Liliana Bodoc: "Todos sabemos lo que nos pasa cuando un libro nos enamora. "

El lugar desde donde uno se para a mirar el mundo define el mundo que ve, pero también es cierto que la fantasía desde donde se imagina siempre está conectada con lo real. Desde allí comienza a desarrollarse la reflexión de Liliana Bodoc acerca de la escritura de La Saga de los confines. En la charla con Mario Méndez cuenta cómo comenzó a escribir su épica fantástica, cómo fueron los inicios en las editoriales, cuáles fueron las influencias con las que entra en diálogo y de las que se diferencia, a la vez, su propia producción. Contó los detalles de la construcción de su obra y también se refirió a la existencia de la literatura infantil y juvenil entre muchos otros temas. Libro de arena publica la entrevista a Liliana Bodoc, que se dio el 26 de octubre de 2015, en La Nube. La semana próxima saldrá la segunda parte.



Mario Méndez: Buenas tardes.  ¿Cómo están? Somos muchos y es una alegría que seamos muchos. Liliana, muchas gracias por estar acá.

Liliana Bodoc: No, al contrario. Buenas tardes a todos, a todas. Estoy, de verdad, muy feliz de estar otra vez acá. Ya hemos estado otra vez en La Nube. Agradecidísima a todos y a vos, Mario.

MM: Como hacemos cada vez que viene una visita tan importante como Liliana, empiezo haciendo una breve referencia a la biografía, que la voy a tomar de la solapa del último libro que es Tiempo de Dragones, de la nueva saga que es La Profecía Imperfecta, que dice lo siguiente: Liliana nació en Santa Fe el 21 de julio de 1958. Cuando tenía cinco años su familia se trasladó a Mendoza. Antes de completar la escuela secundaria abandonó los estudios, para retomarlos varios años después, ya casada y con dos hijos. Fue entonces que cursó la Licenciatura en Literaturas Modernas en la Universidad Nacional de Cuyo. Luego ejerció como docente de Literatura Española y Argentina  en colegios de la misma universidad. A los cuarenta años editó su primer libro, Los días del venado, primera parte de una trilogía de épica fantástica que se convirtió rápidamente en best seller. La Saga de los Confines siguió con Los días de la sombra y Los días del fuego. Desde entonces continúa escribiendo. Ha publicado catorce obras, entre ellas Memorias Impuras y Presagios de carnaval. Sus libros han sido editados en alemán, francés, holandés, japonés, polaco, inglés e italiano. Ha recibido varios premios, entre ellos el White Ravens, en 2002 y 2013. Bien. Esa es la parte formal, para que quede constancia. El lunes pasado hablábamos de esa anécdota maravillosa de tu irrupción en el mundo de la literatura general (no solo juvenil), de la Argentina, con La Saga de los Confines. Dejaste un manuscrito en Norma, creo que dejaste en otros lugares también, cosa que después se habrán reprochado…

LB:  Se lo dejé a Antonio Santa Ana.

MM: Los editores tienen esa costumbre de exigir que uno deje en un solo lugar y leerlos cuando pueden o cuando quieren. Hasta La Saga de los Confines, ¿no habías escrito otra cosa?

LB: No. Cuando era muy piba escribí sobre todo poesía, de la que no queda más que alguna que otra, que algún familiar, mi hermano sobre todo, guardó especialmente. De hecho fue la primera vez que me puse a escribir pensando en la posibilidad remota para mí, de publicar. Nunca antes había escrito desde ese lugar.

MM: ¿Ya tenías idea de la saga completa cuando dejaste Los días del venado en  Norma?

LB: Sí, porque el brote había sido fuerte. (Risas). No solo había una épica fantástica, sino que yo tenía pensada, decidida la trilogía. Lo que sí pasó, fue que cuando terminé de escribir Los días del venado, me vine a Buenos Aires para buscar donde hacer la edición mientras escribía la Sombra.

MM: El lunes les contaba que Antonio Santa Ana cuenta (incluso está en Entrelíneas, el libro de las entrevistas), que estaba esperando una llamada telefónica y agarró el manuscrito que estaba arriba de todos, y empezó a leerlo y no pudo parar. Y que trató de buscarte enloquecidamente y vos no le contestabas.

Asistente: Cuando Antonio estuvo acá contó que al manuscrito impreso le faltaba un renglón abajo. Entonces leía cosas que no entendía porque le faltaba un renglón.

LB: Esa yo no la sabía. Sí sé que me faltaba la muerte de uno de los personajes. Se me había traspapelado la hoja en la fotocopia. Entonces el vio a Dulkancellin vivo y de pronto lo estaban llorando, entonces se enloqueció. Él se enloquece fácil. Y no entendía qué había pasado, cuándo se había muerto. Después de eso, la cantidad de reproches que me hizo y me sigue haciendo. Pero lo que seguro no les contó, y fue una de las primeras cosas que me dijo a mí (después de decirme que quería editar la saga, y yo estaba felicísima, porque todas las editoriales me habían dicho que no), fue que había recibido La Saga de los Confines, y que estaba “fumando” en la vereda. Por eso me atendió él personalmente. Vieron que fuma, fuma, fuma. Estaba en la puerta y cuando llegué me preguntó adónde iba. Y cuando le dije me lo recibió él. Y me dijo que lo había recibido porque yo parecía la señora Ingalls. (Risas). Yo iba con polleras hindúes y esas cosas que me siguen encantando. El tono del interior habrá sido. Me dijo que parecía la señora Ingalls que había escrito una épica fantástica. (Risas).

MM: ¿Vos le dijiste ahí que lo que llevabas era épica fantástica?

LB: Sí. No sé muy bien lo que dije. Ni ahí ni en ninguna de las editoriales a las que pude acceder.

MM: ¿En otras editoriales lo rechazaron sin leerlo o lo habían leído?


LB: En la mayoría no me lo recibieron. Me dijeron que lo mandara a un concurso. En algunas lo leyeron y me dijeron que no, por ejemplo en Grijalbo. Concretamente, que no se iba a vender. Pero bueno, por lo menos me dieron una respuesta. Ya eso era una suerte. Se agradecía.

MM: Así que ya estaba toda la saga pensada. ¿Cómo surge esta idea tan original? Porque sagas y fantasy, hay varios. Imaginamos en cuáles habrás abrevado. Pero la relación con América y la Conquista es absolutamente original. ¿Cómo fue eso?

LB: Bueno, disculpen si alguno ya escuchó esto, porque tiene que ver con mi proceso de escritura de la saga. Por un lado, la lectura de Tolkien, que desde un punto de vista literario me conmovió, me maravilló. El típico libro que uno no quiere que termine. Todos sabemos lo que nos pasa cuando un libro nos enamora. Sin embargo, me alejó desde lo ideológico. Desde la percepción del mundo que Tolkien propone. Todas las épicas proponen una visión del mundo. Me parece que tiene que ver con el género. Y el de Tolkien es ario, es eurocéntrico, es patriarcal, es eclesiástico. Pero sobre todo, racista. En la lectura simbólica de El señor de los anillos hay una enorme cantidad de marcas que ponen en paralelo algunas características físicas con virtudes espirituales. El caso más claro es que los hobbits empiezan a crecer en altura cuando empiezan a ser mejores o más virtuosos. Eso a mí me enojó un poco y me hizo pensar adónde plantar el escenario de una épica fantástica. En qué lugar de mi corazón, mi conocimiento, mi historia. Y claramente surgió la Conquista de América como fundacional de lo que hoy somos. Ahí surgió.

MM: Qué bueno hubiera sido que se organizaran para defenderse así. ¿No?

LB: Siempre digo que para escribir literatura fantástica hay que encontrar un por qué. Si no, pasa a ser como un decorado, un adorno, un rebuscamiento. Y esto que vos decís, Mario, fue el motivo que elegí escribir en un registro fantástico la historia de la Conquista. Para cambiarla. Eso es lo que permite la literatura fantástica.

MM: Tomaste a los vikingos, que supuestamente llegaron antes. Y el lunes pasado hablábamos de los husihuilkes. Algunos decíamos que son del sur, tehuelches o mapuches. Y otros, los mal llamados pieles rojas. ¿Vos con quién los relacionaste?

LB: La verdad es que me referencié con los mapuches. Mis lecturas, mi bibliografía tuvo que ver con los mapuches. Los nombres son de origen mapuche. Si buscás en un diccionario mapuche encontrás Wilkilén, Kush, Kume, Kupuka… Con la salvedad de que después eso se miente absolutamente. Porque no hay nada que un antropólogo pudiera afirmar, en la reconstrucción ficcional de los mapuches.

MM: ¿Y la incorporación de los Pastores, que son prácticamente árabes, o pueblos del desierto?

LB: Cuando uno escribe está intentando manejar símbolos, conscientemente. El Sur, el Norte, el color de la piel… Y siempre algún símbolo te hace una zancadilla. Y esos se me fueron para los árabes y para los musulmanes, cosa que no hubiera elegido. Porque además, alguna vez me hice musulmana. Mala musulmana, con unas diferencias enormes. Jamás los hubiera elegido. A pesar de que después se reivindican en la historia.

MM: Quizá la parte más emocionante de la saga. Cómo se dan vuelta (perdón si no lo leyeron, por el spoiler), es maravilloso.

LB: Sí. Pero la verdad es que el símbolo de los pastores apareció porque los visualicé como en Atacama. Pero es verdad que la mayoría de la gente los lee como bereberes.

MM: Lo demás está más o menos claro. Los Señores del Sol son los aztecas…

LB: Los sideresios son los españoles, los zitzahay son los mayas…

MM: ¿Y los lulus de dónde son?

LB: Los lulus pertenecen a la mitología mapuche. Pero ahí son antropomórficos. Son hombrecitos chiquititos. Como enanitos que bajan de las montañas y molestan. Lo que pasa es que, en este caso, a mí me interesó intentar abrir el juego y no restringirlo a la especie humana. Sí, es cierto que los animales y los ríos y los árboles juegan un papel, pero convengamos en que es un papel secundario. Entonces, necesitaba otro pueblo ahí. Convocar otro pueblo que no fuera humano. Y me pareció que los lulus podían ser.

MM: Pero los limpiaste pronto. ¿Por alguna razón?

LB: Sí, porque me parece que los lulus tienen que ver con esa decisión que a veces algunos pueblos toman (pueblos o individuos), de decir que se van íntegros. “A mí no me tocan. Yo me inmolo”. Pienso en Massada, por ejemplo. Un poco por esto elegí a los pobres lulus.



MM: En el segundo, Los días de la sombra, la muerte toma un lugar muy importante. ¿Cómo lograste trabajar eso?

LB: Yo creo que es el gran tema de todos los días. Y a medida que pasan los años con más razón. Creo que no hay día (al menos me pasa a mí), en el que por una cosa o por otra, de una manera o de otra, en el que no piense en la instancia de la desaparición. Es dura, y claramente nos hace repensar absolutamente todo, todo el tiempo. Tomar decisiones. No tomar decisiones. Me recuerdo muy chiquita preguntándole a mi papá por la muerte. Claramente tuve una historia con eso, que haciendo mala psicología puedo atribuírsela a que mi mamá murió cuando estaba sola con ella. Era muy chiquita, tenía seis años. Las dos solitas y ella murió de un infarto. También desde los pueblos originarios vino una respuesta consoladora. No estoy diciendo con esto que la tenga hecha carne y que no le tenga miedo a la muerte, sino que uno tiene herramientas para pensarla de otra manera. Para pensarla como un regreso, como un acto indispensable de generosidad para que los otros continúen.

MM: Perdimos en nuestra cultura eso que vos rescatás, que es la relación natural con la muerte que tenían los pueblos originarios. ¿No?

LB: Sí. Creo que perdimos. Como ando escuchando mucho a los antropólogos últimamente, esas personitas maravillosas que todo lo problematizan y (está muy bien), entiendo que lo que quedó de ellos quedó estático. Ni yo ni nadie sabe qué hubiera pasado con esas civilizaciones si hubieran seguido desarrollándose. Es como que se sacó una foto. Quedó eso de los pueblos originarios. Que posiblemente, por necesidades económicas, de población o vaya a saber por qué, esas condiciones hubieran podido degradarse. A nosotros nos gusta pensarlo así. Para bien y para mal. Ahí hay un tema que está buenísimo pensar, y es que somos la única cultura que nos permitimos cambiar y seguir siendo nosotros. Que un mapuche no vaya a comprarse un celular, porque ya no es mapuche. Nosotros, sí. Podemos usar celular y seguimos siendo quiénes somos. Hay una cosa muy prepotente y muy cruel. “Si vos querés que yo te siga llamando mapuche, andá en patas, no uses celular”… Hay una cosa muy compleja en eso. Haciendo esa salvedad, es aquello que uno atesoró y a la vez endureció.



MM: Es la foto.

LB: Es la foto, que nos sirve como virtud, como potencia para mejorarnos, para transformar, para pensar otro mundo. No quiere decir que hoy los pueblos originarios puedan hacer eso que hacen los husihuilkes.

MM: En la segunda saga, que es La profecía imperfecta-Tiempo de dragones, la cosa cambia. Ya no hay América, o por lo menos no nos descubren. Hay desplazamientos de un continente hacia otro y un cambio de eje, quizá. ¿Cómo lo pensaste? ¿Qué relaciones hay con la historia?

LB: Ahí hubo una tarea que en primer lugar pasó por “escribir dragones”, cosa que no había hecho nunca y que ni siquiera había pensado. Tenía que creerme los dragones, en primer lugar. Uno no puede escribir algo que no se le haga verosímil de alguna manera. La primera tarea del escritor es la de hacerse verosímil lo que va a escribir, creérselo. Y yo, que no tenía mucha relación con los dragones, tuve que pensarlo, buscar bibliografía, leer, trabajarlos hasta decir que en un dragón podía creer. Es un dragón que no habla. Y que atraviesa por atrás la novela. Ni en esta primera parte ni en ninguna de las que vendrán. Según mi plan van a ser cuatro. Y van a ser casi símbolos de un devenir de la humanidad.

MM: ¿Por qué te impusiste los dragones?

LB: Esto surgió, en primera lugar de una conversación con Ciruelo  (mucha conversación) y de las ganas de hacer un trabajo juntos. Empezó queriendo ser un guión cinematográfico. Lo fue, de hecho. El camino de lo cinematográfico está ahí. Es complicado, largo, costoso…

MM: ¿Está abierto? ¿Lo están leyendo algunos productores?

LB: Sí. Está en manos de la misma persona que nos convocó a Ciruelo y a mí para esto. Pero va, claramente, mucho más despacio que la escritura. Lo que a mí me pasó, fue que al momento de escribir el guión cinematográfico  como no soy especialista, tuve que aprender y sobre todo desaprender, porque los que escribimos narrativa necesitamos espacios que el guión no te permite. Sufrí mucho en ese intento. Pero, sobre todo, no logré construir el imaginario, no logré desplegar el mundo para después extraer. Entonces hablé con Ciruelo y con el productor, Fernando Sirianni Y les dije que así no iba. Que necesitaba armar el mundo completo para después volverlo guión. Felizmente se pudo hacer. Apareció la editorial, así que ahora solamente estoy escribiendo las novelas. Llegará el momento, si es que llega, de guionar esta primera parte.

MM: ¿Y en esa conversación original era una condición que hubiese dragones?

LB: Sí, porque la idea era unir los dragones de Ciruelo a mi palabra. En Hadas y Dragones, Ciruelo ya había traído sus dragones al continente americano, en ese libro los dragones están en un continente que claramente es América. Además, él lo dijo. La idea fue juntar su imagen con mi prosa. En la peli, claramente, lo de Ciruelo sería lo más importante. La novela está ahí, acompañando una imagen. Si un día llega a hacerse película va a ser su territorio, no le mío.

MM: Va a ser animada…

LB: Claro, claro.

MM: En esta segunda saga, igual que la primera con los zitzahay, hay otra vez un pueblo de gente pequeñita que se convierte en héroe. Eso de contradecir la imagen europea del tipo grandote… ¿sale del Caribe?

LB: Tal cual. Exactamente. Son pueblos cazadores, recolectores de la zona del Caribe. Ya verán que hay mucha antropología. Y los que vienen ya tienen más que ver con Europa Oriental. Con Rumania, con Hungría, con los gitanos…

MM: Los pastores…

LB: Exactamente. Vienen más de ese lugar, simbólicamente. El imaginario está puesto ahí. Porque además es riquísimo todo lo que se cuenta y todo lo que se dice, el lenguaje de esos pueblos. Con un Drácula por atrás… Los dragones y Drácula. Por eso, de alguna manera, los traje desde ese lugar.

MM: ¿Y los Tzarus?

LB: Los Tzarus son los alquimistas. Son los que de alguna manera sostuvieron o pretendieron sostener el pensamiento, la ciencia… Con todo lo que se perdió, también, en esa prepotencia cientificista.

MM: Es muy interesante, y me imagino que te habrá costado, que la alianza se da entre los Tzarus y los Dratewkas…

LB: Quizá porque uno tiene la necesidad de no repetirse, hasta donde puede, en esta novela quise hacerla más gris. La saga, tiene un planteo primario absolutamente maniqueo. Esto está bien y esto está mal, ya está. El odio contra el amor. Yo me río, porque pienso, cuánto de lo que uno transita en la vida en estos años, cuánto de lo que uno aprende, después está en los libros. Yo ahora leo La Saga de los Confines, y a veces digo: “La pucha, qué patriarcal”. Muy patriarcal. Hay cosas que hoy yo no volvería a escribir. Hablo siempre del final… “El odio retrocede cuando los hombres cantan”. Es muy dual ese pensamiento. Blanco o negro. Bien o mal. Arriba y abajo. Y con los años, uno por suerte aprende. Aprendí del pensamiento de la diversidad. Hay un recorrido de pensamiento. Y en esta saga hay un poco de eso. Los arayés son así. No entienden el número dos. Son un pueblo que no puede entender la dicotomía. Eso es un poco una autocrítica. A partir de ese pequeño núcleo construí esa cultura ficcional de gente que no entiende lo dual.

MM: Algo que me llamó la atención, es que se repiten acá los pastores, esos medio bereberes de la primera saga, con algo que en general uno no pone en los pastores: la brutalidad, la maldad… En los Confines, el único pueblo traidor es el de los pastores. Los Dratewkas son pastores y son muy crueles. ¿Por qué? ¿Lo pensaste?

LB: No. No sé… Andá a saber si hay algo ahí, algún pastor que me cagó la vida (risas), andá a saber si hay algún símbolo ahí, subsumido, que yo no puedo reconocer. Pero sí te puedo decir que en la bibliografía que leí para escribir Tiempo de Dragones, el paso de los pueblos nómades a los pueblos sedentarios y agrícolas fue durísimo y muy cruel. Hay unas historias increíbles. Eso es un poco lo que intento representar con los Dratewkas que ya se están afincando. Son los pastores que dejan de serlo, muy de a poco para empezar a afincarse. Y todo lo que eso significó en la historia verdadera de la especie. Pero por ahí hay algo con los pastores. Sin embargo no me caen mal (Risas).

MM: Volviendo al principio. Año ’99 o 2000, sale La Saga de los Confines. De pronto, me preguntaba, como en la pregunta de Susanita de cómo es irrumpir en la vida de un hombre, vos irrumpiste en el mundo de la literatura vernácula. De la LIJ y de la otra. ¿Cómo lo viviste?

LB: Voy a ser absolutamente sincera. Lo viví con mucha tranquilidad. Quizá porque estaba en Mendoza. Parece que no, pero estando acá todo se escucha más cerca. Todo asusta más y uno se siente como tironeado. A mí me pasa a veces que me asusta estar acá, porque tengo miedo de que todo empiece a parecerme poco. Porque se empieza a notar muy rápido lo que falta. Lo pasé en Mendoza. Las noticias me llegaban de a poquito. Que la saga se vendía, que se seguía vendiendo, que sí  iba a salir la segunda parte… Porque de entrada Antonio me lo dijo, que íbamos a sacar la primera parte pero que no sabíamos qué iba a pasar. Una vez, cuando me invitaron a un primer congreso en el sur, y estaba muy, pero muy nerviosa, muy asustada, pero muy (risas), no sé lo que habré dicho pero me acuerdo de que estaba María Teresa Andruetto, que con mucho cariño me abrazó y me dijo que ya iba a aprender a defenderme. Cosa que agradezco mucho, porque si no hay cosas que pueden interferir en la escritura.



MM: El lunes pasado, yo les recordaba una frase hermosa que vos tomaste. Que al principio tu irrupción causó como desconfianza. Cuando algo se vende y es exitoso y de pronto apareció de la nada, en el mundillo pasa eso. Y vos dijiste que hay un proverbio musulmán que habla de que es fácil condolerse del dolor ajeno, pero muy difícil alegrarse con la alegría ajena. Como que costaba asimilar tu éxito. ¿Vos percibiste eso?

LB: Desdichadamente sí. No entre mi familia, pero quizá en el ambiente literario mendocino, fue complicado. Porque pasa de todo. Pasa que hay mucha gente que viene escribiendo, y escribiendo maravillosamente durante muchos años y a las editoriales no llegan. Y de pronto aparece esta doña que escribió un libro de literatura fantástica, que además salió como literatura juvenil. Convengamos que son todos tópicos que contribuyen a “degradar” el hecho literario. Además hay una cosa de dolor que uno también entiende, lo conversa, lo habla. Después pasó. Ahora tengo amigos entre los escritores mendocinos.

MM: Lo bueno es que pudiste entenderlos.

LB: Después. Una de las cosas más dolorosas que me pasó en este punto, fue que una mañana me llama Antonio Santa Ana, y me dice que no me preocupe, pero que hicieron una denuncia de plagio. Le pregunté quién, y me dice que Raúl Lilloy, un escritor mendocino. Te lo digo, por la vendetta siciliana. Soy siciliana. (Risas). Le dije que no sabía quién era. Y Antonio me dice que nadie sabe quién es, pero que escribió un libro. Fue tanto el dolor y tanta la angustia que creí que lo había plagiado sin querer. Y cuando agarré el libro que se llama Kolón, (con K, la justificación era la K), y no habla de la Conquista, sino de un originario de América que llevan a España. Y es una novela muy erótica, sobre el amorío de un originario con la reina. La editorial se preocupó. Y felizmente el primer informe fue aplastante. Pero me acuerdo de tenerlo y de leerlo, pensando en si había podido plagiarlo sin querer. Si sin querer, había escrito una historia igual a esa. Empecé a leerlo así, pero leí dos páginas y me tranquilicé, porque no tenía absolutamente nada que ver. Había tres o cuatro argumentos: la K, que tenía que ver con la Conquista, y que se usaba el color negro para representar el mal. (Risas).

Asistente: No se puede escribir sobre la Conquista.

LB: Claro. Pero además, como si fueran las primeras novelas sobre la Conquista, las últimas, no importa. Pero eso me dolió enormemente, me dio mucha tristeza, mucha rabia. Mi abuelo me enseñó que el nombre hay que cuidarlo. Después pasó.

MM: ¿Lo viste al escritor?

LB: Quise, pero no. (Risas). Mendoza es chiquita. Lo llamé por teléfono para preguntarle por qué había hecho eso. No me atendió, pero llamó inmediatamente a la editorial. Y me llamó Antonio: “La puta madre que te parió, te voy a matar”. (Risas). Fue una cosa…

MM: Otra de las anécdotas que he usado, hablando de la relación con los editores, fue cuando recibiste el premio El Barco de Vapor por El espejo africano y en el escenario del Konex dijiste que los libros terminan en la edición y agradeciste públicamente a “las dos Lauras”, a Linzuain y a Leibiker. ¿Cómo es tu relación en general con los editores? Más allá de Antonio que te putea, y eso.

LB: Sí, pero igual le agradezco. La institución de la editorial es un tema. Sobre todo cuando está puesta al servicio de vender literatura infantil y juvenil. Porque (vos también debés saberlo, Mario), empiezan a jugar un montón de problemas que tienen que ver con la censura. De la escuela, de los papás de los nenes que no quieren que te lean… Es un mundo que poco y nada tiene que ver con lo literario. Sin embargo, tengo un montón de anécdotas, agradecida de las lecturas de mis editores, que casi siempre fueron muy atinadas, muy amorosas, y que echaron luz sobre distintas cosas. Desde errores pequeños, por ejemplo, en Diciembre súper álbum, Santiago se iba a comprar medio kilo de queso, y cuando llegaba al almacén compraba medio kilo de manteca. Desde eso, hasta lecturas que ayudaron a iluminar más profundamente alguna parte de la escritura. En general suelo escuchar mucho las devoluciones y las críticas, convencida de que allí donde alguien pone el dedo, no importa que no sea eso que está señalando, pero seguro que hay algo para ver. Si me preguntan por qué es El perro del peregrino y no el gato… bueno, no. Pero ahí donde algo molestó, si como escritora pongo el ojo, digo que siempre hay algo. En general, tengo que agradecer las lecturas. Obviamente, no siempre se acepta todo, a veces discutimos un ratito.

MM: Recién mencionaste lo de la literatura infantil y juvenil. La Saga de los Confines, para mí, no es una literatura exclusiva para jóvenes, ni mucho menos. Cuando vos la llevaste a Norma, ¿pensabas que iba a ser para jóvenes? ¿Lo tenías pensado así?

LB: No. Cuando escribí La Saga de los Confines, de ninguna manera pensé que estaba escribiendo literatura juvenil. Porque lamentablemente, habiendo pasado por las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras, la literatura juvenil no existía, excepto los clásicos.  Y sigue siendo un poco así, por lo menos en Mendoza. No lo tenía en la cabeza. Pasó lo que les conté. Fue Antonio el que la recibió, fue Antonio el que quiso editarla, y entró por ahí. Pero en ese sentido, él fue absolutamente respetuoso y solo una vez me hizo un chiste. No sé si era un chiste o no, pero en la segunda parte, cuando aparecen los Brujos, está el Masticador, que es este que mastica yuyos, me dijo: “Mmmm el Masticador en la escuela…”, pero nada, no importa. Le dije que el Masticador quedaba, y ahí está.

MM: ¿La saga entra en los colegios?

LB: Entra. Sobre todo el Venado. Yo quiero que los profes les tiran el Venado y después los chicos, si quieren, siguen con las otras. Y me parece prudente, porque la saga completa puede ser complicada.

MM: Porque hay mucho para leer además.

LB: Sí. Es mucho para leer.

MM: Nuestra común amiga Márgara Averbach en una de las entrevistas, dice que vos sos su faro, que ella aprendió con vos. Y dice que la literatura juvenil no existe. Y ha habido mucha discusión acá, con los especialistas, con editores y con los autores y autoras que vinieron. ¿Vos qué opinás?

LB: Yo digo que sí. No sé si tajantemente. Creo que no es fácil trazar los límites. Es muy fácil que un libro de la literatura fantástica se dispare para el mundo adulto o viceversa. Pasa también con libros de Ítalo Calvino, con Crónica de una muerte anunciada, libros que cruzan. Pero yo digo que sí. Creo que esto tiene que ver con la posibilidad de comunicarse con el lector. Creo que la literatura infantil y juvenil, sin dejar de ser una propuesta estética con el lenguaje, tiene que proponerse una comunicación con su lector. Tiene que permitir que el lector entre en crisis con el texto. No crisis de tirarse de los pelos, sino de poder interpelar el texto, poder dialogar, poder discutir el texto. Poder decirle: “Vos y yo estamos en el mismo lugar”. Me parece que eso el lector lo necesita. Y para eso necesita literatura juvenil. Si yo le doy un libro de Samuel Beckett, el libro va a estar “allá”. Por un tema existencial, además. No de inteligencia o de sensibilidad. De masa existencial, de vida transitada. Entonces, a mí una lectura así, no me parece razonable. Yo la pienso como una pared a la literatura infantil y juvenil. Tengo mi metáfora.

MM: ¿Cómo es?

LB: Digo que no tiene que ser un muro tan bajo que no exista el otro lado, ni tan alto que por mucho que el niño se empine y le sangre la punta de los pies, no logre ver una maldita cosa detrás. Creo que el niño tiene que empinarse, tiene que colgarse, y una uñita del amanecer tiene que ver. Eso es lo que me propongo con mis textos. Ni así de chiquito… ni hasta allá. Porque puede ser profundamente frustrante. Así que yo sí creo que existe.

Comentarios

  1. Excelente entrevista. El año pasado hice mi tesis de licenciatura sobre la Saga de los Confines y me encanta este tipo de literatura. En mi propia creación Bodoc ha sido como una maestra para mí.

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