Roja, Roja tan maravillosa



Historias que van de boca en boca, atraviesan los bosques literarios y perduran por siglos en la memoria, se convierten en clásicos de la literatura porque cuentan cosas que cifran lo que les pasa a las personas. No otra cosa ocurre con "Caperucita Roja" que inspira la crónica que hoy publica Libro de arena. En la semana de la "Narración Oral", el jueves 4 de julio, el Programa Bibliotecas para Armar llevó a cabo en el CAF 6, ubicado en la Villa 31, la actividad que tenía por tema el cuento de Perrault. El encuentro fue coordinado por dos asistentes y la docente del curso de Animación a la lectura, María Trombetta y contó con la participación de trabajadoras del CAF, madres-cuidadoras, directora y psicopedagoga.




Por Daniela Bercovich


Llegar no fue sencillo, atravesar toda la ciudad al mediodía para llegar a Retiro fue lento y llegué más tarde de lo pactado con mis compañeras. De todas maneras al llegar al caf, estaban recién haciendo dormir a los chicos y tardaron un rato en acercarse. Todo parecía ir lento ese día, el tránsito, los movimientos, las palabras se tomaban su tiempo para quedar. Las asistentes se fueron acercando de a poco, cuando arrancamos eran dos y una que estaba por llegar y se sumó rápidamente, luego otras y algunas más y la sala que nos habían asignado se fue poblando de mujeres, algunas con guardapolvo y otras no. Empezamos a hablar de qué otras cosas habían estado haciendo en la semana de la oralidad y señalamos que el encuentro trataría sobre los relatos de tradición oral, surgidos en el conjunto de una comunidad y en general a raíz de problemas o preocupaciones de esa comunidad. Hasta ahí nada nuevo, acordar una zona común.
El nombre de Caperucita Roja generó gestos varios, hasta que nos pusimos a recordarla. El primer comentario fue “yo no leí el libro”, el punto es que no hace falta haberlo leído para conocerlo. El dato paréntesis es que esta historia, igual que otros cuentos clásicos producidos en la Edad Media, se contaba entre los campesinos que eran quienes atravesaban los bosques, lugar donde todo era posible, por lo que daba pie a toda clase de imaginación y las habladurías transformaban lo que sucedía en ficción. La primera vez que fue pasada a la escritura, lo hizo Perrault que se enteró de esta historia a través de sus criados.
Queda por imaginar cómo habría sido la historia y las variantes que habrá tenido sin los cambios que seguramente Perrault le hizo para la buena lectura de las jóvenes señoritas de la corte. Estas historias no salen de los libros, en todo caso, entran a ellos y transformadas. Qué caso tiene haberlas leído. Quién se acuerda de la primera vez que escuchó la historia. Está ahí, la tenemos dispersa, desarmada, pero algunos cuadros no fallaron. La nena se encuentra con el lobo en el bosque. El lobo se come a la abuelita y también a Caperucita. El leñador o cazador abre la panza o la rompe con un hacha para sacarlas. Entre todas armamos la historia completa y nos preguntamos qué es lo que nos están contando y por qué.
Leímos en conjunto la moraleja que el escritor le agregó a la historia en 1697:

“Aquí se ve que las adolescentes,
especialmente las jovencitas,
finas, gentiles y bien bonitas,
hacen muy mal en escuchar a toda clase de gentes,
y que no extraña que siendo fiera,
tantas muchachas el lobo ingiera.
Yo digo el Lobo, pues todos los lobos
no son del mismo talante;
los hay de un trato elegante,
sin bullicio, sin saña, y que prudentes,
mansos, dulzones y complacientes,
rondan a las jóvenes señoritas
hasta en las casas, hasta en las camarillas;
¡Pero ay! quién no lo sabe que estos Lobos empalagosos,
de todos los Lobos son los más peligrosos”

Enseguida se habló de sexualidad, de normativa, de violencia. Recientemente había habido un caso de asesinato en el barrio y se comentó. Se dijo que la violencia era cosa de todos los días, que los chicos están acostumbrados a eso, que el desafío ahora sería contarles otras cosas que fueran novedad, que la violencia ya no es novedad.
No necesariamente las historias tengan que hablar de novedades, también hablan de preocupaciones. El punto es para qué se cuentan, qué se quiere decir con esas historias, qué cosas naturalizan en la comunidad.
Ellas acordaban en que contarles escenas de violencia a los chicos puede ser una oportunidad para hablar del tema, que es mejor hablar que no hablar. Fue a raíz de una versión de Caperucita que leímos en la que la niña se defiende del lobo con un revólver y a continuación se hace un tapado con su piel. Ya no hablábamos de Caperucita como una niña, sino como una mujer, la mujer, las mujeres.
Mientras leían diferentes versiones de este enfrentamiento entre mujer y lobo que nos cuenta la historia de la caperucita, una de las asistentes dijo “Ahora entiendo por qué mi papá nos contaba la historia del alma mula, era para que no nos casemos con los primos”, asistimos a ese descubrimiento. El relato en que una mujer por haber elegido mal, es condenada a la eterna deriva penosa y aterradora “era para eso” “para que no nos mezclemos con nuestros primos” “hoy a los 55 años me doy cuenta por qué era que mi papá nos contaba esa historia”. Y sí, los relatos son saberes, son normas, son comunicación y no meros adornos embellecedores de lo cotidiano. Cosas para pensar también al momento de contar una historia. Aunque las de ahora no tengan moraleja ni busquen moralizar, contienen un modo de entender y vivir la vida.
Asistimos a varios descubrimientos, de cada uno de los libros que habíamos llevado, de las ilustraciones, los libros álbum, el recurrente “antes no había libros, las historias eran así, se decían” la idea de “tendríamos que armar un sector de clásicos en la biblioteca, con las distintas versiones de cada uno”, las risas, el divertirse con los libros, con las ocurrencias de las historias y de las que disparan cada uno de los momentos de las historias, las ideas acerca de cómo contar estas u otras historias a los chicos.
Propusimos armar nuevas versiones de Caperucita en dúos o tríos a partir de una tarjeta que recibían con algún objeto o imagen. “¿Pero puede terminar como nosotras queramos?” y así apareció una en que un hombre pide a la luna el deseo de transformarse en lobo y termina en la cama con la abuela que llevaba “lencería fina” y la nieta llega a la mañana para traerles el desayuno. Otra en verso, Caperucita y el lobo en un barco en medio del agua quién come a quién era el verso final. En otra aparecía en el bosque un elefante que acompañaba a Caperucita y la protegía de la astucia del lobo. En otra Caperucita y la abuela lograban encerrarse con llave dejando al lobo afuera. Otra se situaba en el barrio y la cosa sucedía entre dos chicas y un linyera, ellas al principio se asustaban pero finalmente terminaban tomando mate cocido todos juntos.
Todas producciones imperdibles, todas tenían algo para explotar y el comentario que se repetía luego de cada una era “y sin violencia”. Quizás otra novedad, se puede contar historias sin recurrir a la violencia y divertirnos y disfrutarlo. Apareció la protección, la mujer activa, incluso sexualmente activa, la abuelita como mujer, la seguridad, el escondite, el miedo, el peligro y la ausencia de peligro.
Tal vez todo esto apareció porque todo esté en el cuento tal como lo leemos ahora.
A medida que avanzaba la hora y media que duró el encuentro, los cuerpos se fueron aflojando, las risas aflorando y las palabras compartiendo, que compartidas suelen pesar un poco menos.

Nos despedimos con abrazos, besos, “gracias”, “vuelvan” y flores de papel de colores hechas por una de las asistentes que nos regaló una a cada una. Yo elegí una con el centro rojo para no olvidarme de Caperucita y los pétalos luminosos para recordar el encuentro.

Ya en el pasillo una de ellas me preguntó “¿ustedes vinieron hoy o van a volver?” Me hubiera gustado decir vinimos hoy, lo demás nunca se sabe, pero respondí: Vinimos hoy.



Daniela Bercovich participó en el Seminario de Capacitación en Animación a la lectura durante los primeros meses de 2013, y en los grupo de Producción que surgieron del mismo y cuenta cómo llegó y qué la maravilló de la literatura y lo que significa para ella: "Me gusta leer desde siempre, antes de conocer las letras, miraba las imágenes e inventaba las historias. Lo primero que escribí sin que nadie me lo pidiera fue en base a una imagen recortada. Luego seguí buscando imágenes en las palabras. Encontré mucho y sobre todo el espacio para seguir buscando. Las palabras están en todos lados, pero en la literatura es donde pueden ser a sus anchas objeto, sonido, imagen, acción, memoria, secreto, deseo, pregunta. Las historias desordenan y rearman y solo compartidas aparecen.
Estudié Letras, fui a talleres literarios, trabajo como docente, busco modos de compartir un espacio desbordado de rincones."



Comentarios

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Liliana Cinetto: "Puedo estar sin narrar, pero no puedo estar sin escribir."

Juan Rulfo. Narrar la muerte

La velocidad de la música