Sobre Los pichiciegos de Fogwill por Martín Kohan.

El próximo martes en el ciclo de Cine y literatura “La historia y la política del siglo XX en la Argentina” se analizará la novela Los pichiciegos, de Fowill. A propósito de las distintas lecturas que pueden hacerse de una obra literaria, compartimos el ensayo escrito por Martín Kohan para La república posible, (Cabiria, 2014).


1983

Sobre Los pichiciegos de Fogwill por Martín Kohan.

Rodolfo Enrique Fogwill nació en Quilmes, provincia de Buenos Aires, en 1941, y murió en la ciudad de Buenos Aires en 2010. Estudió sociología y se dedicó al marketing y a la publicidad. Publicó, entre otros, los libros Muchacha punk (cuentos, 1992), Restos diurnos (cuentos, 1993), En otro orden de cosas (novela, 2002) y Runa (novela, 2003).  En 2003 ganó la beca Guggenheim. La novela seleccionada por Martín Kohan, Los pichiciegos, fue editada originalmente por Sudamericana en 1983 y reeditada por Interzona en 2006 y El ateneo en 2010.

“Que no era así, le pareció. No amarilla, como crema; más pegajosa que la crema. Pegajosa, pastosa. Se pega por la ropa, cruza la boca de los gabanes, pasa los borceguíes, pringa las medias. Entre los dedos, fría, se la siente después. - ¡Presente! -dijo una voz abotagada. -Pasa -respondió. No “pasá” sino “pasa”. Así debían decir. Entonces la voz de afuera dijo “calor”, y haciendo ruido rodó hacia él un muchacho enchastrado de barro. -No hace frío -habló el llegado-, pero habría que apuntalar algo más el durmiente... -Después se hará -le dijo, mientras sentía que el otro se acomodaba enfrente, embarrado, húmedo, respirando de a saltos.”

Es sabido, porque él mismo lo mencionó con insistencia, que Fogwill tenía la intención de que Los pichiciegos se publicara ya en 1982. La novela fue escrita estrictamente sobre su coyuntura, es decir, mientras la guerra de Malvinas se estaba desarrollando todavía, y la ambición de Fogwill era que se la publicara tan cerca como fuera posible, cuanto antes, en la vibrante inmediatez de la guerra recién acabada y perdida. Visiblemente hay en Los pichiciegos una resuelta declinación de cualquier opción realista o testimonial para el relato: su relación con la realidad de los hechos no es en absoluto de plasmación verista, sino al revés, una relación de interferencia y reversión. Pero es por eso, justamente, que había en Fogwill ese afán tan urgente de pronta publicación. Una representación fi dedigna de los acontecimientos habría admitido sin problemas cierta distancia temporal; el propósito de intersectarlos, en cambio, esa voluntad de corroerlos y contrarrestarlos, resultaría en principio tanto más eficaz cuanto mayor fuera su proximidad cronológica con lo narrado. En cualquier caso, lo cierto es que Los pichiciegos acabó publicándose en 1983. Esa módica postergación, de lo más razonable para los tiempos de la producción editorial, puede no tener en verdad demasiada importancia, a pesar de que a Fogwill le resultara tan fastidiosamente grave. Pero es posible considerar también, atentos a ese corrimiento, que la aparición de Los pichiciegos deja de estar pegada a la circunstancia del final de la guerra en junio de 1982, es decir que deja de ser más o menos simultánea al regreso de los soldados del frente y a esos testimonios vivenciales cuya contracara la novela enunciaba, para pasar a inscribirse en un lugar algo distinto, el de la transición entre la guerra de Malvinas y el restablecimiento del sistema democrático en Argentina. En un punto no deja de funcionar, y eso hasta hoy, como una especie de antítesis radical del lamento patriótico de, por caso, los testimonios de Los chicos de la guerra de Daniel Kon (publicada en 1982). Pero a la vez, ya en 1983, parece cobrar una resonancia singular respecto del restablecimiento de la democracia en el país. La vuelta a la democracia fue sentida y enunciada como una gesta cívica de recuperación de la libertad, una proeza colectiva de la performatividad del lenguaje por la cual, cantando “Se va a acabar…”, se hacía acabar la dictadura. La democracia conseguida, la democracia ganada, la democracia recobrada, venía a ser el corolario de esa épica de la civilidad: una victoria de la sociedad argentina sobre los fantasmas del miedo y de la represión. El poderoso sermón constitucional de Raúl Alfonsín sirvió así para sepultar, a un mismo tiempo, la imposición castrense en el gobierno (la dictadura militar propiamente dicha), la candidatura de Ítalo Luder (la firma del decreto de aniquilamiento de la subversión en 1975), la quema del cajón de la UCR por parte de Herminio Iglesias (síntoma y remanente de la violencia de un peronismo sombrío). No hace falta pasar por alto las apreciables formas de resistencia a la dictadura que se verificaron en el país, ni tampoco desconocer que existió una lucha muy loable contra el poder militar y su terror, para admitir, más allá de eso, que el factor determinante para desencadenar el final de la dictadura fue la derrota en la guerra de Malvinas: que esa derrota, lamentada hasta hoy desde la emoción de los indeclinables fervores patrios, fue no obstante lo que decidió la caída de Galtieri y la inmediata instrumentación de la transición a la democracia; que por debajo de la presunta gesta cívica, la de la recuperación de la democracia, aparece esta gesta fallida, la de Malvinas, incordiando la de por sí confortable versión de la sociedad resistente y triunfante.
Los pichiciegos de Fogwill se inscribe precisamente en ese punto. Antes que nada porque decide abordar la guerra de Malvinas como antigesta, y no como gesta; porque la narra descartando el paradigma épico, consustancial a las guerras, vaciando los fundamentos casi siempre sagrados de la nacionalidad y desarmando, en consecuencia, a golpes de lucidez, todos los dispositivos del heroísmo patrio y bélico (tan asentados en la argentinidad como su propio fundador, José de San Martín, de quien dice Fogwill en Los pichiciegos que en Malvinas se le habría resfriado el caballo). En lugar de una gesta de héroes que van a ofrendar sus vidas, Fogwill dispone en cambio una farsa de pícaros que van a tratar de salvar las suyas. Contada como farsa de guerra, Los pichiciegos revela lo que la guerra tuvo en sí misma de farsa. Al narrarla desde la sustracción, y por sustracción, la guerra se ahueca no menos que los túneles donde los personajes del libro se guarecen. En esos huecos, sin embargo, se aloja una verdad que ningún testimonio de ninguna vivencia podría llegar a calibrar ni a soportar. La perturbación que provoca Fogwill sobre el relato integral de Malvinas (en todas sus variantes: desde la reivindicación de la soberanía argentina hasta las protestas críticas por la guerra mal concebida y mal hecha, pasando por la compasión hacia los soldados padecientes o por la denuncia de la inepcia de un mando delirante) se expande hacia esa conexión histórica que va de Malvinas, gesta fallida, a la recuperación social de la democracia, gesta dudosa. De esa perturbación resulta otra fi guración, más incómoda por cierto, que desde los vitoreos blanquicelestes del 2 de abril de 1982 remite a los asentimientos tácitos del 24 de marzo de 1976. La democracia obtenida no es, en este sentido, expresión de una victoria sobre la dictadura militar, sino el saldo de la derrota de un proyecto de transformación social en los años ’60 y ’70. Los soldados de la novela de Fogwill se salen de la guerra. Dejan esa superficie, la intemperie de la acción, y se amparan en lo profundo, se amparan en el debajo. Los pichiciegos se resuelve así como novela de encierro y de espera. Y también, por eso mismo, como novela conversada o novela de conversación. La violencia de guerra se suprime de la acción, pero reaparece en lo que los personajes hablan. Claro que, en eso que los personajes hablan, la violencia que reaparece no es tan solo la de Malvinas, sino la que la precedió. Los pichis hablan de Videla, de Firmenich, de los muertos de esos años, de las miles de desapariciones. La transición a la democracia, y el primer tramo de la democracia misma, impuso la imposibilidad de designar en eso una guerra, sin hacerse aparentemente cómplices del terrible “algo habrán hecho”; no parecía posible invocarla sin caer en la teoría de los dos demonios. Pero en ese acallamiento, que llegó a parecer natural, se arrastraba también, no obstante, un acallamiento cada vez más problemático: el acallamiento de que existió una voluntad de cambio revolucionario en Argentina, voluntad que asumieron los medios de la lucha armada. La memoria tan fuertemente erigida en la vuelta a la democracia fabricaba nada menos que ese olvido. La opción ideológica de la recuperación y, aun de la reivindicación, de la lucha revolucionaria, esa que permite restablecer la memoria de un estado de guerra sin temor a demonizar por duplicado, inquieta severamente la buena conciencia cívica de la gesta de la recuperación democrática. Aunque con vocación de acidez, y no validación, lo cierto es que también esa llaga, que es llaga hasta el día de hoy, es tocada por Los pichiciegos de Fogwill, sin atenuaciones y en 1983.



Martín Kohan nació en Buenos Aires en 1967. Publicó los libros de ensayo: Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón, cuerpo y política, en colaboración con Paola Cortés Rocca (1998), Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin (2004) y Narrar a San Martín (2005); los de cuentos: Muero contento (1994) y Una pena extraordinaria (1998); y las novelas: La pérdida de Laura (1993), El informe (1996), Los cautivos (2000), Dos veces junio (2002), Segundos afuera (2005), Museo de la Revolución (2006), Ciencias morales (2007), Cuentas pendientes (2010) y Bahía Blanca (2012). En 2007 recibió el premio Herralde de Novela. Actualmente enseña teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia.

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