Laura Ávila y Ricardo Lesser:"Si hay alguna verdad en lo que uno escribe, sale sola sin que uno la fuerce."
La anatomía de la patria, la delimitación de las identidades, la forma que adoptan los eventos históricos como relato, son asunto literario. La segunda parte de la charla con Laura Ávila y Ricardo Lesser inicia con el comentario sobre un hecho relegado al olvido: el del Congreso de los pueblos libres, encabezado por Artigas, paralelo al de Tucumán. Los autores hablaron de sus perspectivas en cuanto a los hechos históricos y la relación con la ficción y hacia el final leyeron parte de sus obras. El encuentro que formó parte del Ciclo del Bicentenario en la Literatura Infantil y Juvenil se llevó a cabo en La nube, el lunes 22 de agosto de 2016.
Mario Méndez: En los libros de ustedes, se hace una mención (que no encontré en los otros libros publicados por esta fecha), al Congreso paralelo que se estaba haciendo en el Arroyo de la China. Y vos, Ricardo, en el tuyo hablás del Pacto Federal. ¿Qué pueden contarnos de ese Congreso paralelo, soslayado en la historia?
Laura Ávila:
Hay dos cosas
con respecto a eso. Como yo veo a la
historia como una construcción, hay que pensar por qué de todos los congresos
para hacer una constitución que se hicieron en el país, por qué está
“viralizado” el Congreso de Tucumán y no el Congreso de Oriente, que es el que
hizo Artigas en el Litoral, el Congreso de los Pueblos Libres. ¿Por qué a la
hora de historiar estos hechos que pasaron casi al mismo tiempo se elige contar
el Congreso de Tucumán? Porque era el que estaba más acorde con las ideas de
Buenos Aires, el que tenía los diputados porteños que eran los que querían
tener la sartén por el mango.
El Congreso hecho en Tucumán, se hace después de una larga lista de
acciones. Hay un texto de Moreno en La Gaceta, que se llama Miras acerca del
Congreso que va a constituirse, que es de 1810. Ya estaba pidiendo el Congreso
ahí. Pasó la Asamblea del año XIII, que fue un intento de Congreso
Constituyente. Y después vinieron estos dos. El de Artigas y el del resto de
las Provincias Unidas. Creo que los dos fueron importantes pero que tenían
proyectos diferentes de país. El proyecto de Artigas era federalista, tenía en
cuenta la autonomía de las provincias. Y el de Tucumán, a pesar de que había
cordobeses que estaban a favor de ese proyecto federalista, y gente de lo que
hoy sería Bolivia, que vino también con esa idea de “patria federal”, estaba
fuertemente atravesado por los intereses de Buenos Aires. Para mí, terminaron
ganando esos intereses y por eso se recupera la imagen del Congreso de Tucumán.
A la hora de la verdad, vamos a ser sinceros, no se resolvió nada en ese
Congreso, no hubo grandes cambios. Lo único que se hizo fue declarar la
Independencia que ya se venía anunciando sola. Los cambios de fondo que se
pedían no fueron posibles. De hecho, la Constitución que se editó unos años más
tarde en Buenos Aires, en 1819, se hizo porque lograron trasladar el Congreso
acá, y la Constitución que se hizo fue la unitaria. Para mí, se elige
arbitrariamente contar una de dos cosas que sucedieron al mismo tiempo.
Ricardo Lesser:
Yo agregaría que
Artigas encarnaba un modo de producción más adecuado a los recursos disponibles
que Buenos Aires, que era el puerto. De nuevo la renta aduanera, en definitiva.
Artigas era todo lo contrario. No solo federal, sino que se basaba en el
recurso de la tierra. A contrapelo de lo que después ocurrió.
LA:
Esa visión
economista es la base de esta idea que estoy diciendo. Se completa viéndolo
así.
RL:
Una de las cosas
curiosas que me pasó cuando terminé mi libro, fue que yo hablaba de los
unitarios todo el tiempo. ¿Por qué? ¿Qué me pasó? Que yo hablo de Tucumán de la élite tucumana
y sus personajes. Y ocurre que toda esta gente termina siendo unitaria. Tampoco
es casualidad. Que el Congreso de
Tucumán haya derivado en una de las primeras provincias que entra en una guerra
civil, no es casualidad.
MM:
Con esto de contar
desde la literatura lo del Congreso de los Pueblos Libres, leo:
“Doña Francisca
sorbió su mate pensativa: “Mis diputados cuyanos me pagaron sin rechistar. A
ellos los sostiene su gobernador, ese tal San
Martín. Pero el resto de los congresales no tiene con qué vivir, y menos los de
las provincias enemigas”. Trinidad interrumpió: ¿Provincias enemigas, doña
Francisca? “Callate Chinita.”, le
dijeron los dos al mismo tiempo. Pero doña Francisca condescendió a
explicarle: “Hay provincias que mandaron a sus diputados aunque sus
gobernadores no estaban de acuerdo con el Congreso”. “Ah, bueno”. “Y también
hay provincias que mantienen su propio congreso” añadió Monsieur Fermín. “¿Pero
cuántos congresos hay? preguntó, confundida, Trinidad.
“Artigas, el rebelde oriental, tiene funcionando uno en el Litoral. Por eso,
pueblos como el de Entre Ríos no mandan sus diputados al nuestro. Ya tienen su
propio país en el Arroyo de la China”. Trinidad casi tiró el mate, muy
sorprendida. “¿Hay un arroyo para las chinas?” Monsieur Fermín lanzó una risita
casi tan seca como él. “No es un arroyo, es un pueblo. Pero no te entusiasmes.
Está muy lejos”. Más claro, agua.
Y además, esta manera de contar. Lo que decía Laura, contarlo atractivo.
Trinidad es una nena, se sorprende. Ese juego con el arroyo de las chinas, (a
ella le dicen China), es perfectamente verosímil. Y menciona un congreso que no
aparece en ninguno de los otros libros. En el mío, tampoco. Hablamos de Tucumán
que, a la larga, fue el congreso de los unitarios.
Asistente:
Tampoco está
demasiado divulgado que para desafiar al Congreso de los Pueblos Libres, otros
se alían con el imperio portugués. Gracias a los portugueses del Brasil, es
derrotado Artigas.
MM: ES difícil pero te sale bien. Así que seguí haciéndolo. (Risas). Hay un episodio (para evocar el lado menos solemne), que los dos toman. Y es que en aquel famoso baile del 10 de julio se conocen Belgrano y Dolores Helguero. Y ahí coinciden los dos, así que calculo que esto está en Mitre también.
RL:
No.
LA:
En realidad, no.
MM:
¿Cómo es?
Cuéntennos.
RL:
Belgrano tenía un
compadre, que era Helguero, en cuya casa
prácticamente paraba, porque si no vivía en la Ciudadela, a un kilómetro de San
Miguel de Tucumán. Era aburridísimo Tucumán en ese momento, así que se lo
pasaban de tertulia en tertulia. La tertulia preferida de Belgrano era la de
Helguero, que era el compadre. A tal punto lo era, que cuando él vuelve, ya
enfermo y a punto de morir, de Tucumán a Buenos Aires, escribe y le manda
saludos a la comadre. Eran prácticamente de la familia, casi parientes. Y a la
hija la había conocido cuando era una mocosita. Yo hago la ficción de que la
encuentra en el baile, pero debe haberla reencontrado en cualquier otro momento
desde que llega a Tucumán.
LA:
En mi libro la
encuentra en una especie de recepción que le hacen en la casa de Francisca.
RL:
Lo más probable es
eso. A mí me venía bien el baile.
LA:
Todo el mundo repite
que se prendaron en ese baile. La imagen que quedó es la de ellos bailando ese
día.
RL:
Además, el tema de
la Condición, es cierto…
MM:
Eso quiero leerlo.
Más allá de que la reflexión que me produce es que es jodido como compadre Belgrano (Risas).
RL:
Eran cosas que
pasaban…
MM:
Sí, siguen pasando.
LA:
Igual, es un
misterio que él no se haya casado con esa chica.
MM:
¿Por qué?
LA:
Tenían una relación
tan cercana…
MM:
¿Era mucho más
grande Belgrano? ¿Qué edad tenía en ese momento?
RL:
Cuarenta y seis,
cuarenta y siete.
MM:
Les leo, primero,
cómo lo cuenta Ricardo. Lo pongo en contexto; cuenta que Belgrano tiene las
piernas muy hinchadas, no sé qué problema tendría.
RL:
Hidropesía.
MM:
“Mi general”, le dice Gregorio Aráoz de
Lamadrid, “la gente espera que
usted abra el baile”. “¿Yo? No
acostumbro”, respondió pensando en su sufrimiento. Está
muy bien contado, las botas lo están torturando, tiene las piernas hinchadas,
no quiere ni moverse. “Justamente es la costumbre, mi general.
Las damas tomarían como un desaire que usted no bailase”. “Bueno, está bien.
Bailaré pero con una condición: que la música sea suave y lenta. Elija una
joven e invítela a bailar conmigo la primera danza”. Ni bien Lamadrid
miró hacia donde estaban las
damas, hubo un revoloteo de niñas y no tan niñas, ya que todas se dieron cuenta
de que podían llegar a ser la elegida.
Alguna se acomodó los bucles, otra se alisó las faldas, y no faltó la que
detuviera sus ojos en el general de manera codiciosa. Pero
Lamadrid enfiló derechamente hacia el rincón donde estaba Solana Gainzo, una
niña que era su nombre. Solana es el sitio donde el sol da de lleno. Y así era
Solanita. Un sol. El general le ofreció la mano, fueron hasta el centro del
salón y se colocaron en posición de firmes. Belgrano
con el pie derecho, el que menos le dolía, ligeramente adelantado. Los Dragones
empezaron a tocar. Vaya a saber cómo se las ingenió el pobre director de la
banda. Hay toda una
descripción anterior acerca de lo malos que eran los músicos de la banda. “Mezcló un poco de
gavota con otro poco de minué, todo a ritmo lento, pausado. No le salió mal.
Desde entonces, aquella mezcolanza musical se conoce como la condición. La
Condición del General. Con el último acorde, Belgrano hizo una
pequeña reverencia a Solana y la acompañó hasta donde estaba su madre. Doña
María Francisca amagó con iniciar una conversación, pero él realizó una
oportuna retirada estratégica y la dejó con la palabra en la boca. Cruzó
elegantemente el salón y se desplomó en el primer sillón que
encontró. Los pies le dolían terriblemente. Le pidió a un mocito que andaba por
ahí, un tal Arcadio Talavera creyó recordar que se llamaba, que le hiciera la
merced de traerle un aguardiente. Las botas eran una tortura. De pronto, vio
como una aparición. Por el pasillo avanzaba una mujer. Era deslumbrante. Detrás
de ella un candelabro de pie recortaba de luz su figura. Llevaba un vestido
imperio, una sencilla túnica de talle alto al modo de Josefina Bonaparte, bajo la cual se le
adivinaba el cuerpo esbelto. Sintió que la conocía, pero no pudo recordar de
dónde. Esos bucles rubios, esos ojos café. Al lado de la espléndida joven iba
un hombre mayor, quizá su padre. Pero si era don Victoriano Helguero, entonces
ella debía ser María de los Dolores.
A partir de ahí,
Belgrano no se separa más en el baile de Dolores Helguero. Y lo cuenta Laura
también, para que vean las dos maneras:
“Manuel Belgrano
estaba tomando aguardiente de Londres, acodado contra una mesita esquinera. Estaba tan
conmovido por la declaración de la Independencia que había costado tanto, que
no oyó a Dolores que se
acercaba mostrándole su abanico. “General…” Belgrano la vio y casi se tiró el
aguardiente encima. (Risas). Fíjense
la coincidencia… en el tuyo se queda deslumbrado con esa aparición
deslumbrante. Acá, casi se tira el aguardiente encima. Estaba muy linda Dolores
Helguero. Belgrano entonces le dice: “Niña…” “No soy una niña,
general”, aclara Dolores. Dolores lo miró
con una sonrisa. Belgrano se la devolvió casi sin
querer. “Niña, está lleno de hombres jóvenes en la sala, ¿por qué no baila con
alguno?” “Tengo una pieza libre en mi abanico”, dijo ella, “Quiero bailarla con
usted”. Y bueno, a partir
de ahí…
Asistente:
Tenía fama de
conquistador.
Asistente:
¿Cuántos años tenía
Dolores?
LA:
Dieciocho.
MM:
Era de armas tomar.
Además si era tan deslumbrante…
RL:
Hay otra anécdota
muy divertida. Cuenta la hija, Manuela, que en un momento, ella viene después a
Buenos Aires, y como se estilaba, la recoge su tía. Juana de Chas. Porque los
hermanos de Belgrano siempre acogieron a los hijos naturales de sus hermanos.
Solidaridad de familia. Y ella cuenta que la mandaba a llamar Rivadavia, que
había hecho la misión diplomática a Londres con Belgrano, para mirarla. Porque
decía que se parecía mucho a Manuel. Y en efecto, uno ve alguna imagen de
Manuel, y el daguerrotipo de ella, y son parecidísimos. Es muy curioso.
LA:
Fue mía y de Ana
Lucía…
MM:
Ana Lucía Salgado,
la editora.
LA:
Sí, teníamos esa
prevención. Entonces me dijo, hagamos este “disclaimer”, así le dice. Es una ficción y me interesa que quede claro
eso…
MM:
Dice Laura en el
aviso a los lectores: “A pesar de estar situada en un contexto histórico
investigado, y de estar protagonizada por algunos hombres de nuestro pasado,
como Anchorena o Belgrano, esta novela pertenece al mundo de la ficción.
También, para recrear la atmósfera de época y su verosimilitud, se permitió la
inclusión de términos que hoy no se aceptan más, por la fuerte carga
discriminatoria que conllevan, como llamar “salvajes” o “indios” a los
indígenas, entre otros”. Y además de este “disclaimer”, tiene un glosario,
porque a Laura le gusta poner algunas de esas palabras que se usaban en aquella
época. Palabras o cuestiones que existían, como el aguardiente de Londres, que
se refiere a Londres de Catamarca. Cuando uno lee “aguardiente de Londres”,
piensa que tomaba whisky escocés, o algún licor importado de allá… No. Se
refieren al Londres de Catamarca, ciudad exportadora de licores para el
comercio. Vos contás que Gregorio Aráoz de Lamadrid era muy goloso. Y una de
las cosas que comían eran panales, o “agua de panal”, bebida que se hacía con
agua que se dejaba reposar, a la que se le agregaba miel de abejas diluida. Y
Ricardo cuenta que Lamadrid, en medio de las operaciones para la batalla
mandaba a sus ayudantes a buscarle panales o cosas dulces. No sé si tendría
algún problema con el azúcar… Además
estaba más loco, por lo que contás… iba a la carga en todas las batallas… era
como un sacado mal…
RL:
Era literalmente un
loco de la guerra. (Risas).
MM:
En el final del
libro de Ricardo hay una entrada que los protagonistas cuentan (Alberdi, Juan
Crisóstomo Aráoz, Gregorio Aráoz de Lamadrid, Saturnino Castro, Belgrano,
Jerónimo Helguero, Francisco Javier López, José María Paz, Quiroga, Pinto,
etc.) pero están las breves biografías de cada uno de estos. E incluye a del
personaje que yo creía ficcional, que es el que reúne todas las historias, que
existió y se llamaba Ángel Arcadio Talavera… ¿era tuerto realmente?
RL:
Era tuerto.
MM:
“Hacendado, político,
dueño del ingenio azucarero “El Palomar”, miembro de la Sala de Representantes
de la Provincia de Tucumán, exiliado tras el fracaso
de la alianza de Marco de Avellaneda, Juan Galo de Lavalle y Gregorio Aráoz de
Lamadrid contra Rosas, conocida como Coalición del Norte, en 1840. En 1867 fue
Gobernador Delegado en ausencia de Wenceslao Pose, su sobrino”.
Cada uno de los personajes centrales de los relatos que aparecen en Aquel baile…
está contado en el final. Una pregunta que me surge de mis escasas lecturas de
historia de cuando era chico… Mi papá me compraba la Historia de Juan Manuel de
Rosas de Gálvez en fascículos. Tengo los tres tomos. Mi papá era muy rosista.
San Martín, Rosas, Perón. Y se reía de Lamadrid por los cielitos y coplas que
se escribían en los que Lamadrid iba para el norte siendo federal y volvía
siendo unitario, varias veces. Se daba vuelta en el camino. ¿Cómo se explica
eso?
RL:
No se explica
demasiado. (Risas). Supongo que es una cuestión parental. Él era un miembro de
la élite tucumana y Rosas no tenía nada que ver con eso. La única explicación
posible para mí es esa. La verdad es que no sé.
LA:
Tenía amigos en los
dos bandos…
RL:
Cantaba cielitos a
favor de Rosas y después en contra…
LA:
Cuando lo matan a
Dorrego va y le da la chaqueta, porque le tiene pena. Lamadrid estaba en la
guardia que lo tenía prisionero a Dorrego, pero habían sido compañeros de
armas.
MM:
Lamadrid era uno de
los que lo vigilaba…
RL:
Sí, de hecho es el
que le da la chaqueta “para bien morir”…
Asistente:
Eso de cambiar de
partido político… parece una historia que se repite.
LA:
Pareciera, sí. Re
loco.
MM:
Tenemos una
historia…
LA:
Una espiral
ascendente…
Asistente:
De más arriba ves
cómo se vuelve al mismo punto.
RL:
ES optimista lo
tuyo, de que sea una espiral ascendente… (Risas).
Asistente:
Hasta que te quedás
en el aire…
MM: Bien, ya estamos llegando al final, y los invité a los dos a que leyeran algo. No sé si ya elegiste algo, sino yo ya tengo pensado qué, Laura. Vamos a empezar por vos, Ricardo. ¿Qué querés leernos?
LA:
Mordeille, el de las
Invasiones Inglesas…
RL:
El de las Invasiones
Inglesas. Era el segundo de Mordeille. La División Corsaria tiene un papel muy
importante en las Invasiones Inglesas.
MM:
¿Peleaban para los
ingleses?
LR:
No, para Buenos
Aires. ¿Se acuerdan del cuadro famoso de la rendición de Beresford? Cuando
entrega la espada (que por supuesto no es así, pero no importa) al lado hay un
señor que está vendado. Ese señor es Mordeille. El segundo era Bouchard, y
ambos venían de la experiencia de correrías corsarias en Europa. Lo que quiero
decir en definitiva es que buena parte de la Guerra de la Independencia se hace
en el Río de la Plata, con corsarios.
MM:
Para los que no lo
recordamos del todo… Son una especie de “piratas legales”…
RL:
Son marinos que tienen una patente que significa
determinado acuerdo con un gobierno para hostigar a las naves enemigas, a
cambio de parte del botín. La distancia entre un corsario y un pirata es mínima
en todo sentido, especialmente en el del modo de combatir. Si bien buena parte
de los corsarios tomaba sus presas por persuasión, digamos. No eran frecuentes
los combates de buques mercantes. Este es un libro sobre aquella guerra
corsaria, que se continúa después con la guerra contra el Brasil. También son
corsarios los que combaten. O lo fueron; o lo serán. Y Finalmente vencen en las
aguas del Río de la Plata. Hay algunos episodios interesantes, como el primer
submarino en 1810. O el bombardeo de Buenos Aires.
MM:
¿Cómo es eso del
primer submarino?
RE:
En 1810 se presenta
un estadounidense, proponiendo a la Junta la construcción de un submarino,
similar al que en 1776 había logrado romper el bloqueo de las colonias
británicas en Estados Unidos. Hay un submarino que ataca una goleta británica.
No logra hacerla volar. Era muy gracioso, era de madera. Era como las dos caparazones
de una tortuga. En la punta tenía un taladro, con el que agujereaba el casco
del buque y ponía cargas explosivas. Ese era el proyecto. Cuando llegan a la
goleta, resulta que tenía plancha de cobre. Y no pudieron hacerlo. De modo que
el submarino vuelve y como tenía nada más que media hora de autonomía bajo el
agua, larga las cargas explosivas, que terminan explotando en medio de las
naves británicas y el bloqueo se rompe. Es una experiencia de 1776 y en Francia
también se habían hecho experiencias al respecto. Y en 1810 hay un proyecto de
hacer un submarino similar para quebrar el sitio de Montevideo.
LA:
¿Te acordás en qué
mes fueron ellos a ofrecer el submarino?
RL:
Esto fue en
diciembre de 1810.
LA:
No estaba Moreno ya,
porque si no me acordaría.
RL:
Los protagonistas de
esto fueron Saavedra y Azcuénaga que fueron los que hicieron el informe. Dieron
el OK. Esto fue en enero de 1811. En ese momento producen el informe.
LA:
Moreno el 4 de enero
ya había embarcado.
RL:
Finalmente el submarino
se hace y lo prueban en Ensenada. Pero habían cambiado las circunstancias
políticas y quedó ahí. Otro dato que se conoce poco es que bombardean Buenos
Aires tres veces. El 15 de julio de 1811, también al día siguiente y después en
1812.
MM:
Desde los barcos…
RL:
Desde los barcos.
Salen del Apostadero Real de Montevideo, se acercan al Río de la Plata y
disparan desde allí treinta y cinco cañonazos. No voy a contar esa historia
ahora… No destruyen nada porque uno de los problemas de estos combates navales
es que el Río de la Plata tenía bancos de arena peligrosísimos. No era fácil
navegar por el Río de la Plata, había que ser muy baqueano. Por eso Brown es el
almirante de la escuadra independentista. No porque fuera mejor que otros.
Sencillamente, había sido capitán mercante y conocía muy bien el Río. No se
podía ir más allá del Banco de la Ciudad. Entonces los buques realistas estaban
demasiado lejos como para causar daño.
MM:
Una clase de
historia. Bueno ¿nos vas a leer?
RL:
Hay un cuento en
este nuevo libro. “Bombardean Buenos Aires”. Y dice así: “Tomás fantaseaba que
era un pirata. Llevaba altas botas ganaderas, la capa era una de esas capas
impermeables que flamean como banderas en la tormenta. Un parche tapaba la
cuenca del ojo derecho que había perdido en
un combate memorable. Caminaba sobre la cubierta llena de los charcos que
dejaba la nave al romper el mar. Oía las voces roncas de los marineros que
comían en el entrepuente. En un rato, él también comería en su cálido camarote,
al abrigo del viento helado. Allí iba Tomás,
encaramado en sus fantasías de niño. Nada era cierto. Nada de las altas botas
de la imaginación, sino unos gastados zapatos de cuero curtido de cabra. Nada
de charcos en la cubierta. Sino el barro de la plaza 25 de Mayo. Nada tampoco de
voces marineras, sino las charlas tranquilas de unos tenderos que se habían
demorado en la Recova. Lo único cierto era que pronto llegaría a su casa tibia, al otro lado de la plaza. Lo que
le preocupaba era la capa. No era la heroica bandera que se
figuraba, sino la modesta capa de su papá. Esa tarde en casa no había nadie,
salvo su padre enfermo. Vio la capa sobre la silla y sin pensarlo se la puso
sobre los hombros. Le quedaba grandísima, pero era la capa del padre, y de
algún modo lo protegía. Salió a la calle. Había rumores
que una nave pirata había echado ancla en un fondeadero del río, de modo que se
fue a la costa. Las campanas de San Francisco ya habían tocado anunciando la
puesta de sol. No se veía demasiado, pero en el horizonte no había ningún
barco. Ni siquiera las carretas de los pescadores en la orilla. “Lo de los
piratas ha sido una pavada”, concluyó el mocito. Lo malo era la capa blanca.
Doménico, su padre, no era muy alto, pero Tomás tampoco. De modo que por más
que lo recogiera, a veces arrastraba el ruedo forrado
de terciopelo colorado. “Si padre descubre que le manché la capa me mata”, pensó Tomás. En
seguida se tranquilizó. Era apenas un poco de barro que salía con una buena
cepillada, apenas se secara. Pero el temor de Tomás no era a una
reprimenda de su padre, al que apenas le daba el cuerpo para eso. Tomás le
tenía miedo a la oscuridad, a lo desconocido que se agazapaba en cada rincón de
la noche. No era para menos.
En ese momento estaba pasando por el
Hueco de las Ánimas, a una cuadra de la catedral. Era
sabido que en las noches, al menos así se contaba en los fogones de los
esclavos, los espectros se aparecían a los transeúntes. Hace muchísimos años,
en ese terreno se había levantado la primera iglesia de Buenos Aires. A su costado,
como era habitual, estaba el cementerio. Con el tiempo, el templo se mudó a la
esquina, pero no se trasladaron los muertos del camposanto que ahora, decían,
vagaban como almas en pena por la calle desierta. Tomás se estremeció. Apuró el
paso. Al llegar a la Recova se sintió
aliviado, quizá porque ya se veían los faroles de los altos de los Escalada. En
los bajos vivían él, su padre, y una esclava vieja. Tenía las manos entumecidas
de frío. Imaginó el calor del brasero en medio de su cuarto acogedor. De pronto,
de la oscuridad, saltó un rugido. “¡Alto! ¿Quién vive?” El susto hizo que a
Tomás se le saliera el alma del cuerpo. Empalideció. Se le pararon los pelos de
punta. Tres monstruos verdes abandonaron su escondite detrás de una carreta. Al menos eso creyó
Tomás. Desde luego, no eran monstruos ni eran verdes. Se trataba simplemente de
tres jóvenes impertinentes que venían de la Fonda de los Tres Reyes, en la
antigua Calle del Santo Cristo que bordeaba la plaza. Con todo descaro habían
tratado de entrar a un local en el que no se
admitían menores. Los echaron a empellones, y ahora buscaban descargar su rabia
sobre cualquiera. Nadie mejor que el pobre Tomás, que
temblaba como una hoja. “¡Qué capa tan blanca!”, se burló
uno de los muchachones, “Parece una niña”. “O
un aparecido con su mortaja”, completó otro. Tomás se arrebujó en la capa
blanca como si fuera una cota de malla protectora. Para qué. Apenas lo hizo,
los mozos se miraron entre sí. Había en
esas miradas un brillo de maldad. Uno de ellos se inclinó, tomó
un puñado de barro del suelo y formó una bola sin dejar de mirar torvamente a
Tomás. De inmediato, los otros lo imitaron y formaron sus propias bolas, como
balas de cañón. Tomás comprendió que arrojarían esas bolas de barro inmundo sobre la capa blanca.
“Padre me mata”, pensó aterrorizado. Quiso correr pero no pudo Los muchachones
aprontaron las bolas de barro. En eso se oyó una voz tonante: “¿Por qué no se
meten con alguien de su edad?” los jóvenes retrocedieron instintivamente. Era un jovencito que debía
andar por los dieciséis años, más o menos la edad de ellos. En seguida
calcularon que eran tres contra uno porque aquel mocosito miedoso no contaba.
Las tenían todas consigo. Pero no se animaron. En esa voz había un aplomo, una
compostura que más valía no contrariar. Metieron
violín en bolsa y los tres mozos se alejaron mascullando bajito entre los
dientes...
El
chico de dieciséis años, Manuel de Escalada, el primogénito de los Escalada,
que conocía a Tomás Espora, porque los Espora alquilaban los bajos de Escalada.
Lo que viene después es la descripción del bombardeo desde la casa de los
Escalada, en base a un texto de Pastor Obligado. Tomás Espora niño se va al
río. Y ve cómo una lancha cañonera, con un solo cañón, trata de pelear contra
la flota realista. Dispara unos pobres tiros con ese único cañón que tenía en
la proa, y después tiene que retirarse, no puede hacer mucho más, pero es muy
valiente. Ese valiente es Bouchard. Cuatro años después de que esto ocurre,
Tomás Espora toma plaza como grumete en el barco “La Argentina” de Bouchard,
que hace esta correría corsaria de la que hablaba antes.
(Aplausos).
MM:
Bueno. ¿Y vos, Lau?
LA: Yo no sé…
Estos cuentos son largos…
MM: ¿Este?
LA:
No sé si no lo leí
ya…
LA:
¿Qué quieren? ¿De Los Espantados…
o de Moreno?
Asistentes:
Cualquier cosa…
LA:
Por supuesto, estoy
enamorada de Moreno.
(Risas). Esto es un guión. Son diálogos y tienen como unas didascalias ahí. Hay
uno más bajoneante y otro más divertido.
Asistente:
Es muy emotivo.
LA:
No sabés lo que
lloré escribiendo esto. Lo escribí a los dieciséis años, hice miles de
versiones. Quería filmarlo pero nunca conseguí la plata. Estuvo a punto de
hacerse, iba a filmar con Lita Stantic, pero ella se arrepintió, no quiso
producirla y ahí quedó. Mariano Moreno se había casado con María Guadalupe
Cuenca. Nunca encontré los papeles de ella. Era una hija solo reconocida por la
madre. No era hija natural, pero la madre era la viuda de Cuenca y los papeles
de Cuenca no estaban. La madre tenía dos hijas, una se llamaba Panchita que
estaba viviendo afuera del convento, con la madre en la casa y a María
Guadalupe la tenía en un convento. No sabemos por qué. Mis sospechas y las de Eduardo
Durnhoffer, un investigador que dedicó su vida a estudiar la de Moreno, es que
posiblemente fuera mestiza. En mi guión eso constituía un problema para
ubicarla en la vida cotidiana y su madre trataba de que se hiciera monja.
María Guadalupe no
quería ser monja. Finalmente conoce a Moreno y él le pide matrimonio. En esa
época ya estaba lo que sería el amor romántico, pero se mezclaba con lo
anterior que era una especie de contrato matrimonial. Era como una mezcla de
las dos cosas, y creo que ellos fueron unos de los precursores de este amor más
cariñoso, de estas parejas que se quisieron mucho (hay un libro que se llama Cartas que nunca
llegaron, que recopila cartas
que ella le escribió cuando él se embarcó, y lo siguió haciendo, a pesar de que
hacía tiempo que él había muerto). ¿Cuál les leo?
MM:
Cuando la conoce y
cuando le pide matrimonio.
LA:
Les leo dos escenas.
La del matrimonio, que es corta, y otra en la que ellos discuten, que está más
adelante. Acá ella es chiquita, tiene trece años, creo, y está en Chuquisaca,
el Alto Perú.
Interior. Hora mágica. Locutorio del
convento.
El
locutorio del convento parece una cárcel. No tiene ventanas. Un
cuadro de le Virgen Dolorosa adorna la pared. María Guadalupe está sentada en
una silla. Juguetea con su trenza. Sentada
junto a ella hay una mujer criolla. Es Selva (41), la madre de María Guadalupe.
Selva se inclina y le da un manotazo en los dedos. María Guadalupe se deja la
trenza en paz.
Selva (con acento altoperuano): “Me han
pedido tu mano”.
María Guadalupe contempla
a su madre sin poder digerir la noticia.
“Sí –dice Selva- a mí
también me ha sorprendido. Pensé que venían por Panchita. Tu hermana es más
mujer. “Más…”
“Más blanca” dice
María Guadalupe.
Las dos se miran con odio. Selva carraspea
y se alisa la falda del vestido. “¿Tienes ya
tus reglas?” “Hace diez meses, madre”. “Supongo que todavía eres virgen”.
“¡Madre!”
“Bueno, compórtate. Él está aquí. Quiere
verte”.
Selva se levanta y sale del lugar sin
saludar a su hija. El locutorio se va llenando de sombras.
Una monja entra con un candil. Lo cuelga en un
gancho amurado en la pared y se sienta en
un extremo apartado. Comienza a echarse
aire con una pantalla de rafia. Moreno entra caminando despacio. María
Guadalupe lo mira. La luz del candil le baña las
facciones.
Los dos quedan en suspenso unos segundos
hasta que Moreno le hace una reverencia de hombre de negocios. “¿Cómo está?”,
dice Moreno. María Guadalupe lo mira muy sorprendida. Moreno duda un segundo,
agarra la silla que dejó Selva y se sienta frente a
ella. La monja los controla un momento y luego vuelve a echarse aire. Moreno y
María Guadalupe se estudian brevemente. Moreno dice: “Usted se llama María.”
“María Guadalupe Cuenca”.
Moreno carraspea. “María Guadalupe, ¿sabe
leer? “
“Sí. Sé bordar,
también.” María Guadalupe sonríe. Moreno también, pero enseguida se pone serio.
“Yo soy abogado. Vivo en una casa de alquiler y ahí tengo mi estudio”.
María Guadalupe (tuteándolo) “No eres de por aquí”.
“No, soy de Buenos
Aires, pero si se casa conmigo vamos a vivir acá”.
María Guadalupe suspira.
Moreno traga saliva. “Entonces, ¿se casa
conmigo?”
María Guadalupe lo mira fijo “Sí”.
Después hay otra
escena en la que ya están juntos… Si quieren se las leo…
MM:
¿Y la de la primera
noche? Ya que hablábamos de desacralizar a los próceres, me parece que más
desacralizador que esto, es imposible.
LA: Ellos se casan muy rápido. Ella tiene un
vestido que parece de comunión, los casa el canónigo terrazas que era un cura
amigo de Moreno. Y después van a una posada.
Interior. Noche. Posada de Chuquisaca.
Se trata del cuarto de una posada. Una
cómoda desvencijada, una jofaina, dos sillas de mimbre. En una de las sillas
arde la única lámpara de la habitación. En la cama, María Guadalupe se acomoda el camisón un poco
desencantada. A su lado, Moreno se tapa con la sábana.
María Guadalupe: “¿Eso era todo?”
Moreno se incorpora en un codo. La mira un
poco escandalizado. “¿Qué? ¿No te gustó?”
“No sé. Todo ha pasado muy rápido”. Moreno
se tira de espaldas, resoplando. María Guadalupe lo mira
con total inocencia. Moreno se tapa la cara con el antebrazo y se empieza a
reír. “Ya voy a ir mejorando”. (Risas).
María Guadalupe se acuesta. Moreno la
arropa y le da un beso. “La próxima vez va a ser mejor”. Moreno le da un nuevo
beso más largo. “Y la próxima mejor todavía. Y la próxima, y la próxima”.
Vuelve a besarla. María Guadalupe le devuelve el beso, un poco torpe.
Aplausos.
MM:
Bueno, ha sido un
placer. Ha sido una clase de historia, o varias clases de historia. Creo que lo
hemos disfrutado muchísimo. Gracias a los dos.
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