Sarmiento del Monte de Oro

Para conmemorar el aniversario del natalicio de Domingo F. Sarmiento, Laura Ávila nos acercó la transcripción de una columna que hizo hace un tiempo para Radio Tinkuy. La compartimos con ustedes. 



 

Por Laura Ávila


En el 2014 fuimos a San Luis con mi hermana Cecilia. Eran nuestras vacaciones de Semana Santa, pero no nos alcanzó la plata para ir a Merlo. Terminamos en un pueblo sin hoteles: San Francisco del Monte de Oro. 

Nos dijeron que el oro del nombre era por un tesoro enterrado en una mina, pero averiguando un poco más, vimos que ese oro era por Don José de Oro, el tío de Sarmiento.

Don José de Oro era federal. Enemigo de Rivadavia y de Salvador María del Carril, se exilió en San Luis escapando de los avatares políticos de los unitarios. Era sacerdote pero había conseguido una dispensa para no rezar novenas. Ex soldado del Ejército de los Andes, andaba en sotana, enfierrado y a caballo. 

Fue él quien se encargó de Sarmiento, ese adolescente desamparado que era en 1825, y le enseñó todo lo que sabía. 

Faustino Valentín, que tales fueron los verdaderos nombres de Sarmiento, era un chico pobre con ganas de aprender. Sentía amor verdadero por los libros, el amor ciego y leal de los que saben que sirven para transportarse a un lugar distinto. 

Su madre trabajaba todo el día y su padre era un tarambana medio mal entretenido  que los dejaba demasiado tiempo solos, a él y a sus 14 hermanos, muchos de los cuales murieron infantes. 

Los cuidaron doña Paula Albarracín y su criada, una negra zamba llamada Toribia. De ella nos habla el propio Faustino en Recuerdos de Provincia: “Toribia era la comadre de todas las comadres de mi madre, la envidia del barrio, la llave de la casa, el brazo derecho de su señora, el ayo que nos crió a todos, la cocinera, el mandadero, la revendedora, la lavandera y el mozo de mano para todos los quehaceres domésticos. Murió joven, abrumada de hijos, especie de vegetación natural de que no podía prescindir no obstante la santidad de sus costumbres, y a su falta dejó un vacío que nadie ha llenado después, no solo en la economía doméstica, sino en el corazón de mi madre, porque eran dos amigas, dos compañeras de trabajo que discurrían entre ambas sobre los medios de mantener la familia. Reñían, disputaban, disentían y cada una seguía su parecer, ambos conducentes al mismo fin. ¡Qué pensar en sorprender a la cocinera, los niños a la vuelta de la escuela, con su mendruguillo de pan escondido, introduciéndonos en vía y forma de visita, para soparlo en el caldo gordo del puchero! Si el tiro se lograba, era preciso tener listas las piernas y correr sin mirar para atrás hasta la calle, so pena de ser alcanzado por el más formidable cucharón de palo que existió jamás y que se asentó por lo menos treinta veces en mi niñez sobre mis frágiles espaldas…”

Sarmiento hizo la primaria en la escuela de la Patria, uno de los establecimientos de primeras letras que se habían afianzado durante la Revolución de Mayo, pero nunca pudo lograr que lo becaran para hacer la secundaria en Buenos Aires. 

De esa tristeza lo rescató este tío de Oro, que lo llevó con él al exilio de San Luis  y le enseñó Latín, Geografía, Teología, cómo montar a caballo, manejar armas, bailar  y salir con chicas.


Rancho escuela en San Francisco del Monte de oro.


En esas vacaciones en San Francisco del Monte de Oro nos mostraron un rancho ruinoso, que aseguraron que había sido la escuela de Sarmiento y su tío federal. 

Era de una sola pieza, de techo de paja, con un nogal en el patio de tierra y una capilla. 

Al recorrerlo pensé cuánto coraje había necesitado ese adolescente para transformarse en el monstruo brioso que fue, en ese presidente terrible, impiadoso, odiado, que hizo escuelas públicas, laicas y gratuitas pero que también pidió la sangre de los gauchos. 

Aquel hijo de gaucho que odiaba a los gauchos. 

Aquel provinciano que amaba el progreso de los porteños. 

Sarmiento se escribió a sí mismo, se forjó solo, sin tachaduras aparentes,  como nacido de una página escogida. 

Usó los libros como peldaños para huir bien lejos, para renegar de muchas cosas que lo habían hecho feliz, que le habían dado refugio: el monte, el tío federal, las aventuras en la provincia, la negra Toribia, el pan ensopado en el puchero, la madre, la infancia.


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