Ema Wolf : “Una de las cosas que más me gusta es investigar para hacer los libros.”

¡Volvieron las charlas más animadas y entretenidas de todas, pero sobre todo las más queridas!. Las entrevistas de los encuentros con escritores de literatura infantil y juvenil volvieron con todo porque retornan nada más y nada menos que con la charla con Ema Wolf, que se dio en La Nube, el  5 de octubre de 2015. En la primera parte que hoy se publica, la autora habló de cómo entró en el universo de la LIJ, de su paso por revistas, empresas y editoriales; de su relación con el mundo editorial y sus demandas, de la conexión privilegiada con la escuela pública y con el exigente público lector que son los niños. La importancia de la investigación y la clave del humor como signos que marcan su escritura también fueron temas abordados, al igual que la suma de las influencias recibidas que hicieron a su formación ya desde pequeña. La segunda parte aparecerá en Libro de arena el viernes próximo.

Mario Méndez: Buenas tardes, Ema, gracias por venir. Es un placer tenerte acá. Te conté que estuvimos hablando de tu obra el lunes pasado. Vamos a empezar, como siempre, por la biografía, brevemente. Ema Wolf nació en Carapachay, un barrio de Vicente López, y sigue viviendo en ese partido. Es Licenciada en Lengua y Literaturas Modernas por la Universidad de Buenos Aires. Dice la Wikipedia, y esto nos daría pie para empezar a charlar, “sus obras se caracterizan por el humor y un estilo paródico”. Ha escrito mayoritariamente libros de literatura infantil y juvenil, aunque también publicó libros para adultos, uno de los cuales, El turno del escriba, que escribió en colaboración con Graciela Montes, obtuvo el Premio Alfaguara, uno de los más importantes de la literatura hispanoamericana.  
Comenzó trabajando en medios periodísticos y revistas infantiles. 

Ema Wolf: Sí, mis primeros cuentos para chicos aparecieron en Anteojito a fines del ´75.

MM: Desde entonces se sucedieron los libros y los premios. Fuiste candidata al premio Andersen, por la Argentina… Bueno, vamos directamente a la entrevista. Sos egresada de Letras y no pasaste por la docencia. ¿Cómo llegaste al mundo de la literatura infantil y juvenil? 

EW: Casi por casualidad. Cuando terminé la facultad tenía que trabajar en algo afín con lo que había estudiado. Química no iba a ser. Empecé como redactora en revistas, algunas de las cuales ya no existen. Un día, una dibujante amiga me propuso que escribiera un cuento para chicos para tratar de venderlo a una editorial. Lo escribí, me gustó mucho hacerlo. La gente que tenía cerca (ya estaba casada y habían nacido mis dos hijos) opinó que estaba "bastante bien". Seguí trabajando como redactora, hice house organs para bancos, y escribía cuentos por diversión. Aquel primero nunca salió publicado. Lo conservo, pero nunca lo exhibí. Cuando se presentó una oportunidad en editorial Kapelusz llevé los cuentos que tenía en mi casa y compraron tres para la colección La Manzana Roja. Fue en el ´84. Así empecé. No sé cómo, acá estoy.  

MM: Me parece que ese es otro lindo pie para charlar. ¿Qué tan diferente era? Porque fuiste pionera en la literatura infantil. 

EW: No fui pionera. Sí formé parte del grupo de gente que empezó a publicar con asiduidad en la primera mitad de los ochenta. 

MM: De la democracia para acá… 

EW: Fue una época interesante. Yo era bastante inconsciente entonces. Ahora no tanto, pero en ese momento no conocía mucho las reglas. Había una literatura muy ñoña, redondita, y por otro lado una literatura que bajaba línea, muy de los setenta. A mí no me convencía ninguna de las dos. Entonces escribí, por instinto, lo que tenía ganas, y no creo haberme apartado mucho de eso. Los ´80 fueron años auspiciosos, en cierto sentido. Salíamos de una dictadura, nos sacábamos de encima una losa pesada, había ganas de hacer y de mostrar. Nunca me sentí transgresora. Si transgredí fue porque no sabía hacer las cosas de otra manera. Conocí a Graciela Montes, a Laura Devetach, a un montón de gente que también tenía mucho entusiasmo. No nos unía tanto una manera de escribir, una estética, sino el espanto que nos producían ciertos libros montados sobre la pedagogía y la psicología berreta. Fue una época disfrutable. 

MM: ¿Lo seguís disfrutando? 

EW: Sí. No tengo una producción muy grande. Tampoco me propuse tenerla. Disfruto escribiendo, retengo los libros bastante tiempo. La profesión, tanto no me interesa. Separo la profesión del trabajo. 

MM: ¿Cómo es eso? 

EW: El trabajo es eso que hacés delante de la computadora. Lidiando con la idea que se te ocurrió, tratando de llevarla a buen puerto. Pedaleando con las palabras, con el hermoso idioma castellano, el esfuerzo línea a línea. Eso me parece deportivo y hermoso, y es lo que me gusta hacer, por eso me cuesta despegarme de los libros. Termino un libro y lo sigo baboseando, saco una coma de un lugar y un mes después vuelvo a ponerla dónde estaba. Ese trabajo me encanta, es la parte obrera, material, artesanal, si querés. La profesión es lo otro: la circulación, la exposición pública, las discusiones con los editores, los contratos que no te gustan, las peleas para cobrar… Sobre todo, la cuestión de la circulación. Yo me muevo, voy muchísimo a escuelas, sobre todo a escuelas públicas, que es la escuela que me formó, en la que se formaron mis hijos y mi nieto, mi marido, mis padres y todos. La escuela que defiendo. Pero no me vas a ver mucho en congresos, simposios, jornadas, encuentros, foros… No sé bien cuál es la diferencia entre todos ellos. Esa parte no me vuelve loca. Además no tengo muchas cosas para decir. Me encuentro a  mí misma repitiendo siempre lo mismo. (Risas). 

MM: A mí me parece que no… 

EW: Sí. ¿Qué voy a decir sobre los libros? Es tan claro lo que está ahí, escrito… ¿Qué puedo agregar que sea de utilidad? No soy Faulkner, tengo una literatura sencilla, está todo a la vista. Así que pocas veces hablo de los libros. A veces los menciono para explicar algo técnico, puntual, porque no tengo otra fuente a mano para explicar cómo funciona algo. Pero en general trato de hablar de cuestiones generales, como lo que pasa con los libros en las escuelas, qué cosas veo bien y qué cosas veo mal. Si estoy en un aula pequeña rodeada de chicos, entonces sí hablo de algún libro en particular. Ellos te obligan a mostrar los piolines. 

MM: Varias cosas. Por un lado, si lo comparamos con la literatura infantil y juvenil que nos rodea, creo que sos de las autoras menos sencillas. Por esto mismo que decís, de que seguís “baboseando” tus libros durante meses. Sos bastante más compleja que la mayoría de los que escribimos literatura infantil y juvenil. Tu escritura es más exquisita. 

EW: No creo que sea más exquisita. Por ahí es más demandante, pide un poco más del lector. Pero no es deliberado, no es algo que me haya propuesto. Creo que tiene que ver con el tipo de lectora que era de chica. A mí no me amedrentaban los libros. Leía novelones decimonónicos y todo lo que tenía a mano. La revista La Chacra que compraba un tío mío… (Risas). Revistas en italiano, porque mi padre y mis abuelos eran italianos. Todo era para mí. Nunca me dijeron que algo no estaba a mi alcance. Yo debía saber, aunque no conscientemente, que muchos libros estaban muy por encima de mí, y que de a poco, en un ejercicio de acceso, iba a poder alcanzarlos. No me preocupaba encontrarme con la palabra “espingarda” en una novela de corsarios. Debía suponer que algún día, en otra etapa, iba a enterarme de qué era eso. Y tenía mucha curiosidad por lo distinto, por lo “otro”. Si a mí me hubieran dado un relato de una nena que vivía en un barrio suburbano, que iba a la escuela, que se había enamorado del chico que vivía a la vuelta, que se iba de vacaciones y tenía alguna aventura doméstica, me habría aburrido. Para eso me tenía a mí, no necesitaba a los libros. Yo quería la geografía y la historia, el espacio, la naturaleza, las palabras que nombraban cosas nuevas. Ahora puedo racionalizarlo, entender qué tipo de lectora era; entonces, simplemente, lo era. Y cuando te ponés a escribir, la lectora que fuiste en tu infancia tiene un peso enorme. Te dicta preferencias, deseos. Una de las cosas que más me gusta es investigar. Tengo anécdotas divertidas. La pasé muy bien buscando información para hacer libros de ficción. A veces pienso que escribo ficción para tener el pretexto de averiguar. Como yo quería eso para mí, también lo quiero para mi lector. Si el nene no sabe qué es un chambelán, mientras pueda seguir la historia, no me importa, yo tampoco sé qué es. El libro será para el que lo entienda. Si la idea es sencilla, los materiales que voy a utilizar para desplegarla, también van a ser sencillos. En el cuento de un rey que no quería bañarse no voy a usar “esquizofrenia”; no sólo porque el nene no la vaya a entender (eso seguro), sino porque va a caer como una piedra. Voy a romper la armonía, desvirtuar la coherencia del texto. Sé que a veces me paso y caigo en un registro de lengua que hace ruido en el contexto. Y que veces espero demasiado del lector, porque la mía era una generación de lectores, en ese aspecto, más entrenados. Pero prefiero eso, y no quedarme mucho más atrás de lo que puede el lector.

MM:  ¿Y en eso sos flexible, en el diálogo con los editores? 

EW: Digamos que sí. Son pocas las editoriales donde hacen un editing, que colaboran con el autor. Cuando el autor adquiere cierta famita se queda bastante solo. Lleva el libro a una editorial y nadie se anima a decirle que algo no va. Hay un corrector de estilo que te pone las bastadillas y las comillas, pero no mucho más. A veces el autor necesita de alguien que tome distancia del texto y le señale cosas. A mí no se me caen los moños por eso. Lo mismo ocurre con relación a la información que vuelca en sus textos: más vale que chequee bien antes de mandarlo.  
No tuve problemas con los editores. Las fricciones que tuve y sigo teniendo han estado directa o indirectamente relacionadas con lo escolar y se reducen a un puñado de anécdotas. Pero nunca tuve que negociar con las colecciones de literatura.  

MM: Y sí con los libros de texto… 

EW: Cuando la división escolar de una editorial grande pide un cuento que está publicado en una colección de literatura, propia o de otra editorial, a veces sugiere algún cambio. Yo puedo usar la palabra "vieja" por "mamá" en cualquier lado, pero en una textera te pueden pedir un cambio. Yo, por supuesto, no acepto, como tampoco lo hace la mayoría de mis colegas. Que elijan otro cuento. Me parece ofensivo para los maestros. Ejemplos como ése tengo unos cuantos. En el  único cuento que escribí por encargo, que fue "Donde los derechos del niño Pirulo chocan con los de la rana Aurelia”, la abuela del cuento en un momento les dice al niño y a la rana "¡¿Se van a dejar de romper?!" Ese cuento lo hice a pedido del Ministerio de Educación en la época del ministro Rodríguez y no tuvieron problemas en publicarlo. Hace poco, veinte años después, me lo pidió una textera y me preguntó si podía cambiar “romper”. ¿Por "molestar" tal vez?  Nunca te dicen por qué reemplazar la palabra; dejan que te comprometas vos en el cambio. La censura se ejerce de manera sutil. No es brutal. Era brutal en las dictaduras. Ahora es elegante. (Risas). 

MM: Es un buen título, “La censura es elegante”.  

EW: Es discreta, políticamente correcta. A veces los que la ejercen no pueden evitarlo, porque no son los dueños de las editoriales y no marcan las pautas. Hay maneras educadas de rechazar algo, a veces disfrazando el motivo, porque nadie quiere quedar pegado en el papel de censor. En general la objeción se produce porque el autor se zarpó. Yo no recuerdo haber discutido con un editor, pero también sé qué cosas no puedo poner en un libro para chicos, porque si lo pongo nadie se va a enterar de que lo puse, porque no lo van a editar. La transgresión, o no existe o se ejerce de a poco, corriendo la barrera para adelante de a pasitos. Los mediadores y al receptor se van acostumbrando… No podés ser salvaje, porque nadie se entera. Sencillamente, no te publican. Los autores tenemos conciencia de la medida, hasta dónde se puede. Ahora se puede más que en el ’84, cuando salió mi primer libro.   

MM: ¿Tenés algún reparo con vos misma? ¿Hasta dónde llegás?

EW: No es un tema que discuta conmigo misma. Tal vez porque sé que también yo tengo inhibiciones. O porque, en el fondo, hay una especie de sentimiento de protección hacia el chico que no se menciona, pero que existe. No escribiría una escena de tortura en un libro que sé que va a leer un chico de diez años. Por inhibición propia, por repugnancia moral, porque no me lo publicarían o simplemente para ahorrarle algo muy duro, muy cruento, de lo que ya se va a enterar más adelante. Además, nunca escribí relatos realistas. ¿Por qué? No sé. Esa es otra cosa que deberías preguntarme. (Risas). 



MM: Vos decime y yo pregunto. (Risas).  

EW: Imagino que el que escribe en clave realista se encuentra más a menudo con situaciones complicadas. A mí me gusta mucho el realismo duro: Graciliano Ramos, Roa Bastos, Ciro Alegría, Quiroga, los escritores del sur norteamericano, Ambrose Bierce… Pero no escribo ni siquiera ese realismo liviano, muy de los libros para chicos. Siempre hice humor, absurdo. Aunque también podría pensarse que elegí el humor justamente porque es balsámico. 

MM: Hablabas de la investigación, de que te gusta investigar. En ¡Qué animales! está clarísimo y es muy divertido. Uno sale a buscar esos bichos a ver si existen de verdad. Y existen todos… 

EW: Esos bichos existen, sí. Hoy, con Internet, ese libro se hubiera escrito muy rápido. Empecé buscando en las bibliotecas de los hijos de mis amigos y de los amigos de mis hijos. Esos fascículos que se llamaban “La Fauna Maravillosa”, “Animales Extraordinarios"… Después anduve por las bibliotecas grandes: la del Congreso, la Nacional, las de la CONABIP, todas. Terminé en el Museo de Ciencias Naturales de Parque Centenario. En el subsuelo de ese museo trabajaban técnicos del CONICET especialistas en animales. Entrabas y veías frascos con bichos escabechados de todos los tamaños. Técnicos de nivel muy, muy alto… Algunos me dieron bolilla, otros no. La aracnóloga me mostró unas arañas horrorosas que guardaban en frascos de mayonesa Hellmanns… Había un experto en aves argentinas, una ictióloga… Me ayudaron mucho. Regalé algunos libros míos para que vieran que no era una improvisada y que estaba ahí porque quería que el libro tuviera la menor cantidad de errores posible. Yo no era ni naturalista, ni científica… Es lindo buscar, no importa qué.
Cuando Canela me pidió un cuento para la antología 18 de brujas, como no tenía un cuento de brujas, colaboré con un Breve diccionario de brujas famosas e incluí a la Bruja Verón. Fui a la biblioteca de la AFA. (Risas). De fútbol sé tanto como de animales. Había hecho una cita y cuando llegué me tenían ejemplares de El Gráfico con datos sobre la Bruja de la década del ’50. Los necesitaba para escribir tres líneas. Está claro que me divierte. Cuando hicimos Perafán de Palos con Laura Linares encontramos cosas increíbles. Traés personajes al Río de la Plata y no sabés dónde empieza el río, cómo estaban vestidos, qué comían, cómo era el barco… Yo amo los barcos. No podés confundir un bergantín con una fragata. Tenés que “amueblar” el relato. Si desembarcaban en el Delta en 1530, ¿había naranjas? No, no había. Las naranjas recién las cultivaron los jesuitas. En ese sentido el Libro de los prodigios fue un festival. Dejé de leer ficción, leía libros informativos. Para el que está pensando en términos de ficción todo el tiempo, buscando ideas para cuentos o novelas, a veces no es la lectura de cuentos y novelas lo que más te estimula, sino datos sobre bufones, niños con rabo, santas…. La información es muy estimulante. A veces también trae soluciones, ayuda a destrabar el relato. Es un ida y vuelta: para hacer ficción buscás información, y la información te estimula la inventiva. Habría mucho para hablar de esto.  

MM: Queremos escuchar… 

EW: Cuando trabajamos con Graciela estuvimos metidas en el Medioevo los cinco años que nos llevó ese libro. Era fascinante todo. Aprender cómo era la Europa Medieval, que no era la de los monjes ni los caballeros ni las damas con bonete, sino la del comercio, los inventos, el sentido práctico, la aventura… Es enriquecedor. Y es muy lindo poder compartirlo.  

MM: ¿Les llevaste ¡Qué animales!, a la gente del Museo de Ciencias Naturales? 

EW: Cuando salió publicado, sí. Les alcancé ejemplares a los que me habían ayudado. Les llevé la edición “para niños belgas”, como la llamaba Carlos Nine.

MM: ¿Por qué? 

EW: Porque hubo una primera edición cara, que mandaron a imprimir en España y vino por barco. Lindísima, cuadrada. Entonces Nine, en broma, dijo que era para niños belgas. Se supone que los niños belgas son finos. (Risas). En ese momento costaba diecisiete pesos, que eran diecisiete dólares. Así que la editorial muy pronto tuvo que hacer una versión proletaria, que es la que se vende. La otra quedó de adorno. 

MM: ¿Y qué dijeron los científicos? 

EW: No sé, regalé los libros y no volví más. (Risas). 

MM: ¿No esperaste la devolución? 

EW: Por supuesto que no. A ver si empezaban a encontrar errores…

MM: Con 15 de Brujas nos reímos mucho el lunes pasado, cuando aparece Verón, Juan Ramón… 

EW: Es el padre de la Brujita. Aquella vez también estuve en el centro Laurak Bat por la bruja Mary, la gran bruja de los Pirineos. Y en el Centro de Cultura Japonesa, porque hay una bruja japonesa. Y hablé con el creador de Cachavacha… 

MM: ¿García Ferré? 

EW: No, alguien que trabajaba para él, ahora no recuerdo su nombre. Era un dato que me había dado Carlos, mi marido. Tuve una larga conversación telefónica sobre Cachavacha. 

MM: Y en el cuento son cinco líneas… 

EW: Sí, cinco líneas. Por eso sospecho que hay algo perverso en todo esto. (Risas). 

MM: Sí. ¿Se acuerdan de Cachavacha? Te dejo descansar así les leo esto que es buenísimo. Porque de algunas cosas, seguro no se acuerdan. “Nació como personaje de historieta en la revista Anteojito. Es la enemiga tradicional de Hijitus, aliada de los lauchones Larguirucho, Pucho y Serrucho. Y de su jefe, el profesor Neurus. Tiene un búho cómplice que vigila el castillo donde vive. Ella lo llama “Pajarraco”. Su frase mágica es “Chumba Chumbeta”. En un principio era auténticamente malvada. Ahora es casi inofensiva y el búho se volvió sabio”. Me agarro de tus palabras, ¿es cierto que hacía falta ir a hablar con el creador?  

EW: No, pero lo conocía mi marido, que me dijo: “Es Fulano”. Consiguió el teléfono y lo llamé. Ojo, que la charla fue seria. Hablábamos de trabajo, en definitiva.  



MM: ¿Investigaste sobre el circo? Porque voy a decir públicamente que me gusta todo, pero Pollos de Campo es el súmmum. 

EW: Sobre el circo también. A mí no me interesaba el circo como espectáculo, funcionando. Me interesaban los personajes del circo. Entonces los desenganché y me quedé con ellos solos, ahí, al garete, yirando por la provincia de Buenos Aires. Todo empezó porque imaginé una mujer muy grande y un león. El león no está, hay apenas una referencia. La mujer grande sí, es Rita. Una y otra vez se me aparecían esas dos imágenes. Me preguntaba qué hacer con ellas, donde ponerlas. Empezás interrogando a algo que se te ocurrió. Interrogás a la idea, a un personaje; con las respuestas, vas avanzando. En Pollos quise hacer una especie de road movie. Con todas esos personajes pobretones, medio perdedores… Toda la novela tiene un tono sepia, muy retro.

MM: Los vascos que levantan piedras… 

EW: Esa fue otra: en el Centro Laurak Bat, increíble, un empleado flaquito me enseñó los movimientos que hacen para levantar piedras de doscientos kilos. Bueno, tuve mi novela de itinerario, con todos esos caracteres: el oso ambiguo, el mago neurótico, la viejita positivista. Mimí la Elástica es el único que aparece también en otro cuento. Llegué a quererlos.

MM: Son muy amorosos.  

EW: Llegué más o menos a la mitad de la novela, y como ya sabía cómo terminaba, me entró pereza… Entonces me demoré, hice otras cosas, me distraje. Después la retomé y la terminé. Pero sin duda me va más el libro de cuentos cortos que la novela. Creo que tiene que ver con la impaciencia. (Risas). Porque si estás trabajando en un libro que tiene doce cuentos, veinticuatro cuentos, podés saltar de uno a otro. Te atascás con uno y empezás con otro. Después corregís el antepenúltimo. Vas de un texto a otro, como una mosca. Es más entretenido que meterme en una novela que ya sé cómo termina.  

MM: ¿Te suele pasar que sabés cómo termina la novela? 

EW: No tengo muchas novelas, pero en general, sí. Eso de la escritura torrencial, que seguramente les ocurre a otros escritores, a mí no se me da. Trabajo en paños chicos. Y corrijo mucho. Siempre les digo a los chicos en las escuelas que en realidad no escribo, corrijo solamente. Y es verdad. Además quiero dejarles la idea de que la escritura no nos sale con facilidad, ni a ellos ni a mí. 

MM: Ahí te ganás a las maestras, porque siempre te preguntan: “¿Y vos escribís borradores?”. Les encanta que les digas que sí.  

EW: Por supuesto. Pero también aprovecho para decirles a las maestras que dejen que los chicos vuelvan sobre los textos. Que puedan autocorregirse. Que no les den una composición del lunes para el martes. Eso es mortal. Si van a escribir sobre la vaca, pasen dos semanas hablando de las vacas, buscando información sobre las vacas, contando chistes de vacas, empápense de vacas. Después, que escriban. Y dos semanas más tarde, que vuelvan a leer el texto y se fijen si pueden mejorarlo. Y antes de que las clases terminen, maestra, dales la oportunidad de volver a la vaca a ver si pueden mejorarlo aún más, se apropian de él y llegan a quererlo un poco. Porque en definitiva, de eso se trata: de que quieran lo que hacen. No podés ser tan burócrata. Cuando pedís algo de hoy para mañana el chico cumple con la tarea y chau. Trato de hacerles entender a los chicos que yo compongo textos y ellos también. Que mi trabajo no es distinto del que ellos hacen. Tiene los mismos requerimientos: estar estimulado, encontrar información, pasarla bien, corregir. Los artesanos tienen esa posibilidad.



MM: También, ¡los maestros tienen una presión! Si se pasan seis meses con “la vaca” vienen los padres a quejarse y es un problema. 

EW: No te digo seis meses sólo con “la vaca”…, me refiero a que no los despeguen groseramente de lo que hicieron. Que lo den a leer al compañero, lo revisen en perspectiva como si lo hubiera escrito otro.... Lo de la corrección es algo muy extraño… Yo llevo a las editoriales las cosas bastante corregidas. Lo último que ve el autor es la llamada “prueba de página”. Se corrige la primera prueba. Se hace una segunda, a veces una tercera. Y es increíble: hay errores que nadie ve hasta que el texto está impreso. Más que errores, descubrís cosas mejorables.

MM: ¿Y vos volvés, Ema, para desprenderte de ese original que llevás tan corregido, dejás en reposo y volvés al tiempo? 


EW: Sí, hasta que obviamente tenés que soltarlo, porque ya es demasiado. Si lo seguís revisando empezás a estropearlo. Hay una lógica, un límite. Por eso nunca estoy haciendo una sola cosa: estoy con dos o tres al mismo tiempo. Achicás la ansiedad. Cuando lo entrego, se produce un quiebre. Así como hay autores que disfrutan leyendo sus textos en público y hablando de ellos, yo, a menos que me lo pidan con mucho énfasis (risas), no lo hago. Hay un escalón muy fuerte entre la etapa en que no quiero soltarlo y cuando pasó a ser de los lectores.

Comentarios

  1. Disfruté muchisimi esta charla. Gracias Ema!

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