LA VERDADERA EXPLICACIÓN

Mientras seguimos esperando la visita de Pablo Bernasconi compartimos una reseña de uno de sus más bellos (y disparatados) libros, uno que, como bien dice Adriana, tiene la misma seriedad que tienen los niños cuando juegan.


Las personas grandes 

nunca comprenden nada por sí solas 

y es muy aburrido para los niños

tener que darles una y otra vez explicaciones.

Antoine de Saint-Exupéry


Por Adriana Grosso*


Los chicos, y las personas grandes que miran e interrogan al mundo como ellos (incluidos algunos filósofos, científicos y artistas), buscan respuesta a lo que despierta su curiosidad. Su mucha, inmensa, curiosidad: desde el origen de los mocos a qué es el infinito, desde por qué tenemos pesadillas a cómo eran los dinosaurios.  Y crean sus propias  explicaciones.

Claro que, como advierten en la solapa anterior los Defensores de la Verdad (Verdad así, con mayúscula y en singular), todo es “completamente falso, erróneo, equivocado” en el libro porque “este farsante” que escribió La verdadera explicación “creía más en la belleza que en la verdad.”

En la solapa final, con ejemplos conocidos y otros no tanto, el “atorrante” del autor muestra cómo la humanidad a lo largo del tiempo fue dándose distintas explicaciones para las mismas preguntas. Es decir que no hay una “verdad verdadera”, única, incuestionable. Porque “lo que sabemos, que siempre es poco, depende de lo que creemos, que siempre es mucho”. 

Entre una y otra solapa hay dieciséis secciones que podrían ser entradas de una original y desordenada enciclopedia, con toda la seriedad de tal tipo de texto, con la misma seriedad con la que juegan los chicos. En sus explicaciones se cruzan el discurso de divulgación científica y de la experiencia diaria, y se producen disparates (La risa proviene de un antiguo y peligroso virus: el risotto… Aparentemente, el primer huésped de este flagelo fue una niña africana de unos cinco años con cosquillas).  O poemas en prosa (Cada vez que nieva, el cielo nos regala historias perfectas. Los copos de nieve, aunque los veamos redondos y blancos, están formados por diminutos cristales con forma de estrella. A cada forma le corresponde una letra. Si ordenáramos los cristales uno tras otro, podríamos leer palabras...).    

También en las imágenes se cruzan diferentes materiales y técnicas que transforman objetos conocidos en realidades nuevas. Invitan a quedarse observando al virus de la risa con sus cuatro bocas sonrientes o a un Shakespeare atareado en descifrar con lupa los copos de nieve. 

El humor, la palabra literaria y la imagen desautomatizan el modo de aproximarnos a estos diversos temas, nos acercan a la mirada, y a la posible explicación, fresca y nueva de los niños.

Una mirada capaz de ver en el dibujo de una caja el cordero que está adentro. 


*Adriana Grosso nació en la ciudad de Buenos Aires (1960) pero vivió siempre en el conurbano bonaerense. Profesora en Letras (UBA), tallerista y coordinadora de talleres literarios para adultos, ejerció en instituciones de Nivel Medio y Superior. Descubrió con felicidad la LIJ en la Especialización cursada en la UNSAM.



La verdadera explicación
Pablo Bernasconi

Sudamericana, 2013.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

“Esa mujer”, de Rodolfo Walsh, por Ricardo Piglia

No hay más que candados para Helena, de Esteban Valentino

3155 o El número de la tristeza