Leonardo Oyola: “Leer y escribir es de lo más sanador que hay en la vida”
Compartimos
la segunda parte de la entrevista que Mario Méndez le realizara a Leo Oyola en
un frío lunes de invierno, en La Nube. La distendida charla permitió que
nuestro invitado recorriera varios temas importantes de su vida y su
literatura. Nos habló del suceso que fue Kryptonita, de las
fuertes experiencias recogidas con lectores y lectoras en unidades
penitenciarias, de cómo la publicación de Chamamé lo convenció de que el
de la literatura era su camino de vida y, entre otras muchas cosas, de la profunda,
definitoria relación que mantuvo con su maestro, Alberto Laiseca.
Mario
Méndez: ¿Cómo fue la experiencia de lecturas y
visitas en las unidades penitenciarias?
Leonardo
Oyola: Como en las escuelas. Algún
coordinador entendió que mi literatura podía comunicar algo a la gente de su
taller, y se empezaron a enganchar. Las primeras veces nos dimos cuenta de que
como son muy agradecidos y agradecidas, y te dan lo poco que tienen ahí
adentro, sabés que no se los podés rechazar, sabiendo que van a privarse de
eso. Para no ser descortés. Después, ya nos pusimos de acuerdo en caer de
sorpresa. No solo para que fuese más espontáneo, sino para que no se quedaran
sin eso que después quieren regalarte. Desde el vamos yo tuve esa política de
acompañar al libro adónde me lleve. Y lo que aprendés adentro es a no juzgar.
Es gente que se equivocó, que está pagando un precio muy caro por esa
equivocación, aparte del dolor y del arrepentimiento. Y después lo otro, no
solo en nuestro país, porque también he tenido propuestas en Uruguay… las
unidades penitenciarias están llenas de gente pobre. Hay gente que cometió los
mismos delitos o que hizo cosas peores, y que pueden evadir el castigo,
mediante un sistema que favorece ese tema de los chanchullos legales. Vas, como
vas a una escuela pública o privada. Lo que no podés es ignorar qué tipo de
energía hay ahí, la tumba chupa muchísimo, es híper gris. Y no es que salís de
ahí y podés volver al toque a tus actividades. Realmente te expone, te
das cuenta de lo importante que es la libertad, el solo hecho de poder
elegir. Desde elegir en qué momento dormir. Siempre está esa energía, y está el
intercambio con las cosas que escriben. Leer y escribir es de lo más sanador
que hay en la vida. Son cosas que quedan repiqueteando, que están ahí. Alguien
que se animó… ahora con todo ese asunto de redes sociales empezaron a comentar
que yo iba, que para esto no cobro, salvo cuando me lleva la editorial, que es
el transporte y una noche en donde sea, porque ni siquiera pido hotel. Por lo general
me quedo en la casa de los coordinadores. El libro apareció así, y me parece
que es importante mostrarles a todos que hay que tener fe en la escritura.
MM:
Y con la cuestión del verosímil, cuando
un lector está en una unidad penitenciaria, y ha leído Chamamé… que
tiene varias escenas, desde que empieza, en la “tumba”, ¿critican? ¿Te dicen
que algo no es de esa manera? ¿Te preguntan cómo sabés? ¿Cómo es ese asunto de
los vínculos?
LO: No. Adentro de la unidad penitenciaria
de eso nunca hablan. Al contrario. Se ríen. O me dicen que estuve asesorado. Se
enganchan de otra manera. El que más se da es Kryptonita, pero también
se dan mucho Santería y Sacrificio en las “uni” femeninas. Es
distinto. Y a la vez, después de haber ido tantos años y ver todo, algunas
cosas le encontrás. El hombre adentro, necesita, para endurecerse, para poder
pasarla, hacerse tumbero. No demostrar sentimientos, no hacer otra cosa.
Entonces, por ahí con Kryptonita se enganchan más con el capítulo del
hijo y enseguida con el tema de las familias, y empezamos a hablar de todo eso.
La mujer es más dura, en el sentido de no mostrar sus sentimientos, y está
pensando en “cuando salga”. El hombre no sé si es más duro, pero elige el auto
encierro también. Las mujeres se enganchan con los capítulos de bailes.
Viste que en todas las novelas tengo capítulos de baile. Y me hacen jodas así,
me pregunta si es verdad que bailo como Patrick Swayze, me piden que les
muestre… en ese sentido, la mujer es más luminosa dentro de ese mundo sin sol que
está transitando en el día a día.
MM:
En Chamamé, el enganche con el
amor de su vida, la madre de su hijo, es a través del baile. Una pregunta casi
de chico, de lector, sobre Chamamé. Cuándo lo ve al loco, al Pastor,
¿qué te imaginás? ¿Que le va a pegar un cuetazo o le va a dar la mano?
LO:
Es que también para mí es la gran duda
y para mí eso estuvo bueno. Me pasó con todo lo que escribí. Que mientras lo
escribía iba conociendo más a los personajes y se me iba modificando. Chamamé
terminaba de una forma muy diferente, y hubo un momento en el que me acuerdo de
dónde lo estaba escribiendo y todo, estaba la ruta 3 y salía caminando, y ahí
visualicé como iba a terminar. Porque pensaba que por más odio que le tenía a
él, siempre uno iba a permitirle al otro. Y ahí visualicé algo que no había
visto hasta ese momento. Yo los trataba al Perro y al Pastor como si fueran el
protagonista y el antagonista. Pero si bien el Perro es el narrador, es tan
antagonista como el Pastor. Y se complementan. Y lo más interesante en ese
viaje (en el viaje metafórico, no solo en el literal por toda la
Mesopotamia), es que al Perro, al que al principio vemos más humano, por el
odio que le tiene al Pastor y por querer matarlo, se va deshumanizando un
montón. Y el Pastor, que al principio contamos en flash back quién fue en
la cárcel y todas esas cosas, todo lo contrario. Se cansó de ser un monstruo.
Quiere humanizarse. Quiere mostrar otro lado. Por más que el Perro está
convencido de que son chamuyos, para mí el Pastor es un tipo que se cansó de la
vida por izquierda y quiere comprar una oportunidad. Y el Perro, que está en el
mismo tranco de la vida que el otro, y podría también elegir otra oportunidad,
tiene mucho miedo a vivir una vida normal. Porque no sabe hacer otra cosa. Tiene
mucho miedo a hacerse cargo de su paternidad, tiene mucho miedo a tratar de
mantener una familia día a día, cuando estuvo siempre acostumbrado a él y
“sálvese quien pueda”, también porque le enseñó su papá. Entonces cuando me
cayó esa ficha, me pareció que estaba bueno lo de cambiar, que estaban lindos
esos momentos, y exagerarlos. Llevarlos más hacia lo cinematográfico,
para alejarnos un poco de lo duro y lo fulero que es un hecho policial en lo
diario, siempre en esto, en el código de ficción. El ancla, el asidero de
verdad, es que nos pensemos todos en esos momentos. Cómo son esas dudas y cómo
es difícil en serio el día a día. Es algo que se me instaló. Por ejemplo, para
hacer Kryptonita hice una primera versión que era mala, que parecía una
parodia involuntaria. Tenía que leer mucha historieta para tratar de entender
más al personaje, llevarlo ahí. Y de repente leí a un autor, Alan Moore, que
tiene algo que me gustó es la humanización de Superman. Alan Moore tiene
una historieta increíble que se llama “¿Qué le pasó al hombre del
mañana?”, que es uno de los tantos nombre que recibe Superman. Y que es que
desapareció. Y todos preguntan qué le pasó a Superman. Y es un tipo
indestructible, peleó con todos los monstruos y las amenazas del universo, y
que se da cuenta de que la aventura definitiva, la más dura y que está
lejos de ganar es la de jugarse por una pareja, que es Luisa Lane, casarse con
ella, tener un hijo y ser eso: un padre de familia. Me pareció increíble, pero
no por bajada de línea, por lo de los héroes anónimos, sino porque, de verdad,
es de lo más difícil que existe. Para cualquiera.
MM:
Bueno, entonces ¿el Pini hace eso?
Porque en un momento está la sospecha de que se vuelve a Kryptón…
LO:
Hay un tema… A mí, Laiseca me enseñó
también que tengo que respetar lo que opinen los lectores, sacando que
ideológicamente te tiren algo. A mí me ha pasado que los lectores me digan
montones de cosas de mis libros y pensar por adentro que nada que ver. Y otras
que me pareció que algo que me decían estaba buenísimo, y hasta mencionar eso
si me hacían un reportaje. La primera vez que me pasó fue en España. Una señor
en Ibiza se me acercó y me dijo que sabía por qué el Perro los trataba a todos
de Gun’s & Roses. Porque está diciendo en inglés, como si se presentara
ahora a robar, “Damas y caballeros”. En lugar de eso dice “Pistolas y Rosas”.
Era una señora muy grande. ¿Y yo que iba a decirle? ¿Qué Gun’s & Roses es
una banda? No. Después, en Madrid me hicieron una nota y me preguntaron por qué
el Perro los trataba así, y les dije que porque era un caballero a la hora de
robar. Y en el suplemento cultural salió destacada esa frase. (Risas).
MM:
Los editores mejoran los libros y los
lectores también.
LO: Por supuesto. Por eso también te
decía… Toda esta vuelta porque yo escribí Kryptonita convencido de que después
el lector iba a decidir: son superhéroes, o es una alucinación del médico por
el cóctel que se prepara, y porque ya hace cuatro días que está despierto, en
esa duermevela. Y la verdad es que todos los lectores eligieron que fueran
superhéroes. Y bueno, ya está. No es que pensé en si Pini se volvía a
Kryptón, o lo que sea. Sí, lo que siempre pensé, y cuando le puse ese título a
la novela de este tipo, en apariencia indestructible, fue en el concepto de
kryptonita, que son los restos del lugar de donde vino, que son lo único que lo
debilita y que puede matarlo. Y en que Superman nunca había volado porque nunca
se había ido del barrio. Nunca había dejado de hacer esquina. En el momento en
el que decide irse, puede volar por primera vez. Ese era mi concepto. No sé si
estoy tan lejos, pero ya el hecho de volar, está bueno.
MM:
Así terminan la novela y la película:
voló. Igual vos le das esa libertad absoluta al lector, no me acuerdo si lo
dice el Faisán, “contala como quieras”.
LO: Sí, el Faisán, justo. Que cada uno la
reproduzca. Eso me parece lo más hermoso de las canciones. No me acuerdo de
adónde lo leí, o a quién le escuché que las canciones son la forma más perfecta
de la historia. Porque después se reproducen de forma oral, y el que la
incorporó la sabe de memoria. Y es real eso. Ahora podés tener toda la
tecnología, que te caiga una novela al celular, pero nos ponemos a charlar vos
y yo, y si te digo: “Amanece en la ruta, no me importa dónde voy, me he dormido
viajando”, vos sabés, la podés transmitir también. Y eso es genial.
MM: Posiblemente por eso te esté esperando
el tango. Porque está en la cosa tribal.
LO: Puede ser.
MM: La historia también es muy fuerte en
vos. Etapas raras de la historia: 1910, 1930, 1897, ¿eso fue porque buscabas un
contexto nuevo para la ficción, o porque te interesó de pibe?
LO: Historia no me llevé. ¿Ves? Era como
lo más sencillo a la hora de estudiar.
MM: No nos enseñaban 1897…
LO: No, pero para esa época está Sherlock
Holmes. La idea era ver qué pasaba allá y qué estábamos haciendo nosotros acá.
No recordaría por qué elegí lo del Tigre… En realidad sí, lo que pasa es
que estoy haciendo un spoiler. Por qué chanchullos presidenciales se fue
alejando esa mano armada de ese candidato presidencial, y se estableció el
grupo como está. En el caso de Hacé que la noche venga, tenía que
ver con la época exacta del subte y eso. Ahí yo estaba en la mala y andaba
haciendo unos laburos de albañilería. Estaba laburando en una obra en Belgrano,
y para volver al oeste me salía más barato ir de Belgrano con el subte y hacer
la combinación después con el “A”, a Plaza Miserere y ahí tomar el tren,
en lugar de tomar el 28 hasta Liniers, y de ahí ir para Morón. Yo ya era
grande, tenía más de treinta años y me mataba el trabajo físico. Y me pesaba
que cada vez que me bajaba del subte pensaba: “Dale, puto, esta gente en la
década del treinta, sin máquinas ni nada mirá lo que laburó”. Y un día empecé a
mirar los murales. Viste que cuando estás en tu rutina es que ahí está la
estación en la que te bajás. Y un día empecé a mirar los murales de Rodolfo Franco,
creo que era el autor de todos los de la línea D, y que me quedé maravillado en
el de Scalabrini Ortiz, el que más me gustó. Y ahí fue como que empezó a nacer
esa historia, empecé a investigar, y justo se dio que ese tramo hasta lo que es
ahora Plaza Italia se hizo en el ’39. Y ahí me apareció esa historia. Pero en
el caso de Hacé que la noche venga y Bolonqui con lo del
Centenario, nos daban a elegir. Y me gustó ese momento por todas las locuras
que había con respecto a lo del cometa Halley. Yo me acuerdo de que me miento
con que vi al cometa Halley cuando pasó en el ’86.
MM: Claro…
LO: En la televisión te explicaban a qué
hora tenías que verlo, y si no tenés un telescopio no ves nada. La figura del
cometa en el manual es re linda, y es Maradona haciéndoles el gol a los
ingleses, pero ¿qué es en el cielo un cometa? Pasa rápido. Es como esas
imágenes de las que te hablaban en los ’90, la imagen inteligente en 3 D. Todos
te dicen que era el velero. Dale… ¿Cuántos vieron el velero? Vieron los triangulitos,
las cosas esas…
MM: Me quedan varias preguntas pero vamos a darle paso a la gente, que seguramente quiere preguntarte algo.
Asistente
(Alejandro Alonso, escritor):
Recién comentaste que la etapa de leer cómics e historietas fue posterior a que
empezaras a escribir. Sin embargo, a mí me enganchó profundamente, y veo todos
los guiños al cómic que hay. ¿Cómo fue que lo trabajaste? Porque dijiste que
hubo una primera versión muy flojita…
LO: Sí, porque tenía en la cabeza solo la
película con Christopher Reeves. La primera. Después me di cuenta de que tenía
que buscar otras cosas. Vi películas, pero también fui a buscar libros. Fui a
buscar a todos los que escribieron sobre Superman. Ahí ya tenía unos libros
publicados, y me pasó que uno de mis lectores, era dueño de una de las
sucursales del club del cómic. Entonces me asesoró. El padrino de mi hijo
también es fanático de las historietas y también. Me tiraron un montón de
cosas, y me volví un lector de historietas. Ahora consumo, pero no sólo el tema
de los superhéroes. Cosas europeas que están bárbaras. Y es muy lindo el
momento actual de la historieta argentina. Pero me parecía que estaba bueno ser
respetuoso y no dejar a nadie fuera de la fiesta. Antes de venir para acá
fuimos a tomar algo y hablábamos de Convertini, y de la presencia del fútbol en
su literatura. Los que sabemos de fútbol la disfrutamos un montón. Y el que no
sabe, puede avanzar. Entonces, para mí, en Kryptonita era importante no
dejar a nadie afuera. Que el que sabía de historieta cazara todos esos guiños,
y el que no, avanzara. Y estuvo bueno, porque a partir de ahí es que me invitan
a convenciones de historieta, y está buena la interacción con otro tipo de
público, otro tipo de lector. Cariñosamente, con los ñoños, porque son re
talibanes y te enganchan con esas cosas.
AA: Mencionaste a Alan Moore, está el caso
de Neil Gaiman, grandes autores. Muchos de ellos hicieron grandes
novelas.
LO: Fue descubrir a esos colegas. Neil
Gaiman es un escritor increíble. Tiene unos relatos buenísimos. La que tiene
que ahora hicieron la serie, “American Gods”, me parece bueno ir para ese lado.
AA: ¿Irías a ese universo?
LO: Yo había dicho que no, y cuando vino
la serie, plata mediante, dije que sí. (Risas). La posta, es que en este
momento de libertad, me interesa explorar cosas en otro lado. Me parece que se
pierde un efecto sorpresa, no solo de parte mía, sino que ya el hambre que
tengo por la historieta, sigue en la lectura. La escritura tendría que tratar
de hacer un guion de historieta, y ahora no es el momento. Me lo han propuestos
varios dibujantes, nos juntamos y estuvo buenísimo juntarnos, pero no manejo
ese lenguaje.
Álvar
Torales: Más que pregunta quería hacer una
acotación. Vuelvo a tu relato sobre la experiencia interesantísima que hiciste
en las unidades penitenciarias. En el Programa Bibliotecas para Armar, tuvimos
una experiencia de ese tipo, hace varios años. Se formaron bibliotecas,
se realizaron actividades, se desarrollaron ciclos y lo que recuerdo, entre
otras cosas, son los libros más pedidos, ¿saben cuál era el género que más nos
solicitaban? Novelas de amor. Para escribirles a las novias. Gente joven… y
algunos no tan jóvenes. ¿Te merece alguna reflexión?
LO: Son los lectores y las lectoras con
menos prejuicios. Es como decía antes pero para otra cosa. La literatura de
género está considerada como literatura menor No puede ser que a mí me hayan
contado historias diferentes personas de diferente generaciones, de historias
de Stephen King, pero van a Puán con el libro forrado para que después no los
reten porque están leyendo a Stephen King. No puede ser eso. Después, a la hora
de sentarse, cada uno sabe si es Harold Bloom. Pero lo más lindo de la lectura
es lo que tiene que ver con la elección. Entonces, si alguien quiere leer a
Stephen King, ¿por qué voy a desautorizarlo? Lo mismo con los géneros. Acá hay
una cantidad de escritores y escritoras con una potencia narrativa, en lo que
tiene que ver con el género romántico, que está buenísima. No tiene por qué ser
tabú lo romántico. Está bueno el eco, la vivencia, el rapport que tiene para
cada uno experimentar esa lectura.
LO: No. Estamos dos tipos de escritores:
los que tienen una imaginación desbordante, y los que apelamos al prontuario,
los que contamos lo que nos pasó en clave de auto ficción, o vas contando historias
de amigos, o de otra gente. Si vas por ese lado, sí hay muchas cosas de uno.
Después, lo otro, es lo que les deparó la historia a ellos. Soy muy
agradecido con esto, por eso lo de acompañarlo y darlo, porque sé que es un
privilegio. Sea poco o mucho, en realidad es una moneda enorme. No sé cuándo se
va a volver a repetir. También, viéndolo a Laiseca, sus cosas más oscuras, sus
amarguras, lo que espero poder lograr, y que lo he visto en colegas más
grandes, es no amargarme. No andar añorando cuando pase, seguir teniendo ganas
de leer y seguir teniendo la fuerza para escribir. Porque en la escritura hay
una entrega física que parece una tontería, pero desde el vamos, el tema de
estar horas y horas ahí sentado, ahí va… Infidencia: Yo tengo un gato que
es un genio, que se llama Peckinpah, que me acompaña hace rato, y yo no sabía
algo que más tarde me explicó la veterinaria, y es que los gatos juegan como
vos les jugaste las primeras cinco semanas de vida. Yo lo revoleaba, lo hacía
pelear… Y ahora que el gato tiene siete años y pesa doce kilos, son unos
combates tremendos en los que el gato busca descargar. Yo suelo estar
escribiendo, y el gato viene a joder y le digo que salga. Se va corriendo,
vuelve, le vuelvo a decir que se vaya, Y la otra vez me quedé así, duro.
Justo había pegado viaje a Posadas, mi nene que vive en la costa,
justo había unos días que podía viajar, y el gato se acercaba hasta los dedos
porque veía que podía joder, no podía moverme. Y de a poco empecé a llamar a mi
mujer, despacio primero, después más fuerte… Hasta que bueno, fui al médico, al
masajista después, y me dijo que tenía que hacer algo que no había hecho hasta
ese momento, que es deporte. Me dijo que me iba a resultar difícil volver a
sentarme para escribir. Y ahora que retomé y todo, siento la molestia. Pero
bueno, tengo cuarenta y cuatro, nunca le di bola a eso… Para mí el deporte era
un partido de fútbol en la tele, cerveza con los amigos… “A ver… elonguemos”
(Risas). Me voy por las ramas, perdón. Escritor full time.
Asistente: No te hagas problema por eso que decís
de la amargura, porque nosotros nos estamos divirtiendo.
LO: Lo que pasa es que lo he visto.
Lamentablemente lo he visto en el maestro esto también. A veces, por más que
tiene cariño alrededor, cuando uno se ensimisma, ve solo lo negro y apunta solo
ahí. Es eso. Tratar de no salir para ese lado.
AA: El maestro peleaba con sus propios
monstruos, era una batalla que tenía. Yo tuve la oportunidad de conocerlo y de
hacer un viaje grande con él, por la fundación Ciudad de Arena,
LO: Ah, fuiste al sur…
AA: Estuve en el sur, además como colega,
y venía con una pregunta. ¿Cómo te llevás, ahora que el maestro no está, con
los otros discípulos del maestro? ¿Cuál es tu relación con ellos?
LO: Seguimos todos en contacto, nos
vemos mucho.
Asistente: ¿En algún momento compartían material?
LO: El tema fue así: más o menos a los
tres años de haber empezado el taller, nos dimos cuenta de que había un grupito
de los diferentes talleres de Laiseca, que nos teníamos que juntar. Y una vez
al mes, en la casa de Juan Guinot, hacíamos las que llamábamos “Veladas
Gallardas”, porque en ese momento vivía en la calle Ángel Gallardo. Cada uno
llevaba algo para picar, bebida, y nos leíamos toda la noche. Ahí estaba Juan
Guinot, mi mujer, Alejandra Zina, Selva Almada, Sebastián Pandolfelli, Gabriela
Cabezón Cámara, Leandro Ávalos Blacha, todos de diferentes talleres de Lai.
Incluso el mismo Lai nos decía que teníamos que conocer o que leer a tal o cual
persona. Ese viaje al sur a Lai le había hecho muy bien. Incluso tiene un texto
re lindo que está en la antología de Página 12. Él me contó que de ese viaje
volvió enamoradísimo de Lili Bodoc…
AA: Liliana no fue…
LO: Me cagaste la historia… (Risas).
Asistente: Fue Ana María Shúa…
LO: Nos contó de Lili…
LO: Entonces andá a saber de quién se
enamoró él y pensó que era Liliana Bodoc. (Risas). El asunto fue que después
consiguió un libro de Lili Bodoc acá, y ahí nos dijo que estaba perdidamente
enamorado porque la había leído. Pobre Lai… Che, ¿hay alcohol acá? Porque ahora
esto… (Risas). Pobre maestro, estaba convencido de que estaba enamorado de
Liliana Bodoc…
MM: Se enamoró de otra. Por ahí de Ani
Shua.
Asistente: Una pregunta que les hago a todos los
escritores… ¿Tenés una rutina para escribir?
LO: Únicamente dos cosas: cuando estoy con
una novela me hago una playlist de canciones que escucho mucho antes de ponerme
a escribir. Porque yo tengo esa fantasía, de que en tal capítulo suena tal
canción. Después uno lo lee y se pregunta a dónde está, pero yo lo escucho. Y
además, escribo de noche. De noche tengo una gran concentración, no hay
teléfono, no hay Internet, no hay nada, y yo soy noctámbulo. Lo que aprendí, es
que por más enganchado que esté, a las seis de la mañana corto todo, porque si
no la cabeza te da mucha vuelta y me pasó que se hicieran las nueve y media,
diez de la mañana y no poder dormirme. Y ahí se vuelve muy caótico todo lo que
uno siente. Esa es mi rutina. Después, como todos. Por ahí me acuesto eufórico
pensando que fue una genialidad y cuando me levanto y empiezo a corregir me
pregunto qué hice. Así. Y vengo hace rato intentando terminar una novela que se
llama Ultratumba, que nació de estos encuentros en unidades
penitenciarias. Transcurre en una unidad penitenciaria femenina. Lo que pasa es
que con todo el tema de la película y de la serie además de que fue un laburo y
de que fueron experiencias únicas, era algo mucho más luminoso, y de una energía
que por ahí tiene Kryptonita. Por ahí empieza muy oscura, pero va en esa
jornada, desde el amanecer hasta que sale el sol, y se vuelve muy luminosa.
Acá, lamentablemente, por lo que está contando, amén de que transcurre en una
unidad penitenciaria femenina, es una historia de separación entre dos amantes,
entonces tiene una energía y una oscuridad que contrastaban mucho con estos
momentos festivos, con esto de salir de noche de joda. Más allá de la humorada,
necesitaba más tiempo de introspección, y van saliendo un montón de cosas y de
temas. Hoy, por ejemplo, con todo lo que compartimos acá, yo sé que no puedo
agarrar Ultratumba, porque estoy contento. Te tenés que cargar de otras
cosas para hacerlo.
MM: Es muy bueno el título, muy atractivo.
La imagen jugando con la tumba… Antes de venir, Leo me hizo un regalo, del que
quiero que hables, porque me parece además una muestra de generosidad para tus
alumnos, y yo te hago otro regalo, Entrelíneas, con otras entrevistas de este
ciclo, entre ellas, la de Toni Santa Ana, Paula Bombara y otros amigos…
LO: Gracias.
MM: Gracias a vos. Y contanos lo de Nunca
corrí, siempre cobré, que tiene que ver con tu parte de maestro también…
LO: Bueno, me pasó que unos chicos que
habían ido a mi taller entre el 2009 y el 2011 abrieron una editorial, y
querían tener un título que les vendiera, medianamente. Para poder apostar en
otros textos y autores que les interesaban. Y más en épocas de recesión, en las
que las cosas que más terminan perjudicadas, está la cultura. Y porque yo
también abrí el taller como lo abrió en un momento mi maestro, o muchos
otros colegas que decidimos dedicarnos de lleno a la escritura, para tener,
aunque sea un ingreso mínimo, pero fijo mensual, y no salir a agarrar otros
trabajos que interfirieran con eso. Dedicarnos a la ficción. Entonces, con esta
gente, que fueron de los primeros que estuvieron en el taller, yo siempre me
sentí en deuda, porque apostaron por mí, que no tenía tanta experiencia, y
pasamos unos años muy bonitos. Yo tengo la suerte de que ya hace nueve años que
todas mis cosas ya están en editoriales, de que tengo contrato no solo por una
obra sino por lo nuevo que haga, pero no así por relatos y cosas que tenía
desperdigadas en diarios, revistas, de acá, de España, más antologías. Entonces
les cedí mis cuentos autobiográficos, y los completamos con dos textos que
estaban inéditos. Uno que escribí para un FILBITA, con la consigna “Dale que
jugábamos a”. En teoría, teníamos que hacer una elipsis de los chicos que
fuimos al adulto, y a cómo ese chico sobrevivió en uno. Y después, muy a mi
pesar, un texto que le escribí a Laiseca, a un mes de la muerte de él. Cuando
falleció, de varios suplementos culturales me pidieron que escribiera sobre él,
pero yo estaba paralizado por el dolor, por la tristeza, y no pude. Y justo al
mes soñé con él, y en el sueño él me hablaba. Pero vieron que en los sueños te
hablan y después no te acordás de lo que te dicen. Me levanté, me lloré la
vida… me dio mucha bronca no acordarme de qué me decía. Y entonces salió este
texto que terminamos poniendo acá. Con los chicos, lo que hicimos fue una
primera edición de este libro, que venía ilustrada y con sobre cubierta, y la
vendieron en un bar, esperando poder vender todos los ejemplares, para poder,
con esa plata, editar dos libros nuevos, y sacar esta edición que es la que ya
va a librerías. Por suerte se dio. Y en los dos libros que publicaron hay una
feliz coincidencia: que a un chico que laburó conmigo en 2014 y 2015, y
que tenía dos novelas, ellos llegaron a él y le publicaron una. Y después
publicaron a un gran autor de novelas infantiles y juveniles, Martín Sancia
Kawamichi, que tiene una novela para adultos, Hotaru, que es un policial
que ganó un premio del BAN, y se la publicaron, y otra que le publicaron los
chicos acá, un novelón que se llama Shunga.
MM: Mirá qué pequeño es el mundo y cómo está todo conectado, hoy leí una crítica de Horacio Convertini, elogiando a Shunga.
LO: Se lo merece. Sancia es un divino, un
gran escritor con unas anécdotas hemosas. Pueden leer sobre él en la sección de
Clarín “Mundos íntimos”. Tiene un mundo íntimo hermosísimo.
MM: Apuntado para el segundo ciclo. Bueno,
¿qué nos vas a leer?
LO: Lo de mi maestro está acá, pero no lo
voy a leer porque me voy a poner a llorar. Uno de estos dos libros lo voy a
dejar en la biblioteca, y el otro podemos sortearlo entre los que vinieron. Leo
el del FILBITA. El cuento se llama “Lisa Hayes era del barrio Los Pinos”.
Y
Leo Oyola nos regaló su lectura, e incluso sorteó entre los presentes el libro
donde se encuentra el cuento, Nunca corrí siempre cobré, de la joven
editorial Evaristo. Pero, tal como generosamente nos pidió después, no lo
publicamos acá porque casi todos los cuentos que están en el libro se pueden
hallar en Internet, menos este y “Diré simplemente…”, una emotiva despedida a
su maestro Laiseca. Leo opina, y nosotros respaldamos su opinión, que sería
buenísimo para la editorial que los lectores interesados busquen estos cuentos
en el libro de papel, que los está esperando en librerías.
Luego
de la lectura, premiada con un fuerte aplauso, nos despedimos convencidos de
que habíamos tenido una hermosa charla.
MM:
Muchas gracias Leo, ha sido un gran
placer tenerte acá.
LO:
Gracias a vos. Gracias a todos por
venir, por escuchar.
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