Las tres hermanas

Ayer se cumplieron 120 del estreno de Tres hermanas, de Anton Chéjov, en Moscú, con dirección de Stanislavki. Recordamos la fecha con esta nota de María Trombetta.


Fotografía de Chéjov, Stanislavski y Grupo de Treatro de Arte de Moscú, 1900.

Por María Trombetta


A 120 años del estreno de la obra de de Antón Chéjov, dirigida por Constantin Stanislavski.

El 31 de enero de 1901, el Teatro de Arte de Moscú, dirigido por Constantin Stanislavski, estrenó Las Tres hermanas de Antón Chéjov. Imaginar el evento invita a reservar ticket en la máquina del tiempo: Chéjov más Stanislavski, una de las cumbres de la cordillera más alta entre los hitos del teatro universal.

Las obras de Chéjov presentan una galería de personajes detenidos, insatisfechos. Burgueses aburridos deseando encontrar un sentido para sus vidas monótonas, que ven pasar el tiempo mientras languidecen y añoran el momento en el que por fin lograrán aquello que desean, en una inacción debajo de la cual sedimentan pasiones y ansias reprimidas.


Las tres hermans de Chéjov, 1901, diseño de Viktor Simov.

Fue Constantin Stanislavski junto con su Teatro del Arte de Moscú quien mejor supo dar vida a sus obras y a la atmósfera decadente de la burguesía rusa de fines del siglo XIX.  Actor, director y teórico, a partir de la revolución que generó su estudio sobre los procesos creativos que se ponen en juego en la actuación, fue que el trabajo de actores y actrices dejó de ser un simple oficio para convertirse en una profesión. En lo relativo a las puestas, frente al realismo del teatro literario de entonces, dirigido al gusto del público burgués, Stanislavski reivindicó la teatralidad. Así lo reconoce nada menos que Meyerhold, en 1921: “Y este maestro de grands spectacles, dotado del impulso de un Miguel Ángel teatral, se pone a hurgar entre las ruedecillas del mecanismo de un reloj. (…) ¡Nada de revivir! ¡Voces altisonantes! ¡Porte teatral! ¡Elasticidad del cuerpo! ¡Discurso expresivo del gesto! ¡Danza! ¡Flexiones! ¡Ejercicios de esgrima! ¡Ritmo! ¡Ritmo! -, grita Stanislavski a voz en cuello. Hierve la sangre francesa.”

Portada de la primera edición con los retratos
de las actrices del estreno teatral, abril 1901
.


Las tres hermanas de la obra, Olga, Masha e Irina, recuerdan a su padre en el primer aniversario de su muerte, instaladas en la casa heredada, como lo determinan las leyes del momento, por su hermano varón, en una capital de provincia a la que consideran aburrida y poco estimulante. Olga sueña con vivir en Moscú y sufre ante la posibilidad de que la nombren directora en el Instituto donde da clases. Irina, la menor y casadera, rechaza pretendientes esperando la primavera en que junto con su hermana partirán hacia la gran ciudad. Masha, atrapada en un matrimonio infeliz con un buen hombre que la adora, y deslumbrada por Vershinin, el teniente recién llegado al regimiento local.  A través de las escenas y del recorrido de los personajes, la resignación irá sellando su destino, como anticipa en las primeras escenas Vershinin, el militar sensible que el propio Stanislavski se reservó para interpretar en la puesta: La dicha no se alcanza, no existe; sólo la deseamos.



MASHA- Oh, ¡cómo toca la música! Se van de nuestro lado, uno se ha ido del todo, del todo, para siempre; nosotras nos quedamos solas para comenzar de nuevo nuestra vida. Hay que vivir…Hay que vivir… 

IRINA (apoya la cabeza en el pecho de Olga)- Día vendrá en el que todos sabrán el porqué de todo esto, el porqué de todos estos sufrimientos; entonces no habrá misterios de ninguna clase, pero mientras tanto, hay que vivir…hay que trabajar, ¡sólo trabajar! Mañana partiré sola, enseñaré en mi escuela y consagraré mi vida entera a quienes quizá sea necesaria. Ahora estamos en otoño, pronto llegará el invierno, la nieve lo cubrirá todo y yo trabajaré, trabajaré…

OLGA (abraza a las dos hermanas)- La música que toca es tan alegre, tan animosa, ¡se sienten deseos de vivir! ¡Oh, Dios mío! Pasará el tiempo y nos iremos para siempre. Se olvidarán de nosotras, olvidarán nuestros rostros, nuestras voces y cuántas éramos; pero nuestras penas se transformarán en alegrías para los que vivan después que nosotras, la felicidad y la paz reinarán en la tierra; los hombres encontrarán una palabra amistosa para los que vivimos ahora y nos bendecirán. Oh, mis queridas hermanas, nuestra vida aún no ha terminado. ¡Viviremos! ¡Esa música es tan alegre, tan gozosa! Un poco más, y sabremos para qué vivimos, para qué sufrimos… ¡Si pudiéramos saberlo, si pudiéramos saberlo!

Comentarios

Entradas más populares de este blog

“Esa mujer”, de Rodolfo Walsh, por Ricardo Piglia

No hay más que candados para Helena, de Esteban Valentino

3155 o El número de la tristeza