Tramas



Por María Laura Migliarino


Todas las semanas el ritual se repite: los enrulados, lacios, con sueño, inquietos, de ojos grandes y chiquitos de las salas de 3 años disponen su atención a la espera de los cuentos.  Mi presencia allí se justifica por eso, la visita no tiene el mismo sentido si dentro de mi bolsa no hay historias de todos los colores para compartir.

Las voces de los adultos que “cuentan” a los niños son la punta de lanza desde donde poco a poco se van configurando los hilos invisibles que dan paso a la elaboración de un discurso propio. El encuentro con los libros y la literatura, es un trampolín hacia nuevos universos con muchas realidades por descubrir. Tal vez, porque en la primera infancia la capacidad de asombro y el deseo por experimentar es inagotable es que los encuentros se vuelven únicos e irrepetibles, donde la palabra se transforma en acontecimiento que, poco a poco, nos constituye como comunidad.


El ámbito escolar es el lugar privilegiado en donde los alumnos son formados en la lectoescritura. Sin embargo, existe un estadio previo -el nivel inicial- en el cual la posibilidad de jugar con el lenguaje es bienvenida. El proceso paulatino de construcción de significado y comprensión lectora dependerá mucho de la historia individual de cada niño, pero también de la posibilidad del docente o animador de trabajar distintos aspectos del lenguaje social, como herramienta para describir “lo real”, o del lenguaje como pura creación poética, poniendo en juego allí toda nuestra capacidad lúdica hasta convertirlo en juguetes hechos de palabras (M. Elena Walsh).


Lobos, Caperucitas y lunas fueron las historias que durante dos meses acompañaron los encuentros con niños y niñas de 3 años de los Centros de Primera Infancia “Lunita”, del barrio de Villa Lugano, y “Pulgarcito”, de Barracas. Encuentros de animación a la lectura con la sola pretensión de acercar relatos contados, leídos e ilustrados dedicados a la primera infancia. Un espacio sostenido con la complicidad y la convicción de que cuando se cuenta con el material, cuando nos permitimos una escucha activa para interactuar con un sujeto embebido en lengua materna, el pequeño se siente seguro para reelaborar lo leído y agregar su propia impronta generando nuevos textos para ser contados. Que los niños puedan reconocer su propia voz experimentando todas las posibilidades que brinda el lenguaje para decir lo que se ve, lo que se siente, lo que se piensa, fue el desafío de cada encuentro. Dialogar con los niños, a partir de la lectura del texto y la imagen, y develar (les) como ambos registros operan en conjunto y dan sentido a la obra, el objetivo. Así, cada texto nos fue llevando a otro y juntos descubrimos que algunos lobos son corderos, que algunas caperucitas no permiten convertirse en alimento y que, en algunas ocasiones, podemos preguntarnos qué gusto tendrá la luna.


Junio y julio de 2017
CPI "Lunita", Lisandro de la Torre 4548.
CPI "Pulgarcito", Osvaldo Cruz 2101.



Hacía mucho tiempo que los animales
deseaban averiguar a qué sabía la luna. 
¿Sería dulce o salada? 
Tan solo querían probar un pedacito. 
Por las noches, miraban ansiosos hacia el cielo. 
Se estiraban e intentaban cogerla, 
alargando el cuello, las piernas y los brazos. 
Pero todo fue en vano, 
y ni el animal más grande 
pudo alcanzarla.  

Un buen día, la pequeña tortuga
decidió subir a la montaña más alta
para poder tocar la luna. 
Desde allí arriba, la luna estaba más cerca; 
pero la tortuga no podía tocarla. 
Entonces, llamó al elefante. 
― Si te subes a mi espalda, 
tal vez lleguemos a la luna. 
Esta pensó que se trataba de un juego
y, a medida que el elefante se acercaba, 
ella se alejaba un poco. 



¿A QUE SABE LA LUNA? 
MICHAEL GREJNIEC 

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