El brujo, el horrible y el libro rojo de los hechizos

En esta reseña del primer libro de Pablo Bernasconi como autor integral, Ana Sofía Vergara se anima a bucear en lo no dicho, en la entrelínea. Tratándose de Pablo, en la entrelínea de texto y en la entrelínea dibujada.


“Los deseos pueden traer consecuencias inesperadas…”

Por Ana Sofía Vergara*


El brujo Leitmeritz vivía en un castillo que quedaba muy lejos. El que lo necesitara tenía que subir siete mil doscientos nueve escalones para verlo. Pasaba el día estudiando, preparando pociones. Tenía un tesoro: El Libro Rojo de los Hechizos. Era un Libro ancestral, reunía los secretos del mundo entre sus páginas. Con él ayudaba a todos los que iban con sus problemas: niños, duendes, ancianos, animales, hadas. O a casi todos, a su ayudante no. “Tu problema no es cosa de magia, sino el triunfo del espejo”, le decía el brujo.

Chancery no entendía, se sentía muy triste y solo. Era un hombre azul y feo. Se encargaba de buscar las cosas que el brujo necesitaba, limpiar el castillo y bajar al pueblo por provisiones. Allí no tenía amigos, no conocían su nombre, para ellos era el hombre azul horrible.  

“Muchas preguntas y un libro que lo sabe todo son una fórmula fatal para almas curiosas.  No tardó mucho en recorrer sus páginas, sumergiéndose en la profundidad más brillante y voraz, la del deseo”.

Eso le pasó a Chancery cuando vio el Libro Rojo de los Hechizos sobre la mesa, la mañana que Leimeritz se fue en ayuda de un unicornio y lo dejó al cuidado del castillo.  

Recorriendo ese libro distinto, especial, lo vio todo, lo oscuro y lo luminoso. Y le pidió: “Quiero ser lindo”. Entonces, en un instante sucedió lo inesperado: todo el contenido quedó desparramado por la habitación, el Libro vacío y él, feo como antes. Algo tenía que hacer antes de que regresara el brujo. Y así fue, juntó todo cuidadosamente y volvió a llenarlo, al azar. No le contó nada.                                         

Todo parecía estar bien hasta que volvió a usarlo para ayudar a un sapo que quería volver a ser príncipe, un dragón moteado llamado Argos que le dolía la garganta con los cuales todo salió muy mal. Confundido y avergonzado, el mago no quiso atender más a nadie. Hasta que, con el Rey, al que le dolían los pies, no pudo negarse y todo salió peor. Al punto que llamó a sus guardias para hacerlo matar. Recién ahí, arrepentido, Chancery confesó lo sucedido y pidió perdón. El brujo que lo miró compasivamente, también le explicó que había una sola manera de arreglarlo. Chancery debía conseguir lo que pidió, pero sin usar magia.  ¿Cómo convertirse en lindo si él era el horrible?”, pensó. Comenzó así todo un proceso de transformación en él, que hizo que El Libro Rojo de los Hechizos quedara como nuevo y el Brujo reparara los hechizos para todos los damnificados. “Has derrotado al espejo” ledijo Leitmeritz  a Chancery. 

“Los deseos pueden traer consecuencias inesperadas…”

Desear ser otro. Tal vez uno mismo. Ese ser que habita dentro nuestro y que aún no conocemos. Ese que no condice con la imagen que nos devuelve el espejo o aquella que tienen los otros de nosotros.                                                                                                   Derrotar a nuestros monstruos, animarse a bucear dentro de uno, muy profundo, dejando salir nuestra verdadera esencia puede ser una respuesta. 


*Ana Sofía Vergara es docente de primaria, recientemente jubilada. Ejerció su vocación los últimos diez años, orgullosa, en la Escuela Pública. Muy feliz de haber terminado el recorrido, en la Escuela 3 DE 15 “República de Costa Rica “.

Apasionada por la lectura y de convidar las palabras a los niños. Disfruta escribiendo y dibujando. Amante de los dragones, viajes y colores.


El brujo, el horrible y el libro rojo de los hechizos
Pablo Bernasconi
Sudamericana, 2004.

                                                                                                              


Comentarios

  1. "Desear ser otro. Tal vez uno mismo". Sí, el Brujo era sabio también, y Chancery cumplió su deseo sin ayuda de la magia. Gracias, Ana.

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

“Esa mujer”, de Rodolfo Walsh, por Ricardo Piglia

No hay más que candados para Helena, de Esteban Valentino

3155 o El número de la tristeza