Paul Groussac - Prefacio a su obra teatral “La divisa punzó”

Había nacido en Francia pero en 1866 llegó a Buenos Aires, y vivió en Argentina hasta su muerte en 1929. Fue profesor de francés, y se interesó por la Ciudad de Buenos Aires, al punto de escribir un artículo histórico en el que hace referencia a sus dos fundaciones. Además, escribió una obra de teatro ambientada en Buenos Aires durante el rosismo: La divisa punzó. Libro de Arena comparte con sus lectores el Prefacio que el mismo Groussac escribió para la edición de 1923. En él, reflexiona sobre ese momento de la historia de la Ciudad y hace referencia también a las particularidades del español que se hablaba en Buenos Aires, y que aparecen de esa manera en el texto de la obra.


Hoy 12 de septiembre de 1923, día en que me pongo a escribir unas líneas de prefacio para esta obra, cuya impresión toca a su término, veo en un cartel que se anuncia para esta noche la 90ª representación de La divisa punzó. Así las cosas, no creo que sea temerario calcular -sin auxilio de la tabla de logaritmos- que la salida a luz del drama impreso podrá coincidir, la semana próxima, con la centésima de sus representaciones consecutivas, durante los dos meses y medio contados desde el estreno (6 de julio último) por la compañía Quiroga, en el teatro Odeón, de Buenos Aires. El feliz éxito teatral no es discutible, sin que, para afirmarlo, sea necesario acudir a las exageraciones «reclamatorias» que le pregonan como «un triunfo sin precedente». Por lo demás, para mostrar que al autor no se te han subido a la cabeza los humos triunfales, y, sobre todo, para cumplir el acto de estricta justicia debida a mis colaboradores, así en la preparación escénica de la obra como en su ejecución, me es grato reconocer la parte positiva que a unos y otros, respectivamente, les corresponde.
La empresa Quiroga, desde luego, es acreedora a mi agradecimiento por la acogida entusiasta -el término no es excesivo- que sus directores tributaron a la pieza a raíz de la primera lectura, dándose cuenta inmediata, con su experiencia profesional, del hondo interés que para un público argentino presenta el asunto, y, como ellos dicen, de su intensa «teatralidad». Sin pérdida de momento pusieron manos a la «obra», con toda diligencia, no ahorrando gastos ni esfuerzos en vista de la mejor preparación del drama y su más pronta realización escénica. Por cierto que, a este respecto, Buenos Aires no es París, ni siquiera ofrece los recursos «utileros» de Milán o Viena. Es tanto más meritorio haber improvisado todo el complexo aparato escénico que este drama histórico requiere -decoraciones, moblaje, indumentaria para un elenco de cuarenta personajes, los mil detalles de mise en scène que huelga mencionar, -lográndose, en pocas semanas de febril actividad, vencer las enormes dificultades inherentes a la situación- desde la escasez de buenos actores nacionales hasta la exigüidad del escenario, totalmente inadecuado a piezas de espectáculo, -para realizar, como se ha hecho, una ejecución si no perfecta, por lo menos excelente bajo muchos aspectos y en conjunto satisfactoria a juicio de los más exigentes. (…)
“…paréceme hoy inevitable que, dentro del marco local, se presentara a mi alcance inmediato la época de Rosas, que conocía suficientemente por haberle dedicado un largo ensayo; y, dentro de ella, el episodio célebre de la llamada «conjuración» de Maza, no sólo por su intensidad trágica, sino también por corresponder a un momento crítico de la dictadura. Tal sucedió, en efecto; y no de otro modo preludió a su venida al mundo literario La divisa punzó.
La primera precisión del asunto me ocurrió en Buenos Aires, a fines del año 1921. Inmediatamente me puse a trazar el scenario de la pieza, alrededor del complot de Maza como episodio central, al mismo tiempo que completaba mi documentación con la consulta de ciertos diarios de la época, cuyos extractos no figuraban en mis fichas. Sin más bagaje que el cuaderno así formado, empecé en la manera arriba indicada la escritura del texto, de primera intención, sin borrador, según tengo costumbre, dejando en blanco una mitad de la página para las enmiendas y adiciones. Así se redactó la obra entera, en su forma casi definitiva, durante el verano de 1922: el primer acto, en Carhué; el segundo lo mismo que el cuarto o epílogo- en Buenos Aires, el tercero, en la estancia del sur de la provincia a que se refiere la dedicatoria; y no deja de ser curioso, como efecto de contraste, que este acto, el más sombrío y trágico de la pieza, se haya escrito al aire libre, en un ambiente de flores, a la sombra de las enramadas que tamizaban sobre mi mesita portátil los rayos del sol, entre el rumor de los follajes y los gritos de los niños, más alegres que los gorjeos de los pájaros... Ya tengo indicado mi modus operandi que consistía -y consiste todavía- en reproducir cada mañana en el papel la escena representada por mis fantoccinocturnos, con gestos y diálogos en el tablado ideal de mi reciente vigilia. De aquellas tinieblas sucesivas ha salido a luz el drama que hoy imprimo.
Volviendo a mi tema de los factores concurrentes al buen éxito de La divisa punzó, tan lejos estoy de querer disimular o aminorar la parte que en él corresponde principalmente a la feliz elección del asunto, que antes, sobreponiéndose el historiador al dramaturgo, me sentiría inclinado a exagerarla. (…)
Al intitularla «drama histórico», he pretendido definirla, sin pasar, según entiendo, un punto más allá de su característica. Creo que La divisa punzó sea «histórica» en la proporción extrema que admite una composición teatral y cuyos límites, según ya dije, no podría exceder sin salir del dominio artístico, degenerando en simple crónica dialogada. Bien seguro estoy de haberme ceñido a la historia en esta pieza, más estrechamente que lo hicieran en cualquiera de las suyas los grandes maestros del teatro histórico, desde Shakespeare y Lope hasta Schiller y Hugo -sin que en esta comprobación pueda caber la más lejana idea de un paralelo entre términos que no lo admiten-. El consenso universal, por otra parte, se aviene más y más a no considerar en este género teatral los datos y rasgos propiamente históricos más que como materiales accesorios, destinados a realzar, ya la verdad y vida de los caracteres, ya la pintura del ambiente local. A ese criterio me he conformado; y si he procurado adaptar a mi obra dramática los conocimientos y resultados adquiridos en mis anteriores estudios sobre Rosas y su época, es porque he creído -y sigo creyendo- que esta sólida, aunque invisible, armazón documental constituye la mejor condición y garantía de exactitud para la reconstrucción artística del pasado. Pero dicho está que esta exactitud no es sino relativa y no debe en ningún caso trabar la plena libertad evocadora del artista. Así, para limitarme a los dos personajes centrales, si el modelado de una figura histórica, tan acentuada y familiar a los espectadores como la del Restaurador, tenía que ser el resumen y resultado concreto de cien rasgos auténticos y significativos, dispersos en su biografía: no ocurre lo mismo con la evocación de su hija Manuela, el numen templador de la tiranía, cuya imagen ha quedado por siempre idealizada en la memoria de este pueblo. Con todo, gracias a lo vago y flou de aquella personalidad juvenil (pues hasta después de los veinte años poco se exteriorizó la acción de Manuelita en la política paterna) he podido humanizar su gracia patricia, presentándola como sujeta ella también a la fatalidad de la pasión que todo lo vence (…)
En esta pintura episódica de la tiranía he evitado el fácil recurso de los cuadros horríficos y reducido a su mínimum la presentación de personajes odiosos que harto se conocen, aquí mismo, por referencias de Maza, Love, Mandeville y otros testigos. Sólo aparece un instante el sayón Gaetán, instrumento brutal del crimen, repugnante para el mismo tirano que lo empleara. Era también inevitable la exhibición del traidor Martínez Fontes; pero, cediendo a consideraciones sociales que se explican por sí solas, he preferido cambiarle el nombre en la pieza, y no convertir el escenario en picota de vergüenza para algún deudo, acaso sentado entre los espectadores. (…)
Y no necesito disculparme por haber quitado todo viso antipático a ciertos deudos del tirano o familiares de su casa, siendo así que este aspecto se conforma con la realidad. (…)
En el momento de ponerme a escribir el texto de La divisa punzó, he tenido mis hesitaciones respecto del lenguaje o estilo más adecuado para el diálogo, vacilando entre el castellano castizo y el adulterado que aquí se usa, entre la gente culta que no ignora el español correcto. Invenciblemente, al erguir, en el nocturno retablo que he descrito, a mis fantoches imaginarios, hacíales emplear (siendo ellos argentinos, se entiende) las formas y locuciones corrientes de nuestra jerga criolla. Pareciome ver en ella una indicación imperativa a la que me he sometido, no haciendo excepción sino en favor de Jaime Thompson, hijo de extranjero casi educado en Europa, a quien suele remedar Manuela en los momentos patéticos. -Consigno aquí, para los lectores o espectadores extraños, que nuestras principales desviaciones lingüísticas consisten: para la fonética, en la confusión andaluza de la z o c(ante e o i) con la s   así como de la ll con la y, pronunciadas en Buenos Aires como ge o gi francesas; y, para la analogía, en la conjugación viciosa de los verbos en la segunda persona del singular, debida a la substitución pecaminosa de  por vos; de ahí las formas híbridas: querésponévení, etc., que son simples arcaísmos, encontrándose en los primeros siglos del idioma, especialmente en el lenguaje rústico. Otras locuciones (reciénno más, etc.), merecerían una discusión aparte, aun después del estudio que les han dedicado lexicólogos tan avisados como Maspero, Menéndez Pidal, Cuervo, Joret y otros. A pesar de lo dicho, en momentos de imprimir este drama, y para no aparecer pagando también mi tributo a este trasnochado «criollismo», tuve intención de presentar a los lectores del exterior un texto expurgado: cuando reparé en ello, era ya tarde, hallándose muy adelantada la impresión y distribuido el tipo de los primeros pliegos. (…)
No cerraré este prefacio sin expresar mi agradecimiento por la benévola acogida que mi obra ha recibido del público, no menos -que de la crítica teatral, así argentina como extranjera. Me es doblemente grato haber dado ocasión a que salieran a luz varios artículos tan notables por su elevación de pensamiento y doctrina como por su belleza de estilo, permitiéndome decir que tales manifestaciones de alta cultura literaria honran más aún a sus autores que al favorecido por ellas. Y por cierto que no dejaré de mencionar aparte -last not least- la preciosa ayuda que me ha prestado, en este noviciado dramático, mi talentoso amigo don Joaquín de Vedia, quien desde su primera lectura de La divisa punzó, puso espontánea e incansablemente al servicio de la mejor adaptación teatral de la obra, el inapreciable concurso de su experiencia y habilidad escénica.
P. G.
Buenos Aires, 13 de septiembre de 1923.

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