25 años de la muerte de Enrique Molina

El pasado sábado 13 de noviembre se cumplieron 25 años de la muerte de Enrique Molina, uno de los poetas más importantes de la Generación del 40, y del llamado "surrealismo argentino". Lo recordamos con esta nota de María Pía Chiesino, que lo entrevistó varias veces, durante el invierno de 1996.



Por María Pía Chiesino


En el invierno de 1996, Horacio Pilar me presentó a Enrique Molina. Es decir, fui con un poeta a conocer a otro. 

Unos años antes había leído, fascinada y por primera vez, Una sombra donde sueña Camila O’ Gorman. Tenía además una primera reunión de su obra poética, editada por Monte Ávila a comienzos de los años setenta. Y además, se había publicado Orden Terrestre, su obra reunida (no completa) hasta el año 1993. 

Después de esa presentación inicial, visité a Molina en su casa en dos o tres oportunidades. Hablamos de su vida y de su obra. 

Me contó que para responder a las expectativas familiares, se había recibido de abogado. Jamás ejerció. Se inscribió en la marina mercante y se dedicó a viajar por el mundo, que era lo que verdaderamente deseaba hacer. Y se dedicó a la escritura, claro. 

Una parte de esas charlas se publicó como nota de tapa, en uno de los últimos números del suplemento cultural Primer Plano, del diario Página 12,  que dirigía Luis Bruschtein. Faltaba poco para que empezara a salir Radar, dirigido  en esa primera etapa por Juan Forn.

De lo que quedó fuera de esa nota, forman parte algunos fragmentos, que son los que transcribo a continuación, y que hablan, sobre todo, del texto sobre Camila O’ Gorman, que Molina se negó siempre a definir como novela. 

“La sombra es todo el relato que yo hago. Mi relato es la sombra sobre la historia de Camila O’ Gorman”.

“Me acuerdo de que una vez iba con Girondo. Lo acompañaba a la librería Pardo. Ahí me llamó la atención un expediente, que era el sumario que le habían hecho a Camila en Goya, cuando los tomaron presos. Y eso me interesó mucho. Después me fui de viaje, andaba navegando, pero me quedó siempre la obsesión, el recuerdo de esa mujer, de esa tragedia.

Cuando volví, me puse a escribirla, y en un mes había escrito como la mitad del texto. Se lo dí a Losada, a ver si me lo publicaba y me dijo que sí. Le dejé la mitad. Él me pedía el resto, y yo no lo había escrito. ¡Qué sé yo lo que tardé en hacer lo que faltaba! Como cuatro meses después le di el resto. Losada tenía tipografiada la mitad, y no le llegaba la última parte. Lo que le entregué primero llegaba hasta el momento de la delación”.

“Yo no soy novelista. Esa no es una novela. Yo no tengo imaginación para la novela. Acá ya tenía el argumento hecho. Yo no soy capaz de inventar una trama. Yo pude desarrollar un argumento  que ya tenía dado. . Pero yo soy poeta, y el mecanismo de la poesía es completamente distinto. No soy narrador, no sé narrar. Me cuesta mucho narrar directamente, describir las cosas que hay arriba de esta mesa con precisión. El novelista tiene una visión más inmediata de la realidad, menos metafísica que la de la poesía”. 

“En Camila…no hay narrador, porque el personaje es el lenguaje poético, metafórico que atraviesa la historia. Fijáte que yo no narro. El personaje no es ni siquiera Camila O’ Gorman; es el lenguaje”. 

“Presenté a Camila como la encarnación de la poesía porque realmente es así: una chica de sociedad que desafía al poder de la familia y del Estado en nombre del amor. Rosas fue totalmente frío, fue la representación descarnada del poder, sin nada que lo aureole”.

“¿Qué crimen habían cometido? Nada más que amarse, ¿no? El único crimen imperdonable para la sociedad”.

“Yo soy un poeta que escribió una “novela”. Fijate que no tengo un lenguaje de novela. Acá no hay descripción, ni esa mirada del novelista sobre la realidad inmediata que te hace vivir las cosas más delirantes, pero con un lenguaje concreto, en contacto inmediato con la realidad. En este texto, todo está teñido por la metáfora”.

Estas son algunas de las referencias que hacía acerca de Una sombra donde sueña Camila O’ Gorman, mientras tomábamos vino tinto y comíamos sándwiches de miga, en el invierno de 1996.Enrique Molina murió el 13 de noviembre de ese mismo año. Tenía ochenta y seis años. Se lo despidió en la Biblioteca Nacional. La familia me avisó y me acerqué a despedirlo.

Tenía puesta una camisola blanca, y sobre el pecho tenía una escultura de ébano, negra como la noche, que quizá él mismo hubiera traído de algunos de sus viajes por el mundo. 

Fue una de las veces en las que sentí que el lugar más adecuado para despedir a alguien hubiera sido un bote. Para que continuara, de alguna forma,  el largo viaje que fue su vida.

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