Un giro inesperado - Una experiencia de formación de mediadores de lectura en contexto de encierro

En Libro de arena seguimos recibiendo relatos de experiencias relacionadas con bibliotecas, de acuerdo con el tópico del mes. En esta nota, Fernanda Petit  nos cuenta acerca de su trabajo en la formación de mediadores de lectura, en bibliotecas ubicadas en  contextos de encierro. 

Foto: Diario UNO


Por Fernanda Petit


¿Por qué los árboles esconden el esplendor de sus raíces?

Pablo Neruda, El libro de las preguntas

¿Qué hubiera sido mejor? ¿Qué hubiera sido mejor?

Luis María Pescetti, Incógnitas


El comienzo

Me propongo compartir con ustedes una buena experiencia, una experiencia que superó los objetivos iniciales y continuó desarrollándose. Y también reflexionar acerca de algunas variables que hicieron que eso sucediera, porque cuando somos parte de una buena experiencia deseamos saber qué factores incidieron para que eso fuera posible justo en ese momento, en ese lugar y con esos participantes. 

Durante el año 2018, en el marco del Programa "Mediadores del conocimiento" del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Provincia de Buenos Aires, me convocaron a ser facilitadora del Taller en la Unidad Penitenciaria N° 39 de Ituzaingó, con el objetivo de formar mediadores de lectura que, luego de participar de seis encuentros, recibían una biblioteca itinerante para poner en funcionamiento y gestionar. 

Los interrogantes que me planteaba para pensar en la dinámica de esos encuentros giraban, sobre todo, en relación a la formación de mediadores de lectura: ¿Qué es ser mediador de lectura? ¿Qué conocimientos debe tener? ¿Hay que ser lector para ser mediador? ¿Se puede transmitir a otro el deseo de leer, sin ser lector? ¿Se trata de tener saberes acerca de la literatura o alcanza con ser lector? ¿Serán lectores quienes asistan, o vendrán para obtener el certificado de asistencia?

En principio la mediadora era yo, así que preparé el primer encuentro como presentación y diagnóstico, para eso armé una mesa con libros diversos (novelas, poesía, antologías de cuentos, historietas, libros álbum) para explorar, y algunas consignas muy abiertas para buscar libros en la mesa, como para generar un primer encuentro con los materiales de lectura, escuchar a quienes asistieran y conocer sus recorridos lectores. Llegué ese primer día con una valija llena de libros, armé la mesa, y comencé el encuentro con la lectura de un libro álbum, La gran fábrica de las palabras. Al terminar la lectura, uno de los 25 hombres allí presentes que me miraban asombrados, se miraban de reojo y hacían señas entre ellos, levantó la mano y me dijo:

“Profesora, creo que hay una confusión, nosotros nos inscribimos en el taller de tecnología.” Entonces me explicaron que al ser un taller que provenía del Ministerio de Ciencia y Tecnología creyeron que se trataba de eso, y el perfil de los allí presentes era, entonces, el de hombres interesados en aprender algo nuevo vinculado a la tecnología: de hecho muchos de ellos eran especialistas en colocación y reparación de aires acondicionados, mecánicos, analistas de sistemas, etc. Les expliqué el objetivo del taller y en qué consistirían los encuentros, y les propuse quedarse en ese primero, ya que estábamos allí (y no es algo simple salir del pabellón para venir a un taller), y decidir luego si querían continuar o no. 

Como afirma Southwell, la posición docente se construye y esa construcción implica formas de sensibilidad y modos en los que los docentes se dejan interpelar por otros. Por supuesto que lo que sucedió en este primer encuentro me interpeló, volví a mi casa contenta porque no sólo los 25 hombres habían permanecido en el espacio, sino que además participaron con entusiasmo de la actividad; pero pensando que debía revisar las propuestas de los próximos encuentros, si es que volvían la próxima semana…

Volvieron, leyeron, conversaron sobre las lecturas. Luego de ese primer día de miradas y protestas, y pasada la resistencia inicial, fuimos parte de una experiencia que nos enriqueció a todos. Durante los encuentros interactuamos con materiales de lectura variados, anticipamos contenidos a partir de paratextos, vimos diversos criterios para clasificar textos, leímos y comentamos libros álbum, poemas, cuentos cortos, historietas; muchos llevaron libros en préstamo. Los textos con temáticas vinculadas al encierro o escritos desde el encierro, como los poemas de Camilo Blajaquis, María Medrano, Liliana Cabrera, Miguel Hernández, Paco Urondo, dieron lugar a interesantes charlas y profundos debates. Los libros álbum fueron muy elegidos para los momentos de lectura individual.  Y, como al decir de Larrosa, la escritura es el envés de la lectura, surgieron también algunos escritos a partir de los textos compartidos.


El giro

Una de las condiciones de la propuesta era que hubiera una producción final vinculada a la literatura. Pensamos con los asistentes al taller que esa producción debía dar cuenta de lo sucedido, de ese primer equívoco y lo que sucedió después, “de lo que vinimos a buscar y lo que nos encontramos”, como dijo uno de los participantes. Entonces el Taller culminó con una instalación poética en el SUM de la escuela, que combinaba tecnología y poesía, llamada “El giro inesperado”. Para hacerla reunimos materiales de descarte vinculados a elementos tecnológicos: artefactos en desuso o partes de ellos, carcazas de teles, computadoras, aires acondicionados, CDs, y los intervinieron con poesía. Ellos autogestionaron el armado del espacio y cuando llegué, el día de la muestra, el SUM ya era un espacio poético, incluso con una alfombra de letras. 

La muestra, entonces, consistió en la intervención poética del SUM que mencionaba, a la que los protagonistas decidieron sumar sus voces: el recorrido comenzaba con un diálogo entre dos participantes escrito por ellos imitando un texto de Pescetti, y luego mientras transitábamos el espacio caminando entre los poemas colgados, ellos iban leyendo algunos en voz alta. Aún me emociona recordarlo.


La apropiación

Hasta aquí, el relato de una experiencia que empezó con una confusión y terminó con una intervención poética impresionante gracias al encuentro de un Programa de formación de mediadores, un grupo de hombres que se dejaron atravesar por la literatura y se apropiaron de ella, y una docente mediadora dispuesta a escuchar y mirar al otro y a revisar sus prácticas constantemente (esa sería yo). Pero hay una yapa: una vez finalizado el ciclo de encuentros, volví al penal luego de tres meses para conversar con ellos y ver si estaban circulando los libros de la Biblioteca, cosa que me habían planteado como una dificultad: “todo muy lindo, profe, pero no se olvide que esto es una cárcel…” fueron sus palabras. Al volver supe que cinco de los participantes originales del Taller no solo se hicieron cargo de registrar los préstamos de la Biblioteca y difundirla, sino que, por iniciativa propia, llevaron adelante durante todo el verano dos veces por semana un Taller de Literatura para otros compañeros. Al reunirme con ellos, me explicaron que pensaban que si los demás no vivían una experiencia como la que ellos habían vivido no iban a llevarse libros de la biblioteca, así que pidieron permiso en la escuela y organizaron el Taller.  Para ello, se reunían en el pabellón entre semana para planificar los encuentros, seleccionar las lecturas, pensar consignas (tenían las consignas que yo les había dado anotadas), iban intercambiando lo que recordaban de nuestro Taller, pensaban juntos qué leer, habían guardado las copias de algunos textos de los que llevé. No sólo se apropiaron de las estrategias de mediación, sino que realmente se posicionaron como mediadores dentro del penal, desde sus acciones y sus reflexiones. 

Como mediadores, justamente, consideraron que el modo de transmitir lo que a ellos les había sucedido con los libros era que sus compañeros vivenciaran su versión del Taller. En el primer encuentro les contaban a los otros lo que les había pasado a ellos, lo que cada uno vino a buscar y lo que se llevaron, leían un texto al comenzar y otro al terminar, y pensaban una consigna para cada encuentro. Hicieron mesa de libros, consignas de búsqueda, prestaron y recomendaron textos. Me contaron que algunos participantes se llevaban libros para copiar poemas a sus esposas o novias. Que algunos días iban colocando la biblioteca itinerante en distintos lugares del penal para generar curiosidad. Escribieron en un papel: “las oportunidades se dejan alcanzar solo por quienes las persiguen.”

Este nuevo grupo de mediadores de lectura de la Unidad 39 entre otras cosas, me contó que tienen ganas de más, que el taller les sirvió para “ampliar ideas”, “conocer experiencias de compañeros”, “abrir la cabeza”, “hablar mejor”, “despejar la mente”, o “escribir sobre lo que pasa en la cabeza estando en la celda”. “Me doy cuenta de que yo era muy cerrado”, “Yo tengo anotados los libros que se llevan, ahora también se llevan más de la biblioteca de la escuela”.


El mediador y la selección de materiales de lectura, o la discusión sobre el canon 

El mediador de lectura es quien selecciona qué ofrecer, qué se va a leer, y en esta selección establece un recorte, es decir, elige qué textos quedan dentro y qué textos quedan fuera. Tuve que hacer esta selección cuando planifiqué el taller y la fui modificando en base a lo que sucedía en los encuentros, pero puedo mencionar algunos de los criterios de selección que utilicé: en principio, sólo puedo ofrecer los textos que conozco, y preferentemente, ofrecer textos que me gusten a mí, brindar variedad de textos y formatos, géneros, autores, ofrecer textos que se puedan leer en un rato (microcuentos, poemas, libros álbum), ofrecer textos que pudieran ser familiares a ellos (por ejemplo, novelas que se hicieron película), ofrecer textos con temáticas que iba notando que les interesaban, como el encierro, la cárcel, distintas visiones sobre a justicia, el amor. Si algo tuve claro desde el principio es que no quería ofrecerles solo textos vinculados al encierro aunque veía que eran los que más éxito tenían (se llevaron todas las semanas los libros de Blajaquis y Martín Bustamante, me pidieron copias de los poemas de Liliana Cabrera, y 6,30 de María Medrano lo leyeron varias veces), pero mi principal objetivo era acercarlos a la literatura y no proponer textos que ellos consideraban inaccesibles (“es muy largo”, “no lo entiendo”, “me tengo que concentrar mucho”).

En nuestra última reunión, discutimos juntos el canon de lecturas para la continuidad de los encuentros, a partir de ese momento a cargo de ellos. Me plantearon firmemente que  prefieren leer textos vinculados a la cárcel, me pidieron más libros de los autores antes mencionados, y si bien les expliqué que la literatura era muy amplia, que podíamos explorar un poco más los libros que tienen en la biblioteca, para  que no estén siempre hablando de lo que pasa ahí adentro,  para ellos  “lo que nos pasa acá tiene que salir, y cuando leemos los poemas que hablan de la cárcel compartimos experiencias, incluso muchos se animan a escribir.” Con el paso de los encuentros, comenzaron a leer poemas vinculados con la realidad, pero no la carcelaria, por ejemplo, poemas de Fabián Casas. En esta discusión se plantea una tensión que creo, compartimos muchos de los mediadores que llevamos adelante propuestas vinculadas a la lectura en contextos de encierro: seguir el camino de las elecciones “tumberas” o basadas en la identificación o proponer otros textos que muestren otras realidades posibles, reales o maravillosas.

Beatriz Helena Robledo en su libro El arte de la mediación, al hablar de la selección de materiales en los Proyectos de lectura señala que surge en este punto una discusión “entre quienes abogan por textos de calidad sin considerar necesidades, gustos, intereses y competencias, defendiendo la capacidad que tienen los buenos libros, sobre todo la buena literatura, de habitar a los lectores, dándole prioridad al papel del mediador; y entre quienes parten de las preferencias de los lectores, de su gusto inicial, de su entorno cultural, para ir ofreciendo de a poco nuevos textos.” Robledo afirma que es difícil saber quién tiene la razón, pero lo cierto es que la diversidad textual es necesaria para formar lectores.

Pienso mucho sobre las elecciones y cómo éstas pueden determinar el gusto de un lector potencial pero también la pérdida de uno. Y me consuela recordar que me formé como lectora con los libritos de tapa roja de la Biblioteca Billiken que había en la biblioteca de mi aula de tercer grado, ya que en mi casa no había libros. Estos libritos eran traducciones y adaptaciones de clásicos de dudoso valor literario, pero aún recuerdo mi emoción al leer Sissi, emperatriz y cómo lloré con Annie, la huerfanita… Es decir, no creo que las primeras lecturas determinen los gustos de un lector, pero sí que son el comienzo de su camino lector. Creo que lo primero es el cómo acercar lectores a los textos diversos y el qué es una selección siempre muy subjetiva, marcada por la experiencia personal, y que lo ideal sería hacer esa selección grupalmente, es decir, siempre es más rico cuando son varios los que deciden qué textos ofrecer y no el mediador sólo en su biblioteca.

Finalizo con palabras de Iris Rivera: “Mediar es, de alguna manera, estar en el medio entre las personas y los libros. Pero se puede estar “en el medio” a la manera de una medianera... o a la manera de un puente. Al docente, al bibliotecario, al adulto que trabaja para volverse puente es al que damos el nombre de mediador.” En esta experiencia, fuimos muchos tendiendo puentes, creo que esa es la explicación de su éxito.

Y comparto algunas de las preguntas escritas por los asistentes al taller, luego de leer Incógnitas, de Pescetti:

¿Cómo llegué acá?

¿Por qué no me quedé dormido ese día?

¿Tenía que suceder?

¿Qué hubiera pasado si no viajaba?

¿Y si hubiera dicho no?

¿Por qué no me quedé donde estaba?

¿Te sentís cómodo con lo que pasó?

¿Hay forma de renovar esta historia?

¿La vida me dará una revancha?


Fernanda Petit es Profesora en Letras por la Universidad de Lomas de Zamora, y se especializó en LIJ en la Universidad de San Martín. Actualmente se desempeña en profesorados de formación docente, y en la Subsecretaría de Planeamiento Educativo de la DGCYE en el área de Investigación. Desde 2018 trabaja coordinando talleres literarios en Contextos de Encierro.

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