salto, apostamos más e hicimos veinticuatro hasta ahora, y hay cinco más que tienen que salir en un par de meses.

Asistente: ¿De qué tirada?

AAH: El número mágico de tirada, por lo menos para mí, es de tres mil. (Risas). Tres mil es un número que te optimiza más o menos los costos, depende del tipo de libro. No es lo mismo hacer tres mil a un color que tres mil a cuatro colores, o tapa dura. Pero sería una tirada ideal. Siempre tiramos tres mil, hasta el 2016, en que se empezó a vender menos, y tuvimos que reducir las tiradas. Ahí empezamos a hacer algunas por mil quinientos, otros por dos mil, lo que ya te cambia mucho la ecuación de costos. Y de algunos que se venden mucho seguimos haciendo por seis mil, por cuatro mil, pero eso lo sabemos con las reimpresiones. Y este año, que imprimimos parte del catálogo afuera, en China, tiramos todo por tres mil, porque por dos mil no daban los números. El número ideal es tres mil, lo que pasa es que hoy en día es difícil vender esa cantidad de libros.

Asistente: ¿Cuánto tiempo te lleva una tirada?

AAH: Es relativo. Yo tengo libros que venden mucho, y en un año venden seis o siete mil copias, y otros que venden trescientos libros por año. El problema es que a priori nunca sabés cuánto va a vender un libro. Si yo supiera eso, en vez de ciento sesenta libros tendría ochenta o menos pero que se venden más. Afortunadamente, ningún editor sabe eso, porque se publicaría la tercera parte.

Asistente: ¿Y el criterio para armar el catálogo? ¿Vas eligiendo vos lo que te van llevando?

AAH: Hay proyectos que vienen. Un día Virginia nos presentó uno, nos gustó, lo editamos. Hay otras cosas, en el caso del libro ilustrado, que no llevan texto, y nos gusta, o conocemos el texto y el autor y le buscamos un ilustrador. Ahora estamos trabajando un proyecto de Eugenia y de Verónica Sukaczer que trajeron ellas casi cerrado. Quedan por ajustar cuestiones de diseño más que nada.

Asistente: Entonces no salen ustedes a buscar, llegan.

AAH: No, por lo general, no. Sí puede pasar que a un autor que yo conozco le pregunte si tiene algo para publicar, o decirle que cuando tenga algo nos lo mande. Eso lo hemos hecho. Una parte se pide y otra parte llega. Nunca lo hicimos por encargo, nunca dije que quería un libro de terror, que fuera así, que tuviera tantas páginas, más o menos. Tan a medida no lo hemos hecho.

Asistente: Igual es divertido, desde tu punto de vista, cómo lo planteás.
MM: Es muy eficiente, ¿no?
Asistente: Claro. Yo tengo otra vida. Antes de Letras, estudié Administración de Empresas…
AAH: Es que es lo que dice Guillermo. Si vos no calculás bien, te podés hundir, literalmente con los libros. Suponete que en un año sacás diez novedades. Si de esas diez, cinco no venden, o tiraste ocho mil de cada uno porque pensaste que se iban a vender, te fundís. A no ser que tengas mucha espalda atrás para bancar eso que no se vende. Pero un cálculo mal hecho, te hunde.
MM: Toda una clase. Me estoy empezando a deprimir. (Risas). Fijate allá… ¿ves ese libro rojo, El monstruo de las frambuesas? Ese fue el primer libro de Amauta. Salimos con uno. Mil ejemplares. Así que estamos en contra de todos los cálculos.
VP: Todas las formas son posibles.

MM: Pero no logramos nunca un punto de equilibrio.
AAH: Ojo, igual, yo no digo que tengas que editar sí, o sí, tres mil. Lo que digo es que si editás mil, o quinientos, el costo es muy alto. Y el precio de venta al público sale del costo del libro. Si a mí el libro me costó ochenta pesos, no puedo venderlo a setecientos en una librería. Porque no me lo compra nadie. A menos que sea un libro como los de Edelvives, de tapa dura, que son los libros que están en ese precio. Entonces, tengo que irme al precio que tiene ese libro en el mercado, porque por más que yo crea que mi libro se va a vender, si no veo qué hacen los demás me voy del mercado. Quedo muy arriba, o muy abajo. Tenés que estar más o menos en donde están todos.
Asistente: Pero además de los números, hay una cuestión sobre lo que puede funcionar. Uno no tiene la clave, la seguridad, pero hay como una idea instalada acerca de qué es lo que se puede vender y qué no…
AAH: Hay libros que yo a priori sabía que iban a vender y se vendieron muchísimo, y otros que pensaba que se iban a vender y no vendieron ni el diez por ciento de lo que yo pensaba. Pero esos que venden mucho, son los que te sostienen los otros que no se venden.
MM: Hay un equilibrio en Del Naranjo que es notable, y con esta explicación mucho más. Está la visión de Norma, gran editora, con una experiencia enorme en Sigmar, y es escritora, y esta mirada económica.
AAH: Eso también es cierto, porque vos podés hacer mucho número, pero si el contenido que tenés no es bueno o no es lo que busca la gente…
EN: Una situación ideal, en realidad.
AAH: Y mi socia anterior era diseñadora. O sea que nunca tuve que salir a buscar un diseñador, que es algo muy costoso. Hacer el arte de un libro puede salirte más que la impresión si no sabés dónde contratarlo. Depende del tipo de libro que hagas. Todo eso, lo tenía adentro, y nos daba un plus.

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