Saer, la rosa real de lo narrado
Eligió vivir en París y escribir sobre asuntos que hacen a la literatura argentina, o su mirada es necesariamente integrante de la literatura argentina, de lo regional que hay en lo literario; en todo caso, poco importa. Contentos, diremos que Saer es parte de nuestro patrimonio cultural y literario. En la semana
especial dedicada a Juan José Saer, Libro de arena publica
una breve semblanza del escritor argentino que nació en Santa Fe, lugar en el
que situó gran parte de su obra, junto con el texto "El arte de narrar".
Por Cecilia Galiñanes

Nació en 1937 y murió en 2005. Además
de escribir se dedicó a la docencia, lo llamaban “el turco”, todos sus rasgos
delataban su procedencia; sus padres eran inmigrantes sirios. Y por la docencia
siguió ese trazo viajero inscripto en su historia familiar. En 1968 se instaló
en Francia, donde enseñó en la cátedra de Literatura Latinoamericana en al Universidad de Rennes, escribió El limonero real,
Cicatrices y el resto de su obra en
prosa (las novelas: Nadie nada nunca, 1980; El entenado, 1982; Glosa, 1985; La ocasión,
1987; Lo imborrable, 1992; La pesquisa, 1994; Las nubes, 1997, Lugar,
2000). Su primera novela, Responso, publicada en 1964, y la siguiente La vuelta completa,
las escribió en Colastiné, Santa Fe. Como así también los libros de cuentos: En la zona, 1960; Palo y
hueso, 1965; Unidad de lugar, 1967;
La mayor, 1976, que son previas a su
partida. La poesía fue marginal en su escritura, aunque en ella se encuentra
también reflejada su inquietud sobre lo que es la ficción. En El arte de narrar, 1977, un poema
homónimo nos hace observar cómo se resuelve la tensión entre la realidad y la
ficción, bajo la forma opuesta del falso recuerdo y la memoria verdadera que inventa la escritura. En él se encuentra contenida su teoría del objeto:
El
arte de narrar
Llamamos
libros
al
sedimento oscuro de una explosión
que
cegó, en la mañana del mundo,
los
ojos y la mente y encaminó la mano
rápida,
pura, a almacenar
recuerdos
falsos
para
memorias verdaderas.
Construcción
irrisoria,
que horadan los ojos del que lee
buscando,
ávidos, en el revés del tejido férreo,
lo
que ya han visto y que no está
Porque estas horas
de
decepción, que alimenta la rosa
del
porvenir donde la vieja rosa marchita
persevera,
no quedarán
tampoco
entre sus pétalos,
flor
de niebla, olvido hecho de recuerdos retrógrados,
rosa
real de lo narrado
que
a la rosa gentil de los jardines del tiempo
disemina
y devora.
Juan
José Saer
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