Alicia Barberis: “La memoria que se construye desde la literatura es mucho más fuerte que la que se puede construir desde los medios y desde las noticias”

En la primera parte de la entrevista a Alicia Barberis hablamos mucho de Cruzar la noche, su emblemática novela. En esta segunda parte nos abocamos a La casa M, otra novela que toma el tema de la memoria y la identidad y que tiene una historia relacionada con la autora que parece de novela. Además, charlamos de su muy autobiográfica novela El nuevo mundo; de su última obra, Huellas en el cielo, de la cual nos leyó un inicio impresionante y hasta de su primer cuento, Delfor, el que le contaba a su hijo cuando era un nenito, y que él ahora, a los cuarenta años, todavía recuerda. Porque, como dice Alicia, la literatura deja huellas.


Mario Méndez: Cruzar la noche tiene mucha tela para cortar. Pero como tenemos dos zooms de cuarenta minutos vamos a hablar de muchos libros. Especialmente de la segunda novela tuya que toma el tema de la memoria y la identidad, que es La casa M. Que también publicó Colihue, que también es exitosa y que se enfoca en la misma época de la que estamos hablando, a partir de uno de los centros clandestinos de detención. Y de algo muy curioso que te ocurrió, y que fue el origen de la idea para esta novela. 


Alicia Barberis: Es algo fuerte y que no terminó. Porque te voy a contar qué pasó este 24 de marzo a raíz de todo esto. En realidad, antes voy a nombrar a un profesor mío de mi pueblo de infancia. Vivía en Santa Clara de Buena Vista, y tenía un profesor de historia que se llamaba Alberto Tur que fue un poco el que nos abrió los ojos y la cabeza para que pudiéramos entender la realidad Estoy hablando del año ’73. Él nos dio historia argentina pero lo tomó de manera retrospectiva para poder hablar del presente. Nos propuso viajar a Santa Fe para hacer entrevistas a distintas personas que se postulaban en ese momento con la apertura de la democracia, después de Onganía, de Lanusse… En una de esas entrevistas me acuerdo, (a los catorce, quince años eso es algo imborrable) de que habían volado con una bomba el despacho de la persona que íbamos a entrevistar. Ahora dejo eso ahí, con puntos suspensivos para retomarlo al final. Cuando vine a vivir a Rincón, donde vivo ahora, alquilé una casa de una manera muy extraña. Apenas me fui de Santa Clara, viví tres años en un departamento, en Santa Fe y luego me puse a buscar un lugar para alquilar en Rincón para ver si me acostumbraba. Esa casa no tenía un cartel que dijera que se alquilaba. Íbamos en auto buscando casas, con mi hija, una amiga y la hija de una amiga, y yo paré y dije que me gustaría una casa así. Con un lindo jardín, un lindo parque… Mi amiga me dijo que esa no tenía cartel. Al otro día fui a la inmobiliaria, el hombre me acompañó a ver todas las casas que estaban en alquiler y ninguna me gustó. Me dijo entonces que tenía una que no tiene cartel, y me llevó a esa casa. Cuando entré, aunque estaba sucia y llena de muebles, me encantó. Yo quería vivir ahí. Ecribí Cruzar la noche, en esa casa que alquilé y en la que viví durante cuatro años.Todos los meses iba a pagarle el alquiler al dueño. La alquilé por inmobiliaria pero en el contrato decía que yo tenía que ir a pagarle el alquiler a él. Un abogado bastante conocido en Santa Fe, en ese momento. En el 2004 salió en todos los medios que esa casa había funcionado como centro clandestino en la dictadura. Por supuesto, eso fue fuertísimo para mí. En ese momento yo iba y venía. Vivía un poco en España y otro poco en Argentina. Tres meses allá y tres meses acá. Y en uno de esos viajes me escribe una de las personas con las que quedamos amigas (que había estado secuestrada en la ESMA y yo le había hecho entrevistas para Cruzar la noche), y me cuenta esto. En ese momento yo ya vivía en esta casa, que está a diez cuadras de la casa aquella. Mis padres venían a regarme las plantas, y pasaban por el frente y me iban informando de lo que veían. Había una Vitara blanca sin patente, año 2005, estacionada frente a la casa durante varias horas casi todos los días. Desde esa misma Vitara, les ametrallaron luego la casa a los que hicieron la denuncia. Y, en otra oportuidad, subieron a uno de los hijos de este. Matrimonio y, le apuntaron con un arma, amenzaándolo de muerte. Cuento todo esto en la novela. Ellos hicieron la denuncia, yo fui a dar mi testimonio en el juicio, porque se comunicaron conmigo para preguntarme más datos. Cuando me contaron todo esto, literalmente se me pusieron los pelos de punta. No podía creer que había estado viviendo en esa casa, y escribiendo una novela sobre la dictadura justo ahí. Sentí que la vida volvía a ponerme ese tema por delante. Además, yo conocía todos los detalles de esa casa. La conocía de memoria. Y también lo conocía al dueño. Por una cuestión de piel, nunca le regalé un ejemplar de Cruzar la noche, que le regalaba a todo el mundo. Había algo que yo sabía que vibraba mal ahí. La cuestión es que este hombre murió antes del juicio, de un ataque al corazón, y no pudo hacer su descargo. Pero puso un recurso de amparo, y por dos años no se pudo entrar en esa casa. Además está la cuestión de la Vitara blanca que la custodiaba. En el juicio terminaron diciendo que no había suficientes pruebas para decir que esa casa había funcionado como centro clandestino, pero las investigaciones siguieron su curso. El juicio terminó en 2009, justo cuando salió la novela. Las investigaciones siguieron y este 24 de marzo, cuando fui a una charla que daban en Rincón, en el Concejo Municipal, porque ahora es ciudad –por primera vez la municipalidad tomó el tema de la memoria en sus manos. Si no, era siempre un acto que hacíamos en la plaza. La cuestión es que uno de los abogados querellantes en las causas de los juicios en Santa Fe, en la charla de este 24 de marzo, mostró la foto de este profesor de mi pueblo de infancia, que mencioné al prinicipio, el que nos había abierto la cabeza… y contó que había estado secuestrado y había sido torturado en esa casa. Él ya murió, pero fue torturado ahí. Y ahora ya se demostró que esa casa funcionó como centro clandestino y le van a poner una placa por la Memoria. Para mí es muy fuerte y realmente me cuesta hablar de esto…  Perdón…


MM: Muy fuerte realmente. Qué increíble que ahí hayas escrito Cruzar la noche, qué increíble cómo la historia nos interpela, nos cerca, está presente, y los libros permiten que siga presente y que no nos olvidemos. 


AB:  En esa casa ahora funcionan consultorios médicos. En 2018 tuve un problema en una rodilla y tuve sesiones con el kinesiólogo, que atendía en lo que había sido mi dormitorio. Donde yo escribí la novela. Yo no decía nada. No dije quién era yo, pero estaba conmocionada por volver a estar ahí adentro. Después de las primeras veinte sesiones me volvieron a dar diez más y tuve que volver. Cuando volví ellos me habían reconocido y me hicieron muchas preguntas. La esposa del kinesiólogo también trabaja ahí, y vino de inmediato. Me dijo que había leído la novela y que quería que le contara todo. Ahí se me cruzó por la cabeza algo en lo que nunca había pensado. Y es que, si la noticia hubiera estado solo en los diarios, no habría durado mucho en los comentarios de la gente. Como estuvo en la literatura lo que ocurrió, pudo pervivir durante varios años. Creo que la memoria que se construye desde la literatura es mucho más fuerte que la que se puede construir desde los medios y desde las noticias. Porque si no hubiera sido por la literatura no se habría seguido hablando de esa casa y de ese tema. Y eso me parece importante.


MM: Ya tengo el título de la entrevista, Alicia. La memoria que se construye desde la literatura. La Casa M es otra novela recomendable que toma el tema que nos ocupa este mes. Acá te atrevés a algo bastante fuerte, que es a hablar de las contradicciones, si se quiere, y de las traiciones. Cosa que novelas más cercanas a la realidad también lo cuentan. Cuando la leía me acordaba de La casa de los conejos, de Laura Alcoba que calculo que leíste. En la que el personaje que les ayudaba a armar el embute detrás de los conejos, adonde tenían la imprenta, es el que traiciona y “vende” el escondite. Y acá, el mejor amigo del protagonista, el Turco, es el traidor. Y otra cosa que me pareció fuerte y me gustaría que me cuentes cuánto te costó escribir eso, es la sensación de culpa que tiene el sobreviviente porque su compañera y madre de su hijo mayor no sobrevivió.


AB: A mí me pasó algo muy fuerte con el personaje de Ernesto, porque yo había escuchado que muchas veces el personaje empieza a hacer cosas que se te van de las manos. Y fue la primera vez que me pasó eso. Me acuerdo de estar acá, en esta cocina, escribiendo a la una de la mañana. Y de pronto, estaba tan metida en lo que sentía Ernesto, en la culpa y en lo que le pasaba, que cuando él agarra la escopeta y se pega el tiro, me acuerdo que me largué a llorar y cerré la computadora. Y pensé que al día siguiente iba a ver cómo lo arreglaba, porque no podía morirse. Pero bueno, fue eso. Cuando uno empieza a sentir lo que siente el personaje, la empatía que tiene que desarrollar para poder escribirlo, me llevó a eso, tan fuerte. Después tuve que ver cómo lo arreglaba. Y recuerdo también, que cuando le di a leer a mi hermana el primer borrador (mi hermana tenía muchos amigos desaparecidos, conocía muchas historias de traición) cuando terminó de leer la novela, acá, en la mesa esta, se largó a llorar y no paraba. Yo le dije que no llorara tanto, porque no quería que la novela produjera eso. Ella no podía parar de llorar. A cada uno le toca algo de su propia vida. Como siempre pasa con la literatura.


MM ¿Cómo han sido las devoluciones con los adolescentes con La casa M? Más allá de la de tu hermana que es coetánea tuya y que leyó el borrador.


AB: No pasa lo mismo que con Cruzar la noche. O por lo menos no pasa lo mismo en las devoluciones y en las respuestas. Me encuentre con quien me encuentre, me ha pasado acá, en Buenos Aires, hasta en el Tigre, que alguien me diga: “¡Ah, vos sos la autora de Cruzar la noche!”.


MM: Quedó muy alto el listón… A La casa M, le cuesta…


AB: Quizá la historia de amor es lo que marca, como decías. Si bien acá hay una historia de amor, la otra es más de adolescentes, más con esas vivencias.


 


MM: Aparte es más múltiple acá. Hay dos o tres historias de amor. La diferencia de edades de los dos hermanos, también hace que las historias sean diferentes. Además de estas dos novelas que tocan el tema, el lunes que viene vamos a juntarnos y vamos a hablar en una charla sobre literatura e inmigración. Hay una novela tuya que publicó Salim, que se llama El nuevo mundo, en la que hablás de una migración al revés. La mayoría de las novelas que tenemos en la LIJ, sobre este tema, son sobre la inmigración de la gente que ha llegado a nuestro país, la inmigración histórica, a principios del siglo XX, y la inmigración más reciente de chinos, por ejemplo, o incluso de países limítrofes. Pero acá, las protagonistas, la mamá y su hija, tienen que irse por cuestiones económicas. Pintás un mundo de saltimbanquis, de artistas de variedades que parecés conocer mucho, en España. ¿Cómo armaste esto? 


AB: Es la novela más autobiográfica que tengo. Yo me fui a vivir a España en el año 2002, con quien estaba en pareja en ese momento. Llegamos y yo tenía un pequeño trabajo para hacer con una editorial. Mi primer libro para niños se publicó en España, en Barcelona: El misterio de las letras perdidas. Casi junto con Cruzar la noche. Y ellos me contrataron para un proyecto. Escribir cuentos para nivel inicial dentro de un proyecto pedagógico. Éramos un grupo de mujeres. Después que terminé ese trabajo decidimos quedarnos, pero quedamos como ilegales, realmente, como cuento en la novela. Mi pareja era abogado y no tenía posibilidad de trabajar en lo suyo, porque estábamos en Cataluña. Yo no podía contar cuentos porque tenía que contar en catalán y no dominaba el idioma. De cualquier manera, después empecé con esto, porque en algunas escuelas me conocían a través del libro y pude hacerlo. Pero empezamos esa vida de trabajar como artesanos, de viajar por España… Todo lo que vuelco ahí, de las ferias medievales, de los titiriteros, de los saltimbanquis, son vivencias propias que están ficcionadas para esta historia de Mara y su mamá, y la del papá. Esa es un poco la síntesis. 


MM: Perdón que te pregunte esto, pero ¿tu ex pareja, abogado, se puso a hacer artesanías?


AB: Sí. Éramos dos “hippies”. Fue el aprendizaje de mi vida, realmente. Darme cuenta de que podía vivir de lo que hacía con mis manos, confiar en el universo, en que nada me iba a faltar, en situaciones muy precarias, pero bueno… Fue el aprendizaje de mi vida. Y además sentí eso que sienten los personajes, de extrañar tanto mi lugar. Cuando volví, me acuerdo de que estaba cruzando el puente que atraviesa la laguna Setúbal y une Rincón con Santa Fe, y agarré un bache y me dije que hasta eso extrañaba, porque allá era todo “perfecto”, pero no era mi lugar. 


MM: Ahora me olvido de cuál es, pero hay una novela en la que mencionás lo del bache. Como que es querible…


AB: Es posible.


MM: Me parece que es en La casa M


AB: Puede ser.


MM: ¿Y la narración? ¿Después pudiste dedicarte a narrar en España? 


AB: Mirá, allá todo está muy programado. En muchos lugares me recibían, pero me decían que eso iba a ser para el año siguiente. Y al año siguiente yo ya no estaba. Pero llegué un día a un colegio, y justo cuando me reciben, era un colegio religioso, tenían el libro de El misterio de las letras perdidas arriba del escritorio. Entonces, cuando les dije que era la autora de ese libro me contrataron para hacer espectáculos en todo el colegio. Y después, en algunas de esas ferias medievales, o ferias de arte, que se hacen en sitios como Burgos, entre otros, también querían que contara cuentos. Me tocó contar cuentos en Teruel, en una feria medieval, y cuando estaba contando en la plaza soltaron un toro como en la fiesta de San Fermín. Toda la gente salió corriendo y me quedé sola en la plaza, contando. Fueron experiencias divertidas y raras. 


MM: ¿Estuviste un año en España, o más?


AB: Estuve trece meses, y después, como aprendimos el oficio, pero todavía no teníamos la ciudadanía íbamos tres meses y volvíamos y lo seguimos haciendo de una manera más profesional, por decirlo de algún modo, como un trabajo, mientras el país se iba recuperando, mientras los libros empezaron a venderse otra vez. Ahí decidí quedarme y no viajar más.


MM: ¿Estabas con chicos cuando te fuiste a España?


AB: Mis hijos ya eran grandes. Mi hija en ese momento empezaba la universidad, tenía diecinueve años. Mi hijo es más grande, tiene seis años más. Fui sola.


MM: Fuiste mamá muy jovencita.


AB: Sí, a los diecinueve años tuve a mi hijo.


MM: Otra de las cosas que me interesa para charlar… tu experiencia como narradora también la reuniste en un libro, Viaje hacia los cuentos. El arte de contar cuentos a los niños. ¿Cómo fue? ¿Este libro está circulando? 


AB: Sí, a ese libro, mucha gente que narra también lo conoce, o lo lee. 


Guadalupe: Perdón, lo tengo acá, en la mano. Así que anda, anda. 


Asistente: Yo lo tengo también. Está en mi biblioteca.


MM: Tenemos varias narradoras acá, Alicia. 


AB: Ahí traté de sistematizar todo lo que fui aprendiendo. Ahora seguramente le agregaría más cosas, pero en ese entonces volqué  un poco de mi experiencia, de los recorridos de formación que hice… pero más que nada desde mi propia experiencia. Sistematizar mi trabajo de alguna manera. Un poco eso quise hacer.


MM: ¿La devolución de las narradoras en formación o ya formadas, ¿qué tal ha sido?


AB: Fue muy buena. Sé que lo trabajaron, por ejemplo, en La Manzana de las Luces, y en otros grupos de narradores… también he dado charlas en la Feria vinculadas a ese libro y me dí cuenta de que tenía llegada. Tiene un lenguaje muy directo, muy claro, muy de haber sentido la narración en el cuerpo también, para poder contarlo. No tanto desde lo académico o de lo teórico convencional, sino más desde la práctica. Una especie de didáctica, ¿no? 


MM: El otro día fui a Colihue con Laura Ávila, que está acá también, ahí en Parque Centenario, y la gente de Colihue me regaló algunos libros tuyos que yo no tenía. Y entre otros me regalaron el último, que es Huellas en el cielo. Me gustaría que cuentes algo. Es una novela en la que te metés con el tema de los pueblos originarios. Contanos un poquito. 


AB: Sí. Esa novela surge muy ligada a Monte de silencios, que es una novela sobre La Forestal. Primero hice una investigación con relatos orales, de las mujeres, sobre todo, e hice todo un recorrido. Entonces, cuando salió la novela (sobre la Forestal) hice el recorrido otra vez, pero para llevarles el libro, en agradecimiento. Yo digo que es una creación colectiva porque sin las voces de esas mujeres no hubiera podido escribirla. Y en una de esas presentaciones me acompañó un profesor de Historia, de un pueblo del norte, de Villa Ana, que justamente un pueblo de la cuña boscosa, y me regalaó el segundo número de la revista Añamenbüí  (que significa El hijo del diablo, y lleva el mismo nombre de una publicación anarquista que hacían los obreros de la Forestal) El primer número tenía material sobre La Forestal, y el segundo, tenía, en la tapa una pintura de un artista de San Antonio de Obligado, que mostraba una matanza de mocovíes. Esa pintura, realizada en el año 64, la descubrió este profe  en una escuela. Él, como profesor de Historia, desconocía esa matanza porque no figuraba en ningún libro. Entonces empezó a averiguar, y a través de relatos orales de los pobladores, le contaron que ese hecho ocurrió cuando el hermano de Julio A. Roca, Rudecindo Roca, que estaba como gobernador de Misiones, mandó a sus soldados a que le lleven una “chinita” para su uso personal. Y las madres de San Antonio de Obligado, que era una reducción mocoví, se negaron a entregar a sus hijas, por supuesto, y entonces se la arrebatan por la fuerza,. Ahí los mocovíes se sublevan y luego los matan a todos. Están enterrados ahí, bajo un cruz gigante, frente a la Iglesia de San Antonio. Ese fue el disparador de la novela. Pero pasaron otras cosas en el medio, y una de ellas… No sé si Alejandra Cian está ahora… hoy estaba… Alejandra es directora del nivel intercultural de la Provincia de Santa Fe, del Ministerio de Educación. En ese momento estaba como docente en una escuela mocoví, a la que fui con Lectobus, y me maravillé con las cosas que vi en esa escuela, así que quise hacer un rescate de todo eso. También de otros hechos que sucedieron en Recreo, cuando les entregaron las tierras en 2011, y las mujeres salieron a defender esas tierras porque había un hombre que se las había apropiado y las estaba cultivando para su uso personal, esperando que pasaran los veinte años de ocupación para quedárselas. Ahí se fueron entretejiendo esas cosas para escribir esta novela. Investigué mucho con material audiovisual también. Quizá por eso quise escribirla con una estructura que tenga que ver un poco con el cine. 


MM: Ahora, en plena pandemia, en 2020.


AB: En 2020. Iba a salir en mayo.


MM: ¿Has tenido ya algunos lectores? ¿Ha circulado un poquito?


AB: Circuló muy poco. Pero es posible que se haga la presentación formal en San Antonio de Obligado, el lugar en donde empezó todo. Justamente estamos viendo eso con Alejandra Cian, que no sé si sigue en esta segunda parte de la charla…


MM: Se fue, me parece… repito el nombre porque me lo piden. La novela se llama Huellas en el cielo. La publicó Colihue en 2020. Toda una apuesta publicar en 2020. Así que se va a presentar ahí, en el pueblo donde la cosa comenzó…


AB: Para mí sería muy fuerte que se presente ahí. A ese lugar fui a hacer un registro fotográfico. Hay una cruz enorme y debajo están los cuerpos de todos los mocovíes. Esa historia que estaba tan silenciada, que solo se conocía ahí. 


MM: Cuántas historias como estas están silenciadas. ¿No? Por suerte conocemos bastante de lo que pasó en la Patagonia. A partir de la campaña de Roca, el genocidio patagónico, y luego lo continuaron los “estancieros progresistas” de La Anónima y demás. Pero de El Impenetrable, el Litoral, y las selvas jujeña y salteña sabemos bastante menos. Y hay historias tremendas. Este pueblo donde lo presentarías, ¿en qué provincia es? 


AB: En el norte de Santa Fe, en la cuña boscosa. San Antonio de Obligado está pegadito a Las Toscas, que es conocido por una curtiembre. Muy cerquita de Villa Guillermina, Villa Ana, toda la zona de La Forestal, digamos. Muchas personas de pueblos originarios trabajaron en La Forestal. 



MM: Dos cosas. La primera es pedirte si querés compartir alguna lectura. La segunda es comentar que hay un giro en tu obra, porque hemos hablado de estos dos temas muy duros, que es este hermosísimo cuento ilustrado que se llama Delfor, de un elefantito que libera a sus padres, que tiene una parte dura, porque en un momento pensé que al papá y a la mamá los habían matado.

AB: Ese fue mi primer cuento, en realidad. No lo primero que se publicó, pero sí el que detonó que yo me pusiera a escribir, porque era un cuento que le inventé un día a mi hijo cuando tenía cuatro años. Él quería que pasaran cosas en los cuentos para no aburrirse. Le conté esa historia y se me había ido la mano, porque mataban a la mamá y al papá. Y la cambié cuando vi que él se largaba a llorar. “No estaba muertos, en realidad”, le dije. Fue la primera vez que pude inventar contando una historia, cara a cara, en la oralidad. Yo todavía no había estudiado, después empecé a estudiar y a escribir. Muchos años después me acordé de ese cuento, cuando mi nieta tenía la misma edad que él en ese momento, cuatro años, y me pedía cuentos inventados. Lo escribí, se lo mandé a Cristina Bonelli, que estaba en Salim,  y me dijo que lo querían publicar, en ese momento. Las ilustraciones de Mónica Pironio son maravillosas. Y se lo mandé a mi hijo, que tenía casi cuarenta años, para ver si se acordaba. Y él se acordaba más que yo. Pienso en la marca que podemos dejarle a un niño, a una niña contándoles un cuento, inventando una historia que los emocione, es impresionante.

MM: Menos mal que la marca no quedó con los elefantes muertos, porque hubiera sido bravísimo.


AB: No, claro. Pero eso fue para mí un aprendizaje. Me di cuenta de que a un niño tan pequeñito no podía darle un final tan duro. Aprendí mucho con él en ese momento.


MM: Bueno, como nos quedan seis minutos y quizá haya alguna pregunta de alguna compañera, antes me gustaría que compartieras algo con nosotros.


AB: Bueno. Voy a compartir un pedacito de esta novela, Huellas en el cielo. Quise hacer como una puerta de ingreso, una especie de “Antes del inicio”. Lo llamé “Luces de Nayic”, es otra voz narradora la que cuenta, no la que aparece después en casi toda la novela. Esta voz aparece algunas veces, y dice así: “Ahora que soy solo una chispa de luz que ronda en Nayic, el camino del cielo mocoví, puedo danzar en el círculo del tiempo y recordarlo todo. Nos impusieron el cerco cuadrado del mundo de los blancos. Prohibieron la música de nuestra lengua y nos obligaron a repetir los sonidos huecos de un idioma ajeno. Nos querían quietos y nuestro espíritu era nómade. El monte dejó de ser la casa sagrada. Nos tomaron como esclavos. Nos obligaron a aniquilar millones de árboles, arrancar el corazón del algodón y asesinar la miel en los cañaverales. Nuestros dioses lloraron al ver a los antiguos con ropajes azules y fusiles en las manos. Brutos. Malhablados. Salvajes, nos decían. Prohibieron las ceremonias al sol, y sepultaron el año nuevo bajo tormentas inventadas por sus propios credos. El alma de nuestro pueblo comenzó a sangrar. El cacique mandó seguir al santito Antonio, por orden del blanco de las botas altas. Los pelos de su cara y las medallas de su pecho no fueron de buen augurio para los mocovíes. Nadie que llevara flecos de oro sobre los hombros traería la paz. Casi veinte monedad daban a los criollos y solo cinco a los indios por igual trabajo. Nos engañaron con maíz, carne y galleta. Nos permitían tejer caraguatá y amasar el barro. Pero el alma añoraba lo que nos habían quitado. El día en que llegó la peste, empezamos a morir como peces en el polvo. Los abusos se multiplicaron, y cuando el hombre de corazón de piedra ordenó que robaran a la niña, las mujeres se convirtieron en fieras. Trenzaron manos y brazos para protegerla. Pero ellos tenían garras de acero y la arrancaron por la fuerza. La niña lloraba. Lloraban las madres. Lloraba el cielo. Entonces, las lanzas moqoit se levantaron. El viento norte despertó a Nanaicaló. El sol se apagó y el río se tiñó de sangre.”


MM: Muchas gracias, Alicia por compartirnos esto. Tengo la suerte de tener la novela, así que después la leeré. A partir de esta lectura tuya. Queda muy poquito tiempo. Te hago el agradecimiento formal. No sé si hay alguna pregunta rápida… “Envidia”, dice Guadalupe. “Muy hermoso”, dice Vero. Nos hemos dado un gustazo escuchándote. Será desgrabado y publicado.


AB: Muchísimas gracias por haberme escuchado y a todas por estar ahí. A todos y todes. 


MM: Bueno, el resto nos vemos el lunes que viene. Alicia, muchísimas gracias.


AB: Gracias a ustedes. Besos.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

“Esa mujer”, de Rodolfo Walsh, por Ricardo Piglia

No hay más que candados para Helena, de Esteban Valentino

3155 o El número de la tristeza