El vino del estío

Cuando llega el verano, habitualmente se opta por la literatura entretenida, que ayude a pasar el tiempo, que acompañe el descanso de los lectores. Es el caso de El vino del estío, de Ray Bradbury. Una novela que no se inscribe en la ciencia ficción habitual de su narrativa, y que nos presenta el transcurso de un verano desde una mirada que evoca la infancia perdida. Libro de Arena comparte este  comentario de María Pía Chiesino, sobre esa hermosa historia.



Por María Pía Chiesino

No creo que haya textos literarios “especiales” para leer en el verano. NO creo por ejemplo, que el verano sea la estación ideal para leer novelas policiales porque “ayudan al lector a distraerse”. Desde el policial negro norteamericano del siglo XX, en el que las historias que se narran se asocian con un Estado en descomposición, y el delito es un engranaje más de la maquinaria capitalista, poco podemos distraernos con esta narrativa.

Hace no mucho tiempo, uno de los libros que me llevé para leer en mis vacaciones fue Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, de Octavio Paz. Poco pasatista. Muchos años antes había hecho lo mismo con el Quijote y sus casi mil páginas.

Sin llegar a estos extremos, hay libros que pueden acompañarnos en verano de una manera menos académica, más amable si se quiere.

Libros que acompañan nuestra distensión.

Un libro casi perfecto para este comienzo del año, es la novela El vino del estío, de Ray Bradbury. En esta novela, el autor deja de lado sus preocupaciones sobre el futuro, y nos entrega una historia en la que se relata el pasado, y que transcurre en un pueblo rural de Illinois a lo largo del verano de 1928.

La historia de ese verano de hace noventa años acompaña nuestro verano presente. Los personajes principales son Douglas Spaulding, de doce años, y su hermano Tom de diez. Toda la novela se desarrolla a la manera de una evocación.

A través de la mirada de los dos chicos, asistimos a rituales familiares que se repiten todos los veranos (la familia fabrica y envasa vino de diente de león). Y también somos testigos de las situaciones novedosas de esos tres meses de 1928 en particular: amigos que se mudan a otro pueblo, ancianos y ancianas que les relatan viejas historias que escuchan como si estuvieran en una máquina del tiempo, visitas familiares más o menos incómodas, el proyecto de un vecino de inventar una Máquina de la Felicidad…

En la novela, los tiempos de la acción se estiran de la misma manera que se estiran los días en el verano. Después de cenar, las familias se sientan en los porches de las casas, los hombres fuman, las mujeres toman helado, los chicos juegan en la calle  hasta avanzada la noche.

Si bien asistimos al desarrollo de existencias tranquilas, Bradbury no presenta la vida rural como idílica, desprovista de complicaciones, tristezas y aún de peligros. El campo es un sitio pacífico, pero el tiempo no está congelado para quienes viven allí. La presencia del El Solitario (un asesino serial de mujeres), nos inquieta durante gran parte de la novela; algunos de los  ancianos que  cuentan historias no llegarán al próximo otoño… Pero nada de lo que se narra aparece como si fuera extraordinario, como si rompiera con las reglas de cosas que habitualmente pueden suceder.

Quienes leemos El vino del estío, acompañamos a Douglas y a Tom a lo largo de lo que para cualquier chico es el mejor momento del año: las vacaciones de verano. Y en ese recorrido los vemos bañarse en el lago con sus amigos, tener fiebre, ayudar a su abuelo a cosechar las flores para el vino, o tomar conciencia (con la angustia que eso acarrea), de que algún día van a morirse.

En alguna medida podemos relacionarlos con sus antepasados literarios del Mississippi, Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Pero en la novela de Bradbury, ya inscripta en la narrativa del siglo XX, los personajes, a pesar de ser niños, se hacen preguntas relacionadas con aspectos de la existencia que en el siglo XlX eran impensables para un personaje infantil. Y esas preguntas los tranquilizan o los angustian de manera significativa. Forman parte de la construcción de su subjetividad, de ahí en adelante. No se evaporan al final de la novela.

Los hermanos Spaulding, además, se reconocen como parte de una tradición familiar, de cuya conservación van a tener que ocuparse en algún momento de su vida. Esa es una de las cosas que descubren y que los preocupan en ese verano de 1928.
Eso no les impide disfrutar del descanso del verano, de unas zapatillas nuevas, de los manjares que cocina su abuela.
A través de su mirada, hacia el final de la novela, los lectores y lectoras vemos la vidriera de la librería del pueblo repleta de lápices. Se acercan el fin del verano, y el detestado retorno a la escuela.

Las ventanas de las casas se cerrarán más temprano. La abuela preparará té en lugar de limonada,  y por largos meses, las familias abandonarán los porches de las casas.

Pero en la casa de los Spaulding, en su bodega, quedan guardadas noventa botellas (una por cada día de esos tres meses) de vino de diente de león, por si hace falta que el verano se haga presente en la casa, en medio de las nevadas y los catarros del invierno.

En el año no hay momentos ideales para la lectura de absolutamente nada. Ni siquiera para leer esta hermosa y  poética novela de Ray Bradbury.

Pero leer El vino del estío durante el verano, nos permite asociar el descanso de los hermanos Spaulding con nuestro propio descanso, después de un año intenso de estudio o de trabajo.

Es una situación de armonía lectora que se da pocas veces. Y que merece ser disfrutada como tal. 


El vino del estío
Ray Bradbury
Minotauro, 1972

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