Antonio Ventura: "Cada libro tiene tantas lecturas como lectores ."
La
segunda parte de la charla con Antonio Ventura retoma la conversación acerca del
trabajo del editor, de su identidad como tal, de su conocimiento y formación,
de la importancia del acompañamiento gráfico de los textos. El escritor también
habló sobre los clásicos y la literatura de masas, de los fenómenos editoriales
que entrañan para luego responder preguntas puntuales referidas a su propia
escritura, sus influencias, gustos. Hacia el final del encuentro comentó su
libro El
sueño, desde la intimidad de su factura,
y el trabajo realizado con el ilustrador y compartió su lectura con el público.
AV:
Muchas
veces, cuando los creadores de un libro
infantil ilustrado van a una gran editorial, ese editor está un poco atado de
manos. Porque las leyes que rigen la edición de los medianos hacia arriba son
las leyes del mercado. Y el pequeño editor, muchas veces, lo que hace es editar
los libros que le gustan. Pero no es un editor. Es alguien que tiene dinero y
en lugar de poner una pastelería o una peletería pone una editorial. Pero le
falta una formación gráfica, es donde creo que más flaquea la selección y el
criterio, al final. Pues yo creo que lo que cabe desde la perspectiva de los
hacedores, de los creadores, es contar nuestra verdad. Y si hay alguien que nos
la quiera comprar, maravilloso. Tres
Millas es el libro que acaba de publicar esta editorial que se llama
Treinta y Seis, que es un texto mío ilustrado por Gabriel Pacheco. El texto
tiene catorce años, y Gabriel habrá terminado de ilustrar ese libro hace diez.
No es un trabajo reciente. Ese libro nos lo han rechazado dos o tres
editoriales latinoamericanas y por lo menos diez españolas. No voy a decir los
nombres por respeto.
Asistente:
Me
lleva a una idea… Uno escribe, y siempre habrá un lector que te hará un
comentario u otro. Como yo le pude haber hecho a Mario Méndez. Es como si
hubieran desaparecido los clásicos masivos. Yo pertenezco a una generación de
clásicos masivos. Ahora, ¿dónde están? Hay una sobrecarga de producción, muy
rica y valiosa. Pero tiene una comunicación ilimitada, circunstancial, no
pueden engrosar una línea de orientación en la lectura masiva.
AV:
Yo
creo que esos clásicos a los que usted se refiere, que probablemente sean los
mismos que yo tengo en mi imaginario de ficción, que han alimentado durante
unos cuantos años a los seres humanos, no sé hasta qué punto lo siguen siendo.
El otro día, un amigo español me contaba una anécdota, antes de iniciar este
viaje. Él trabaja en la cuestión del cine. Y me contaba que en el parque temático del Disney de París,
estaban retirando ciertos personajes del Tren del Terror, porque a los chavales
no les daba miedo. Confundían al vampiro con Batman. (Risas). Y nadie sabía
quién era Frankenstein. Esas referencias literarias que las personas de una
edad ya tenemos…
Asistente:
Pero
hoy existen nuevas referencias.
AV:
Claro.
Hay un fenómeno editorial, que ha supuesto un antes y un después en la edición,
que se llama Harry Potter. Más allá
de que nos guste o no nos guste, nos parezca bueno o malo, supuso un cambio
tremendo en la edición. Nunca en la historia de la edición un libro había
producido tanto dinero como este. Y yo estoy seguro de que me moriré sin ver
otro fenómeno editorial de igual calibre. Eso ha supuesto una distorsión en el
ámbito editorial, por lo menos en España y en Italia. Lo puedo decir con
absoluto conocimiento. Ustedes cojan, perdón, agarren catálogo de SM, que fue
siempre una gran editorial, grande y con alguna calidad, y por lo menos Gran Angular y Barco de Vapor, esas dos colecciones que han invadido los países de
América Latina y España, cuando uno ve la oferta es o de princesas, para la
infancia, evidentemente, rosas, y, consecuentemente, estúpidas (Risas), sagas
de vampiros, hombres lobo… o sea, fantasy
y sucedáneos.
MM:
En
el fantasy todavía sigue siendo más
fuerte la propuesta clásica, para retomar las palabras del señor, que la de Gran Angular o la de Barco de Vapor. Yo querría hablar de los
libros que me ha tocado leer, para llegar al que presentamos hoy. Me hubiera
gustado leer mucho más, pero fueron los que conseguí en esta semana. Dos lobos blancos, de Edelvives.
Bellísimas ilustraciones de Teresa Novoa, una historia sencilla de solidaridad,
de amistad, de búsqueda, y una ilustración en especial. Los lobos están
buscando a una loba que está herida, y llega un momento, en el que nosotros
vemos en un primer plano la mirada y la
cara de los dos lobos blancos y dice: “La loba herida se encuentra tendida
junto a la boca de una pequeña cueva.” Y la ilustración es esta. El primer
plano de la mirada de los lobos. Y a mí me pasó que vi a la loba herida dentro
de la cueva, además de los lobos que están en primer plano, mirando. La vio
junto con ellos. Vos trabajaste con Teresa Novoa…
AV:
Sí,
y tengo que decir que el mérito es de ella. Yo tengo dos libros con Teresa.
Éste y El pájaro y la princesa.
MM:
Sí.
Me dijo Lola que era uno de sus favoritos y no me lo prestó. (Risas). Pensó que
se lo iba a robar y tenía razón. (Risas).
AV:
Primero
hicimos este, y luego el de los lobos. A mí me gusta más El pájaro y la princesa. Me gusta más mi texto. Y me gusta más el
trabajo de Teresa de Dos lobos blancos.
Siempre dice que son sus dos libros favoritos. Se lo he oído decir en público y
lo dice de corazón. Yo le he editado varios libros. Ha habido siempre muy buena
empatía. Nos hemos entendido muy bien. Creo que ha leído muy bien mis textos.
Este cuento de los lobos es un cuento vacío, en el que no pasa nada. Hay una
expectativa de ternura, de miedo, pero es un cuento vacío en el que solamente
hay dos momentitos. Yo creía que ella era capaz de pintar el vacío, y ahora veo
que sí. Esa nieve blanca… Sé que para ella fue un reto, sé que sufrió
enormemente con esas pisadas. Y sí nos sentamos muchas veces a ver esa
historia, a discutir la composición, y para la edición no hubo que tocar nada.
El editor se encontró un libro hecho.
MM:
¿Definirías
esto como libro álbum?
AV:
Sí,
es un libro álbum. Es verdad que en el cajón “libro álbum” caben muchos
productos con señas de identidad muy distintas. La diferencia entre un libro ilustrado
y un álbum, es que el primero ha tenido
muchas más posibilidades de ilustración que las que tiene. Por ejemplo, un
libro de cien páginas que tiene veinte ilustraciones. Ha existido siempre. Y el
ilustrador, a veces ha podido decir que pone una ilustración en una página, o
no. Y un álbum ilustrado, es un todo. No se puede separar.
MM:
Sí,
y esa imagen que mostré lo pinta. Otro libro que me gustó mucho, un cuento
bastante inquietante, es El cuento del
Pingüino, que publicó el FCE. Me hizo acordar a “Continuidad de los
parques” de Cortázar. Esta cosa del cuento dentro del cuento. Y me llamó la
atención la composición de Carmen Segovia, como un collage, con recortes
pegados. ¿También trabajaste con Carmen en esto?
AV:
Sí,
y además trabajamos mucho porque este libro fue finalista del premio La orilla
del viento. Esta obra recibió una mención honorífica en el concurso. Y era una
época en la que el premio, y la mención, se publicaban. Desde que le
presentamos el proyecto a Fondo hasta que el libro se publicó solo pasaron dos
años. Y como el proyecto no se presenta completo, sino con dos o tres
ilustraciones, en esos dos años Carmen cambió mucho el estilo. Pero ella quería
a toda costa (y yo también), que permanecieran esta ilustración y esta otra.
Lola
Rubio (editora de FCE): Esa fue la tapa del catálogo de ese año.
AV:
Sí.
A los dos nos encantaba, nos parecía un hallazgo, es un cuento especialmente
lírico en el trabajo de Carmen. Creo que en esos dos años, ella leyó varias
veces el cuento y le dio una vuelta de tuerca. Porque evidentemente es un libro
en el que yo juego a “¿Pero dónde está la historia?”¿Quiénes son los
protagonistas? ¿Los niños que leen? ¿Los personajes que viven en el cuento? Ese
dentro y fuera de la obra que se llama metaficción. Y ella hizo ahí una
relectura muy interesante, le pegó una vuelta al libro, que es otro libro
porque genera otro espacio de ambigüedad. Me pasa que termino siendo amigo de
mis ilustradores.
MM:
Es
decir, que hay un buen trabajo.
AV:
Sí.
MM:
Ahora
voy a hablar de dos juntos. Un libro ilustrado, para mí, es La Rayuela, de Kókinos. Y la novela Berta sueña, de FCE. Los tomo los
dos juntos porque me parece que la
historia es la misma. No la historia, sino el motivo, en realidad. Acá estás hablando del amor y el deseo, en
chicos de nueve, diez, once años. Y ese no es un tema que suela estar mucho en
la literatura.
AV:
Yo
creo que hay muchos juicios previos para tratar determinados temas con
protagonistas niños. Uno de ellos es el amor. Otro de ellos es la ausencia. La
muerte definitiva o la ausencia temporal.
MM:
Miguel,
en Berta sueña, se va, y a ella le
cuesta vivir con esa ausencia.
AV:
Efectivamente.
Como nos pasa a los adultos. Y en La
Rayuela, yo quería contar por un lado una historia de mi infancia y por
otro una cosita que me contó un ilustrador español. Me contaba que cuando él
tenía cinco años, Fulanita era su novia, aunque ella no lo sabía. Me pareció
tan bonito… Hay que tomarlo. En La
Rayuela es cómo el deseo puede trascender lo real, ese juego de espejos que
es el anillo como metáfora del amor del niño, y de la niña que se siente amada.
Y Berta… es la réplica de mi primera
novelita infantil, que se llama La mirada
de Pablo. Está publicada en Siruela y es muy autobiográfica, y cuanta cómo
un niño elabora la ausencia, la pérdida. Un niño de mi generación. En el libro
no se dice ni que es España ni que son los años ’60, pero la atmósfera es esa.
Y yo me sentía en la obligación de contarlo desde la perspectiva de una niña,
en los años ’90. Está inspirada en varias niñas que son hijas de amigos míos.
Yo iba tomando notas. Y, sobre todo, quería una niña muy especial…
MM:
Berta
es una niña muy especial, con una familia muy especial.
EV:
La
reeditó en aquel momento Eliana Pasarán que en aquel momento era directora
editorial de FCE, una excelentísima editora. Yo me sentí tan acompañado… Cuando
te lee un editor y además sale tu cómplice… lo sabes tú tan bien como yo.
MM:
Y
llegamos al plato fuerte, que es el libro que hoy estamos presentando, El sueño, de Antonio y Jesús Cisneros.
Una historia pequeña también, la de este abedul solitario, aislado, lejos de
los otros compañeros abedules, que desea el canto de los pájaros. Muy poético.
Casi diría que es poesía. ¿Qué nos contás de El sueño?

MM:
¿Y
nos lo vas a leer?
AV:
Sí.
“En el transcurso del otoño, los árboles perdían sus hojas y poco a poco se
dormían en un invierno blanco de silencio y ausencias. La bruma gris velaba su
sueño hasta la llegada de la primavera. De nuevo, los rayos del sol anunciaban
el comienzo de otro ciclo, y con su llegada, el joven abedul comenzaba otra vez
a soñar. El viejo roble lo miraba y callaba. Le sorprendía la fuerza de su
deseo. Aquel abedul había crecido alejado del pequeño bosque próximo a la ladera
sur de la montaña, pero hasta él llegaba la sombra del anciano roble que se
alzaba en lo alto del escarpado acantilado. Desde muy joven el abedul sintió la
distancia de sus compañeros, y la presencia del gran roble. Hasta él llegaban
los cantos de los reyezuelos y ruiseñores que volaban entre las suaves ramas de
los abedules del bosquecillo próximo. El abedul soñaba con aquellos cantos.
Hasta que un día, un ruiseñor se posó en una de sus ramas, y sintió que el
temblor con el que tantas veces había soñado, se hacía realidad. Desde aquel
momento su deseo fue aún mayor y sus días de soledad transcurrían entre la
añoranza de la visita del pájaro y el recuerdo maravilloso de su canto enredado
en sus hojas. El abedul movía sus ramas al viento reclamando la atención de los
pájaros, pero éstos no se acercaban hasta el extremo del desfiladero. El roble
silencioso lo miraba con paciencia y sabiduría. Le gustaría hacer algo, pero no
podía. Entonces, una hoja del viejo roble se desprendió y cayó lentamente
mecida por el suave viento del alba. Bajó por el desfiladero, hasta rozar una
de las ramas del tierno abedul. Y en ese instante, se convirtió en pájaro. El
árbol, soñó su canto.” (Aplausos)
MM: Hermoso. Yo no hago más preguntas. Queda en ustedes si tienen ganas de hacerle alguna pregunta más a Antonio, y si no hay más… sí, Silvina…
Silvina Rocha: Quería preguntarte si los libros siempre los armás primero con los ilustradores y los presentás en las editoriales como un proyecto ya maquetado, o si las editoriales te ofrecen.
AV:
Siempre
los hemos presentado, algunas veces completamente terminados, como es el caso,
por ejemplo, de Dos lobos blancos, o
el de La Rayuela, por poner como
ejemplo libros que se han armado aquí. Quizá por mi deformación como editor,
eso me gusta hacerlo. También, con los ilustradores con los que he trabajado
como escritor, tienen una confianza en mí en términos editoriales. Soy un poco
editor del libro, aunque una vez que lo tenemos medio avanzamos pensamos en a
quién enviárselo. Cuando el editor es alguien en quien confiamos y a quien
consideramos solvente, como es el caso de Eliana en México o el de María Osorio
en Colombia, aunque no esté armado del todo lo presentamos. Cuando se lo vamos
a enviar a una editorial que su editor no nos merece respeto, se lo enviamos lo
más acabado posible. (Risas).
Asistente: Hablaste de la intención del escritor. ¿Te parece que cuando un escritor empieza a escribir ya tiene una intención clara o no?
AV:
He
tomado la palabra “intención” prestada de Umberto Eco. Él lo explica muy bien.
Siempre hay alguien que lo explica mejor que uno, y como yo no soy inteligente,
pero sí tengo memoria, “me atrapo” de cómo lo han explicado. Eco habla de las
intenciones del autor, las intenciones de la obra y las intenciones del lector.
Entonces, creo que el escritor puede dar fe de sus intenciones que a veces son
confusas. Hay un escritor español, que dice que hay escritores con brújula y
escritores con mapa. Eso me parece magnífico, y siento una envidia profunda de
que no se me haya ocurrido a mí. (Risas). Yo soy de una inseguridad absoluta,
tengo que tener el mapa completamente dibujado, no soy capaz de sobreponerme al
pánico que me da la hoja en blanco.
Asistente:
¿Te
referís a que tenés todo pensado?
AV:
La
prehistoria de la novela, por ejemplo, la de Berta sueña, poco menos que me faltaba cuando la bautizaron, en qué
hospital nació (Risas), quiero tenerla súper clara para atreverme a entrar. Sé
que es una manera de paliar la inseguridad que tengo. En ese sentido hablo de las
intenciones. Y también es verdad que cuando pasan años y uno relee, revisita la
obra, encuentras un montón de cosas que pusiste sin consciencia. Esas son las
intenciones de la obra. El otro día en la mesa del FILBITA, Marcela Carranza me
encantó. Dijo: “Hay que hablar de los cuentos de Antonio Ventura que la mayoría
de sus personajes son coleccionistas”. Y ahí reparé en eso. Muchos de mis
personajes son coleccionistas. Pero yo no lo había pensado. Esas son
intenciones de la obra. La primera persona que dijo eso de un libro mío fue
Mario Merlino que presentó un libro mío en Madrid, El sueño de Pablo. Y Mario comenzó diciendo: “Todos los personajes
de esta novela son una manga de coleccionistas”. (Risas). El niño colecciona no
sé qué, la madre, también… Y yo me di cuenta de que era verdad. Era mi primera
novela. Y el otro día, Marcela Carranza también se dio cuenta. Ahora tengo
treinta libros publicados. Fíjate, dos lectores competentes se han dado cuenta
de esto. ¿Qué tengo yo de coleccionista, si no soy coleccionista de nada más
que de libros? Y no los he comprado para coleccionarlos sino para leerlos. Yo
creo que uno tiene que tener algo claro, aunque sea un balbuceo, y después el
estilo se va haciendo en el trabajo. Cuando tenemos la suerte de seguir a un
escritor, su obra en orden cronológico con su escritura, Julio Cortázar… o
Antonio Tabucchi, cuando vas por el séptimo te das cuenta de que ese es el
estilo. Son señas de identidad que van a aflorar a expensas, incluso de
nosotros mismos.
Asistente:
Tabucchi
era un escritor con mapa.
AV: Era un
obsesivo, como soy yo, o yo como él. Lo digo porque le conocí, y era admirable.
Asistente:
Yo
quería preguntarte por una novela que tiene fotos tuyas… si podés contarnos
algo sobre tu trabajo.
AV:
Trece horas. Sí, es una
novela juvenil o para adultos, en la que el tiempo literario son trece horas,
por eso se llama así. Y es un homenaje a Antonio Tabucchi. Es una novela en la
que un joven llega a Madrid un sábado de agosto, (Madrid es una ciudad
inhóspita en agosto, por el calor y porque está vacía). Él está veraneando con
su madre y su hermana pequeña en un pueblecito de la sierra madrileña, va en el
autobús a la ciudad porque ha quedado a las once de la mañana con una muchacha
en la puerta del Tazón del Buen Retiro, que es un edificio que pertenece al
Museo del Prado, porque se supone que ella ha vuelto el día anterior de un
curso en Boston. Él tiene dieciocho años y ella, diecisiete. Ella no aparece, y
él se ve obligado a pasar el domingo solo en Madrid, porque su billete de
vuelta ya está sacado y es a las diez de la noche. Y no quiere cambiarlo,
porque le cuesta dinero. Se pasa trece horas en Madrid, desde que se baja del
autobús hasta que agarra el de vuelta, solo, y es un homenaje a Tabucchi porque
Réquiem es una persona sola en verano
en Lisboa, buscando el fantasma de Fernando Pessoa. Mi personaje no busca
ningún fantasma, busca encontrarse con su chica y como no aparece se pasa el
domingo especulando sobre si la quiere, la ama o la desea, y cuál es su relación
con la ficción. El chaval está leyendo un libro en el autobús, el Mecanoscrito del segundo origen, de
Manuel de Pedrolo, una novela de ciencia ficción. Las fotos son mías y las hice
como capricho, yo caminé el itinerario que hace el muchacho por Madrid, para
ver cuánto se tardaba. Para ver si era verosímil. Fingí bajarme del autobús del
que él tendría que bajarse, dejé mi auto allí, y lo hice un domingo, además. Y
en verano. Y fui sacando fotos, del suelo, de las paredes, de árboles, de la
verja del Retiro, de los turistas que están en el Museo del Prado. Me hubiera
gustado que las cosas hubieran estado ordenadas en el cronología del recorrido,
pero están salteadas. De todas maneras, han quedado muy bonitas.
Asistente:
Da
para una novela gráfica.
AV:
Sí.
Es que en la novela van catorce o quince fotos, pero yo a la directora de arte
le di doscientas.
MM:
¿Alguien
quiere decir algo más?
Asistente: Se puede decir que la
historia del abedul es de una angustia… Solo en el extremo de un desfiladero, salvo
cuando recibe la visita de un pájaro, y con la compañía del viejo roble que,
como quien dice, le tiró una mano.
AV: Cada libro tiene tantas
lecturas como lectores. Están las intenciones del autor, las de la obra, y
usted acaba de manifestar el tercer nivel de intenciones, que son las del
lector. Antes de que nos levantemos,
como es muy cortito, me gustaría mucho leer el capítulo uno de esta
novelita, Berta sueña. Y es un
homenaje. A ver, un desafío para los ilustradores, de qué álbum se está hablando:
—Berta, apaga ya la luz, que es muy tarde.
—Sí papá, ya voy, ...enseguida.
—No, enseguida no, deja ya de leer, ya te terminarás
el cuento, y ahora apaga la luz, que si no mañana no hay quien te levante.
—Sí, papá, ahora mismo.
Pero Berta no está leyendo el cuento. Está mirando
las imágenes de esa locomotora que arrastra unos cuantos vagones en la noche,
bajo la nieve, y que está detenida en un pueblo todo nevado, y lleva un faro
encendido, que ilumina los copos de nieve que parecen dibujados con una tiza
pequeñita. Recorre lentamente, un dedo por el perfil del dibujo de la
locomotora. Una vieja locomotora como las que se ven en las películas de indios
y vaqueros. Después, pasa dos páginas, y observa esa otra ilustración en la que
se ven tres lobos con las patas enterradas en la nieve. Entre los árboles del
bosque, y al fondo los vagones del tren con las ventanas iluminadas. Y sobre
ellos, la estela de humo que la locomotora va dejando a su paso. Y Berta piensa
que le gustaría ir en ese tren que atraviesa el bosque nevado, y en ese
pensamiento se duerme, y sueña. Sueña que viaja en un tren que asciende por una
montaña nevada y que llega a una ciudad toda iluminada con muchas bombillas, y
es de noche, y es Navidad, y ella es una princesa, y el tren atraviesa un
puente, y desde la ventana por la que ella mira se ven los tejados de las
casas; parecen las casas de un cuento. Están iluminadas con muchas bombillas
pequeñas, como esas guirnaldas luminosas que se colocan en los árboles de
Navidad. Entonces, el tren se detiene, y Berta abandona su asiento, atraviesa
el pasillo, llega hasta la puerta del vagón, que ya está abierta, y se asoma a
la estación iluminada bajo la noche. Y ya no nieva, y como es una princesa, una
carroza la espera bajo un cielo lleno de estrellas, que brillan casi tanto como
las bombillas que iluminan esa ciudad de cuento”.
(Aplausos)
Asistente: ¿Y
el libro álbum cuál es?
AV: El expreso polar.
MM: Bueno, vamos a darle
otro aplauso a Antonio (Aplausos). Muchas gracias.
AV: Ha sido un placer, de
verdad.
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