Cristina Macjus, Florencia Gattari, Sebastián Vargas: "¿Quién dice desde dónde escribir? Uno encuentra un lugar, un impulso, un tono, una melodía, una voz, y de allí parte."

¿Qué distingue la escritura literaria en infantil o adulta?¿Quién define el público al que estará destinada finalmente una obra? ¿Qué diferencias entre editores y editoriales precipitan sobre el escritor el conjunto de limitaciones con las que habrá de verse y cuál es su productividad? Y por supuesto, ¿qué tienen para decir sobre esto las nuevas voces? Cristina Macjus, Florencia Gattari y Sebastián Vargas indagan junto a Mario Méndez en todas estas y otras cuestiones buscando dudas que renueven y certezas en que apoyarse para escribir. Libro de arena festeja una nueva oportunidad para compartir con sus lectores la charla del ciclo "Nuevas Voces" como parte de los Encuentros con autores de literatura infantil y juvenil que organiza el Programa Bibliotecas para armar. A continuación la segunda y última parte de esta entrevista pública realizada en la Biblioteca La Nube.



Mario Méndez: Cristina publicó Anselmo en 2003, Florencia en 2005. Sebastián en 2012. Ustedes, como autores, cuando tiene algo escrito tienen que elegir adónde lo mandan. Como bien dijo Sebastián hace un rato: “Yo lo mandé al concurso de SM”. Ahí hay una preocupación real. Adónde mando los libros y con qué proyecto.

Sebastián Vargas: Igual, yo por lo menos, siempre que mandé, jamás pensé que iba a salir publicado. Yo mandé para cerrar la escritura, no porque pensé que me gustaría que saliera publicado ahí. Jamás pensé que mis libros iban salir publicados.

MM: ¿No? ¿Realmente?

Cristina Macjus: Bueno, yo sí mandé pensando… Mal día para ser mala o El jardín de Lili son textos que yo escribí pensando en un público infantil. Una vez que los tuve escritos decidí publicarlos y se los ofrecí a editores que editan colecciones infantiles y juveniles. Yo voy cambiando de opinión, esta es mi opinión en 2013, no sé qué voy a opinar después, porque estoy cambiando, tengo muchas dudas acerca de qué pienso sobre algunas cosas, pero la verdad es que yo sí los escribí pensando que eran para chicos. Y también estoy de acuerdo en que no hay edades para los libros. De hecho, como lectora, yo disfruto la literatura infantil. Al escribir mis libros no pensé en un chico en particular, ni si quiera en una edad determinada, ni si la temática era adecuada… no pensé todo eso, pero sí es cierto que yo los escribí parada en la literatura infantil. Hace un rato charlábamos con Flor de esto y yo me preguntaba… ¿qué pasaría si yo tratara de escribir alguno de mis libros pensando en un público adulto? ¿Sería distinto? No lo sé. ¿Sería otro tono? ¿Sería otra temática? ¿Qué hace que esto, para mí, sea para chicos? Ahora, si la pregunta es para qué edad es lo que escribo dentro de lo infantil, nunca tengo idea. A mí solo me importa que tenga una coherencia interna en el tono. Luego yo lo llevo a una editorial, por ejemplo este, Mal día para ser mala, lo llevé a Sudamericana y se publicó en Pan Flauta, y dejé que la editorial elija.

MM: ¿Tiene edades Pan Flauta?

CM: Sí, tiene. Todos mis libros están publicados en colecciones que tienen edad.

MM: Una curiosidad con respecto a Mal día para ser mala, los cuentos ásperos…

CM: Agrego algo más… me gustaría sentir otra cosa. Sentir que yo escribo sin saber si es para chicos o para adultos. Es un condicionante que sea para una edad… supongo. Me gustaría decir que yo escribí un texto sin saber si era para chicos o para grandes y que un editor luego decidió que era para chicos.

MM: Y una curiosidad… ¿Por qué ninguna chica tiene nombre en los cuentos? Es una pregunta de la escuela pero quiero hacerla.

CM: Me han hecho críticas por eso. Lo hice sin una intención. Empecé escribiendo unos cuentos para un diario y eran chicas y no tenían nombre. Y cuando tuve dos o tres pensé en seguir ese proyecto. Después de escrito me di cuenta. Y me gustó. Muchas veces uno escribe así. Es difícil traducir esto en palabras, porque es una sensación, no lo tengo muy analizado. Hay un tono áspero ahí. La ausencia de nombres genera una distancia, pero como los personajes tienen una especie de nombre definido por sus acciones, entonces es como acercar y alejar al mismo tiempo. En estos cuentos, todas las chicas se llaman, “la chica que hacía tal cosa”. Y lo repito a lo largo del cuento. “La chica a la que le gustaban los cachivaches hace esto”. El nombre funciona como una acción, y me parece que va muy en sintonía con esos cuentos.



MM: Sin pretender ponerme en filósofo porque sería medio barato, hay como una postura de que uno es lo que hace. “La chica que quería casarse”…

CM:  Ojalá que no, pero sí. Porque son todas chicas que están buscándose a través de una acción. Entonces sí es cierto que las chicas se definen a través de una acción. Son chicas buscándose de una manera u otra. Por ejemplo, la más fácil de entender, con la que yo me divertí y está puesta ahí porque tenía que estar, es la chica que quiere casarse.

MM: Hay una que no quería aburrirse y esta es la chica que quería casarse.

Florencia Gattari:   El libro tiene como una dinámica exploratoria. Vos los leés… y yo lo que encontré ahí es como una búsqueda de escritura, de ir como empujando, empujando, empujando a ver qué pasa con eso.

CM: Sí.

FG: A mí eso me parece interesante. Hay una serie de cuestiones acerca de cómo debería escribir, sin pensar en los chicos, o pensando en los chicos, y otras por el estilo. Está bien que estén esas preguntas y está bien intentar unas respuestas si dinamizan o si sirven para algo. Para mí, la búsqueda pasa por otro lado. Una búsqueda de una voz y una música que a mí me ponga a escribir. El resto no sé si me ayuda. Quizá entre especialistas es importante saber cómo se define la literatura infantil, pero ¿quién puede decirte desde dónde tenés que escribir?  Uno encuentra algún lugar por adentro, se sienta ahí y arranca. Y con un poco de suerte va siguiendo un impulso, una música, una voz…

MM: Ya que estamos hablando de la cocina total, me pregunto, porque hasta ahora me encontrado con cada autor con respuestas de lo más disímiles, ¿Cómo son los métodos de trabajo de ustedes? ¿Hay un método, o hay una aproximación? ¿De dónde surge?

CM: En mi caso, yo necesito atmósferas, y eso hace que cambie todo. Lo único que sostengo es que yo no soy la escritora que escribe tantas horas por día. Por eso tampoco escribo mucho. Lo único que se sostiene es la desorganización. (Risas). Por eso cada libro tuvo un contexto o algo distinto. Anselmo… por ejemplo, lo escribí de noche, en ese momento estudiaba y trabajaba, y lo escribía en los momentos en los que en la casa había silencio, mi hermano no me pedía la computadora. Yo necesito climas, y para poder tener un libro necesito sostener ese clima. Puede ser un ambiente, escribir en un lugar. Puede ser un horario, escribir siempre de noche, puede ser un tipo de música o cierto tipo de películas o de libros. Esa es más o menos mi forma de trabajar.

MM: Hoy me decías que vos no trabajás a pedido…

CM: A mí, manuales y libros de texto me han pedido. He trabajado bajo pedido pero sí, me cuesta, porque un pedido puede ser interesante porque te desencadena algo que vos no te propusiste. Te abre algo. Pero después me sale más largo, me sale más corto…

MM: Pero para eso están los editores… Yo corto, por ejemplo.

CM: Me lo cortan a la mitad (Risas)…Siento inseguridad acerca de si voy a poder hacerlo… sí, me cuesta trabajar a pedido, pero no lo digamos mucho así me siguen pidiendo (Risas)

MM: ¿Y vos, Florencia?

FG: A mí me pasa que lo que se sostiene para que yo pueda escribir, es que lo que escribo tiene que engancharse con alguna intensidad mía. Con algo que me preocupa y que me resulta vital. Sin eso yo no puedo escribir. No me interesa. Me aburro. Entonces, cuando algo se me engancha por adentro con eso que estoy escribiendo, se va dinamizando solo. Y después, lo demás es un poco como que no me importa tanto si tengo que escribir de noche o de tarde. Sí, las atmósferas me repercuten. Hay lugares donde escribo bien, y hay lugares donde no me pasa nada. Pero sobre todo, yo tengo que sentir que lo que estoy escribiendo me concierne en algún nivel. Como algo de una honestidad, no en un sentido ético, pero que tenga que ver conmigo. Si no, no me mueve nada.

CM: Bueno, eso es lo que tiene el trabajo a pedido también. Que si justo el pedido te abrió algo… y después lo empezás a forzar…

FG: Quedan esas cosas sin música. Yo sé que puedo empezar una historia y terminarla por disciplina…pero digo: “¿y esto?” No tiene corazón. No me pasa nada con eso. No.

MM: Me gustó eso de que no tiene corazón. ¿Y vos Sebastián?

SV: Yo no soy muy metódico para escribir. Escribo cuando puedo, cuando tengo ganas de escribir algo me hago más tiempo para eso hasta que termino una primera versión. Y una vez que la termino, vuelvo varias veces para ir mejorándola. Nunca me gusta lo que escribo “de una”. Siempre tengo que volver e ir mejorándolo,  porque esas primeras versiones son como muy toscas, y suenan mal, y repiten palabras y tienen millones de comas. Entonces voy pasando y le doy como un revoque grueso y un revoque fino hasta que queda algo potable. Pero no tengo un momento.

MM: Dirían en la escuela, ¿cuánto te tarda escribir un libro?

SV: Y a mí me tarda mucho…

CM: Me parece que a todos… creo que ese es un criterio que nos une. Que los tres tardamos. A mí eso me mata. Es mi estilo, pero lo que a mí me gustaría es terminar. Yo soy muy de corregir. Pero cuando termino algo lo dejo un par de años para olvidármelo. ¿Cómo puedo saber si mi texto me gusta o no, si estoy ahí con la nariz metida tanto tiempo trabajando? Ya me lo sé de memoria.  Y entonces quizá lo dejo un par de años. Y cuando volvés te cambió la mirada…

FG: Es un tema…

CM: Lo cajoneo dos años y después descubro que de todas formas no me lo olvidé (Risas). Yo soy lenta. No sé si lenta es la palabra, pero de pausas. Pero en todo en la  vida. La escritura tiene mucho que ver con uno. En algunos casos hace que yo escriba y publique menos.



MM: ¿Cómo les va con la relación con las editoriales? ¿Qué experiencia tienen? Esta es una pregunta que se va a repetir en todo el ciclo. Son las nuevas voces. Publicaron hace cinco, seis, siete años.

CM: Así como hay nuevas voces, hay nuevos editores. Y estamos todos en el proceso de aprender. Igual, yo separaría editores de editoriales. Construir una relación con un editor es algo que a mí me gustaría mucho. Encontrar un editor con el que tenga afinidad en las cosas en las que hay que tenerlas, y también diferencias. Pero sucede que también hay mucha circulación en las editoriales. A veces un editor pasa de una editorial a otra, y es difícil construir un vínculo así. Sospecho que en las editoriales grandes la situación es como en las grandes empresas de cualquier otra cosa.

FG: Para mí es algo que tiene que ver con los lazos. Yo hago vínculos. Y así voy trabajando y entendiéndome con la gente. Vos preguntabas hace un rato a dónde mandábamos… y uno va mandándole a la gente que le confía. El libro se va moviendo a través de esa gente. Hay gente en la que confío y con la que tengo unos lazos armados. Y en el proceso de construcción eso es importante. Yo encuentro una gente que me contesta los correos. Eso, para mí marca una divisoria importante y voy detrás de eso.

MM: Las dos coinciden con que el editor no es lo mismo de la editorial y en esto que es cierto que los editores van pasando. Es como los campeonatos de futbol. Empieza el año y empiezan los pases. Y el criterio de la atención es muy de la edición argentina. En general. No sólo la de la literatura infantil. Escuché que somos menos atentos. Que nos tomamos mucho más tiempo para leer… Vos ya estabas inserto en el mundo editorial.

SV: Sí.

FG: ¿Vos sos de los que contestan los correos?

SV: Yo contesto todos los correos. (Risas) Si no lo contesté, no me llegó. Yo confío mucho en la edición porque me gano la vida editando. No literatura en general, pero edité algunos libros de literatura. Edité uno de Ángeles Durini, uno de Laura Escudero. Me gusta la edición y confío mucho en el editor como rol. Siempre espero ansiosamente el momento de la edición porque me encanta ese proceso. Me encanta ver cómo un lector atento ve montones de cosas que yo no había visto, y que cuando me las dice me doy cuenta de que eran una obviedad pero que yo, por mi cuenta, no la había visto. Y cómo, a partir de eso van cambiando y mejorando los textos. Me encanta esa etapa, la espero siempre muy ansioso y soy optimista con respecto a los criterios. Yo pienso que aunque te toque un editor regularcito, igual mejoran mucho los textos. Y si tenés la suerte de que te toque un buen editor, es impresionante lo que hace. Yo tuve editoras espectaculares. Para Tres espejos, Cecilia Repetti, y Laura Linzuain para los Vikingos…, Y en los dos casos cambiaron muchísimo los textos desde la versión original hasta la que quedó. Salieron capítulos enteros. Entraron capítulos enteros, se reescribieron los comienzos, los finales… mucho cambio. Y estoy contento con eso.

CM: El texto tiene además, su música, su encadenamiento de palabras, un editor tiene que vibrar con eso.

FG: Es la diferencia entre el editor y el corrector, para mí. El corrector puede marcar cosas de normativa, pero el editor tiene que estar en la música del texto. Tiene que entender para dónde va.

CM: Me quedé con esto de la industria editorial. Los editores tienen que tener tiempo. Sucede como con los turnos que un médico tiene cubrir. En la industria editorial también hay editores sobrecargados de trabajo. A veces la edición de un libro se hace cara a cara, otras por mail. El editor tiene que tener tiempo para leer tu mail, responderte… Si no, es como editar un libro tras otro.

MM: Una pregunta final y después leen porque hay que calcular el tiempo. Al público…si alguien tiene una cámara y quiere sacarnos una foto… porque me la olvidé y quiero subirlas al blog. Ahí está. ¡Gracias! Una de las discusiones que surgieron de la última entrevista del ciclo anterior, con Ricardo Mariño y Silvia Schujer, que yo retomé en el encuentro con Carola y con Natalia, y que me parece central en este ciclo con ustedes quince, es la cuestión de si hay o no hay un crecimiento de la literatura infantil. Se dijo que sí hay un crecimiento cuantitativo pero no tanto de calidad. Hubo opiniones acerca de que quizás había cierta pereza intelectual, y que se repiten cosas, y opiniones completamente diferentes, acerca de que sí lo hay. Se mencionaron premios, logros… ¿Qué piensan ustedes de la literatura infantil en la última década?

SV: Cuantitativamente es innegable que hubo un crecimiento. Hay muchos autores nuevos que pudieron publicar sus libros. Lo de si hay crecimiento en calidad, es difícil de evaluar. Yo sé que en los últimos años leí muchos libros de literatura infantil y juvenil que me gustaron mucho. Pero no sé si eso corresponde a un incremento de calidad general o simplemente hay autores que me gustaron mucho.

FG: Hay que tener un gran panorama leído para contestar algo así. Y yo siento que no lo tengo. Por otro lado, hay muchas plumas con las que yo me fui amigando y las sigo. Sé que me gusta lo que hacen. Lo que me pasa con esta cuestión es que hay preguntas que me parecen importantes pero siento que no voy a ser yo quien las conteste. Porque no tengo los elementos para contestarlas ni resultan una referencia para mi escritura. Yo no puedo escribir mirando lo que pasa afuera, mi búsqueda tiene que ir para adentro. Y en todo caso, lo que va a hacer que algo esté bueno, va a ser lo singular que tenga. Lo diferencial. Me gusta leer y leo mucha literatura infantil, pero no siento que pueda hablar del conjunto. Y no sé si me interesa.

CM: Creo que es una pregunta para especialistas. Yo me formé en la UBA en Comunicación, no en literatura infantil, y valoro mucho la opinión con investigación detrás. Yo escribo. No sé.

MM: ¿Y cómo lectora?

CM: Es lo que decía Florencia. Ahora hay un montón de editoriales, uno montón de nuevos autores, si tuviera que hablar de porcentajes creo que no tengo leído ni el 1%.

MM: Eso que estás diciendo de esa gran cantidad, también influye en el trabajo de edición. Natalia Méndez lo decía el otro lunes. No se puede leer todo lo que viene, hay una suerte de exigencia permanente de publicar porque el mercado lo exige. Las editoriales que piden diez novedades y quizá el editor no encuentra diez obras que le parezca que están para publicar.

Asistente (la especialista María Laura Migliarino): Y para mí, algo que suma es que muchos editores no tienen trabajo con chicos. Son mundos completamente diferentes. Por un lado está el autor, por otro lado está la editorial, por otro lado está el editor, y después están los chicos…

MM: Igual, eso, por lo menos hoy estuvo en discusión.

María Laura Migliarino: Pero los editores no tienen trabajo con chicos…

SV: También esa es una generalización.  Hay editores y editores y yo trabajo con editores que sí tienen trabajo con chicos. Es como decir: “Los docentes son X”. Hay algunos que son así y otros no. No son la mayoría, pero algunos editores que tienen trabajo con chicos, hay.

CM: Si respondo la pregunta como autora, yo considero que recién empiezo. No es una respuesta de humildad. Es de verdad. Como escritora estoy haciendo una carrera y estoy empezando. Es una búsqueda.

MM: Es una respuesta válida. Medio en chiste Umberto Eco en Confesiones de un joven novelista, que escribió ahora que tiene setenta y pico, dice que se considera un joven novelista porque El nombre de la rosa salió hace pocos años, relativamente.

CM: Uno, como escritor, espera que sea mejor lo que publique más adelante. Tampoco escribo pensando en el aporte que le voy a hacer a la literatura infantil, porque ya me cuesta publicar… (Risas). Si yo voy a publicar pensando en el aporte no publico.

MM: Y yo que les pensaba preguntar por el aporte a la Humanidad… (Risas). Lo bueno es que nos llevamos un montón de dudas. Como siempre, en todos los ciclos, les pido a los invitados que compartan alguna lectura con el público. Antes, si alguien tiene alguna pregunta…por ahí hay un compañero…
Asistente: Quizás es un poco subjetiva, en relación con lo que ustedes van a contar, ¿es como una lamparita arbitraria que se prende, o tiene que ver con una historia de vida, y que ese bagaje de vida los va a llevar a escribir sobre determinadas cosas?

CM: ¿Si uno escribe con la experiencia o con la fantasía?

Asistente: En realidad, sobre si es una ficha que les cae en el momento…

SV: Sobre la inspiración, digamos…

Asistente: Claro. O si esa inspiración está relacionada con tu historia de vida.

CM: Para mí es distinto en cada caso. El jardín de Lili tiene como base muchas cosas mías, por más que una después deforme. Intenté escribir un diálogo silencioso entre una hija y una madre, en un jardín. No me salió exactamente eso, pero lo escribí sentada detrás de una ventana, mirando a mi mamá ir y venir por el jardín, incansable, preguntándome de dónde saca siempre tanta energía. Anselmo Tobillolargo, en cambio, es una historia fantástica. Y Mal día para ser mala, también, son cuentos fantásticos, pero el tono del enojo sí, es mío. (Risas).

SV: En el caso de Vikingos… el proyecto lo teníamos con mi amigo Patricio desde que estábamos en el secundario. Nos vestíamos con túnicas y nos peleábamos a espadazos (risas). Y decíamos que teníamos que escribir un libro de vikingos. (Risas) Pero nos llevó un buen tiempo. Fue un proyecto que estuvo veinte años. Y fue cambiando mucho desde esa primera idea. En un primer momento era una novela de venganza del tipo de El Conde de Montecristo. Y llegó un momento en que cambió eso e hicimos una novela histórica, y eso nos dio el impulso de concretarlo y escribirlo. Y la base de Tres espejos, la soñé mientras dormitaba en un micro viajando a Villa Gesell. Pero tenía que ver con cosas que estaba leyendo mientras yo estudiaba idioma chino, y leía la revista “China Hoy”, y estaba con todas esas cosas chinas en la cabeza. Pero la trama base la soñé en un colectivo. Cuando quise  poner en palabras ese cuentito me quedó un novelón (Risas). No sé si eso responde  a tu pregunta. Por lo menos en mi caso hay un poco de todo.

FG: A mí me pasa que es algo de afuera que resuena en algo de adentro. Es como un encuentro entre dos cosas. Por ejemplo, una vez yo asistí a un momento fabuloso. Un nene adoptado le preguntaba a su mamá quién habría escuchado su primera palabra. Yo quedé de cama. Para mí las palabras, la filiación, son temas míos. Y eso se convirtió en un cuento además, pero fue porque hubo un encuentro entre eso que escuché, que fue una perla, y algo que me pasó por adentro.

MM: Bueno, ¿quién va a empezar de los tres?

Comienza Florencia Gattari:
Nueces
I had a little nut-tree,
Nothing would it bear.
I searched in all its branches,
But not a nut was there.

'Oh, little tree,' I begged,
'Give me just a few.'
The little tree looked down at me
And whispered, 'Nuts to you.' 
RoaldDahl
Un chico cascó una nuez y adentro le vino una palmera. Como seis metros medía la palmera, y estaba llena de cocos. Los primos, que estaban con él en el jardín de la casa, le dijeron: “Uuuuhh”, “Faaahhh”. Pero el chico estaba chinchudo y contestó: “Yo no quería una palmera. Yo quería una nuez”.
Después de eso apoyó la palmera en el piso, pero la media cáscara que la sostenía tambaleó. El árbol terminó cayéndose y aplastó la cucha del perro. Por suerte el perro estaba afuera de la cucha, haciendo pis en la palmera.
Uno de los primos se acercó y sacó un coco. Se lo trajo al chico, porque pensó que quizás le gustaba aunque no fuera exactamente una nuez. El chico dijo: “Bueh” y lo rompió contra el piso. Pero adentro del coco le vino un tractor. Y de vuelta los primos: “Uaaauu”, “Oooohh”, pero el chico le dijo al que le había traído el coco: “Te regalo el tractor; yo quería una nuez”.
El otro primo buscó en el bolsillo de su pantalón hasta que encontró un alfajor. Se lo ofreció al chico porque le daba no sé qué que tuviera tanta mala suerte. Le dijo: “Es de nuez, me lo dio mi abuela pero a mí no me gusta. Está un poquito aplastado”. Y se subió con el otro al tractor.
El chico agradeció y dejó que los primos se fueran. Después se quedó mirando al alfajor como si estuviera a punto de explotar.Esperó un rato.
Lo abrió con cuidado y no pasó nada. El alfajor era un alfajor. Lo único es que no era de nuez: era de cayote.
Fue ahí cuando se enojó del todo. Se metió en su cuarto y, por las dudas, cerró la puerta, cerró las persianas y cerró la boca. Agarró un libro del estante y se sentó en la cama. Se puso a leer.
En el libro había un bosque, y en el bosque unas ardillas. Las ardillas se rascaban la nariz con las manitos y comían nueces. El chico pidió que le convidaran. Le convidaron.
Las probó y le pareció que estaban buenas.

Sebastián Vargas:
La búsqueda de Telepinu

(Mito de los antiguos fenicios)

En tiempos antiguos, cuando el mundo aún era joven, ocurrió que Telepinu, el dios amable, se peleó con su padre, que lo había acusado de ser un bueno para nada. Telepinu se enojó y se fue lejos. Nadie sabía dónde estaba.
Sin Telepinu, los peces se ahogaron en las profundidades de los ríos y los mares. Los lobos dejaron de buscar su presa, el león dejó de rugir en la pradera. La oveja desamparó su propio cordero, la vaca le negó su leche al becerro. El fuego se apagó en todas las chimeneas. Sin Telepinu, los granos de las cosechas se consumieron a sí mismos hasta desaparecer. Ningún animal macho quiso volver a entrar a su corral. Ningún animal hembra quiso procrear. Sin Telepinu, se quemaron las puntas de todos los árboles y ya no hubo brotes nuevos, ni flores coloridas, ni grillos cantándole a la luna. Los pastos se secaron y las fuentes dejaron de fluir. Sin Telepinu, el hambre se hizo dueña, y hasta los dioses se morían de necesidad.
Cuando la gran diosa de la Luna hizo una fiesta para los mil dioses, todos comieron, pero no lograron saciarse; bebieron, pero no lograron apagar ni un poco de su sed.
Entonces, el dios de la Tempestad, que era el padre de Telepinu, se preocupó. Le pidió a la gran diosa de la Luna que lo ayudara a buscar a su hijo:
—Telepinu no está, se ha enojado, se ha llevado todo lo que es bueno. ¿Qué haremos, qué harás? Preguntaba mientras iba de acá para allá, nervioso.
La gran diosa ordenó a los mil dioses:
—Vayan, escudriñen sus casas y sus dominios, busquen a Telepinu.
Así lo hicieron, pero días después regresaron sin haber tenido éxito. Por ningún lado habían encontrado al dios que hace crecer todo lo vivo.
El dios de la Tempestad se lamentó a la gran diosa:
—¿Qué haremos? Sin Telepinu, moriremos de hambre.
—Ve tú también a buscar a tu hijo —ordenó la gran diosa Luna.
El dios de la Tormenta volvió a su casa con paredes de viento, pero Telepinu había roto los cerrojos al salir, y no estaba dentro. Su verde trono estaba frío. Por ningún lado lo halló. El dios de la Tormenta volvió derrotado:
—No he encontrado a mi hijo. ¿Qué haremos, qué harás?
La gran diosa de la Luna envió entonces al águila como exploradora:
—Ve —le dijo—, escudriña los montes nevados y los valles, busca en las colinas y los bosques, dinos si ves a Telepinu.
El dios de la Tempestad protestó:
—Los grandes dioses y los pequeños, los de espíritu profundo han buscado a Telepinu sin hallarlo. ¿Irá un pájaro a encontrarlo?
Fue el águila con su mirada aguda y buscó y buscó al dios perdido, pero no lo halló.
La señora de los dioses envió entonces a la rata.
—Ve —le dijo—, escudriña las calles y los campos, busca en los caminos y los sótanos, dinos si ves a Telepinu.
El dios de la Tempestad protestó:
—Los pequeños dioses y los grandes, los de entendimiento penetrante han buscado a Telepinu sin resultado. ¿Irá una alimaña a hallarlo?
Fue la rata y buscó y buscó al dios perdido, pero no lo encontró.
La señora de los dioses envió entonces a la abeja.
—Ve —le dijo—, busca a Telepinu.
El dios de la Tempestad protestó, indignado:
—Los mil dioses, los de gran poder han buscado a Telepinu por todo el mundo. ¿Irá un pequeño insecto a encontrarlo?
Fue la abeja y buscó y buscó, y halló a Telepinu escondido dentro de una minúscula florecilla blanca.
La abeja zumbó, indicándole a Telepinu que la acompañara de regreso, pero Telepinu no quería volver, seguía enojado. La abeja lo cubrió de cera, para limpiarlo y purificarlo, pero Telepinu todavía no quería regresar. Le mojó los labios con miel para endulzar sus recuerdos, pero Telepinu aún seguía enojado.
Entonces la abeja lo picó en los pies para que los moviera, y al dejarle clavado su aguijón, murió.
Conmovido por el sacrificio de la abeja, Telepinu movió los pies y volvió. Se reconcilió con su padre, saludó a la gran diosa de la Luna.
Cuando Telepinu regresó, la vida volvió a florecer en todo su esplendor.
Cada vez que escuchan zumbar una abeja, los mil dioses hacen un respetuoso silencio.

En: Patricio Killian y Sebastián Vargas, Mitos de viajes y descubrimientos. Aique, Buenos Aires, 2013.

Cristina Macjus
BRILLOS DE SAL

Regaron el desierto con hidroaviones, plantaron flores e instalaron un kiosco. Algunas modelos posaron en bikini y se promocionaron paquetes turísticos a precios muy accesibles. Pero nada. Apenas llegó hasta allí una chica poligrilla con una valija algo desvencijada. Sopló el viento corrientes de aire seco con brillos de sal y todo volvió a estar como antes.
Casi todo.
Porque luego de que las flores se secaran y el kiosco se volara, la chica se acomodó los cabellos desordenados y se sentó sobre una duna.
–Esto no es como te esperabas, ¿eh? –se asomó un bicho con actitud amistosa.
La chica miraba el desierto. El bicho movió los bracitos, sorprendido de que no le
respondieran.
–Los afiches turísticos son buenos, ¿eh?
–…
–Yo siempre lo digo, no hay que confiar
en las publicidades.
–…
–¿¿Hola??
–Hola –saludó la chica con la vista perdida
en el horizonte.
–Pero vos no viniste de turismo, ¿eh?
–No.
–…
–…
–¿¿Hola??
–Hola.
–Te toca contarme para qué viniste.
–Busco a mi mamá.
–¿Por acá?
–Por todos lados. Está perdida.
–¿Una mamá perdida? Mmmm…
–…
–¿Y hace mucho que la buscás?
–Un montón –dijo la chica y luego la llamó–: ¡mamaaaaaaá…!
–¿Un montón como cuánto?
–Un montón como en su pieza, en la cocina, en su trabajo, en el gimnasio, en los libros, en los vueltos de la panadería, en la caja de las fotos viejas, en las charlas que tuvimos, en lo que quiere que yo sea…
–Ajá, ya veo, un verdadero montón. ¿Estás segura de que no estaba planchando?
–No, la plancha estaba desenchufada.
–Ajá –dijo el bicho y movió las manitos algo desorientado–. ¿Y no será que de tanto
buscarla te perdiste vos?
–¡Mamá! –volvió a gritar la chica.
El grito se desparramó lentamente por el horizonte. Un tiempo después, algunas dunas
lejanas hicieron eco. La chica se lanzó a correr.
–¿Adónde vas?
–Me pareció escuchar a mi mamá.
El bicho corrió detrás, exclamando:
–¡No te confundas! ¡Las hijas tienen la voz muy parecida a la de su madre!
Las patas no le fueron suficientes para alcanzar a la chica, que luego de correr varias
horas cayó exhausta en medio del desierto. Mala cosa los círculos.
Cuando el bicho la encontró, estaba sentada mirando el atardecer. Soplaba una brisa
cálida, su cabello se movía suavemente, en el horizonte el sol se ponía de color naranja
y miles de granitos de sal reflejaban como espejitos dorados.
–Es lindo el silencio –dijo la chica que buscaba a su mamá.
–Ajá –dijo el bicho, y se sentó a su lado–. ¿No será que la perdida sos vos, eh? –insistió.
–…
Y como no le respondía, siguió:
–De todas formas, lo que importa no es estar perdido, sino querer volver.
–…
–¿?
–… hablando la gente no siempre se entiende… –dijo la chica.
–Muy cierto, muy cierto. No se le pueden pedir peras a una madre. Por más que se lo digas mil veces, si no entiende, no entiende. Las cosas caen por sí solas cuando están maduras –afirmó el bicho y el tema le gustaba tanto que siguió hablando entusiasmado sobre psicologías
frutales durante varios minutos.
La chica miró largo rato el horizonte.
Después habló:
–¿Me alcanzás hasta la entrada del desierto?
–Ajá –dijo el bicho y la subió a su lomo. Cuando salía la primera estrella llegaron y
la chica tomó el colectivo de las nueve de la noche.
–Un gusto haberte conocido –se despidió ella.
El bicho la saludó con las manos mientras el colectivo se alejaba. Sopló el viento corrientes de aire seco con brillos de sal y, ahora sí, el desierto volvió a estar como antes.


El cuento de Cristina Macjus, "Brillos de sal" forma parte del libro  Mal día para ser mala, Buenos Aires, Sudamericana, 2010. Libro de arena agradece muy especialmente la autorización para publicar el texto a Random House Mondadori, Grupo Editorial.

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