120 años del nacimiento de Salvatore Quasimodo

Hoy se cumplen 120 años del nacimiento del poeta y periodista italiano Salvatore Quasimodo, representante del hermetismo poético, y Premio Nobel de Literatura 1959. Lo recordamos leyendo tres de sus poemas.




La plegaria


Sé bueno, si quieres escuchar mi voz
y besa el umbral de tu casa.

Lleva dos lámparas, cálidas como el pecho de las golondrinas,
y, hacia la noche, cuando tu rostro tenga la penumbra del cielo,

abre la cancela de cristal de mi refugio azul
y, en silencio, arrímate a mí.

Te hablaré de mis sueños, que he dejado sobre los escalones,
detrás de las puertas cerradas y desconocidas,
de los sueños brotados de los jardines pobres,
sin cantos, en medio de las cicutas.

Luego, calla y regresa: la música que duerme bajo las mimosas
se despertará para ti, que has besado el umbral de tu casa.



Hombre de mi tiempo


Hombre de mi tiempo, eres aún aquel
de la piedra y de la honda. Estabas en la carlinga
con las alas malignas, los cuadrantes de muerte,
-te vi- dentro del carro de fuego, en las horcas,
en las ruedas de tortura. Te vi: eras tú,
con la ciencia precisa dispuesta para el exterminio,
sin amor, sin Cristo. Has matado de nuevo,
como siempre, como tus padres mataron, como mataron
los animales que te vieron por primera vez.
Y huele esta sangre como la de aquel día
en que el hermano dijo a otro hermano:
"Vamos al campo". Y aquel eco frío, tenaz,
llegó a ti, y llegó a tu jornada.
Olvidad, oh, hijos, las nubes de sangre
que ascienden de la tierra, olvidad a los padres:
sus tumbas se hunden en el cenizal,
los pájaros negros, el viento, cubren sus corazones.



Al padre


Donde sobre las aguas violáceas

se hallaba Mesina, entre cables rotos

y escombros, caminas a lo largo de los rieles

y agujas con tu gorro de gallo

isleño. El terremoto hierve

desde hace tres días, es un diciembre de huracanes

y mar envenenado. Nuestras noches caen

en los vagones de mercancías y nosotros, ganado infantil,

contamos sueños polvorientos con los muertos

destrozados por los hierros, mordisqueando almendras

y ristras de manzanas secas. La ciencia

del dolor puso verdad y hojas de cuchillos

en los juegos de las llanuras de malaria

amarilla y calentura inflamada de fango.


Tu paciencia

triste, delicada, nos robó el miedo,

lección fue en días unidos a la muerte

traicionada, el oprobio de los ladrones

atrapados entre escombros y ajusticiados en la oscuridad

por la fusilería de los desembarcos, cuenta

de números bajos que volvía a ser exacta,

central, un balance de vida futura.


Subía y bajaba tu gorro para el sol

por el poco espacio que siempre te concedieron,

y he llevado tu nombre

un poco más allá del odio y de la envidia.

Aquel color rojo sobre tu cabeza era una mitra,

una corona con alas de aguila.

Y ahora, en el águila de tus noventa años,

he querido hablar contigo, con tus señales

de partida coloreadas por el farol

nocturno, y aquí desde una rueda 

imperfecta del mundo,

sobre una inundación de muros cerrados,

lejos de los jazmines de Arabia,

entre los que aún tú estás, para decirte

lo que en tiempos no pude -difícil afinidad

de pensamientos- para decirte, y no nos escuchan sólo

cigarras del Biviere, agaves y lentiscos,

como el campesino dice a su patrón:

"Beso tus manos".* Nada más esto.

Oscuramente fuerte es la vida.



* En el original, expresión en dialecto siciliano (N. del T.)


Los tres poemas están publicados en El Oro de los Tigres V, (selección de Minerva Margarita Villarreal), Universidad de Nuevo León, México, 2015.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

“Esa mujer”, de Rodolfo Walsh, por Ricardo Piglia

No hay más que candados para Helena, de Esteban Valentino

3155 o El número de la tristeza