Voces en el aire - Coplas de carnaval

Con esta nota en la que Diana Tarnofky repasa parte de la obra de Leda Valladares, cerramos el tema del Carnaval al que le dedicamos el mes de febrero.




Tiempo de carnaval  donde lo que es, puede convertirse en otra cosa y lo que no es tiene posibilidad de ser. Paréntesis en el tiempo cotidiano, permiso para las transformaciones, soñar depiertxs con otrxs, vivir la fiesta en comunidad.

Me gustaba recorrer mi barrio Villa Mitre- La Paternal en la Ciudad de Buenos Aires en tiempo de carnaval. Caminar por la Avenida Nazca adornada con banderines coloridos, luces, papel picado, risas, espuma, bailes y comparsas, cantos… la fiesta popular bajo el cielo.

Este febrero se va, sin fiesta en plazas ni calles. Sin embargo, la urgencia de vivir el carnaval, me llevó a re-leer  Cantando las raíces. Coplas ancestrales del noroeste argentino. Una maravillosa recopilación de la poeta-cantora-música  Leda Valladares.

Mientras leía, se llenó de perfume a albahaca mi casa, la harina flotaba en el aire y me cubría el rostro. La voz se vistió de colores, bailó, se fue a pasear por los paisajes y con ella me fui yo.

Les invito a cantar estas coplas, a compartirlas en casa-en las escuelas-los hospitales-las plazas-las calles. 

¡¡¡Que rueden de boca en boca, que se multipliquen y crezcan como yuyos por las orillas del aire!!!

Sacar a pasear la voz, dejar que el cuerpo sea esa caja de resonancia, convidar las coplas como caricias en el aire.

Aquí comparto un fragmento del libro, en el que  podemos escuchar la voz y la sabiduría de Leda Valladares contando su experiencia en este camino de recopilación , mientras nos invita a cantar y a disfrutar del sonido de la voz de cada unx, voz única y singular. También comparto algunas coplas que seleccioné especialmente,  y que celebran el canto y el tiempo de carnaval.

 Y una  copla, de yapa para ahuyentar la soledad:


La soledad es cosa rara

con tanta gente tan sola,

si les soles se juntaran,

la soledad queda sola.


Susy Shock




Fragmentos de Cantando las raíces


“…La primera y más íntima experiencia musical que puede tener la mujer-el hombre es el canto. Exige convertirse uno mismo en instrumento, ser su propia caja de resonancia, ser el centro emisor de la melodía y manejar volúmenes, matices y timbres con la propia voz.

Cantar ha sido desde siempre, a lo largo de la historia humana, un rito de poderes mágicos y depurantes. En la vida tribal, el canto se usa para curar enfermedades, para exorcizar malos espíritus y convocar a los buenos. Hoy lo provocamos con menos liturgia pero sabiendo que es un bálsamo oxigenante. Implica dos procesos: el físico, respiratorio y muscular, y el psíquico, de goce y drenaje. Los dos procesos nos descargan de fuerzas contenidas…”


“...El canto de la quebrada, el que galopa sobre la caja y la copla, es siempre descoyuntado, llorado o gritado. Canto de tripas y plexo solar. Para expresarse, el hombre de campo no tiene límites cuando canta. Recurre a una maraña de explosiones guturales y se expande hasta la plenitud. Es el cantor “libre y dueño” como dice la copla y el que escandaliza al hombre de la ciudad. Sin embargo, su canto es una milenaria costumbre que practican los cantores primitivos. Y ellos saben lo que hacen, con una sabiduría ancestral. La voz se larga como recién nacida y no se parece a ninguna otra, salvo en lo tremendamente humano.

 En este canto no existen los problemas técnicos de cómo sacar la voz y manejarla, de cómo respirar. Sólo se trata de recuperar un lenguaje esencial y eterno, de movilizar el alma en el canto tal como lo hicieron durante milenios los pueblos, sin solfeos ni impostación.

El manejo de la voz pasa naturalmente de generación en generación y cada cantor le agrega su modo personal. La baguala será siempre la misma pero cada intérprete le suma su secreto, su misterio, su manera de sentir la canción.

La cuestión es oír. Oír los sonidos de las voces de los cantores agrestes, los gritos, los llantos, alaridos, estertores, falsetes, y tratar de reproducirlos.

Un oído de la ciudad se siente extraviado cuando entra de golpe al silencio del campo. La pausa pone al hombre frente a un abismo auditivo que perturba y desorienta. Lo mismo le ocurre frente al mundo musical de nuestros indios y paisanos. Sus instrumentos, sus melodías y especialmente sus voces le resultan de un despojamiento insufrible. En nuestros Valles Calchaquíes, lugares extramentales de soledad y grandeza, centros de una historia todavía no descifrada, se oyen cantos extraños, insondables lamentos que nos remueven las raíces. Cantos centenarios, añejos de humanidad, dolorosos como una llaga viva.

Reproducir semejante dibujo vocal requiere un oído capaz de graduar las tensiones internas de la canción. Y soltar la voz sin atenuantes. Oír y repetir es el secreto para acercarse a esta especie de prehistoria del sentimiento. De un sentimiento específicamente criollo con fuerte acento indio. Es una América orgiásticamente triste la que circula por el canto con caja, que es ascético de ritmos, doloroso de melodías, profundo de palabras.

La baguala es uno de los cantos más difíciles  de aprender e incorporar. Trabajar la voz para acceder a una baguala significa hacerla estallar, sacarla de una manera totalmente distinta a como se hace en la ciudad. Fundamentalmente, no hay que tener miedo a que la voz delire y busque su propio ritmo. Atreverse a emitirla desde las vísceras con toda su experiencia de raza y su fuerza de siglos.

Un cantor que asimilara el juego  ancestral de una garganta indígena, asiática y africana sería todopoderoso, rey de las guturaciones alucinantes…”


Cuando cae el sol

cuando cae el sol yo canto

salen balando mis ovejas

con mi quena y mi charango.


Yo no canto porque sepa,

ni por tener buena voz,

yo canto para que salgan

las penas del corazón.


Yo soy como el agua clara

que corre bajo el yuyo,

aquí te vengo a cantar

al año como el cocuyo.


Carnavalito han dicho

hay que cantar y bailar,

con las patitas al aire

y el corazón galopar.


Pasa los tiempos rodando

como semilla la copla,

devueltando , devueltando

su gusto de boca en boca.


Soy lo mismo que el cocuyo

cada año salgo a cantar

domingo, lunes, martes

tres días de carnaval.


Yo soy aquel cantorcito

aquel de tan larga fama

aquel que deja cantares

como el pájaro en la rama.


Yo soy como la chicharra

corta vida, larga fama

y me la paso cantando

de la noche a la mañana.


No soy cantora del campo

y menos de la ciudad,

soy cantora por si acaso

y en caso e´necesidad.


Los gallos cantan al alba

yo canto al amanecer

ellos cantan porque saben

yo canto por aprender.


El año pasado canté 

este año lo mismo haré

para el año si estoy viva,

cantando la pasaré.


Pachamama tierra hermosa

no me comás todavía

voy a cantar esta noche

y mañana todo el día.


Diana Tarnofky, coordinadora de talleres de Narración oral y lectura en voz Alta.


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