Elogio de la conversación: sirenas, leyendas, mascarones de proa. Lecturas encontradas

En Libro de arena seguimos trabajando el eje que cruza la literatura con la historia En este caso, a partir de la lectura de "La sirena", de Mujica Láinez, Diana Tarnofky nos propone recorrer leyendas, en las que la historia y el río tienen una presencia importante.



Por Diana Tarnofky

Junio de 2021. En Libro de arena  celebramos la publicación de Misteriosa Buenos Aires de Manuel Mujica Láinez. Salgo con mi brújula a buscar caminos de lectura para tejer alguna red que aloje nuevas lecturas que me permitan recorrer y compartir. Arrojo la botella al mar con mensaje de orientación al Programa bibliotecas para Armar Son las leyendas las que me están convocando ¿sigo ese rumbo? Me sugieren que lea el tercer cuento del libro: “La sirena”.

Me sumerjo en el río, respiro la atmósfera, entro en el tiempo de una Buenos Aires lejana…

Encuentro belleza, historia, poesía, seres fantásticos, misterio, amor, ecos de otros ríos-mares y seres fabulosos. Recuerdo la lectura de La nave de los brujos y otras leyendas del mar, de Ema Wolf, publicado por Editorial Sudamericana.

Vuelvo a ese puerto, re-leo la introducción que siempre me resultó fascinante y esclarecedora para comprender un poco de qué hablamos cuando hablamos de leyenda:

Para acercarnos

Una leyenda es una historia envuelta en neblina. Su estado natural es vagar entre lo creíble y lo increíble, lo real y lo fantástico, la certeza y el chisme de pueblo. 

Algo ocurrió una vez hace mucho tiempo en un lugar…Sólo que fue algo extraordinario, que no se explica según las leyes de este mundo, pero sin embargo ha dejado pruebas a la vista o testigos permanentes.

La leyenda tiene bordes difusos, hace pie en un hecho posible y se pierde en un hecho mágico. Es prima hermana de la superstición, el mito y el cuento. Los viejos la transmiten a los jóvenes. En boca del que las narra siempre se transforma un poco. Entretiene y explica, pero nunca explica del todo.

Sorprende. A veces enseña qué es justo e injusto. Nadie sabe bien cuánto hay de mentiroso o de verdadero en ella, y precisamente eso la vuelve irresistible. Nace y queda para siempre. Viene de lejos y dura hasta hoy.

(…) Entonces, las leyendas.

Tan reales como para que nadie se burle de quien las cuenta y tan enigmáticas como para que nadie las olvide.

Entre todas las leyendas y cuentos que Ema Wolf seleccionó para este libro hermoso, elegí una que estuviera situada en Buenos Aires, a modo de continuar el diálogo que se inició entre lecturas encontradas: sirenas, leyendas, mascarones de proa y la misteriosa Buenos Aires.

Comparto aquí el cuento La sirena y la leyenda Las campanas de la Rosewells, que son  una invitación a sumergirse en las aguas y continuar el viaje hacia nuevas lecturas.

III. La sirena (1541)
Misteriosa Buenos Aires

Corren a lo largo de los grandes ríos, desde las empalizadas de Buenos Aires hasta la casa fuerte de Nuestra Señora de la Asunción, las noticias sobre los hombres blancos, sobre sus victorias y sus desalientos, sus locos viajes y la traidora pasión con que se matan unos a otros. Las conducen los indios en sus canoas y pasan de tribu en tribu, internándose en los bosques, derramándose por las llanuras, desfigurándose, complicándose, abultándose. Las llevan las bestias feroces o curiosas: los jaguares, los pumas, las vizcachas, los quirquinchos, las serpientes pintarrajeadas, los monos, papagayos y picaflores infinitos. Y las transmiten también en su torbellino los vientos contrarios: el del sudeste, que sopla con olor a agua; el polvoriento pampero; el del norte, que empuja las nubes de langostas; el del sur, que tiene la boca dura de escarcha.
La Sirena oyó hablar de ellos hace años, desde que aparecieron asombrando al paisaje fluvial las expediciones de Juan Díaz de Solís y Sebastián Caboto. Por verles abandonó su refugio de la laguna de Itapuá. A todos les ha visto, como vio más tarde a quienes vinieron en la flota magnífica de don Pedro de Mendoza, el fundador. Y ha crecido su inquietud. Sus compañeros la interrogaban, burlones:
—¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
Y la Sirena se limitaba a mover la cabeza tristemente.
No, no había encontrado. Se lo dijo al Anta de orejas de mula y hocico de ternera que cría en su seno la misteriosa piedra bezoar; se lo dijo al Carbunclo que ostenta en la frente una brasa; se lo dijo al Gigante que habita cerca de las cataratas estruendosas y que acude a pescar en la Peña Pobre, desnudo. No había encontrado. No había encontrado.
Ya no regresó a la laguna de Itapuá. Nadaba perezosamente, semiescondida por el fleco de los sauces, y los pájaros acallaban el bullicio para oírla cantar.
Va de un extremo al otro de los ríos patriarcales. No teme ni a los remolinos ni a los saltos que levantan cortinas de lluvia transparente; ni al rigor del invierno ni a la llama del estío. El agua juega con sus pechos y con su cabellera; con sus brazos ágiles; con la cola de escamas azules prolongada en tenues aletas caudales color del arco iris. A veces se sumerge durante horas y a veces se tiende en la corriente tranquila y un rayo de sol se acuesta sobre la frescura de su torso. Los yacarés la acompañan un trecho; revolotean en torno suyo los patos y las palomas llamadas apicazú, pero presto se fatigan, y la Sirena continúa su viaje, río abajo, río arriba, enarcada como un cisne, flojos los brazos como trenzas, y hace pensar en ciertas alhajas del Renacimiento, con perlas barrocas, esmaltes y rubíes.
—¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
La mofa: ¿Has encontrado?
Suspira porque presiente que nunca hallará. Los hombres blancos son como los aborígenes: sólo hombres. Tienen la piel más fina y más clara, pero son eso: sólo hombres. Y ella no puede amar a un hombre. No puede amar a un hombre que sólo sea hombre, ni a un pez que sea sólo pez.
Ahora nada por el Río de la Plata, rumbo a la aldea de Mendoza. El Gigante le ha referido que unos bergantines descendieron de Asunción, y por los faisanes ha sabido que sus jefes se aprestan a despoblar a Buenos Aires. Precaria fue la vida de la ciudad. Y triste. Apenas han transcurrido cinco años desde que el Adelantado alzó allí las chozas. Y la destruirán.
En la vaguedad del crepúsculo, la Sirena distingue los tres navíos que cabecean en el Riachuelo. Más allá, en la meseta, arden los fuegos del villorrio destinado a morir.
Se aproxima cautelosamente. No ha quedado casi nadie en los bergantines. Eso le permite acercarse. Nunca ha rozado como hoy con el pecho grácil las proas; nunca ha mirado tan vecinas las velas cuadradas que tiemblan al paso de la brisa.
Son unos barcos viejos, mal calafateados. La noche de junio se derrumba sobre ellos. Y la Sirena bracea silenciosamente alrededor de los cascos. En el más grande, en lo alto de la roda, bajo el bauprés, advierte una armada figura, y de inmediato se esconde, temerosa de ser descubierta. Luego reaparece, mojado el cabello negro, goteantes las negras pestañas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo? O no… o no es un hombre… El corazón le brinca. Vuelve a zambullirse. La noche lo cubre todo. Únicamente fulgen en el cielo las estrellas frías y en la aldea las fogaradas de quienes preparan el viaje. Han incendiado la nao que hacía de fortaleza, la capilla, las casas. Hay hombres y mujeres que lloran y se resisten a embarcar, y los vacunos lanzan unos mugidos sonoros, desesperados, que suenan como bocinas melancólicas en la desierta oscuridad.
Al amanecer prosigue la carga de los bergantines. Partirán hoy. En lo que fue Buenos Aires, sólo queda una carta con instrucciones para quienes arriben al puerto, aconsejándoles cómo precaverse de los indios y prometiéndoles el Paraíso en Asunción, donde los cristianos cuentan con setecientas esclavas para servirles.
Las naos remontan el río, entre las islas del delta. La Sirena las sigue a la distancia, columpiándose en el vaivén de las estelas espumosas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo?
Tuvo que aguardar a la luz indecisa de la tarde para verle. No había abandonado su puesto de vigía. Con un tridente en la derecha y una rodela embrazada, custodiaba el bauprés del cual tironeaban los foques al menor balanceo. No, no era un hombre. Era un ser como ella, de su casta ambigua, hombre hasta la mitad del cuerpo, pues el resto, de la cintura a los pies, se transformaba en una ménsula adherida al barco. Una barba rígida, triangular, le dividía el pecho. Le rodeaba la frente una pequeña corona. Y así, medio hombre y medio capitel, todo él moreno, soleado, estriado por las tormentas, parecía arrastrar el navío al impulso de su torso recio.
La Sirena ahogó un grito. Surgieron en la borda las cabezas de los soldados. Y ella se ocultó. Se sumergió tan hondo que sus manos se enredaron en plantas extrañas, incoloras, y el olear se llenó de burbujas.
La noche arma de nuevo sus tenebrosas tiendas, y la hija del Mar se arriesga a arrimarse a la popa y a deslizarse hasta el bauprés, eludiendo las manchas amarillas de los faroles encendidos. A su claridad el Mascarón es más hermoso. Se le sube la luz por las barbas de dios del Océano hacia los ojos que acechan el horizonte.
La Sirena le llama por lo bajo. Le llama y es tan suave su voz que los animales nocturnos que rugen y ríen en la cercana espesura callan a un tiempo.
Pero el Mascarón de afilado tridente no contesta y sólo se escucha el chapotear del agua contra los flancos del bergantín y la salmodia del paje que anuncia la hora junto al reloj de arena.
Entonces la Sirena comienza a cantar para seducir al impasible, y las bordas de los tres navíos se pueblan de cabezas maravilladas. Hasta irrumpe en el puente Domingo Martínez de Irala, el jefe violento. Y todos imaginan que un pájaro está cantando en la floresta y escudriñan la negrura de los árboles. Canta la Sirena y los hombres recuerdan sus caseríos españoles, los ríos familiares que murmuran en las huertas, los cigarrales, las torres de piedra erguidas hacia el vuelo de las golondrinas. Y recuerdan sus amores distantes, sus lejanas juventudes, las mujeres que acariciaron a la sombra de las anchas encinas, cuando sonaban los tamboriles y las flautas y el zumbido de las abejas amodorraba los campos. Huelen el perfume del heno y del vino que se mezcla al rumor de las ruecas veloces. Es como si una gran vaharada del aire de Castilla, de Andalucía, de Extremadura, meciera las velas y los pendones del Rey.
El Mascarón es el único en quien no hace mella esa voz peregrina.
Y los hombres se alejan uno a uno cuando cesa la canción. Se arrojan en sus cujas o sobre los rollos de cuerdas, a soñar. Dijérase que los tres bergantines han florecido de repente, que hay guirnaldas tendidas en los velámenes, de tantos sueños.
La Sirena se estira en el agua quieta. Lentamente, angustiosamente, se enlaza a la vieja proa. Su cola golpea contra las tablas carcomidas. Ayudándose con las uñas y las aletas empieza a ascender hacia el Mascarón que, allá arriba, señala el camino de los tesoros. Ya se ciñe a la ménsula rota. Ya rodea con los brazos la cintura de madera. Ya aprieta su desesperación contra el tronco insensible.
Le besa los labios esculpidos, los ojos pintados.
Le abraza, le abraza y por sus mejillas ruedan las lágrimas que nunca lloró. Siente un dolor dulcísimo y terrible, porque el corto tridente se le ha clavado en el seno y su sangre pálida mana de la herida sobre el cuerpo esbelto del Mascarón.
Entonces se oye un grito lastimero y la estatua se desgaja del bauprés. Caen al río, estrechados en una sola forma, y se hunden, inseparables, entre la fuga plateada de los pejerreyes, de los sábalos, de los surubíes.


Las campanas de la Rosewells

El hombre de la voz antigua vive en la playa. Nadie sabe de dónde vino ni qué hace, esas cosas no interesan demasiado y menos conviene preguntarlas. Tampoco se sabe qué edad tiene; podría ser muy viejo, o no, sólo la voz es remota, parece salir de un sitio carcomido.

Lo que todos esperan de él es que cuente una historia que conoce. La conoce  como si fuera el dueño. Está ahí nada más que para eso-piensan los veraneantes-, para entregársela a los que pasean por la playa. Basta acercarse y sacarle el tema.

Las historias son estupendas porque nunca se gastan . Es posible repetirlas muchas veces a muchas personas y no pierden  nada del cuerpo, ni serrín ni limaduras. El que cuenta una historia la regala y al mismo tiempo la conserva, entera.

La que cuenta el hombre es corta, simple, muy parecida a cientos de otras historias que el mar fue abrochando en el litoral de América: un naufragio. Cambia el barco, el capitán, la época, el lugar, la causa, pero todas son iguales de implacables y trágicas.

¿De qué barco habla? ¿Cómo fue? ¿Dónde?

El hombre de la voz antigua suelta la memoria.

Menciona el nombre de una goleta de bandera inglesa, la Rosewells, y el de un capitán , Albert Shotern. 

Uno puede creerle o no, él no insiste, cuenta solamente.

Que un temporal fue la causa del naufragio. Ocurrió en 1784, de noche, a treinta y cinco kilómetros al sur de Mar de Ajó. ¿Aunque quién podría precisar ya esos datos…?

Que en ese tiempo los faros de San Antonio y Punta Médanos no existían, por eso los barcos navegaban muy desprotegidos, veleros de madera, todavía. Tormentas, sudestadas, una avería seria como la rotura del timón o de un mástil los arrastraban fácilmente hacia las costas del Tuyú, donde encallaban. Era el fin seguro, las olas los deshacían pedazo a pedazo.

Que el destino probable  de la Rosewells-hasta que el mar decidió otro-eran los puertos de Malasia a través del Océano Pacífico, previo cruce del Estrecho de Magallanes que tantos barcos se tragó.

-Esa ve el Estrecho se le escapó la presa-dice el hombre.

Que llevaba una carga riquísima, oro y plata en cantidad, fruto de abordajes a barcos franceses enemigos.

-Piratas, ellos y los otros-dice.

Que todos los marineros murieron ahogados y solamente se salvaron el capitán y los oficiales.

-En el mar, el honor marcaba otra cosa-dice.

Que los oficiales volvieron a Inglaterra pero el capitán  se quedó a vivir en esta zona.

Era un fantasma de hombre. Una sombra inquieta que vagaba día y noche por los médanos insultando al mar y a su mala suerte. Al principio eligió la soledad, después mezcló su vida con la de los indios, cosa que no habrá sido fácil para un marino inglés.

¿Por qué no volvió con los oficiales a su país? Lo retuvieron el dolor y la culpa por la pérdida del barco, pero también la codicia. Algún resto del desastre llegaba cada tanto a la playa para recordarle que la goleta estaba allí con su tesoro. El inglés loco y amargo intentó muchas veces el rescate de la carga. Algo imposible. Se conformó con soñarlo, nada más. 

Que alrededor de 1830 el mar engulló lo poco que quedaba de la Rosewells sobre la superficie y no se vio más. 

Pero se escucha-dice el hombre.

Uno puede creerle o no, él no insiste, cuenta solamente. 

Que cada 1º de noviembre a medianoche las campanas de la goleta suenan llamando a los tripulantes a bordo. Es el día de Todos los Santos y por eso también recuerdan a la que -dicen- era  la patrona del barco : Santa Margarita.

El tañido de las campanas  es agudo y claro como el de las jarcias cuando el viento las sacude. Cualquiera puede oírlo si se anima a mojar los pies en la espuma de noche  y hace silencio.

Bueno, hasta ahí cuenta.

¿Habrá sido así?

El nombre de la santa patrona de la Rosewells coincide con el de otro barco, también de madera y hundido cerca de Mar de Ajó, el Margarita. Por eso algunos dicen que los dos barcos son en realidad uno solo. Los datos, los restos se confunden  y ya no hay manera de separarlos. La misma leyenda abrazó a los dos. 

Y tal vez a otros, que se hundieron después: el Karnak , que era de hierro y nunca se supo de dónde venía ni a dónde iba, el Her Royal Highness , el Anna, el Vencedor

Así son las leyendas, mezclan las cosas. Las campanas de la Rosewells bien podrían ser las de otro barco.

Para el hombre de la voz antigua eso no tiene importancia. Sabe que un naufragio es el resumen  de todos los naufragios. Basta con contar uno. Él cuenta el suyo.



Elogio de la conversación acerca de lo que se lee. Felicidad por arribar a nuevas lecturas, por ensanchar horizontes y vislumbrar otras tierras y otras aguas por donde continuar el camino lector. Agradezco a Pía, a mi hermana Cari y mi cuñado por acercarme al museo Quinquela Martín y a la sala de exposición de Mascarones de Proa (todo surgió porque hablé de Misteriosa Buenos Aires, les narré El hombrecito del azulejo, les comenté del hallazgo del cuento fantástico La sirena). En medio de esa conversación llegamos al Riachuelo, y  al barrio de La Boca. 


Agradezco también a Cecilia Bajour, querida amiga, con quién compartimos la experiencia lectora y me convidó a leer este artículo fabuloso escrito por Ema Wolf y publicado en el boletín electrónico Imaginaria.


En su libro Oír entre líneas. El valor de la escucha en las prácticas de lectura, publicado por Ediciones El Hacedor, Cecilia nos ofrece muchos rumbos posibles para pensar y diseñar prácticas lectoras en comunidad. Desafíos, desvíos, atajos, curvas, laberintos y puentes…   El mundo se abre y se expande en la conversación sobre las lecturas que realizamos. 


Deseo un invierno que aloje conversaciones, lecturas compartidas. Que sea posible abrigarnos con ese sol poderoso que ofrecen los encuentros entre lectorxs y lecturas.


Por si las aguas quedaron inquietas, y creció el deseo de continuar navegando, les dejo aquí algunos enlaces a puertos posibles para continuar este viaje infinito: 


Mascarones de Proa. Museo Benito Quinquela Martín

https://youtu.be/MJVMUJ4gUrQ

https://youtu.be/3XsEX59FDPw

https://youtu.be/_-CEjLHdE3w

Raúl González Tuñón  : Mascarón de Proa

https://youtu.be/20DFLadwQWI

La nave de los brujos y otras leyendas del mar. Ema Wolf. Ilustraciones Luis Scafati

https://www.imaginaria.com.ar/03/6/nave.htm


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