lunes, 21 de julio de 2014

De vacaciones

¡Todos quieren leer y jugar! ¿Acaso alguien podría negarse a ese tipo de diversión que los niños tan bien saben aprovechar? Las vacaciones permiten el descanso y la renovación de los encuentros con los juegos y con la lectura, para grandes y chicos por igual. Durante esta semana de receso escolar Libro de arena publicará una serie de textos, notas y artículos sobre los momentos y actividades que hacemos en vacaciones y cuyos protagonistas centrales e indiscutidos son los niños.


Por Vanesa Ravello*



Este no es mi libro favorito, es el de mi hija, que tiene no sé si un favoritismo o más bien un fanatismo preocupante. Su lectura es una obsesión que no puede faltar antes de irse a dormir. Preguntar ¿hoy qué vamos a leer?, cada vez que se acuesta en su cama, es un ritual redundante a esta altura. Ya sabemos lo que va a decir: “¡Quiero… Ni se te ocurra!”. Había empezado como un juego, como todas las cosas, y terminó en esto: un castigo. Pero no para ella que fanática ríe como loca en cada una de las advertencias que van escalonando el cúmulo de consejos que la mamá le da a su hijito, Agus, en la historia, sino para nosotros. En realidad, y fuera de bromas, el cuento es buenísimo para los más chiquitos porque justamente habla de todo lo que los papás no quieren que los chicos hagan, de las travesuras con que dan vuelta una habitación o una casa, de esas pequeñeces que logran colmar la paciencia del más santo. El cuento, de la editorial Quipuhabla sobre los límites que los papás les ponemos a nuestros hijos. Pero también de lo ilimitada que es su imaginación, y cómo cada una de las advertencias, que la mamá en el cuento le hace a su hijo, despiertan en él infinitas imaginaciones. Estas se escapan de los límites a lo que puede hacer, y como ocurre en el final, lo hacen volar bien alto, o es como el nene se ve a sí mismo, al menos. Aunque le responda que sí, que entendió todo lo que no debe hacer, Agus sabe cómo evadir con su mente las vallas de los adultos. Y no sé por qué pero parece que a los chicos les fascina escuchar historias de este tipo que muestran con imágenes que mi hija adora observar. Las cosas que el protagonista imagina se muestran sin que aparezcan contadas. Será también que sabe la muy pícara que sus travesuras muchas veces censuradas se parecen a las de Agus. Cada vez que la retamos por sus dibujitos en la pared mira así con su cara de que no pasó nada, que está bien porque no pasó nada inusual, es lo que hace siempre. Escribir en la pared es para ella una actividad normal, cotidiana, aceptable y hasta como un regalo que nos hiciera a todos los que habitamos la casa y probablemente a la casa misma que queda toda decorada después del paso de sus lápices y crayones de colores. Los garabatos que va dejando y que vamos descubriendo en los rincones más insólitos, en el borde de una cama, al costado del sillón, o en el borde superior del pasamos, son un juego alegre que llena todos los espacios vacíos del hogar. Inútil es borrarlos porque ya sabemos que reaparecerán y quizá con más fuerza la próxima vez. Este descargo, con el que seguramente comulgarán tantos otros padres, es también la posibilidad de recomendar una linda lectura, para entusiasmar a iniciar a los chicos en el hábito de los libros.

¡Ni se te ocurra!
Lizza Porcelli Piussi
Buenos Aires, Quipu, 2010













Por Vanesa Ravello*: es mamá de Aldana, de salita de 5 del Jardín Nº 4, Ariel Bufano, en Ciudad de Buenos Aires y juega con su nena a leer cuentos.


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