jueves, 23 de octubre de 2014

Comparaciones que no son odiosas

Entre el origen y el original los caminos pueden ser sinuosos, enrevesados, esquivos. Cuando se trata de textos que se hacen película y de distintas versiones fílmicas sobre un texto los recorridos y las lecturas se entrecruzan. Libro de arena comparte una reflexión acerca de Ardiente paciencia, película de Antonio Skármeta, que no deja de lado las emociones y los afectos que evoca.



Por Mario Méndez



Diez años antes de que Massimo Troisi conmoviera al mundo entero con su interpretación del cartero chileno Mario Jiménez (transfigurado en il postino italiano Mario Ruoppolo, en la película de Michael Radford), el verdadero padre de la criatura, Antonio Skármeta, ya había dirigido la versión cinematográfica de su propia novela, Ardiente paciencia. Yo, como muchos otros espectadores, entre ellos los que nos juntamos los martes en el ciclo de cine y literatura “Autores que dirigen”, que organiza Bibliotecas para Armar, vi primero la segunda. Incluso, caso raro, vi la famosa película de  Radford (que contó, además, con un Philippe Noiret que nos convenció para siempre de que él era Neruda y con una aparición, también inolvidable, de María Grazia (la) Cucinotta, belleza italiana de esas que cortan el aliento), antes de leer la novela. Por lo tanto leí la historia, y vi la primera de las dos películas pensando, entre otras cosas, en cuánto me había influido la famosa película que compitiera por el Oscar, que tenía fresca en la memoria. Y puedo decir que si bien las figuras de Troisi, Noiret y la Cucinotta estuvieron presentes, en ambos casos pude olvidarlas casi por completo. Al leer la novela, sencillamente porque esta es excelente, y uno recrea, reimagina a Neruda, al cartero poeta y a su novia adolescente, prescindiendo de la imaginería cinematográfica. Y al ver la película de la que al fin me pondré a hablar, también me olvidé de la otra, porque esta es, comparada con la de Radford, sencillamente otra película, muy distinta, aunque pueda parecer raro. Y es muy distinta porque todo lo chileno, todo lo latinoamericano y lo setentoso que se había perdido en la película de Radford está muy presente en la de Skármeta. El cartero chileno es un cabro de la Unidad Popular, tiene pinta de chileno militante, tiene el pelo largo de beatle latinoamericano y la tonada que hace que uno lo vea y lo crea tomándose un vinito en la costa de Isla Negra. No tiene, este Mario Jiménez, la mirada triste y querible de Ruoppolo/Troisi, pero es más fiel al Mario Jiménez de la novela. Y su relación con la cosa política, que era central en los ‘70, es omnipresente, como en la novela.
Hacia el final, a los espectadores que nos juntamos en Hebraica nos pasó eso que es tan notable, de que el silencio se note, que se note la congoja. A Mario Ruoppolo lo matan casi de casualidad en una marcha del PCI; a nuestro vecino Mario Jiménez, a nuestro mucho más hermano cartero chileno, lo matan los milicos después del golpe. La diferencia es esa, la diferencia es grande. Puede ser que la película de Radford sea mejor. Y sí, es mejor. Y a mí me gustó mucho, por cierto. Pero esta, del propio Skármeta, filmada en el exilio, con su musiquita de los años ‘70, con un Neruda más declamado que actuado y una Beatriz González que jamás estará en los posters de ninguna gomería, a mí me gustó más. No ocurre siempre pero hay veces en que en el arte, en el cine, en la literatura, la emoción se impone.

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